viernes, febrero 10, 2012

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, Manuel Chaves Nogales

Libros del Asteroide, Barcelona, 2011. 320 pp. 17,95 €

Ariadna G. García

La Guerra Civil Española siempre ha sido uno de los grandes temas de nuestra narrativa contemporánea. En los últimos diez años, algunas de las novelas y de las colecciones de relatos más celebradas, estaban inspiradas en el conflicto armado o en sus consecuencias. Soldados de Salamina (2001, de Javier Cercas), Los amigos del crimen perfecto (2003, de Andrés Trapiello), Los girasoles ciegos (2004, de Alberto Méndez) y Carta blanca (2004, de Lorenzo Silva), constituyen los títulos destacados de la primera década del siglo. La guerra, incluso, asaltó la literatura de género, que obsequió a sus lectores con una estupenda novela de terror (Noche cerrada, Emilio Bueso, 2007). En lo que llevamos de segunda década, apenas doce meses, el combate fraticida ya ha cosechado varias obras importantes, lo que significa dos cosas: que escritores y editores se siguen esforzando en mantener intacta nuestra memoria histórica, para que no se olvide el sufrimiento de un pueblo masacrado y se restituya su honor; y que en la sociedad, pese a los intentos de silenciarlo, late el pulso sereno de una democracia joven, pero madura, que desea mirar hacia atrás para impartir justicia y salir reforzada hacia delante. En 2010, el juez Garzón fue procesado por investigar los crímenes perpetrados por los franquistas durante la guerra e inmediatamente después. Al año, Bartleby publicaba un libro de poemas soberbio (Elegía en Portbou, de Antonio Crespo Massieu), rendido homenaje a los ausentes: los muertos y desaparecidos que dejó la guerra entre los demócratas republicanos; Debolsillo, un cómic espectacular (Todo 36-39. Malos tiempos, de Carlos Giménez); y Libros del Asteroide, un conjunto de relatos imprescindibles (A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales) para conocer hasta qué punto nos transforma una guerra. 2011, además, es el año en que la jueza argentina María Romilda Servini de Cubría, tomando el relevo a un Baltasar Garzón silenciado, amordazado, abrió una investigación criminal para depurar responsabilidades por los asesinatos y torturas en la España fascista durante la dictadura de Franco.
Los nueve relatos de A sangre y fuego los escribió su autor antes de partir al exilio y ya ubicado en Francia, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937. Cuenta María Isabel Cintas en el prólogo que algunos de estos textos aparecieron en diferentes revistas europeas y americanas, saciando con ellos la sed de información que nuestra guerra civil provocaba en el mundo. Con ellos, Manuel Chaves relata distintas historias inspiradas en la realidad: el bombardeo de Madrid, la organización de cuadrillas nobiliarias para el exterminio de jornaleros rojos, la desarticulación de una red de espías del bando nacional que emitían la información en morse con linternas, la desorientación de un piloto británico que asistió a un combate entre la Columna de Hierro (milicia popular libertaria) y los socialistas, el intento de un comisionado enviado por el gobierno de la república para salvaguardar el tesoro artístico de Briesca, la angustia y el rencor de un guerrero africano por la pérdida de su compañero de armas, la lucha del personal de servicio de un pequeño hotel la noche del alzamiento, la gallardía de un viejo anarquista que se resistió al papel de actor secundario y lideró la defensa de Madrid, y le reivindicación de su derecho tanto al trabajo como a la vida de un obrero sin carné sindical.
Todos estos relatos nos descubren no ya sólo los entresijos tácticos de un bando y de otro, sino las contradicciones internas de los colectivos y de las personas. A sangre y fuego, como La vergüenza (Bergman, 1968), nos enfrenta al envilecimiento de la gente en un conflicto armado. El periodista Manuel Chaves, desde la distancia sobre los acontecimientos que impone el exilio y con absoluta imparcialidad ideológica, nos muestra las cenizas a la que se reducen los valores morales cuando lo que se juega uno es la propia subsistencia. Los gestos nobles, como la compasión, se pagan con la vida. Y sin embargo, los comportamientos incívicos (traición, venganza, abuso de poder…) se premian con el fardo de una vida culpable, aunque no siempre. La emotividad humana, lo mismo que la piel, sometida a una fuerte presión se llena de callos, y acaba acartonándose
Entre las nueve narraciones, sobresalen las cuatro últimas, que son de lectura obligada para quienes gusten de hacer rápel, con pulso firme, camino del interior de las conciencias más complejas y laberínticas: “Los guerreros marroquíes”, “Bigornia”, “Consejo obrero” y la fantástica “Viva la muerte”.
Libros del Asteroide recupera un título meritorio para la literatura en lengua castellana. La fortuna editorial de A sangre y fuego tiene ahora la ocasión de resarcirse de su olvido en España. Sus traducciones en Francia y en el Reino Unido, así como sus ediciones en Chile o en Méjico, avalan su candidatura a un hueco en nuestro canon, siempre tan conservador cuando se habla de nuevas incorporaciones. Las generaciones venideras, de lectores y críticos, tendrán la última palabra.

jueves, febrero 09, 2012

Articuentos completos, Juan José Millás

Seix Barral, Barcelona, 2011. 960 pp. 27 €

Fernando Sánchez Calvo

Personalmente, no me gusta leer los archiconocidos articuentos de Juan José Millás por una sencilla razón: me hacen pensar durante todo el día. Normalmente los lees a primera hora de la mañana, pasando directamente de la portada y páginas interiores del periódico a la columna que cierra a éste. Tú te estás tomando tranquilamente un café y entonces, no recuerdo qué día de la semana, en ese momento llega Millás contándote una historia sobre una muela, sobre algún adulterio desconcertante, sobre un recuerdo de la infancia, sobre el poder de la muerte en la memoria, sobre la seducción, sobre la caca, sobre el desorden material y humano que puede provocar un terremoto, sobre el descubrimiento de alguna nueva especie animal o vegetal que en principio no nos concernía pero al final del articuento Millás como autor y tú como lector descubrís que sí. Una vez leído el articuento, no es que pienses “qué tontería ha escrito hoy éste” pero sí lo olvidas momentáneamente hasta que, ya en el trabajo, durante la comida, tras la siesta, después de cenar, con la nunca ya sobre la almohada, esa muela, ese descubrimiento científico y esa historia en general, reaparecen y desaparecen simplemente para decirte que están ahí como temas y ya está. ¿Por qué? Porque los ha puesto Millás como orden del día junto a las noticias importantes sobre economía, política y fútbol. Dichos temas y reflexiones no te van a solucionar la vida ni tampoco es que captes el mensaje por fin después de doce horas: es que olvidas las cosas importantes que tu día te reservaba para simplemente pensar en el cuerpo, en la mente, en el lenguaje. Pasas a pensar en los temas de Millás, otra razón por la cual desconcierta leerle, leerlo y leer en general.
Cuerpo, mente, lenguaje, sociedad y cajón de sastre. No son secciones de un periódico ni de cualquier revista de variedades, sino las cinco partes que estructuran el colosal (en ambos sentidos de la palabra) tomo que Seix Barral, bajo el título de Articuentos completos, ha publicado sobre el autor valenciano, quien, muy a pesar de él o no, pasará a la historia de la literatura gracias a este híbrido de columna periodística y ficción, de humor y desconcierto, de cotidianos y extracotidianos. No sé cuánto tiempo hace que Millás escribe articuentos ni qué fue antes, si el articuento o el nombre en sí que, con tanto acierto, explica en qué consisten estas piezas breves, rara vez de más de una página de extensión, con las que se analiza la historia de nuestro planeta y de nuestras intimidades. Las cinco partes de las que antes hablábamos podrían ser perfectamente pues, las cinco obsesiones del autor no sólo en este género sino también en la novela (Léase Cuentos de adúlteros desorientados, La soledad era esto o Dos mujeres en Praga, por dar algunos títulos al azar). En los articuentos, sin embargo, y más en los seleccionados para esta completa antología incompleta por voluntad del autor (quien en conjunto con su editora decidió suprimir aquellos ejemplares que, por decirlo de alguna manera, trataban temas ya pasados de moda), dichas obsesiones crecen ante los ojos del lector por tratarse con lupa. Si cualquiera de nosotros mira a una mosca concluirá que es una mosca. Si Millás la mira con su lupa concluirá que es una mosca + su infancia en Valencia cazando moscas + una discusión propiciada por algún malentendido ocasionado por culpa del zumbido de ésta+ todos los insectos que la precedieron.
¿El origen de análisis tan prodigioso? Si atendemos a los comienzos de los casi mil articuentos que comprenden esta antología, muchas veces una conversación robada por el oído del autor a la mesa de al lado en cualquier cafetería de barrio. Si atendemos a la materia prima, cualquiera que se ponga delante del ojo de éste: asesinatos y nacimientos, pies y prostitutas, cuernos y lámparas. Si atendemos a un estado vital, el desconcierto ante la vida que el autor valenciano nunca podrá o querrá superar. No sé si Millás estará feliz por ello o no, de acuerdo o en desacuerdo, pero en la opinión general que me rodea, pasará a la historia (si es que hay alguna) como el magnífico autor del género breve que a muchos nos hace sentir más profundos aunque también más jodidos. Lo siento por sus novelas y el resto del material que produzca, pues, siendo bueno, no va de momento pegado a la piel del autor y a la de este lector como las veinte o treinta líneas que cada mañana me regalan un pequeño tema en el que poder pensar con fastidio.

miércoles, febrero 08, 2012

Retrato de un matrimonio Nigel Nicolson

Trad. Óscar Luis Molina. Lumen, Barcelona, 2011. 327 pp. 21,90 €

Pilar Adón

No debe de ser muy cómodo escribir sobre los propios padres. Y no sólo porque no parece que la obra pueda depararle al autor grandes hallazgos o momentos de pura evasión, sino también porque, en cierto modo, implica poner en tela de juicio, a disposición de los demás, la propia existencia. No obstante, Nigel Nicolson (autor de una excelente biografía de Virginia Woolf, y editor de Lolita en Inglaterra a pesar de los muchos obstáculos que se alzaron en su camino), hijo del matrimonio formado por la escritora y especialista en jardines Vita Sackville-West y el también escritor y diplomático Harold Nicolson, decidió narrar la historia perfectamente documentada de dos personas que se toleraron mutuamente prácticamente todo: sus padres.
El germen de la obra se origina, como el propio Nicolson cuenta en el prólogo a la edición original de 1973, cuando su madre muere y él ha de encargarse de revisar sus papeles, cartas y documentos. De esta forma va a dar con un diario que Vita escribió a los veintiocho años, en el que revelaba las circunstancias y dilemas de la turbulenta historia de amor que mantuvo con Violet Trefusis durante tres años, concretamente entre 1918 y 1921, momento en que Vita estaba ya casada con Harold, con quien tenía dos hijos, y periodo durante el que Violet se casó con Denys Trefusis tras hacerle jurar que jamás mantendrían relaciones sexuales. A partir de este descubrimiento, Nicolson pasó diez años sopesando la posibilidad de publicar el diario. Consultó a familiares y amigos, y finalmente optó por esperar a que murieran los otros dos principales involucrados en la historia (Harold en 1968 y Violet en 1972), para no causarles problemas.
Muchas voces se alzaron contra la publicación. Rebecca West, por ejemplo, dijo que debería haber dejado el manuscrito allí donde lo encontró, y hubo quien acusó a Nicolson de odiar a su madre. No obstante, Retrato de un matrimonio es mucho más que el diario de Vita y la narración de su apasionada historia con Violet Trefusis. Se trata de una lúcida y consciente declaración de amor filial en la que, haciendo uso de una perfecta alternancia de voces entre el diario y la explicación posterior a modo de glosa del propio Nicolson, que sitúa en contexto, ilumina y ordena las confesiones previas de su madre, se nos ofrece, como lo define el autor, «un elogio del matrimonio» y una perspectiva de la vida de Vita desde su niñez hasta sus últimos años, cuando se volvió más solitaria y se dedicó casi exclusivamente a la jardinería y la literatura,siempre acompañada de distintas figuras más o menos relevantes y, esencialmente, de Harold, su marido.
Nicolson describe a su madre sin escamotear detalles. Nos habla de sus remilgos sociales y de su esnobismo desatado. De una Vita joven, cuenta: «Se sentía herida por cualquier falta de amabilidad, sufría pensando que podía provocar hilaridad con algún traspiés, pues ansiaba sobre todo destacarse», y también que poseía una imbatible conciencia de clase que hacía que considerara vulgares a todos los que no pertenecían a su ámbito social. Vita concedía la mayor importancia al nombre y la fortuna, y consideraba que las personas de clase media, a los que los Sackville llamaban «vulgares», eran dignas de compasión y debían evitarse, a no ser que hubieran adquirido algo de distinción con sus riquezas. Ese desprecio por los «vulgares», por los que no habían nacido con sus privilegios, era algo que compartía con Harold. Y quizá fuera este empeño de Nicolson por no ocultar nada lo que algunos consideraron desmedido y ofensivo. Además de cierto pudor inevitable ante las frecuentes declaraciones de carácter íntimo que salpican el libro. En una de las cartas más crispadas que Harold le dirigió a Vita en medio de su relación con Violet, le plantea sus dudas acerca de su propio carácter: «¿No soy lo bastante cariñoso?», y muestra el dolor que le causa la situación con un deseo de «Ojalá se muriera Violet», que luego matiza diciendo que no odia a Violet más de lo que odiaría el opio si Vita lo fumase.
Vita fue en su juventud una persona inquieta, vivaz y despierta. Conocía a Violet desde la infancia, pero la parte más intensa de su relación comenzó en abril de 1918, cuando se embarcaron en sucesivos viajes por Europa, en los que Vita solía vestirse como un hombre (Julian). Posteriormente, el suceso más polémico aconteció en febrero de 1920, cuando los dos maridos se presentaron en Amiens dispuestos a llevarse a sus esposas a París. Ambas eran muy conocidas en Londres y París, y los chismorreos iban en aumento. De hecho, Challenge, la novela que Vita le dedicó a Violet, y en la que el eje central es su amor y la defensa del mismo, no se publicó de inmediato en Inglaterra (sí en los EE.UU., en 1924) ya que el retrato de Violet era demasiado reconocible y las familias temieron un escándalo.
En la quinta parte del libro aparece brevemente Virginia Woolf, rememorada por Nigel Nicolson con su habitual destreza y afecto («Virginia Woolf es el ser humano más admirable que he tenido la oportunidad de conocer»). En este apartado, el autor no necesita seguir justificando el comportamiento de sus padres, ni hacer más hincapié en el amor que sentían el uno por el otro, y simplemente se dedica a describir la personalidad de, según sus propias palabras, «un genio».
A pesar del tema y de los grandes riesgos que una cercanía tan evidente podía conllevar, Nicolson se muestra tremendamente objetivoa la hora de exponer cada aventura, cada giro y cada reflexión. Seguramente fue esa sinceridad (que trajo sus consecuencias) lo que le llevó a escribir un nuevo prólogo para la edición del libro de 1992. Si en el primero las justificaciones de la decisión de publicar la obra eran más bien de carácter personal, en el segundo (con un tono a la defensiva y más dolido; menos entusiasta) dicho alegato se dirige a los críticos y conocidos que le habían acusado de traicionar a su madre y de haber publicado su autobiografía con un evidente afán de venganza. En cualquier caso, madre e hijo parecen haber compartido esa devoción por la transparencia. En palabras de la propia Vita: «La gente, por muy franca que sea, siempre oculta algo. Yo no puedo ocultarme nada a mí misma».

martes, febrero 07, 2012

Entre cielo y tierra, Jón Kalman Stefánsson

Trad. Enrique Bernárdez Sanchís. Salamandra, Barcelona, 2011. 189 pp. 15 €

Cristina Davó Rubí

Islandia es un país lejano e ignoto para la mayoría; un país de montañas y glaciares en medio del Océano Atlántico. Aunque allí también hay literatura. Con tradición y de calidad. No en vano es uno de los países del mundo en que más se lee y que cuenta con numerosos autores desconocidos por estas latitudes. Pero afortunadamente de vez en cuando nos llega alguna muestra, como esta novela de Jón Kalman Stefánsson (1963, Reikiavik). La primera traducida al español, Entre cielo y tierra (2011), es ya la octava de uno de los autores islandeses más prestigiosos en la actualidad. Se trata del inicio de una trilogía que publicará Salamandra aquí en España.
Después de trabajar breve tiempo como pescador, Kalman Stefánsson inició sus estudios de Literatura, que no acabó, dio clases y posteriormente se ocupó de la biblioteca de Mosfellsbær; pero lleva ya más de diez años dedicado exclusivamente a escribir. En 2005 recibió el Premio Nacional de Literatura en su país y ha sido nominado en varias ocasiones a otros galardones importantes. Si hemos de juzgar a este autor por Entre cielo y tierra, diremos que no ha equivocado su oficio. La novela se sitúa a principios del siglo XX, ambientada en Islandia, en una naturaleza agreste y salvaje con la que tienen que lidiar un grupo de pescadores. A bordo de unos botes a todas luces endebles en el inmenso y furioso mar glacial, se enfrentan con la dureza de su trabajo y también con la misma vida, tan ligada a la muerte. Cuando no están pescando, los personajes se ubican en Lugar, una pequeña aldea que se convierte en el centro de todo. Testigo de personalidades diversas, sentimientos encontrados, diferentes posturas ante la vida que allí concurren. Página tras página se van mezclando las descripciones de un paisaje bello a la vez que hostil con numerosas voces, de vivos y de muertos, que nos van contando una historia que al final no nos resulta tan lejana. Porque nos habla de nosotros mismos, de nuestros miedos, del sentido de la vida, de la pérdida, de cómo seguir adelante.
Entreverado con todo esto, el poder salvador de la palabra. Un viejo capitán ciego con una considerable biblioteca, un libro que ha de ser devuelto, la lectura de El paraíso perdido de Milton como telón de fondo. Y es que Kalman Stefánsson es también poeta y su propósito de introducir la música de la poesía en la narración se consigue con creces. La prosa del autor islandés es de una belleza poética extraordinaria, elogiable aún más por no mermar con ella la línea argumental. El cuidado lenguaje de metáforas impresionantes nos sumerge en un ambiente crepuscular, onírico que no nos distrae sin embargo de lo que está pasando.
Una novela lírica, conmovedora, que se aleja de la acción frenética, los asesinatos y el gran filón del género negro escandinavo. Una odisea que llega de los fiordos, de los mares helados para demostrarnos la universalidad de los sentimientos del ser humano, para removernos por dentro y que reflexionemos más allá de su argumento. «El infierno es no saber si estamos vivos o muertos».

lunes, febrero 06, 2012

Fantasmas de piedra, Mauro Corona

Trad. Álida Ares. Altaïr, Barcelona, 2011. 292 pp. 22 €

Alejandro Luque

En los últimos años, España e Italia han coincidido en demostrar un renovado interés por la memoria. Escritores, cineastas, artistas del más diverso pelaje han participado de este movimiento, a veces fuertemente politizado, pero casi siempre impregnado de un angustioso sentimiento de pérdida. “Se canta lo que se pierde”, escribió don Antonio Machado. Pero no todo lo que se pierde es cantado, porque para eso hay que encontrar primero un cantor. En una canción preciosa, Silvio Rodríguez se preguntaba adónde iban las cosas cotidianas que el olvido barre; pero, nombrándolas una a una, el público sentía con un escalofrío la certeza de que estaban siendo rescatadas.
He recordado ambas cosas, el verso machadiano y la letra de Silvio, tras la lectura de este hermosísimo libro de Mauro Corona, vecino de los Dolomitas del Friul, en el norte alpino de Italia, escalador, escultor en madera y, desde que fuera descubierto nada menos que por Claudio Magris, escritor con 16 títulos en su haber. Tras darse a conocer en su país con libros como Aspro e dolce, L’ombra del bastone o Storia di neve, este hombre de montaña ha desembarcado en España con un testimonio de los que dejan huella en cualquier lector sensible.
El origen de esta historia se remonta al 9 de octubre de 1963, cuando el embalse de Vajont fue desbordado por una ola gigantesca y el valle completamente barrido, con un saldo de dos mil pérdidas humanas y el resto de la población desalojada a la fuerza. Erto, la villa natal de Mauro Corona, fue así durante décadas un pueblo fantasma. A él regresa el autor en estas páginas, recorre las calles en las que transcurrió su infancia, empuja la madera podrida de las casas, reconoce objetos que pertenecieron a parientes y vecinos, y poco a poco consigue que todo vuelva a revivir ante nuestros ojos.
Estructurado en cuatro partes correspondientes a las estaciones del año, Fantasmas de piedra es al mismo tiempo una autobiografía íntima, una elegía al mundo perdido de ayer («Ha habido más cambios en los últimos treinta años que en los doscientos precedentes», dice), un canto a la naturaleza y, desde el punto de vista estilístico, un relato magistral, con momentos que habrían merecido la aprobación de Rulfo, descripciones capaces de traernos a la nariz el olor de la resina y la tierra húmeda, y a los labios el sabor de la polenta y el áspero vino de las montañas.
Tal vez no sea casual el hecho de que Italia haya dado un caso como Corona, paralelo al que surgió en España, a la sombra del maestro Delibes, con nombres como Julio Llamazares o Alejandro López Andrada, todos ellos autores capaces de poner en pie un universo que ya no es, que nunca volverá a ser. La nostalgia, como se puede imaginar, está presente a todo lo largo y ancho del libro, y también son frecuentes los fragmentos que mueven al humor. Pero Corona es lo suficientemente inteligente como para no rellenar casi 300 páginas con escenarios arcádicos, coros de pájaros y ancianitas bondadosas. Hay que subrayarlo: Fantasmas de piedra no es Heidi. Por el contrario, se trata de un libro duro, que levanta acta, por ejemplo, de cómo los niños robaban los pollitos de los nidos y les quebraban el cráneo con una simple pinza de los dedos, cómo una chica violada volvía a casa amordazada por el miedo y la vergüenza, o como se dirimían en sucesos de sangre algunas controversias personales, al margen de las leyes codificadas.
Prolijo, moroso, muy bien hilvanado, pero sobre todo honesto, el testimonio de Corona nos recuerda que no hay que tener miedo al escozor de la memoria, porque a veces ésa es la señal de que las antiguas heridas se desinfectan. Y, dando una vuelta de tuerca al adagio machadiano, que sólo lo que se canta puede ser salvado.