miércoles, marzo 16, 2016

El relojero de Yuste. Los últimos días de Carlos V, José Antonio Ramírez Lozano


XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. 
Ediciones del Viento. A Coruña. 2015. 200 pp. 17,50 €

Ignacio Sanz

En Nogales (Badajoz) la biblioteca pública lleva el nombre de José Antonio Ramírez Lozano. ¿Pero quién se esconde detrás de Ramírez Lozano? Pues, en pocas palabras, detrás de tal nombre se agazapa un escritor con una vastísima obra a sus espaldas que, pese a todo, no deja de ser un escritor periférico o, si se quiere, poco visible.
Y esto es lo paradójico en un poeta, narrador y escritor de libros infantiles que ha conseguido los más prestigiosos premios en los tres géneros literarios. El relojero de Yuste se alzó con el XIX Premio de Novela Ciudad de Salamanca. La historia, como apunta el título se desarrolla en La Vera extremeña de la que se ha dicho mil veces que es un paraíso y allí, primero en Jarandilla y después en Yuste, muy cerca de Cuacos, envejecido por los zurres de la vida, va a pasar sus últimos días el emperador Carlos V, tras tanto batallar. La presencia de tan augusta figura suscita intrigas y expectativas de todo tipo, tanto entre los frailes jerónimos que lo acogen como en la cohorte que pulula alrededor de una figura de tal calibre. De entre todos ellos, por afinidad, descuella el ingenioso Juanelo Turriano, un personaje de proyección histórica que aquí vemos entregado a la fabricación de relojes, una de las pasiones del rey. La complicidad que se establece entre ambos suscita recelos y envidias entre los frailes que llegan a acusar a Turriano de calvinista. Incluso proyectan sombras de dudas sobre el propio emperador que tanto ha combatido a los nuevos herejes. Pero la gran metáfora y uno de los resortes poéticos de la novela estriba en la fabricación de un reloj especial que acompasa su tictac con los latidos del emperador, de tal manera que se crea un paralelismo entre ambos. Y cuando se pone en peligro al reloj, la que empieza a peligrar es la vida quebradiza del propio emperador.
Por lo demás la novela no sólo está magníficamente documentada, tanto en vestimenta, paisajes, costumbres y, sobre todo, en comidas y bebidas. A tal respecto resulta curiosa la controversia que se suscita la apasionada inclinación de Carlos V por la cerveza con el consiguiente desdén hacia el vino. Todo ello da lugar, entre los frailes que combaten esas veleidades, a una divertida batería de argumentos teológicos. Pero donde la novela muestra su mayor fortaleza es en el lenguaje. Da la sensación de que el autor se hubiera pasado años y años inmerso en los clásicos de la época para traernos el regusto del castellano antiguo sin que ello suponga un freno en la fluidez narrativa. Al respecto, al menos este lector, tuvo la sensación de estar leyendo a un hijo legítimo de Cervantes.
En fin, y para ir concluyendo, que quién guste de las novelas históricas, no debiera perderse esta obra de Ramírez Lozano para conocer, no tanto la verdad como el aroma vital que en Yuste pudo respirarse. A veces incluso con licencias audaces, como el encuentro que el emperador mantiene con un fiero personaje femenino salido directamente de lo más truculento del romancero.