martes, junio 03, 2014

Diario de una dama de provincias, E. M. Delafield

Trad. Patricia Antón. Libros del Asteroide, Barcelona, 2013. 216 pp. 18,95 €

Victoria R. Gil

Ingeniosa, mordaz y sutilmente implacable con sus congéneres, así es esta dama de provincias que nació como personaje en la columna de una revista semanal inglesa en los años treinta del pasado siglo y que se convirtió en la protagonista de cinco de las más de treinta novelas que escribiría E. M. Delafield a lo largo de su prolífica carrera cono autora.
Escritas en forma de diario, las reflexiones de esta dama retratan con humor la vida cotidiana de la alta sociedad en una campiña inglesa donde el tiempo transcurre con placidez y la mayor preocupación radica en decidir el orden en que los invitados se han de sentar a la mesa.
Trivial sólo en apariencia, su obsesión por el qué dirán no es más que el modo de sobrevivir en esa sociedad superficial y acartonada que la rodea; la verdadera mujer que se oculta tras el ama de casa empeñada en cuadrar el presupuesto familiar se nos revela en esas apostillas a su quehacer diario, donde mejor brillan su ironía y su agudeza: «Duda: ¿No es acaso la persistencia indiscreta de los demás una causa frecuente de nuestro alejamiento de la verdad?» «La cocina inglesa, nunca muy tentadora, se vuelve decididamente repugnante en cualquier ocasión pública» «Le pregunto si ha publicado algo últimamente. Dice que él no escribe obras para publicarlas y nunca lo hará. Se me pasa por la cabeza que sería muy conveniente que muchos otros adoptaran semejante actitud».
Diario de una dama de provincias es, sobre todo, el desahogo de una mujer que trata de cumplir, sin éxito, las expectativas que la sociedad y la familia han puesto en ella: acude a los eventos sociales del vecindario, aunque la aburran mortalmente; supervisa a dos empleadas domésticas que bien podrían ser la reencarnación de Fobos y Deimos; practica una jardinería que ni entiende ni le gusta; convive con un marido de parca conversación e intereses limitados, y cuida de unos hijos que le resultan extraños como seres de otro mundo.
Y mientras ella no consigue alcanzar ninguno de los requisitos que la convertirían en la perfecta dama de provincias, hay quien no sólo cumple con todos ellos, sino que además los esgrime con soberbia. Lady Boxe es el ejemplo constante que la mortifica y deja en evidencia sus errores «Llevo a cabo mi acostumbrado truco de prestidigitación y transfiero un buen pedazo de caramelo del platillo al bolso. Cuando nos estamos despidiendo con nuestros elegantes discursos habituales, se me abre desgraciadamente la hebilla del bolso y el pedazo de caramelo cae con violencia y estrépitos increíbles al parqué. (…) Robert se lo toma bien, en general, y en el camino de regreso se limita a preguntarme si me parece que van a volver a invitarnos alguna vez a esa casa».
Lady Boxe también es rica, extremadamente puntillosa, afectada y condescendiente. Y parece una experta en esos mismos bulbos de jacintos que a ella le amargan la vida porque se secan por falta de riego o se ahogan por exceso de él. El alivio a tanta insoportable perfección lo plasmará, cómo no, en su diario: «Me planteo aquí una duda: ¿Afectaría de manera desfavorable a las futuras carreras de mis hijos que a su madre la declararan culpable de homicidio justificado?»
Si retrata a los otros sin compasión, tampoco se reserva indulgencia alguna para sí misma. Su preocupación por terminar con los descubiertos bancarios o saldar las cuentas acumuladas del carnicero desembocan, en ocasiones, en conclusiones tan frívolas como ésta: «Siento que la vida es absolutamente insoportable, y tomo la alocada decisión de hacerme con un sombrero nuevo».
E.M. Delafield escribió la columna de la que nacería este libro a partir de sus propias experiencias en Devon, un condado situado en el sudoeste de Inglaterra en el que se instaló con sus dos hijos y su marido cuando éste decidió regresar a su país y convertirse en administrador de fincas después de varios años trabajando como ingeniero en Malasia. Hija de un conde y de una famosa novelista de la época, tras residir en el extranjero, entrar como novicia en un convento de Bélgica, trabajar como enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial y publicar varias novelas, la tranquila vida del campo debió parecerle lo mismo que a su dama de provincias, una condena al aburrimiento de la que sólo el humor te puede indultar.