lunes, abril 09, 2012

Biblioteca nacional, Mario Crespo

Eutelequia, Madrid, 2012. 160 pp. 17 €

Miguel Baquero

El hecho mismo del escenario en que se halla situada este novela, nada menos que la Biblioteca Nacional de Madrid, nos indica claramente el compromiso del autor hacia la literatura, poco menos que su adicción a las letras. Algo que resulta todavía más palpable cuando atendemos al argumento y la sustancia de la obra.
Biblioteca Nacional está articulada en torno a un juego de identidades, un juego que si al principio resulta curioso y luego intrigante, al final acaba por convertirse en poco menos que angustioso. El juego de los dobles, de los problemas de personalidad, de las identidades, siempre ha tenido mucho sabor literario, y la lista de autores que lo han cultivado sería muy extensa, en los últimos tiempos quizás el más destacable sea Paul Auster. Pero según se avanza en la lectura de Biblioteca Nacional, el lector no puede por menos que remontarse a aquella otra gran novela (o nivola), paradigma del gran juego de las identidades, que es Niebla, de Unamuno.
En la novela de Crespo, como en aquella otra del insigne Don Miguel, el protagonista se siente poco a poco asaltado por la presencia de alguien que parece determinar sus días, que prevé sus pasos e incluso que se adelanta a sus pensamientos, un alguien que al final descubrirá que es el autor. En Biblioteca Nacional, el personaje principal comienza a toparse, cada vez con mayor asiduidad, con la presencia podría decirse que fantasmagórica (porque, al fin y al cabo, se le aparece en cada búsqueda en Google, como un espectro misterioso de los tiempos modernos), la presencia, iba diciendo, de Mario Crespo, efectivamente aquel que firma el libro. Es alguien que escribe, antes y mejor que él, lo que al protagonista se le pasa por la cabeza, alguien que parece robarle las ideas, alguien con quien incluso llega a cartearse (miento, por supuesto: llega a e-mailearse) y de quien se muestra hasta una fotografía. Mario Crespo, en resumen, no cabe duda. El juego de las identidades, el trampantojo de la personalidad, se ha montado delante del lector…
Y el lector ha conseguido introducirse en esta jugada gracias, desde luego, al buen hacer narrativo de Crespo (o de Villa, como se llama el protagonista, o de quienquiera que sea que esté contando y que le ha implicado en la historia. A ello ha ayudado mucho el hecho de que el personaje principal, un joven mileurista sobrecualificado y con problemas laborales, personales y de salud, esté tomado de nuestro magma cotidiano, no sea ningún héroe, ningún dechado de nada, ningún ejemplo a seguir, sino simplemente un personaje corriente (no confundir con vulgar) que de pronto parece haberse introducido en una trampa literaria. Eso le pasa, tal vez, por admirar a Vila-Matas, otro de los grandes cultivadores de estos ejercicios metaliterarios en los que está en juego la personalidad y por el que el protagonista dice sentir admiración.
Varias son las cartas a las que se ha apostado esta jugada, el triunfo en este juego. Una de ellas, quizás la fundamental, es el ritmo, la manera en que el autor logra ascender desde la cotidianeidad, incluso la rutina de cada día, a unos niveles progresivamente más chocantes al principio, extraños luego, misteriosos después y finalmente del todo asombrosos; y junto con el ritmo, la verosimilitud, que es posible no siguiendo, por descontado, las reglas comunes de la realidad, sino creando en cada página, con una espesura que poco a poco se va extendiendo en torno de la acción, una realidad alternativa, distinta, única, una especie —así se la califica en la novela— de “niebla” que difumine los límites entre lo real y lo ficticio, entre lo realmente posible y lo literariamente posible. El objetivo es hacernos desembocar en un universo donde de pronto pueda aparecerse Vila-Matas, al que con tanta admiración se ha nombrado, o mostrarse Francisco Ayala, o el mismo Pep Guardiola (es en serio). El objetivo es, en fin, sorprendernos con un truco literario en la línea que tantos otros grandes escritores han seguido, para el que es preciso tener mucho pulso a la hora de escribir, y que se seguirá practicando mientras haya autores y lectores que se dejen fascinar por el prodigio (porque no deja de ser un prodigio) de crear un mundo por medio de letras.