viernes, abril 20, 2012

Civilización. Occidente y el resto, Niall Ferguson

Trad. Francisco José Ramos Mena. Debate, Barcelona, 2012. 509 pp. 24,90 €

Ángeles Prieto

Leída Civilización de Niall Ferguson, una concluye que no estamos ante un libro más de historia, sino frente a una auténtica demostración de poderío, un fabuloso despliegue de conocimientos muy bien integrados y magníficamente estructurados a través de un discurso apasionante, sermón que surge de la necesidad que siente Ferguson de hacernos entender que, buena parte de los síntomas de decadencia que hoy vivimos, y padecemos, la debemos al desconocimiento de lo que somos.
En efecto, porque de las tres grandes preguntas existenciales, quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, la más compleja de todas, la más difícil de contestar, quizá sea la primera. Pues sujetos a un espacio y a un tiempo concreto, ante la imposibilidad de sobrevivir aislados, necesitamos asimismo de la cooperación y ayuda de otros, configurándonos también como entes sociales. Y de esta alianza surgen las civilizaciones, la mayor unidad de organización humana caracterizada por unas respuestas prácticas a las necesidades básicas de alimentarse, abrigarse y defenderse, pero también con unas características culturales definidas en torno a una o varias religiones, filosofía, arte y lengua. Civilizaciones que, cómo no, también están sujetas al ciclo de vida humano, pues surgen, crecen, se expanden y desaparecen al igual que nosotros.
Con estas consideraciones, y partiendo conscientemente del momento crucial en el que vivimos, Ferguson efectuará una amplia, pero muy profunda reflexión, sobre todos aquellos aspectos por los que la civilización occidental, la nuestra, consiguió la supremacía sobre todas las demás, un hecho innegable. Así, frente al populoso y mucho más rico imperio chino, este historiador destacará la feroz competencia que se estableció entre los pequeños, míseros y deshabitados países europeos por conseguir la expansión y la supremacía entre ellos, hecho que les condujo al dominio de los océanos mediante la ciencia y, con ello, a la expansión mercantil. Porque además, esa gran revolución científica no sólo amplió nuestro conocimiento del Universo y de la Naturaleza, también dotó a los europeos de los inventos necesarios para colonizar otros Continentes y poner freno y punto final a la expansión islámica gracias a nuestra superioridad bélica en artillería y poliorcética. Asimismo, Ferguson destacará como fundamental la consagración del derecho de propiedad privada, el imperio de la ley y el gobierno representativo, a la hora de entender las razones del ascenso de Estados Unidos por encima de cualquier otro país de América, como también los avances de la medicina y el más que notable crecimiento de la esperanza de vida occidental, que nos explican el predominio europeo, y la consiguiente colonización, de todo el continente africano. Por último, las claves del consumo y del trabajo determinaron el fin de la Guerra Fría y el triunfo de la economía capitalista sobre la soviética, al tiempo que nos pone en sobreaviso de una más que cercana decadencia frente al ascenso innegable de las economías orientales, caracterizadas por sus bajos salarios, mayores tasas de ahorro y muchísimas más horas de trabajo efectivo.
Como ya hiciera Tony Judt en su impresionante Algo va mal, este quinto gran libro publicado en España de un consagrado profesor de Harvard, constituye un auténtico clamor para que reaccionemos de una vez, ante los múltiples mensajes apocalípticos, milenaristas y sumamente pesimistas que nos invaden desde tantos frentes por la actual crisis económica. Puesto que no esta disciplina, sino la Historia, la que nos enseña quiénes somos y cómo podemos salir de esta decadente situació
n con esfuerzo y creatividad, dado que no es la competencia de otras civilizaciones, sino nuestra propia pusilanimidad, la que ahora tanto nos amenaza.

jueves, abril 19, 2012

Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, VV.AA.

Trad. Ignacio Ibáñez Fernández. Menoscuarto, Palencia, 2011. 432 pp. 27 €

Victoria R. Gil

Precursores de un siglo XX en el que la narrativa corta reinará sobre todo el continente americano, los autores reunidos en esta antología por Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan anuncian el nacimiento de una nación literaria de vocación cuentista en el territorio que sólo cuarenta años atrás fuera colonia británica. Herederos y renovadores a un tiempo de la tradición europea, contribuyeron a crear el relato moderno que daría frutos como Ernest Hemingway, Flannery O’Connor, Truman Capote, John Cheever o Raymond Carver, entre otros, y que sigue muy vivo hoy en nombres como Alice Munro o Lorrie Moore.
Dieciséis escritores, unos famosos y otros desconocidos, y más de un siglo de historia norteamericana, con mayúscula y sin ella, nos aguardan para ser disfrutados en este libro que se abre en 1819 con el que es para muchos el padre de la narrativa breve norteamericana, Washington Irving, y se cierra en 1934 con Edith Wharton, excepcional retratista de la alta sociedad neoyorquina. Entre ambos, una selección de autores que no sólo consolidaron un género literario tan genuinamente americano —desde Canadá hasta Chile—como es el cuento, sino que fueron la avanzadilla de toda la narrativa que se ha escrito en los Estados Unidos en los últimos cien años: Nathaniel Hawthorne, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Mark Twain, Henry James, Jack London
La moral puritana, el costumbrismo local, la naturaleza —más que salvaje en gran parte del país—, la aventura y la batalla, con la guerra de secesión muy presente, son algunos de los materiales con los que estos autores conseguirán, como lo hiciera antes el país, independizarse al fin de la vieja Inglaterra. Como recuerda Santiago Rodríguez en el prólogo, a principios del siglo XIX, «Europa mantenía aún la pátina de la respetabilidad cultural (…) y si algún escritor quería triunfar debía fijarse en Europa e incluso escribir sobre temas europeos y a la manera europea». Una situación que tiene las horas contadas cuando Poe «se lanza a escribir con una clara conciencia de que son algo nuevo y distinto a lo anterior», capaces de reformular el género y de crear modalidades de tan largo recorrido como el cuento policíaco y el de ciencia ficción.
Quizás el relato permitiera a estos escritores dibujar mejor ese nuevo país que aún está aprendiendo a serlo y cuya población, aislada y dispersa, carece de una referencia social clara. O tal vez, como apuntan algunos estudiosos del tema, simplemente resultaba más sencillo dar salida a un cuento en una publicación periódica que a una novela en una editorial al uso. Sea la razón una sola o la conjunción de varias, el siglo XIX norteamericano transcurre por la mágica visión de la naturaleza de "Una garza blanca" (Sarah Orne Jewett); el fantástico poder de la mente y el impacto de la guerra de "Suceso en el puente de Owl Creek" (Ambrose Bierce); la reflexión casi filosófica con el arte como excusa de "Lo auténtico" (Henry James), y la supervivencia en un entorno hostil que debe ser dominado de "Hacer un fuego" (Jack London), por citar sólo algunos de los caminos seguidos.
Pero una de las aportaciones más valiosas de este libro es la decisión de incluir a varios escritores ignorados por el gran público, aunque no todos sean inéditos en nuestro país, la mayoría, además, mujeres que añaden un punto de vista nuevo y personal a este catálogo cuentista. De ellos destaca el inquietante "El papel de pared amarillo", de Charlotte Perkins Gilman, por su lograda habilidad para mostrar, desde dentro, el progresivo deterioro mental de una persona y revelar a la vez la tutelada vida que deben soportar las mujeres de la época. Todo ello a través de una narración que provoca un creciente desasosiego y abre un abanico de preguntas de difícil resolución.
Pioneros es, en definitiva, no sólo esa antología de relatos estadounidenses del siglo XIX que aspira a reconsiderar el canon literario, como asegura su editor, sino la oportunidad perfecta para descubrir a un puñado de autores que forman parte también de ese germen que hará posible la gran eclosión de la narrativa breve que llegaría un siglo después.

miércoles, abril 18, 2012

Poemas lisiados, Jorge Riechmann

La Oveja Roja, Torrejón de Ardoz, 2012. 96 pp. 5 €

Ariadna G. García

En el siglo XIX, los escritores románticos dudaban sobre la conveniencia de desvelar lo oculto, por el daño que la información y el conocimiento pudieran provocar en los lectores. Su actitud era contradictoria. Temían la reacción del público, su posible congoja ante la imagen monstruosa de la realidad, pero a la vez, deseaban retirar el velo que la recubría, para mostrar, así, a sus conciudadanos la crudeza del mundo. Lejos de aquella duda trágica se encuentran muchos de los autores de este siglo en que estamos. Hoy, los escritores, sin miedo alguno, se remangan los brazos, apartan la sábana y encaran la verdad. Me refiero a los grandes creadores, cuya obra no consiste tan sólo en que nos conozcamos a nosotros mismos, sin otra pretensión; sino que buscan un efecto perlocutivo: que obremos, que nos reinventemos, que transformemos el orden de las cosas. A esta especie de artistas comprometidos con su tiempo pertenece Jorge Riechmann.
«Estamos aquí para tratar de decir la verdad» escribe el poeta. A eso se ha venido dedicando desde su primer libro. Y la verdad tiene forma de planeta enfermo, de especuladores adinerados, de obreros desprotegidos, de recortes sociales, y de hombres y mujeres ignorantes de lo que se les viene encima. De ahí la importancia de la voz, de la palabra: con ellas nos pretende espabilar del letargo del sueño: «¿No veis lo que está pasando? ¡Despertad!». A su espalda, el clamor de los místicos renacentistas, cuya preocupación por la integridad moral, la rectitud y la justicia zarandeaba a las gentes del siglo XVI: «Despierta, pues, despierta de tu dormido y peligroso sueño, y conocerás tu vanidad tan manifiesta y tu engaño tan conocido» (Libro de la Verdad, de Pedro de Medina, 1548).
El poeta tiene una doble misión: hacernos ver y auxiliarnos con sus textos en nuestro caminar por la travesía conjunta del desierto. Los poemas, explica en su poemario anterior (El común de los mortales, 2011), son muletas que sostienen a cada individuo, habida cuenta de que «todos somos minusválidos».
Si el ideario de Jorge Riechmann se mantiene constante a lo largo de sus libros, lo que varía aquí es la forma. Sus Poemas lisiados aparecen en una bella edición a modo de libreta, de formato pequeño, íntimo, lo mismo que un diario. Pero más allá de la apariencia externa del volumen, donde innova Jorge, con respecto a sus anteriores entregas, es la composición de los textos. Así, ahora se nos revela como un diestro ejecutor de haikus («Pequeñas grietas/ hacen el cuenco frágil/ pero no inútil»), hasta el punto de que se atreve a modificar su métrica («El universo entero/ en tu cuartito/ fiesta de dos»). Además, alude a códigos populares, marcas y símbolos de la cultura de masas (Lady Gaga, Micky Mouse, Jurasic Park), pero no con la intención de enriquecer la polifonía de su discurso, ni de seducir a los lectores por el uso de iconos de la cultura popular; sino con el objeto de denunciar el consumismo, el mercado y las modas. Frente a la verdad del mundo, la hermosura de la naturaleza y el carácter perenne de los montes… contrapone el autor la falacia del artificio, la fealdad de los ilusiones químicas y su contingencia.
Como vemos, Riechmann dialoga con la tradición poética nipona, con la mística española, y con la literatura medieval (por el empleo de fuentes legas). Sin embargo, su obra se impone con urgencia en nuestro mundo, debido a su mensaje: la denuncia del capitalismo y de su atroz impacto en el medioambiente y en nuestra sociedad. Su libro, pues, es un pariente cercano de un artículo franco y demoledor: Nuestro futuro energético, de Margarita Mediavilla (Universidad de Valladolid): «Asumir el reto de la crisis energética supone enfrentarse a un gran cambio global, un cambio en la industria, la agricultura, el transporte, el urbanismo y la vivienda, pero, sobre todo, un gran cambio de mentalidad colectiva que necesitará del abandono del consumismo y del crecimiento».
Con sus Poemas lisiados, el poeta trata —una vez más— de contribuir a la modificación del paradigma de vida dominante en España, y por analogía cultural, en todo Occidente; aunque reconoce, no obstante, la dificultad de su empeño. Cada poema, en su viaje al lector, se topa con un muro: la indiferencia. La televisión, los cotilleos y el fútbol son algunos de los ladrillos que detienen —brutalmente— su avance. Pese a ello, estos textos lisiados, heridos, en ocasiones sobrevuelan el muro con ayuda de pértigas de fibras de carbono. Entonces, se produce el milagro de la reflexión y la rotura de lo que Riechmann denomina «la ilusión de normalidad».
A menudo, no obstante la voz que enuncia se dirige a una interlocutora ausente y encuentra su consuelo en el amor. Quizá porque en él reside lo que nos hace humanos.

martes, abril 17, 2012

El caso de los bombones envenenados, Anthony Berkeley

Trad. Miguel Temprano. Lumen, Barcelona, 2012. 254 pp. 19,90 €

Ángeles Escudero

La novela policíaca, en cualquiera de sus variantes, no ha dejado nunca de ser un referente sólido en el panorama literario y, por supuesto, no ha dejado de tener su espacio en el mundo editorial. Con la trilogía Milenniun de Stieg Larsson pareció a muchos que se descubría la pólvora cuando, en esto como en casi todo, las fórmulas maestras están ya, no sólo inventadas, sino comercializadas. De esta forma, son muchas y variadas las sagas o series, con detective de fondo, que narran misterios sin resolver o asesinatos. En esta línea se encontraría Sheringham, protagonista de la serie de novelas de Anthony Berkeley, publicadas ahora en esta cuidada edición de la Editorial Lumen e impecablemente traducida por Miguel Temprano.
Anthony Berkeley (1893-1911), fue uno de los escritores británicos de novela de misterio más destacados de la época dorada inglesa. Cumpliendo con los cánones del género que tiene entre sus máximos exponentes a Wilkie Collins, G. K. Chesterton, Dorothy L. SayersEdmun Crispin o la inevitable Agatha Christie.
El detective Roger Sheringham protagonizó una serie de doce novelas, de las cuales Lumen ha publicado El misterio de Layton Court, El crimen de las medias de seda y, ahora, El caso de los bombones envenenados.
Berkeley parte, en esta tercera entrega, de un recurso recurrente en el género policíaco. Varios aficionados a los entresijos de la labor detectivesca, que son miembros del Círculo del Crimen, se disponen a resolver un asesinato a primera vista irresoluble: una muerte por envenenamiento. La víctima inocente es Joan Bendix, la hermosa y rica mujer de Graham Bendix. Tras probar unos bombones que le habían regalado a su marido, en circunstancias extrañas y azarosas, en principio, la señora Bendix se indispone y tras empeorar, muere.
Este es el arranque de la novela y del juego del que nos propone formar parte el autor. Desde el comienzo, nos muestra la elegancia que viste toda la trama y su forma de presentarla. El inicio es sutil, nos pone en situación logrando una atmósfera envolvente y huyendo de artificios estridentes e innecesarios.
Comienza con la reunión extraordinaria de ese Círculo del crimen, grupo peculiar y heterogéneo, a la que también ha sido invitado Moresby, inspector jefe de la policía, quien les plantea el caso que no ha podido ser resuelto. Nada más sugerente que intentar resolver un misterio, máxime cuando el caso ha sido cerrado por Scotland Yard. Las personas, hombres y mujeres, que forman parte del elitista Círculo, se comprometen a descifrar el misterio, y exponer sus conclusiones ante los demás miembros, haciendo intervenciones por turnos. A partir de aquí, deben investigar de forma individual y por su cuenta, aunque contando con la información de la que dispone la policía.
Berkeley levanta ante nuestroa vista un castillo de naipes tan alto como frágil. Las tesis defendidas por los distintos integrantes del Círculo que van siendo expuestas de forma sucesiva, tal y como asumieron al comprometerse, resultan ser tan erróneas como en apariencia cargadas de verosimilitud.Entre los seis integrantes del Club se establece una feroz competencia. Y se roza el absurdo cuando cada cual intenta refutar la tesis del otro, para que la propia sea la que prevalezca, la ganadora. Y es aquí donde el autor da una vuelta de tuerca definitiva. Uno de los detectives aficionados se muestra a sí mismo como sospechoso en un ejercicio de genio deductivo incuestionable. En este juego artificioso queda patente que se trata de que todo cuadre, que sea verosímil, y la verdad queda relegada a un segundo plano. Se intuye sin dificultad, que habrá que esperar al final para clarificar la cuestión pero, aún así, el autor no renuncia a intentar convencernos de la solidez de cada una de las tesis. Este entramado le sirve de excusa para hacer un repaso de las diferentes metodologías dentro de la novela policíaca pero, por extensión, de cualquier investigación: la deducción, la inducción, y las atractivas, aunque arriesgadas, psicológica y motivacional.
También encontramos en la novela ironía y una velada (o quizás no) crítica a la hipocresía reflejada en los convencionalismos de la época. Por ejemplo, en la justificación que se nos ofrece como base del acuerdo que se establece entre el inspector de policía y el grupo que se compromete a resolver el crimen: la imposibilidad de seguir “oficialmente” con una investigación que afecta a personas de la alta sociedad. Todo ello con un importante protagonismo de los personajes femeninos: desde la asesinada señora Bendix, hasta la señorita Dammers, las mujeres tienen gran peso específico en la trama.
Seis son los detectives y seis los sospechosos y soluciones posibles y el autor va dibujando la historia desde seis ángulos o puntos de vista. En este sentido, no me resisto a hacer una comparación, salvando todas las distancias, entre El caso de los bombones envenenados y la estupenda novela de Vikas Swarup, Seis sospechosos. Los paralelismos entre ambos libros son evidentes, comenzando por los seis sospechosos de asesinato que existen en cada una de ellas y terminando por la inteligencia y el sentido del humor que en ambas son ingrediente principal.
Además, el autor parece querer demostrarnos lo fácil que resulta dirigir al lector hacia la sospecha. Intencionadamente maneja con habilidad los resortes psicológicos que mueven nuestra voluntad en algún sentido. Nos deja creer que hemos adivinado quién es el asesino y nos convence de que la tesis investigada y presentada es impecable. Pero puede que no sea todo tan fácil como se nos quiere hacer creer. Por esto, la lectura de El caso de los bombones envenenados es un sano ejercicio de imaginación que merece la pena.

lunes, abril 16, 2012

Titanic. El final de unas vidas doradas, Hugh Brewster

Trad. Guillermo Sans Mora. Lumen, Barcelona, 2012. 416 pp. 21,90 €

Pedro M. Domene

La mayor tragedia náutica civil del siglo XX hubiera quedado en una noticia a escala mundial si, en torno al suceso, no se hubiera creado toda una leyenda con el paso de los años. ¿Quién no ha oído hablar del barco más famoso de todos los tiempos? El Titanic fue el mayor de los empeños humanos y el transatlántico más lujoso de su época. Después de la escarizada historia contada por James Cameron, o la no menos curiosa película de Bigas Luna, además de las diferentes secuelas televisivas que se han sucedido durante décadas, resulta difícil no imaginar una tragedia más cinematográfica o novelesca, porque su primera travesía resultó un drama convertido en tragedia, tanto por el número de víctimas como por los nombres e identidades de los pasajeros que viajaban desde distintos puntos de Europa, Cherburgo, Southampton, Queenstown hasta su destino final, Nueva York: los de primera clase, disfrutaron del lujo durante las horas transcurridas, comieron, cenaron o bailaron en sus espléndidos salones, tomaron el sol en sus majestuosas cubiertas o discutieron sobre moda en sus terrazas privadas como si de un gran hotel flotante se tratara, los de segunda, viajaron confortables y cómodos, y además, muchos vivieron para contarlo, pero hubo quienes se hacinaban en los camarotes de tercera, mezclando la curiosa música de la más famosa de las orquestas de todos los tiempos que se oía a lo lejos, con el ruido de las salas de máquinas del mastodonte, mientras avanzaba por las frías aguas del Atlántico norte rumbo a la ciudad de los rascacielos.
Hugh Brewster es un experto conocedor de todo lo relacionado con el Titanic y ya en 1984 colaboró con Robert Ballard para la edición de The Discovery of the Titanic, aunque posteriormente su interés en el tema ha seguido creciendo y ampliándose como puede verse en el libro que acaba de editarse en España, Titanic. El final de unas vidas doradas (2012), un curioso documento sobre la historia más íntima del naufragio, es decir, sobre una sociedad que estaba a punto de desaparecer, la denominada por Walter Lord, “era eduardiana”, con nombres y apellidos de las grandes fortunas europeas y norteamericanas, los Astor y los Guggenheim, algunos artistas y escritores que, de alguna manera, con el relato de Brewster nos acercan al sueño de estar navegando con ellos. Eso pretende el autor con su libro que inicia con un prólogo titulado, “Un grupo excepcional”, desde que se realizara el avistamiento de los restos en 1986, y en una breve secuencia nos describe cómo las luces del submarino Alvin iluminaron la pequeña estatua de una diosa griega que yacía sobre el lodo, rodeada de bandejas de plata, botellas de champán, o vidrieras talladas, y apunta que el explorador Robert Ballard volvió del lugar con kilómetros de película y centenares de fotografías para, definitivamente, desentrañar los misterios del transatlántico perdido después de más de setenta años de su desaparición en el fondo del mar. Según Walter Lord, el autor de La última noche del Titanic (1977, reed. en 2012), sigue siendo un “asunto insumergible” que ha inspirado libros, películas y páginas en Internet, y uno vacila siempre a la hora de ponerse nuevamente en ruta con una nueva aventura sobre el suceso, aunque si bien el protagonista hasta ahora había sido el mágico barco, ahora Brewster nos acerca a sus ricos y no tanto famosos pasajeros, aunque como ha llegado a saberse mucho después, ninguna otra lista congregaba, en aquellos momentos, a tantos nombres de famosos personajes. Lady Duff Gordon, modista británica de fama internacional, calificó el barco como “un pequeño mundo dedicado al placer”; ella misma acudía a N.Y. para ampliar su imperio después de haber triunfado en París, aunque otros millonarios mucho más célebres se congregaron en el mayor evento del momento, John Jacob Astor IV viajaba con su joven esposa, que ya había escandalizado en los ambientes refinados de la sociedad del momento por la diferencia de edad del matrimonio, treinta años, y algo parecido le ocurrió a Ben Guggenheim que viajaba acompañado de su amante francesa que, junto a su criada, afortunadamente, salvó la vida y luego fue repatriada por la propia familia Guggenheim, y no menos curiosa resulta la anécdota del magnate de la finanzas, J. P. Morgan que salvó la vida porque su amante insistió en permanecer unos días en un balnerario del sur de Francia. También, los camarotes de primera estaban ocupados, según Brewster, por gente que había trabajado muy duro para llegar tan alto: el artista y escritor Frank Mollet que se dirigía a Washington para ayudar en el diseño al Monumento a Lincoln, y su amigo Archie Butt, asesor de la Casa Blanca, volvía para preparar la dura campaña de las presidenciales de aquel otoño, el empresario de los ferrocarriles Charles Hays viajaba de vuelta a Canadá, o la curiosa lista de ocho españoles, todos embarcados en segunda clase, menos el matrimonio Peñasco, Víctor y Josefa, él rico heredero de una de las grandes fortunas españolas que viajaban en primera junto a una doncella, quien sobrevivió junto a su señora al naufragio. Un jesuita irlandés realizó numerosas fotografías hasta que desembarcó en Queenstown, y el propio constructor Thomas Andrews, que en ningún momento llegó a vislumbrar la magnitud del suceso, desapareció en las aguas. Aunque la más famosa de todas las personalidades de entonces fue, sin duda, Molly Brown, cuyo valor y arrojo desencadenó un auténtico liderazgo desde el bote número 6, donde fue evacuada. Su fama como superviviente le llevó a promover los temas por los que siempre había luchado, los derechos de los trabajadores, la igualdad entre hombres y mujeres, y la alfabetización de niños indigentes y abandonados.
El Titanic, señala el autor del libro, representa la época de la rápida industrialización y creación de riqueza, y su hundimiento se interpreta como esa señal de alarma de una sociedad satisfecha de sí misma que se encaminaba inexorablemente a una catástrofe en las trincheras de un frente occidental; léase, sin duda, la Primera Guerra Mundial, y Lord, quien como hemos señalado, sea sin duda el autor que mejor conozca su historia, advirtió en su propio libro que, “tal vez represente la progresión de casi todas las tragedias de nuestras vidas, que empiezan con una cierta incredulidad y que derivan en una inquietud creciente”; en realidad, puesto que el protagonista siempre ha sido hasta hora el propio Titanic y su tragedia, con El final de unas vidas asistimos a la descripción de la existencia de unos hombres y mujeres que compusieron el espléndido retrato de una época y de un tiempo que pareció marcar un fin con su tragedia. Por primera vez, se muestra el interior de tan suntuoso coloso flotante y sobre todo se cuenta, como si de un cuaderno de bitácora se tratara, las intensas horas vividas de muchos de los personajes previo al naufragio y, podemos hacerlo, como un relato novelesco, poblado de curiosos protagonistas, sabiendo en todo momento que aquello fue lo que ocurrió con todo detalle en aquella fría y clara noche de abril de 1912, y además por sus páginas desfilan fogoneros, músicos, camareros, damas y criadas, millonarios, marinos, emigrantes y niños y niñas de corta edad, gente de todas las clases sociales que pasaron a la historia sin ser muy conscientes de ello. Los recuerdos, cien años después, siguen vivos en los familiares de aquellos supervivientes que aun se siguen preguntando como habrían evolucionado los acontecimientos en aquella fatídica noche y si, en otras condiciones, hubieran vuelto a ver a sus seres queridos; pero sobre todo, sobresale el capítulo dedicado a “Vidas después del Titanic”, porque justifica la lectura de este libro y, de alguna manera, celebra la vida posterior de esos poco más de setecientos supervivientes, fascinados mucho tiempo después por su suerte. A cien años de aquella madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, la historia del insumergible, según Hugh Brewster, continúa.