miércoles, enero 25, 2017

Qué vergüenza, Paulina Torres


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 294 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

El primer libro de Paulina Flores (Chile, 1988) se titula, Qué vergüenza (2016), y reúne una colección de nueve cuentos que protagonizan niños y niñas condicionados por el vértigo de unos aprendizajes traumáticos en su infancia, y unos adultos que sobreviven a la soledad y a las relaciones alteradas de familias de clase media. En estas historias no hay personajes atrapados por el resentimiento ni una desaforada búsqueda de autocompasión, por el contrario se percibe una voluntad de explorar en las conciencias e intimidad de personajes comunes y corrientes para que el lector vaya descubriendo inquietudes y paradojas, a menudo desde una candidez absoluta como corresponde a los protagonistas de sus cuentos. Llama la atención, en una primera apreciación, la sobriedad de unos textos tan depurados como de un ejercicio sintáctico preciso, la nitidez expresiva con que compone Paulina Flores la verosimilitud de sus historias, pero sobre todo la curiosidad con que logramos llegar al final de las mismas, con sorpresa incluida. Podríamos sospechar que algunos de los cuentos de la joven chilena se inspiran más en aspectos biográficos que de su imaginación como ese mecanismo que proporciona el tema de las historias como ocurre a menudo con las opera prima.
El relato que da título al volumen, "Qué vergüenza", es la historia de un hombre cesante que se hace acompañar por sus hijas cada vez que asiste a una entrevista de trabajo; un relato excelente donde queda latente la vergüenza del padre ante sus hijas, fundamentada en su torpeza y su incapacidad para asumir un supuesto y evidente rol adulto, o para protegerlas y convertirse en el sustento que socialmente se espera de él. Lo mejor, un narrador en primera persona, pero contaminado del punto de vista de una de sus pequeñas hijas, con lo que añade además una mayor vergüenza a la historia, una vez que observamos el contraste de la ternura con que su hija verá la situación vivida. "Teresa", es una historia sobre un encuentro sexual, y sin duda vez sobre un desencuentro. El hombre del relato tiene una hija que anda dando vueltas por el departamento mientras él y la supuesta Teresa se encierran en el dormitorio. El juego del narrador se niega a darle un final convencional a la historia, insiste en no presentar cabalmente al personaje principal, no quiere cerrar el relato frente al lector, y provoca así una ambigüedad y un desconcierto que se traslada al personaje femenino. "Talcahuano", "Olvidar a Freddy", "Tía Nana" y "Últimas vacaciones", cuenta la historia de un niño cuyo padre está en prisión y su hermano en camino de lo mismo, y junto a su tía y primas, en La Serena, lo miman con curiosidad y lástima; son en gran medida, relatos sobre familias rotas, sobre padres que no son capaces de asumir su papel, sobre hijos que quedan a la deriva o sobre la desazón que les produce su propio espacio en el mundo, desde la imposibilidad de un hogar convincente. "Espíritu americano" se sirve de ese mismo desasosiego para contar el momento en que un par de muchachas se juntan a recordar el pasado que vivieron como camareras de un restaurante. En "Laika" presenciamos el lento proceso que hace un hombre para ganarse la confianza de una niña, hasta aprovecharse sexualmente de ella. La idea de la perdida de la inocencia, tanto sexual como fin anticipado de la inocencia de la niñez, será uno de los temas que se repiten en varios de los cuentos. Y para terminar el volumen, "Afortunada de mí", es en realidad, una novela corta por su extensión; la autora experimenta con la estructura, fracciona la cronología, y nos cuenta en dos planos sucesivos la historia de un mismo personaje femenino hasta situarlo en el momento actual, un momento de desasosiego y ruptura con el mundo que la rodea, con una cierta incapacidad para adaptarse a él.
Paulina Flores calcula el tiempo que cada la historia exige para relatar, para describir, para construir el contexto de su cuento, no tiene prisa alguna, cada relato se juega su valor en lo que se expresa, no en lo que escamotea desde el punto de vista de construcción narrativa porque la joven chilena frente a una adversidad manifiesta ha sabido crear un mundo propio donde mover sus personajes, y este es un de sus mayores logros.