viernes, febrero 24, 2012

Pulso, Julian Barnes

Trad. Mauricio Bach. Anagrama, Barcelona, 2011. 264 pp. 17,90 €

Miguel Sanfeliu

Julian Barnes es uno de los principales escritores británicos. Lejos queda su desembarco en España, de la mano de la editorial Anagrama, junto a autores de la talla de Hanif Kureishi, Kazuo Ishiguro, Graham Swift, Ian McEwan o Martin Amis. El primer libro que leí de Barnes fue El loro de Flaubert, que me dejó absolutamente deslumbrado: un libro inclasificable y genial. Su carrera es larga, la lista de sus libros, extensa, al igual que la de los premios obtenidos, el último de los cuales lo acaba de ganar con su última novela, aún no publicada en España, titulada The sense of an ending.
Pulso es el título con el que se publica su última colección de cuentos. Narraciones para degustar despacio, sin precipitación, dejándose llevar por un estilo cuidado y elegante, por unos personajes que soportan el peso de la existencia, apenas vislumbrando lo que ésta tiene de misteriosa, sometiéndose a las reglas establecidas, preocupándose por cuestiones que escapan a su control y de las que opinan, a veces con ligereza, y siempre con ingenio.
En el último relato de este libro, el magnífico “Pulso”, que por sí mismo ya justificaría la adquisición de este volumen, el protagonista-narrador dice lo siguiente: «Los grandes temas en ocasiones son tan grandes que uno tiene muy poco que decir sobre ellos, mientras que es más fácil discutir sobre las pequeñas cosas». Y creo que esta frase encierra una de las claves fundamentales de la escritura de Barnes, cuyos personajes se relacionan entre sí, se buscan y se separan, afrontan las dificultades de vivir en pareja y, sin ser conscientes, rozan grandes temas, historias que les superan; así, la terrible experiencia sufrida por una mujer nos llega de un modo indirecto, a través de su relación con un hombre, el narrador. Del mismo modo, los terribles efectos de la muerte los percibimos en la historia de ese hombre que regresa a su casa de campo en una isla escocesa y se enfrenta a la ausencia de su esposa recientemente fallecida. La incomunicación o el deterioro de una relación lo podemos percibir como reflejo en el estado del jardín que una pareja cuida en su casa o en el desempeño de una actividad en común.
Cuatro narraciones dialogadas, tituladas “En casa de Phil y Joanna”, en las que se reproducen las conversaciones sobre todo tipo de temas de actualidad, de un grupo de amigos que pasan de una cosa a otra sin tomarse nada realmente en serio, se intercalan entre los relatos de la primera parte de este libro que, pese a su heterogeneidad, resulta misteriosamente compacto. Puede identificarse esa unidad no sólo en la sugestiva voz narradora, en el tono culto y reconfortante, no exento de un toque irónico, de una voz que nos contagia la magia de las historias, sino en la visión descreída sobre la madurez y las relaciones de pareja, la visión acerada sobre un mundo cada vez más superficial.
La segunda parte del libro reúne cinco historias que, de uno u otro modo, tienen como protagonista uno de nuestros sentidos: la sordera de ese pintor que se gana la vida haciendo retratos en los que la gente pretende aparecer más digna de lo que realmente es, esa mujer que sufre una extraña enfermedad en las manos que la obliga a llevarlas cubiertas con guantes, esa historia que recrea la relación entre el doctor Franz Anton Mesmer y la compositora ciega Maria Theresa von Paradís, así como los intentos de éste por aplicarle un tratamiento basado en la energía magnética, una curiosa reflexión sobre la importancia del gusto o esa intensa historia de una familia en la que el padre sufre de pronto una inexplicable anosmia que desvía la atención de la verdadera tragedia que se avecina. Y tras todas estas historias, se intuye la presencia de esos detalles que nos conforman como humanos, de esas pequeñas tragedias como la soledad, el desamparo, la incomunicación, el egoísmo, nuestra insignificancia o nuestra impotencia ante el entorno. Un magistral libro que nos sumerge en el universo personal de un autor sumamente interesante.

jueves, febrero 23, 2012

Cuentos para un año, Luigi Pirandello

Trad. Marilena de Chiara, Nórdica, Madrid, 2011. 2300 pp (3 Vol.). 59,50 €

Cristina Davó Rubí

Satisfacción por el trabajo bien hecho es lo que debe sentir el equipo de la editorial Nórdica que ha llevado a cabo la monumental publicación de Cuentos para un año, de Luigi Pirandello (Agrigento, Sicilia, 1867 - Roma, 1936). Sin olvidar el excelente prólogo y traducción de Marilena de Chiara y el asesoramiento literario de Jorge Carrión. Así que los lectores españoles podemos considerarnos afortunados de tener a nuestro alcance la cuentística íntegra del genial autor italiano; en una edición de calidad además. Dividida en tres volúmenes, que suman más de 2300 páginas, una obra con los 240 cuentos que Pirandello escribió a lo largo de su vida. Su proyecto, como el título indica, era escribir un cuento para cada día del año, pero la enfermedad le impidió acabar tan titánica tarea. Aunque más conocido por su faceta de autor teatral —considerado de los más importantes dramaturgos italianos del periodo de entreguerras— e incluso por sus novelas, algunas tan famosas como El difunto Matías Pascal (1904), es de justicia afirmarlo también como un sobresaliente escritor de cuentos. Es más, se puede decir que en los relatos encontramos el germen de las obras teatrales pirandellianas. Toda la obra del escritor siciliano se basa en la contradicción de la condición humana. En el teatro, esta se muestra de una forma cruda y directa, mientras que en los cuentos resulta más matizada y sutil. Por qué no se cita a Luigi Pirandello en las nóminas de grandes autores de cuentos es algo que puede deberse a la falta de traducciones —aunque en inglés empezaron a traducirse en los años 30, en francés no ocurrió hasta entrados los 70, o en español incluso más tarde— y a la simple inclusión en antologías. Por otra parte, los cuentos pirandellianos son muy variados tanto técnica como temáticamente, imposibles de ajustar a patrón alguno, lo que quizás supuso su exclusión del canon del cuento contemporáneo. Tampoco hay que obviar, por supuesto, su tremenda fama como autor dramático, hecho que posiblemente eclipsó el resto de su producción. En 1934, el escritor italiano fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
Situados en el paisaje siciliano, en los relatos de Luigi Pirandello adquieren una importancia fundamental los personajes. No lejos de la influencia del expresionismo, las personas se transforman en personajes a manos del escritor; se trata de máscaras que representan las convenciones sociales a que está sujeto el individuo. Encontramos en la densa galería pirandelliana personajes de todas las edades y condiciones, si bien siempre tiende a centrar el protagonismo en tipos populares. No son personajes abstractos, sino al contrario, están perfectamente definidos y transpiran vida. Una presencia constante, por tanto, es la muerte: suicidios (Mantón negro), asesinatos, fallecimientos repentinos, enfermedades (El viaje). En el personaje pirandelliano es muy relevante el nombre propio, dotado siempre de simbolismo fonético y en relación con los rasgos físicos y morales de quien lo porta (Nené y Niní, Tanino y Tanotto). En este sentido, no debemos olvidar el concepto de humorismo tratado por el autor italiano, que dota a los personajes de una comicidad trágica.
Pirandello denunció la hipocresía de la vida social, abogando por una existencia individual. Además, vivió atormentado por sus propias contrariedades, como la enfermedad mental de su esposa, de la que tuvo que ocuparse durante veinte años. En sus cuentos se despliegan toda una serie de problemas existenciales: la locura (los jubilados de la memoria), la soledad del hombre moderno, la exclusión (Lejos), la falta de comunicación, el carácter efímero de los ideales políticos y religiosos (La capilla), lo absurdo de las convenciones sociales (Cuando estaba loco)… a todo esto, Pirandello no da ninguna solución posible. Su única y segura salida es la escritura. Sin duda la riqueza de estos cuentos radica en la diversidad de registros. Van desde el realismo o la escena de costumbres a la reflexión filosófica (Un poco de vino), pasando por la autobiografía (El humo), la metaliteratura (La elección), la deformación a través de lo grotesco (¡Piénsatelo, Giacomino!) o la fantasía (Mal de luna), en una búsqueda del autor por acercarse a la esencia de las cosas. Si bien, como en su dramaturgia, Pirandello concluye que no se puede llegar al conocimiento verdadero y objetivo. Él sólo puede ofrecernos trozos de vida, “pequeños espejos” en los que nos veremos reflejados.

miércoles, febrero 22, 2012

Acceso no autorizado, Belén Gopegui

Mondadori, Barcelona, 2011. 320 pp. 19,90 €

Ariadna G. García

El pasado 15 de marzo la ciudadanía española tomó las plazas y calles, y con este gesto, recuperó para la reflexión, la convivencia y el debate los espacios públicos. Ray Bradbury, en Fahrenheit 451, sospechaba que las ciudades futuras estarían sometidas a un modelo arquitectónico sobrio, desprovisto de jardines o parques, desnudo de mobiliario urbano. Por fortuna, aunque el sistema económico ha empobrecido las relaciones sociales imponiendo a la gente como norma la prisa y el individualismo, aún permanece intacta la fisonomía de las metrópolis, por cuyos cascos antiguos se viene deslizando desde entonces un sentimiento poderoso e ingobernable: la indignación.
Belén Gopegui, en su última novela, especula sobre la división en el gobierno para afrontar la crisis financiera del país en 2010. La respuesta del ejecutivo se produjo el 12 de mayo, y supuso los mayores recortes sociales de nuestra democracia. Las reacciones no se hicieron esperar: en octubre dimitía la vicepresidenta Fernández de la Vega, y en marzo de 2011 comenzaba el movimiento asambleario del 15M.
Acceso no autorizado lleva a la ficción el desenlace de la biografía política de María Teresa Fernández de la Vega, cuya alter ego ha sido bautizada Julia Montes. No obstante, hay que realizar una clara distinción entre el personaje histórico y el ente discursivo, el sujeto real y el de papel. Este último tiene su propia vida, emociones y concepción del mundo, de los que informa detalladamente la prosa elegante, fina, salpicada de matices líricos, de una Belén Gopegui en estado de gracia.
Recubierto de un atractivo formato de thriler, en Acceso no autorizado convergen todas los radios habituales del género: conspiración, intriga, espionaje, amenaza, traición… Pero lo verdaderamente excepcional del libro es su ideario intelectual y su hondura psicológica.
Ocultos en la noche de Madrid, Julia Montes y una pandilla de hackers comparten –sin saberlo– su soledad y sus ganas de cambio. Ella siente la culpa de quien no se ha arriesgado lo suficiente en la defensa de los demás, de los ciudadanos más débiles, de aquellos que primero naufragan al impacto de la mala gestión de sus representantes políticos. Consciente de la brecha abierta entre la ciudadanía y la clase dirigente, Montes lamenta no ya sólo la corrupción (“cometer actos inmorales se hace más fácil con cada centímetro de distancia social” Bauman, Modernidad y Holocausto), sino también la “inercia” para cambiar el signo de las cosas, aunque peligre el estado de derecho (“la costumbre tiene una fuerza extraordinaria, que excede en gran medida el deseo de auto-conservación” Midgley, Doce ensayos para sacar la filosofía a la calle).
Pese al desencanto de la vicepresidenta, la novela de Gopegui arroja un guante: desafía a los afiliados y simpatizantes del PSOE a repensarse, rehacerse y redimirse; tienen de plazo una legislatura.
Acceso no autorizado tiene el mérito de llevar a los lectores hacia regiones privadas, entre bambalinas, donde se toman decisiones que nos afectan a todos. La delicia de su lectura (suave, clara) favorece la comunicación de su mensaje, su propuesta de redefinición. Igual aún queda espacio de mejora, si vencen los miedos a la banca y los mercados. Sólo hace falta libre albedrío y determinación.

martes, febrero 21, 2012

Eva Braun. Ua vida con Hitler, Heike B. Görtemaker

Trad: Guillem Sans Mora. Debate, Barcelona, 2011. 389 pp. 23,90 €

Ángeles Prieto

Pensar en la joven Eva Braun (Munich,1912-Berlín,1945), autoinmolada con sólo 33 años en honor de su dios, podría suscitar en nosotros una cierta piedad hacia aquella que estuvo llamada a ser la Primera Dama del Tercer Reich, pero que sin embargo no fue más que un mero florero decorativo, o una meretriz bien pagada y mejor escondida por su omnipotente amo. Porque ser la chica de Adolf Hitler, según el brillante guión cinematográfico y propagandístico que Joseph Goebbels orquestó para la figura del Führer, suponía mantenerse oculta a la sombra del mismo, sin salir nunca en las fotos públicas.
Ahora bien, si nos adentramos en esta interesante biografía que elabora Heike Görtemarker, descubriremos que el personaje distó mucho de ser simplemente la cara bonita de un buen puñado de fotos privadas. Pues en este libro nos vamos a encontrar con un ser complejo que cambia con el tiempo, menos alegre, sencillo, apolítico y vital que como siempre nos la presentaron: una belleza rubia, el perfecto descanso del guerrero ario.
En principio, y aunque su fascinación por Adolf Hitler fue firme y constante en todo momento, en absoluto es descartable también su interés y ambición a la hora de conseguir mejoras sociales y económicas para ella y toda su familia. Pues como hija de una modista y un maestro de escuela, Eva nunca alcanzó un nivel de estudios que le permitiera salir de una sencilla clase media. Eso sí: tuvo la suerte de conseguir, en un periodo de crisis económica, un empleo como ayudante de quien luego sería el fotógrafo oficial de Hitler (Hoffmann) y en su estudio la conoció éste en 1929 cuando ella contaba sólo contaba con diecisiete años, mientras él lucía ya cuarenta y tres y estaba en vías de convertirse en el dueño de toda Alemania. Eso sí, no sin ocultar un destacable cadáver en su armario privado, como fue el suicidio de Geli Raubal, joven sobrina con la que convivía y con la que sostenía, muy presumiblemente, relaciones íntimas. Así Eva, de edad parecida, pasaría a sustituirla en su lecho.
Es sólo que, en la relación complicada que ambos mantuvieron, donde por razones políticas y de Estado permanecieron mucho tiempo separados, los ascensos materiales y sociales de Eva como querida de Adolf (casa, teléfono, chófer y coche oficial, manutención mensual) los consiguió gracias a dos intentos de suicidio con seguro peligro. Pues en 1932 se pegó un tiro en el cuello y en 1935 estuvo a punto de perecer por sobredosis de pastillas para que él le prestara la atención y los favores debidos. En estas circunstancias, Hitler no la abandonó, ni la sustituyó nunca, aunque sólo optó por concederle el estatus de mantenida, conocida exclusivamente dentro del círculo privado de sus amigos íntimos (Speer, Morell o ese gángster que fue Bormann).
Muy destacable en el libro es el progresivo Hundimiento del régimen que ya todos conocemos, con ese Führer enloquecido y prematuramente envejecido, prendiendo fuego a toda Europa en dos frentes imposibles y exterminando al pueblo judío europeo en aquel atroz Holocausto que Eva aprobaba y aplaudía, aunque no nos consta, y podemos descartar, que su opinión influyera para nada en los planes bélicos de su amante. Aquel que sólo se convertiría en esposo suyo un día antes del pactado suicidio entre ambos, ella envenenada con ácido cianhídrico y él volándose los sesos de un tiro en las sienes.
El caso es que nos encontramos ante un libro de historia bastante serio, incisivo y muy bien escrito, con gran respeto y rigor crítico ante una mayoría de fuentes discutibles porque fueron redactadas por sus protagonistas tras la derrota de Alemania, una vez finalizadas las contiendas militares, como el imprescindible diario de Albert Speer o el de Christa Schroeder, secretaria de Hitler. Igualmente cuenta a su favor con comparaciones interesantes entre el inicuo papel desempeñado por Eva Braun frente a otras grandes damas del Tercer Reich que sí ostentaron cierto poder, como Magda Goebbels o Ilse Hess. Y con un brillante final, a modo de epílogo, donde el veredicto sobre el personaje nos parece verídico, riguroso y en absoluto exculpatorio. Un libro que merece la pena leer y que en modo alguno decepcionará a quiénes se hayan acercado antes con profundidad a la figura de Hitler (magnífica biografía de Ian Kershaw) o a la historia del Tercer Reich en su conjunto.

lunes, febrero 20, 2012

Chagall en Rusia, Joann Sfar

Trad. Esther Bendahan y Fernando M. Vara de Rey. 451 Editores, Madrid, 2011. 128 pp. 18,75€

Ricardo Triviño

El genio de Sfar es incombustible. Su motor creativo no deja de funcionar. Puede bajar la cantidad de revoluciones pero no se queda en dique seco. La originalidad de sus historias es innegable. Recuerdan a la imaginación ilimitada de ese otro genio francés, todavía sin traducir al castellano, llamado Fred y autor del sin par Philémon o La historia del cuervo con bambas.
Con 40 años cumplidos este pasado 2011, el número de álbumes que tienen su firma se eleva hasta los ochenta, sin contar las novelas, las películas (Gainsbourg. Vida de un héroe y El gato del rabino) ni las colaboraciones. Es sencillamente increíble. Y lo es más cuando se lee maravillado Sócrates el semi-perro o El minúsculo mosquetero, series que si bien flaquean ya en el segundo, pues la trama se enreda en exceso, tienen una primera aventura por la que muchos historietistas batallarán toda la vida sin conseguirla.
Todo lo que se diga en estos párrafos puede sonar exagerado, pero la rave lectora de Sfar ha sido intensa, agradable y, sobre todo, agradecida. Todo empezó con la publicación por parte de 451 Editores de Chagall en Rusia. Había tenido una primera aproximación al autor hace tiempo, creo que con la biografía inventada de otro pintor, Pascin: la Java bleue, pero no me sentí atraído. Ahora, sin embargo (o con desmesurado embargo), lo leo fascinado.
Si en Pascin Sfar imitó las acuarelas y los colores del pintor búlgaro, en Chagall mantiene su estilo pero inserta la iconografía del pintor bielorruso. Lo que empieza siendo una aventura ligera y divertida, acaba tornándose oscura. A diferencia de Pascin, cuyo amor carnal acabará obsesionándolo, lo que ofusca a Chagall es un amor platónico. Ambas vidas se ven marcadas por un objeto común e inasible, y ambas son falsas. Como el Marqués de Bradomín, Sfar prefiere la Leyenda a la Historia.
El tema judío, una constante en la obra del historietista galo especialmente bien tratada y analizada en su obra cumbre, El gato del rabino, aparece también en este cómic y no de manera oblicua. Del mismo modo, tanto la convulsa historia de Rusia de principios de siglo XX como las escenas durante su infancia en Vitebsk tienen un papel importante en este cómic cronológicamente borracho pero semánticamente coherente y bello.
Y no hay que olvidar que Sfar es puro juego. Sus historias no se acaban nunca. Siempre hay más por descubrir y disfrutar, como niños. ¿Acaso es también Marc Chagall el ruso que aparece en el quinto volumen de El gato del rabino? Pese a la riqueza de lo que cuenta, Sfar es aún más poderoso en lo que calla, en lo que nos invita a imaginar. Él agita nuestras neuronas, nos despierta.
Chagall en Rusia es una obra lírica con pinceladas surrealistas que tal vez no debiera ser la puerta de entrada a Sfar, pues otros trabajos pueden resultar más accesibles, pero sin duda es un cómic que debe ser leído. Asomarse al mundo de este polifacético artista es subirse a una locomotora que sólo nos traerá paisajes nuevos y maravillosos y de la que, sin duda, ya no querremos bajar.