lunes, junio 09, 2014

La 4ª, Mario Crespo

Lupercalia, Alicante, 2014. 226 pp. 12,95 €

Miguel Baquero

Como ocurriese en su anterior novela, Biblioteca Nacional, el tema de la personalidad de los protagonistas, y la manera cómo oscilan entre la realidad (literaria) y la ficción, es el tema predilecto de Mario Crespo (Zamora, 1979); no en vano, Unamuno y su inclasificable Niebla, allá en Biblioteca Nacional, y su San Manuel Bueno, mártir, en esta La 4ª, se destacan como referencias fundamentales. E igual que en el caso de don Miguel y su “nivola”, el resultado es un texto perturbador, inquietante, un cruce/choque de realidades cuya onda expansiva puede llegar a afectar al lector.
Narrada en cinco capítulos, cada uno de ellos contado por un narrador diferente (uno de ellos el mismo, “semiinconsciente” primero y escindido después), la 4ª tiene como fondo la formación de una secta, la manera en que va ganando adeptos y se va perfilando su líder; pero como ocurriese en La posibilidad de una isla, de Houellebecq, este argumento sobre el fondo de una nueva religión no es sino una excusa, un “macguffin”, para narrarnos una historia profundamente humana. O la misma historia de siempre, en realidad, porque todo el primer capítulo (magnifico, sin duda el mejor de la novela y de lo mejor que este reseñista ha leído en mucho tiempo) es una trasposición a los tiempos actuales de la Pasión de Cristo, con la aparición de unos personajes y la narración de unas escenas que tienen su parangón en la narración bíblica, como si nos hallásemos, en realidad, ante la misma historia que se repite una y otra vez, en cada persona, con cada generación….
Una historia a la que se hará referencia de nuevo, una vez pasado este insisto que espléndido primer capítulo, en el siguiente, narrado por una de las figuras episódicas que aparecieron antes y que aquí alcanza una proporción de protagonista. Aunque en algunas ocasiones forzado por la necesidad de atar todos los cabos que quedaron sueltos con anterioridad, eso no tiene tanta importancia como el nuevo color que el autor da al relato contemplando la situación desde antes de que ocurriera, y mostrando que todas las historias tienen infinitud de aristas según se mire desde un determinado prisma individual. Algo similar ocurre en el siguiente capítulo: de nuevo una figura que tan sólo se entrevió en los capítulos anteriores toma aquí la palabra para explicarnos qué ocurrió a continuación y darnos, de paso, una visión del protagonista muy diferente de la que pudiera tener él de sí mismo, al tiempo que introduce un elemento metaliterario que nos induce a dudar de la naturaleza de lo que estamos leyendo…
Valga este pequeño recorrido por el argumento para que el lector pueda formarse una idea de la complejidad narrativa de La 4ª, una apuesta arriesgada por el libro como universo en sí mismo, como mundo propio donde pueden formularse todas las preguntas y encontrarse todas las respuestas, aunque sean respuestas sin sentido, como ocurre en el capítulo lisérgico donde el protagonista, de la mano del autor, nos introduce en un paisaje onírico plagado de imaginación. En todo caso, nos hallamos ante una novela “quebrada” que el lector deberá reconstruir; muy lejos de otras novelas lineales en que el lector-consumidor sólo tiene como función pasear la vista por las páginas. En La 4ª se recupera el mejor y más fecundo experimentalismo literario, hecho con un sentido estético profundo, que oculta una idea sobre la vida y sobre la realidad y no se reduce a juegos de palabras ingeniosos ni a simple proezas de escribir sin puntos o sin tildes.