lunes, febrero 27, 2012

La jaula, Javier Serrano

Eutelequia, Madrid, 2011. 212 pp. 16,20 €

Miguel Baquero

Alegórica y rotunda, La jaula, primera novela del madrileño Javier Serrano (Madrid, 1968) supone todo un descubrimiento. En primer lugar, el descubrimiento de un autor que, por lo que se desprende de este texto, se mueve en la órbita de la literatura más seria y con afán de trascendencia, esa literatura que, sobre una metáfora como representación del mundo, desarrolla en torno a esa imagen un pensamiento. Un pensamiento, esto es fundamental, en forma novelada, un pensamiento que se plantea preguntas y se atreve a aventurar algunas respuestas, todo ello, siempre, en modo narrativo, sin ninguna sentencia, por supuesto ningún sermón ni ninguna exposición exhibicionista de las ideas propias. No por nada, esta novela concluye con un colofón de Aldous Huxley, en cuya estela pretende situarse Serrano, así como en la de otros grandes autores del siglo pasado (desde Camus a Jünger, Orwell o Golding, primeros que se me vienen a la cabeza, la lista es extensísima y gloriosa) que, mediante una literatura precisa y depurada, quisieron vehicular el pensamiento y su visión del mundo a través de la estética novelística. Así creo yo, mediante la novela simbólica o significativa (más que mediante la sucesión de peripecias y/o anécdotas), que se produce una literatura de excepcional calidad, como es el caso.
Para mayor fortuna, Serrano sitúa la acción de su novela en un entorno kafkiano: un presidio en mitad de la nada donde no existen barrotes en las celdas, así como tampoco guardias ni carceleros (todos, en fin, se vigilan unos a otros), pero nadie siente, sin embargo, la necesidad perentoria de salir, de cruzar la puerta permanentemente abierta. Una serie de cárteles, repartidos a lo largo del recinto, con sentencias grandilocuentes, les amilanan aún más, si cabe, en su deseo, si acaso alguna vez lo sintieran, de escapar de allí. Es a ese recinto donde llega (adonde llevan) a Bastián Bastián, el protagonista de la novela (no ha habido ningún error al copiarlo, al crear el autor un nombre así, imposible en realidad, origina una singular empatía con el personaje; en realidad, al no ser nadie podríamos ser cualquiera). El planteamiento, como se ve, es ante todas las cosas, radical, en el mejor sentido del término. Un planteamiento que pretende ir a la raíz de las cosas, con el que el autor pretende mostrar su visión de la realidad desnuda de interferencias ni distracciones, enfocar directamente sobre la esencia de las cosas, en medio de un panorama cerrado sobre sí mismo.
En el recinto, pues, extrañamente clausurado de La jaula, se dilucidan ya desde la primera páginas algunas de las grandes cuestiones humanas (en esencia, repito, es decir: sin digresiones), como son la resignación ante la suerte y/o la subsiguiente capacidad de lucha; la obediencia a un superior; la naturaleza de la amistad; el límite de la resistencia a la tortura sorda… Pero La jaula no sólo le propone al lector que se contemple a sí mismo a través del personaje protagonista, no sólo le incita a una reflexión sobre su yo interior, sobre las cuestiones arriba expuestas planteadas hacia sí mismo, sino que, al mismo tiempo, la novela tiene una proyección al exterior, La jaula es así mismo una abstracción de la sociedad que nos rodea y los pilares en que está asentada, a veces tan absurdos, estos pilares y principios, como los de los grandilocuentes carteles que sojuzgan silenciosamente a los reclusos de la cárcel, una sociedad con las puertas abiertas que nos mantiene, no obstante, prisioneros y nos obliga a menudo a las más bajas acciones debido a un temor incierto hacia no se sabe qué, hacia la nada seguramente que rodea el recinto.
La conjunción de estos dos planos, reflexión personal y reflexión social, hace de La jaula una novela de extraordinaria profundidad, un ejercicio intelectual sin complejos, de la vieja época en que los escritores no se asustaban de introducir “un mensaje” en sus obras, aunque más que de “mensaje” dirigido y mascado, cabría hablar aquí de una invitación al pensamiento. A ello hay que unir un lenguaje certero, descriptivo sin excesos, rudo en los casos que se requiere, perfectamente adecuado a la novela; un ritmo que no decae en ningún momento y unos personajes, como el del guardián del presidio, inquietantes y muy bien caracterizados. Escenas como la del palo al sol al que se ata a los díscolos tienen una fuerza impresionante; en el debe, quizás, faltaría un poco de concreción en algunos símbolos (como el de las muñecas que se fabrican en la cárcel o las cartas que los presos pretenden mandar al exterior) y el final se antoja un poco apresurado. Pero, en todo caso, es difícil exigir más calidad a un autor, cuanto más en su primera novela publicada.