miércoles, junio 18, 2014

Las dos señoras Abbott, D. E. Stevenson

Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Alba, Barcelona, 2014. 344 pp. 21 €

Victoria R. Gil

Barbara Buncle ha dejado de escribir. La protagonista de El libro de la señorita Buncle (1934) y El matrimonio de la señorita Buncle (1936) que un día descubrió el éxito literario y el amor, todo en el mismo paquete, ha abandonado la redacción de esas historias basadas en hechos reales que la convertían, aun sin proponérselo, en el catalizador de las vidas de sus vecinos. En Las dos señoras Abbott perdemos, pues, una buena parte de aquella mirada crítica sobre el mundo editorial y la estrecha relación entre realidad y ficción con la que D. E. Stevenson jugaba, sobre todo, en la primera entrega de esta serie de novelas protagonizada por la señorita Buncle, transformada ahora en una de las dos señoras Abbott del título.
Sigue viva, sin embargo, la candidez que nos cautivó de esta solterona de mediana edad con problemas económicos, aunque la nueva Barbara Abbott ni esté soltera ni tenga más dificultad para mantenerse que el racionamiento que impone la guerra. Y si Stevenson abordaba entonces con humor irreverente las circunstancias que rodean la publicación de un libro, aquí prefiere poner en solfa esa narrativa romántica y simplona, que repite una y otra vez la misma fórmula convencional para garantizar las ventas millonarias.
Janetta Walters, una suerte de Danielle Steel en sus años más jóvenes, padece en la novela la que debe ser la pesadilla de todo autor enfrentado a un lector implacable de sus obras: «—¿Y cuál le gustó más? —preguntó la señorita Walters, dándole ánimos con una sonrisa. —Ninguno —dijo Ash (…) —A mucha gente le gustan mis libros —dijo ella, sin fuerzas. —Hay muchos bobos en el mundo —dijo Ash (…) Estoy seguro de que podría escribir algo que valiera la pena, si quisiera». Tan demoledora opinión provoca una crisis en Janetta de consecuencias imprevisibles y que aproxima la novela a las comedias de enredo. Pero además de una famosa escritora, Las dos señoras Abbott contiene numerosos personajes que la dotan de una personalidad coral y nos demuestran que la tímida e insignificante señorita Buncle no sólo es ya la esposa de un editor, la madre de dos espabilados niños y la tía de una voluntariosa joven (la segunda señora Abbott), sino que, para su sorpresa, también es la sensata dama a quien todos piden consejo: un joven enamorado, una mujer abandonada...
Como paisaje de fondo de la tercera entrega de esta saga sobre el no siempre tranquilo discurrir de la vida en el campo, sitúa D. E. Stevenson la Segunda Guerra Mundial. Pero más allá de la escasez de té, mantequilla y hombres en edad de combatir, la contienda se limita a ser el contraste sobre el que mejor se revelan las bondades o miserias de sus protagonistas, que no pierden el humor ni aunque se vean inmersos en la caza de algún incauto espía, ignorante de cómo se las gastan las solteronas escocesas cuando pasean por las campiña. «Podía haber sido un chico bueno, pensaba Markie, si no hubiera nacido en Alemania, con esa lamentable cabeza cuadrada».
Las dos señoras Abbott, como las obras que la precedieron, es un divertimento vivaz en el que no falta, quizás con menos agudeza que en las anteriores, la visión crítica de Stevenson sobre esa burguesía rural más ocupada en las vidas ajenas que en la propia y tan afanada en sus relaciones sociales como necesitada de sentido común. Con su publicación, la editorial Alba completa la trilogía sobre la señorita Buncle, aunque Dorothy Emily Stevenson la recuperase como personaje secundario en alguna de las más de cuarenta novelas que la prolífica autora escribiría a lo largo de su vida.