viernes, febrero 17, 2012

Los inmortales, Manuel Vilas

Alfaguara, Madrid, 2012. 224 pp. 18,50 €

Carlos Castán

Javier Calvo dice de Vilas que es el escritor más peligroso. Luna Miguel añade directamente que está loco. ¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Ocurre que estamos ante un tsunami de imaginación, de inteligencia, de belleza, de poesía que nos llega como por sorpresa, inesperadamente. Nada, ni forma ni contenido, son previsibles en estas páginas, hasta el punto de que el lector —por más pasos que haya dado en el pasado en eso que se ha dado en llamar el Universo Vilas, por mucho Aire Nuestro y mucha España que haya recorrido antes—, no puede evitar una sensación inicial de desorientación, de dulce vértigo, de bendito no-saber al adentrarse en el libro: Cervantes escribiendo en un ordenador en la sala de espera de un aeropuerto mientras escucha Cecilia de Simon & Garfunkel en su MP3, el cantante de Joy Division convertido en gran caballero, un anciano Vilas atendiendo por televisión a una historiadora que huele a almendros, a mar y a viento libre; una amiguita del Rey Juan Carlos cantando una canción de Johnny Cash en su regazo, una reencarnación de Stalin que habla de destruir todo el Universo para matar el aburrimiento, el Papa y Teresa de Calcuta que se pierden por los supermercados y canturrean éxitos de la Carrà, puntúan del 0 al 10 las hamburguesas del McDonald’s, Dante y Neruda recorriendo las calles y las tabernas de Dublín, Guinness va, Guinness viene; el Juicio Final amenizado por un concierto de Elvis. Todo este aparente desvarío, este inteligente despliegue de personajes con identidad quebrada, dual o suplantada, está al servicio de una novela que, como todas las grandes novelas, pone el acento sobre la condición humana, su mísera maravilla y sus maravillosas miserias.
El tema de este libro es la muerte. O lo que es lo mismo, el tema de este libro es la vida. Por eso es un libro atravesado por el misterio pero a la vez tan luminoso y energético, tan vital. No queremos morirnos. Nos andamos quejando a cada paso pero lo que de verdad queremos es seguir aquí.
La literatura había tratado antes este tema de la inmortalidad. Kundera, por ejemplo, dedicó al asunto algo más que una novela con ese preciso título (yo diría que es la obsesión que subyace entre líneas en toda su obra), y es asimismo inevitable recordar el célebre relato de Borges, “Los inmortales” en el que se plantean algunas cuestiones que, desde otro enfoque distinto, están también en este libro, especialmente en la parte inicial del capitulo titulado "Dos conversaciones y un recuerdo", en la que hablan Saavedra y Robespierre: el tema de si realmente la inmortalidad es deseable, y aún más, si es o no soportable esa dilatación del tiempo que acabaría convirtiendo todo en aplazable e inane, ¿cómo olvidar a aquel personaje inmortal del cuento de Borges que cae en una grieta y tardan décadas en arrojarle un poco de agua para que beba?. En las páginas de este libro, otro personaje, Stalin, inmortal materialista, sugiere que no morir sería poco más que un alargamiento de la oscuridad. Y eso da cierto pavor, recuerda a cómo Cioran pensaba en uno de sus aforismos que el infierno debía de parecerse mucho a un domingo por la tarde sin fin, una tarde de domingo que no terminara nunca.
Hay diversas clases de inmortalidad: una es la de la obra que queda, las huellas de una vida y de un pensamiento que es absorbido por las generaciones venideras, vivir en el recuerdo de otros, en sus lecturas, configurando conciencias de tiempos futuros, pero esta forma de inmortalidad no es la que interesa, no es por la íntimamente todo hombre clama, lo reconozca o no. En el libro asistimos a otras más interesantes: está la inmortalidad tipo fantasma encerrado, que es la que James Joyce representa en la novela, recluido en un museo en forma de holograma. Y otro tipo de inmortalidad más deseable que permite beber whisky, contratar prostitutas, tomar aviones y desplazarse en el tiempo. Este tipo de inmortalidad, que es la que más abunda en el libro, permite poner a discutir a personajes que vivieron sus vidas reales en siglos diferentes entre sí, preguntarnos por cuáles serían ahora sus gustas musicales o por el tatuaje que llevarían puesto. Se crea así un Universo del todo global. La simultaneidad es una de las categorías fundamentales de este libro, una simultaneidad que aparece reflejada también en pequeños detalles como el visionado de dos películas a la vez o los múltiples conciertos que pueden escucharse al mismo tiempo a bordo del coche fantástico. Porque la globalidad de la que ahora tanto se habla, la famosa “aldea global” es una cuestión sólo de espacio, de suprimir distancias y eliminar barreras de mercado y de comercio cultural. En Los inmortales de Vilas asistimos a una auténtica globalidad, los desplazamientos son en el espacio pero también en el tiempo, estamos todos juntos por primera vez, las ideas del pasado y las que vendrán, algunas de las cuales se nos adelantan en estas páginas.
Porque hay muchísimas ideas en este libro poliédrico, algunas muy poderosas y originales, que son disparadas desde todos los ángulos, ya que en él ocupa un lugar destacado la cuestión —tan literaria, por cierto, pero a la vez genuinamente filosófica— del punto de vista. Es decir, no sólo desde dónde contamos una historia, sino desde qué lugar nos situamos para mirar el mundo. Aquí se observa desde todo tipo de balcones, atalayas y hasta pozos, miradores más allá de la muerte o más allá del espacio. Y todo, la desnudez del hombre, lo ridículo de sus afanes, la levedad de su historia, parece verse más claro bajo esta luz múltiple y desdoblada que ha roto el tiempo y que difumina la distancia existente entre un ser y otro ser, que atraviesa las cosas para iluminar frontalmente la nada.
Atraviesan la narración sugerentes ideas políticas como la anarcocosmia, la cuestión de si la locura colectiva puede ser o no una forma de orden público o acerca de la naturaleza política de los millones de muertos, esa gran fuerza subterránea que todo lo condiciona desde la oscuridad. Y también la idea del miedo como principio político de todas las sociedades humanas y la visión del odio como “café” de la humanidad, como verdadero estimulante de las conductas individuales y colectivas.
Y también consideraciones de carácter filosófico, algunas generosamente desarrolladas y otras esbozadas apenas, como la contraposición que hace Kafka entre Universo e Historia, la tremenda insignificancia de la Historia frente al Universo, similar a la de una conciencia al lado de una piedra que permanecerá en el mundo cuando ésta se haya disuelto en la nada “como lágrimas en la lluvia” expresión Bladrunneriana que se repite en esta obra a modo de homenaje y estribillo. O las reflexiones acerca de la obligación de ser felices, que nos remiten nuevamente a Borges y a los célebres versos que escribió pocos días después de la muerte de su madre: “He cometido el peor de los pecados, no he sido feliz”. Y, sobre todo, la consideración de que nada existe realmente más allá del dolor. Somos nada. Nada como materia (lo sabemos, aunque prefiramos vivir como lo ignoráramos, desde el momento en que descubrimos que los átomos están prácticamente vacíos). Nada tampoco como humanos, ya que somos conciencia que termina por deshacerse, que se disuelve en olvido y en vacío.
Y somos fieles a esa nada, quizás porque esa nada porque nada es todo lo que tenemos.
Es de destacar el vuelo poético que adquiere el lenguaje en muchos pasajes de este libro. Y también, cómo no, el humor, que es en esta novela incisivo e inteligente pero además compasivo. Un humor que es entendido por el autor como una forma de amor, que en definitiva es el gran tema de toda la obra de Manuel Vilas. Hay mucho amor en este libro: amor fraternal, amor erótico, amor a los propios huesos, que es el amor del todo por las partes, y un amor más extraño, más sideral cuyo calor no conocíamos hasta ahora los mortales y que la novela nos ayuda, casi dolorosamente, a sentir: el amor con el que los dioses aman a sus criaturas, las lágrimas que por lo insignificante puede llegar a derramar lo Sublime.

1 comentario:

Vincent Diable dijo...

Es la segunda crítica favorable que he leído de dicho libro. Habrá que ponerse a ello entonces.