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lunes, enero 14, 2013

Aguilar. Historia de una editorial y de sus colecciones literarias en papel biblia, María José Blas Ruiz

Librería del Prado, Madrid, 2012. 309 páginas. 39 €

Care Santos

En el siglo XIX se separaron por primera vez los oficios de librero, impresor y editor. El editor quedó encargado de la selección de autores y la necesaria criba. El impresor, del trabajo técnico y artesano de elaborar libros, la mera manufactura. Y el librero, se encargó de la venta al pormenor, en la atención personal de los clientes. Esa es una de las muchas cosas que cuenta María José Blas Ruiz en este libro, una verdadera joya para los amantes de los libros, una de esas rara avis que ocurren de vez en cuando y, al tiempo, un  homenaje a los libreros de antaño, puesto que para su elaboración, su autora, María José Blas Ruiz, ha vuelto a los orígenes, escribiendo, revisando puntillosamente y ahora dando a la luz esta monografía sobre el editor que cambió el panorama de los libros y la lectura en nuestro país.
Llevo escuchando hablar desde este libro casi dos años, desde que tuve la suerte de conocer a María José Blas Ruiz a los pies del cañón de La Librería del Prado, en la calle del mismo nombre. Blas es no sólo hija de librero -el recientemente fallecido José Blas- y librera ella misma sino, me atrevo a afirmar, la máxima especialista viva en las colecciones en papel biblia que editó Aguilar desde el año 1928. Unas colecciones que entraron en todas las casas donde había verdaderos lectores, no sólo porque revolucionaron el modo en que se editaba y vendía literatura en España, sino porque aún hoy constituyen ediciones ejemplares: bien traducidas, bien prologadas y editadas con todo lujo. Por no decir que en muchos de esos libros siguen estando disponibles títulos que nunca más han sido editados en castellano. Uno de esos lectores, Luis Alberto de Cuenca, dedica en el prólogo de la obra unas palabras a su íntima relación con estos bellos libros: "Siempre que era mi santo o mi cumpleaños pedía un libro de Aguilar como regalo. Mi abuela María de la Presentación me regaló, por ejemplo, los Crisoles Pan y Hambre, de Hamsun, el segundo con esta dedicatoria: 'Para que no la pases nunca' (...). Desde entonces mi vida ha transcurrido entre tebeos, viejas películas y libros editados por don Manuel Aguilar". De modo que las colecciones a las que Blas dedica mayor atención, que fueron los buques insignia del sello y que hoy perpetúan su memoria, son también hoy las más buscadas por los bibliófilos, que siguen adquiriéndolas, a pesar de que su responsable murió hace casi 50 años. Estas colecciones son cuatro: Obras Eternas, Joya -muy reconocibles y apreciadas ambas en su primera etapa, cuando los bordes estaban pintados-, Crisol y la mítica y única superviviente, Crisolín. El libro ofrece listados completos de títulos, valiosísimos para los coleccionistas, ya que una de las dificultades de este coleccionismo radicaba, precisamente, en el desconocimiento de la nómina completa de obras publicadas.
   A todo ello dedica Blas exhaustiva atención en la segunda parte del libro. La primera, que acaso pueda interesar más a un público general, hace un recorrido por la biografía de Manuel Aguilar, el editor responsable, un hombre forjado a sí mismo, que desde la nada y con apenas recursos consiguió dirigir todo un emporio editorial. Sus inicios fueron posibles gracias al préstamo y la amistad de un impresor y a su audacia para hacerse con los derechos de un libro sobre espiritismo, su primer éxito. Él mismo tradujo la obra y la puso a la venta, en una edición en rústica que luego encontraría continuidad en los muchos, muchísimos títulos de su catálogo. La elección del papel biblia vino dada por la carencia del papel común en tiempos de racionamiento -1938- y a la alianza que logró establecer con un fabricante de papel de fumar de Alicante. Fue un hallazgo feliz porque, a diferencia de otros papeles, el biblia no envejece y, pese a que aparenta lo contrario, es de los más resistentes. Esa fue, sin duda, una de las claves del éxito de las colecciones de Aguilar, ya que el tipo de papel determinó también el gran número de obras que incluía cada volumen. Y desde esos inicios, a la época dorada, en los años 50, cuando Manuel Aguilar tenía sus propios rebaños de cabras que le abastecían de la piel necesaria para sus colecciones y varios impresores madrileños trababan para él al mismo tiempo, puesto que ninguna imprenta podía satisfacer por completo su enorme demanda. Esa es la razón, he aquí otra curiosidad, de que a menudo un mismo libro editado el mismo año presente en las colecciones de Aguilar dos encuadernaciones de colores diferentes.
   Por último, un breve apunte de la microhistoria de este libro y de su autora. Blas admite que podía haber dado su monografía a algún editor, como de hecho intentó, pero ninguno quería atenerse a sus exigencias. Como buena conocedora de la materia, deseaba cierta calidad de papel, impresión en color y gran formato. Antes las negativas de las editoriales comerciales, decidió volver atrás en el tiempo y editarlo ella misma. El resultado es una maravilla que hará felices a los numerosos coleccionistas de Aguilar y a los lectores nostálgicos. Y que, pos supuesto, sólo puede encontrarse en una librería del mundo: http://www.libreriadelprado.com/




viernes, noviembre 04, 2011

Donde viven los libros, Jesús Marchamalo

Siruela-Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Madrid, 2011. 222 pp. 18,95 €

Care Santos

Los lectores estamos condenados a ser bibliotecarios de nuestros propios libros, a tomar decisiones enojosas (cómo ordenar, qué descartar, qué tener cerca y qué lejos) o a sufrir el mal del espacio (por culpa de la biblioteca, que lo va invadiendo todo, como una planta trepadora, hasta que termina por ahogarte). Algunos lectores, además, cometen el pecado de la bibliofilia. Los hay desenfrenados. Otros, más prudentes, casi tímidos. Hay bibliotecas heredadas y bibliotecas perseguidas, bibliotecas que crecen junto a otras que se aligeran y también hay bibliotecas perdidas —aunque éstas fueron objeto de un libro anterior: Las bibliotecas perdidas, Renacimiento, 2008— y lo mejor es que todas ellas, así como todos sus tenedores están, a su vez, en  lo último de Jesús Marchamalo.
De dice Luis Mateo Díez —en el prólogo de Tocar los libros (Fórcola, 2010)— que su apariencia sosegada y bondadosa esconde una obsesión. Y dice también que jamás le ha visto sin uno o varios libros encima, ni falto de entusiasmo hacia ellos. El poeta Antonio Gamoneda le llamó  "inspector de bibliotecas". No andaba errado. El germen —periodístico— de este nuevo libro existió primero en una serie de reportajes que Marchamalo publicó en el diario ABC. En ellos se propuso hurgar en las bibliotecas de un puñado de conocidos escritores para, con esa excusa, terminar revelando algunos de los secretos de sus propietarios. Ya lo dijo Marguerite Yourcenar: el mejor modo de conocer a alguien es ver sus libros.
Así que Marchamalo se dedicó durante unos cuantos meses a ver los libros de Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila-Matas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Landero, Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Carmen Posadas o Luis Mateo Díez, entre otros. De todos ellos ha dado buena cuenta en los distintos textos que componen este volumen, que repasa, sobre todo, el modo de amar los libros de cada uno de sus protagonistas. Mario Vargas Llosa, por ejemplo, se compra una primera edición jugosa con cada anticipo que recibe por alguna de sus novelas. Historia de Mayta le dejó una primera edición de Madame Bovary (1857) y El Paraíso en la otra esquina, una de Los Miserables de Victor Hugo. Su biblioteca de 25.000 libros está repartida en tres casas de tres ciudades y dos continentes: Lima, Londres y Madrid.
Pero para bibliófilo irredento Luis Alberto de Cuenca, quien ha acabado por huir del piso que habita —ya en soledad— su extensísima biblioteca. Luis Alberto, junto con Andrés Trapiello, acaso sean los mayores perseguidores de libros de todos los autores entrevistados y, por tanto, también los tenedores de bibliotecas más apetecibles. Todo lo contratio le ocurre a Juan Manuel de Prada quien sólo parece perseguir libros por necesidad y que confiesa, sin ningún embarazo su aprensión hacia el papel viejo de los libros antiguos. 
En cuestiones de orden no hay criterio que valga: cada uno sigue su capricho. Por orden alfabético, por editoriales, por tamaños, por querencia o incluso por orden de nacimiento de los autores, como Javier Marías, cuya biblioteca, al parecer, presenta un aspecto pulcro, admirable. También hay muchos limbos librescos: hay desvanes embarazados de cajas de libros que ya no gustan, estanterías junto a la entrada donde las visitas pueden llevarse lo que gusten o incluso sótanos que recuerdan al purgatorio, y de los que casi ningún ejemplar consigue volver a salir. También hay mucho desorden, mucho caos, grandes pilas de libros que aún no encuentran su sitio y personas felices en compañía de todo ello.
Es un libro magnífico, cargado de anécdotas, de pequeñas excentricidades y de amor a la letra impresa,  que se lee con la amenidad de anteriores trabajos del autor y que destila pasión, lo mismo que aquéllos. Pasión, hay que decirlo, en el sentido etimológico, pariente de la enfermedad. Y en ese sentido cabe advertir que la lectura de este Donde viven los libros puede producir efectos secundarios: desde ganas de ordenar la biblioteca o de desordenarla a la compra compulsiva de cualquier tipo de libros, incluidos los de anticuario más caros o —aún peor— ganas de entrar a hurtadillas en casa de algunos escritores, en busca del tesoro libresco. Un deseo que los bibliófilos seguro que comprenderán.


Jesús Marchamalo: «Las bibliotecas ordenadas son la excepción"
 
Cuando le pregunto a Jesús Marchamalo si encontró reticencias en alguno de los veinte autores cuyas bibliotecas inspeccionó para su Donde se guardan los libros, es tajante: «No más de la que estás encontrando tú». Recuerdo que cuando, un par de días antes, hablé con él para fijar la hora de la entrevista, dijo, risueño: «Tengo dos bibliotecas, pero prometo no ordenar ninguna de las dos».
Comenzamos por la de su casa. En el salón, todo tiene un aire libresco, incluso lo que en apariencia no guarda relación con los libros. Los cuadros de las paredes son originales de viejas cubiertas —incluso de novelas rosa— y hay retratos de escritores acechando en todas partes. Kafka y Pessoa, omnipresentes. También hay varias colecciones: de cajitas de hojalata, de sombreros, de gorras militares, de soldaditos de plomo. Le pregunto cómo pueden vivir cuatro personas (sus dos hijos tienen 17 y 9 años), tantos libros y todos esos objetos en una casa de poco más de cien metros cuadrados y Jesús Marchamalo afirma, con aplastante naturalidad:  «Siendo tranquilos con las convivencias».


Para leer la entrevista completa haz click AQUÍ.