martes, marzo 06, 2007

Las curas milagrosas del doctor Aira, César Aira

Mondadori, Barcelona, 2007. 240 pp. 15,50 €

Inés Matute

La vanguardia nos enseñó —o quizá sólo nos convenció de ello— que se puede hacer literatura y ficción con todo, y que todo es ficción si el narrador se lo propone y dispone de los recursos necesarios. Y ese es, precisamente, el caso del prolífico César Aira.
Mondadori reúne en este libro tres originalísimas obras cortas de uno de los autores más reconocidos de la actual narrativa argentina, acompañados por un apéndice de textos sueltos a medio camino entre el ensayo y la reflexión íntima. Admitiré que he tenido que repasar el texto detenidamente antes de lanzarme a aplaudir sus logros, y también que, en la primera lectura, no quedé completamente satisfecha. Según dicen los expertos, el lector que no conozca las novelas más características de este autor —Cumpleaños, Canto castrato, Las ovejas, Moreira o Cómo me hice monja— encontrará aquí rasgos definidores de su quehacer en prosa, pero no llegará a captar todo lo que su literatura puede ofrecer, cosa que sí sucederá con quien le haya seguido desde sus inicios. De ser cierto, quedo parcialmente excusada.
El volumen se abre con la novela corta que le da título, la cual trata sobre el extraño doctor Aira, perseguido por su contrincante, el doctor Actyn, el cual está empeñado en destruir a Aira a través del ridículo público. Solitario, pobre y escéptico, Aira tiene, sin embargo, el don de hacer milagros, milagros que se solicitan con desgana y sin mucha fe. A medida que la historia va tomando cuerpo —el punto álgido coincide con el pasaje de la ambulancia, en cuyo interior viaja un enfermo incurable— nos vamos alejando de cualquier circunstancia siquiera verosímil, lo cual nos remite a escritores como Borges y Roberto Arlt (no mencionaré a Cortázar porque el autor sostiene que el mejor Cortázar es el peor Borges, y, personalmente, discrepo) invitándonos a sumergirnos en un surrealismo delirante, en una manera «disparatadamente alternativa» de concebir la realidad.
“El tilo” es una recreación de recuerdos infantiles, elaborada por un narrador cuyas circunstancias personales coinciden con las de César Aira, circunstancia de la que conviene olvidarse en aras de un mayor disfrute y aprovechamiento del texto. La voz escondida entre líneas intenta recuperar «aquel viejo yo» de niño peronista protegido por la sombra de un tilo monstruoso en la plaza de Coronel Pringles, lugar de nacimiento del autor. El hecho de haber traducido a Saint-Exupéry podría explicar la facilidad con la que Aira reconstruye el mágico mundo de la infancia, con sus lirismos, su cándido sentido del humor, su sinceridad y sus juegos aparentemente espontáneos pero de una complejidad muy trabajada. En “El tilo” se nos formula la siguiente pregunta: «¿Acaso no podemos pasarnos la vida tratando de entender la frase que dijo nuestro padre, allá en tiempos remotos, la única vez que rompió su silencio?».
“Fragmentos de un diario en los Alpes” es, a mi juicio, la mejor historia del libro, la más ágil y risueña, donde el ingenio mostrado en enumeraciones, clasificaciones e inventarios se pone al servicio de la descripción de una mansión en los Alpes en la que un escritor —tal vez el propio Aira, acogido temporalmente por unos amigos franceses— reflexiona sobre su oficio, enlazando pensamientos casi abstractos con sesudas observaciones acerca de la obra de Duchamp y Balzac. La evocación irá de la mano de la descripción, y lo trivial se confundirá con lo profundo. El personal universo de Aira se nos desvela aquí en forma de teatro de títeres y vitrinas de miniaturas, juguetes, álbumes y tebeos, objetos con un alto poder evocador que unas veces funcionan como catalizador de la creatividad del escritor y otras como llave al subconsciente colectivo. Nos enfrentamos pues a la narración en estado puro, sin otro fin que seducirse a sí misma.
No es un libro fácil, lo advierto, pero sí intenso y enigmático, en el cual la libertad creativa —con toques excéntricos, descabellado, absurdos— es su rasgo más destacado, un punto de arranque y también un fin en sí misma.

lunes, marzo 05, 2007

La vida es una suave quemadura, Francesc Miralles

Edebé, Barcelona, 2007. 182 pp. 8,30 €

Care Santos

Seguro que más de uno se asustaría si de pronto un amigo escritor le dijera que pretende escribir una novela espiritual y a continuación citara el Siddharta de Herman Hesse y recitara algunos versos de Lanza del Vasto, todo eso mientras se toma una copa en un bar clandestino llamado Albricias. Antes de entrar en harina, explico quién diantres es Lanza del Vasto: un discípulo de Gandhi, activista en favor de la no-violencia, que nació en San Vito del Normanni (Italia) en 1901 y murió en Murcia en 1981. Además de pacifista y filósofo, el hombre fue poeta. Sus enseñanzas fundamentales, y algunos de sus versos, quedaron plasmados en su obra Peregrinación a las fuentes (que en nuestro país publicó Seix Barral en 1998) donde relata sus primeros días en la India y el camino que recorrió hasta despojarse de su personalidad de hombre occidental.
Algo parecido le ocurre a Víctor, el personaje principal de esta novela, quien después de una serie de experiencias tan insatisfactorias como esclarecedoras decide abandonar su vida regalada junto a un padre que le presta mucho más dinero que atención y refugiarse en el monte más cercano al lugar donde vive, que resulta ser el Tibidabo, junto a su ciudad, Barcelona. En el monte, como se espera de la novela, Víctor encontrará las revelaciones que está buscando, pero no será del modo en que podría desear el lector ansioso de misticismo (dudo: ¿existirá un lector así?), sino de la mano de diversos personajes, a cuál más original e interesante: la quasi-bruja a quien todos llaman "Madre", que prepara té junto a su choza con techo de uralita; Max, el viejo profesor derrotado por sus propias circunstancias y Fiona, la hija del multimillonario que pasa las vacaciones sola en una casa enorme de la zona alta de la ciudad. Todos ellos, en mayor o menor medida, son personajes con sorpresa. En ese sentido, Max se lleva la palma, cuando al final de un capítulo desvela uno de los detonantes de su vida (y de la trama).
Y si hablo de sorpresas y detonantes es porque ya hace algunas novelas que Francesc Miralles me sorprende con sus trazas de buen contador de historias. Se trata, advierto, de un autor al que lo mismo le da escribir un libro de referencia sobre el zen en la empresa que una pequeña joya sobre la cocina de ciertos éxitos literarios (por ahora, sólo disponible en catalán: L'autoajuda al descobert, Ara Llibres, 2006), que una novela negra (de pronta publicación en Algaida editores: Mátame eternamente) o una supuesta novela bienintencionada, que acaba convirtiéndose en un canto a la sencillez y la búsqueda de la verdad propia: Amor en minúscula (Vergara, 2006). Por no citar sus libros de viajes o los infantiles y juveniles, porque el espacio, pese a la libertad que permite este sitio, es reducido, y porque cada una de estas obras merecería su propio comentario. Quede claro, pues, que estamos ante un autor que se desenvuelve con soltura en todos los terrenos, además de un novelista capaz de enfrentarse a casi todo manteniendo al mismo tiempo una evidente marca de la casa: gusto por contar historias y buen ritmo. No son prendas pequeñas, cuaquiera que escriba y cualquiera que lea lo saben.
Volvamos ahora al asunto de la novela espiritual. Por supuesto, ésta lo es: una novela sobre la que también se proyecta la sombra de Francesco d'Assissi, que cuenta cómo un joven se hastía de su vida de abundancia y decide buscar la verdad y el bien absolutos. Y los encuentra, claro. Encuentra, sobre todo, razones convincentes para regresar a su vida y añadirle el ingrediente que le faltaba, que no es otro sino la bondad, entendida de un modo más o menos adolescente y práctico. Así, la trama habla de nosotros mismos, y al mismo tiempo del sentido de este sin sentido en el que todos andamos de aquí para allá.
No podemos olvidar, además, que se trata de una novela para jóvenes, a la que los adolescentes llegarán mayoritariamente a través de su profesor de literatura. Alguien podría temer que un argumento así no les interesase, pero caería en aquel error de pensar que hay asuntos buenos y asuntos malos, cuando lo único que realmente hay son buenos o malos modos de aproximarse un autor a un asunto. En este caso, Miralles sabe bien para quién está hablando, y es hábil. El interés del lector joven vendrá dado, en primer lugar, por el caracter del protagonista (despegado del mundo como lo están muchos jóvenes) por sus decisiones valientes en contra de su padre —el enfrentamiento intergeneracional es un clásico que suele funcionar entre jóvenes de cualquier edad, condición y país— y, por supuesto, la ambigua historia de amistad con Fiona o las peripecias de ese grupo de frívolos amigos aficionados a andar sobre la cuerda floja.
Así pues, Miralles tiene ya su novela espiritual. Y todos nosotros, una obra inetiquetable que merece la pena conocer y ponderar. Albricias.

viernes, marzo 02, 2007

La felicidad de Emma, Claudia Schreiber

Trad. Anna Košutič. Maeva, Madrid, 2006. 208 pp. 16 €

Elia Barceló

Empezaré con lo básico para que los lectores de este blog sepan desde el principio lo que van a encontrar en la reseña: La felicidad de Emma es una joya, una de esas novelas que se leen de un tirón y se quedan para siempre dando vueltas en nuestro interior, una de esas pocas, poquísimas novelas que uno quiere volver a leer con frecuencia y que, como la vida misma, le hacen reir y llorar y reflexionar sobre los grandes temas de la existencia: la vida, el amor y la muerte. Y eso en doscientas páginas.
En una zona rural de Alemania, prácticamente dejada de la mano de dios, Emma, una joven granjera, sobrevive mal que bien de las salchichas que fabrica con la carne de sus cerdos, a los que ella misma sacrifica sin ninguna ayuda. Las deudas se amontonan, sabe que pronto perderá su granja, nunca ha ido a una escuela regular, nunca ha estado enamorada, ha sido maltratada de niña y ha sufrido abusos, pero Emma es una fuerza de la naturaleza, casi un avatar de la madre tierra, y vive sola, libre y llena de entusiasmo, disfrutando día a día de lo que la vida puede ofrecerle.
En la ciudad cercana —aunque tan lejos que podría tratarse de otro planeta— Max, un modesto contable de un concesionario de automóviles, recibe la noticia de que padece un cancer terminal que lo matará en unos meses entre grandes dolores. Max es un hombre rígido, ordenado, compulsivo y solitario. Sabe que su vida no ha valido la pena y que casi no le queda tiempo; entonces decide robar el dinero negro que su socio y único amigo guarda en un escondite y, en un impulso de locura único en él, marcharse a México a vivir sus últimos días. El Ferrari robado derrapa en una curva y Max es rescatado por Emma que, de ese modo, ve atendidas sus plegarias: mucho dinero y un hombre a quien amar.
A partir de ese punto se desarrolla una extraordinaria historia de amor entre dos seres opuestos, dos mundos, dos formas de entender la existencia, entre la vida y la muerte. Pero lo mejor de todo es que eso sucede no sólo de un modo natural, sino terriblemente humorístico porque Claudia Schreiber consigue combinar escenas de una ternura y un lirismo insuperables con escenas cómicas, casi esperpénticas, que sin embargo resultan igualmente creíbles.
La mala noticia es que la traducción no está a la altura de la prosa de Schreiber y la versión española pierde grandes cantidades de frescura y de humor. Anna Košutič usa un español correcto, pero no ha acabado de comprender las intenciones de la autora, y los grandes contrastes que encontramos en el texto original se nivelan y se desdibujan hasta resultar irreconocibles. Del mismo modo, hay momentos divertidísimos que desaparecen por completo, simplemente porque la traductora no ha entendido el chiste. En la magnífica escena de la masturbación de Emma a caballo de su motocicleta renqueante que vibra enloquecida, cuando todo el pueblo sabe por el ruido del motor en el silencio de los campos lo que Emma está haciendo, Henner —el único policía del pueblo y amante ocasional de Emma— se come un bocadillo pensando en Emma y en el original se dice que «lo más picante que había en Henner era la mostaza», mientras que en la traducción al español leemos: «Lo único que lograba relajarle era un buen bocadillo de paté de hígado. Y lo que le hacía perder realmente el sueño era la mostaza que lo cubría» (35), con lo cual no sólo se pierde el chiste, sino la caracterización del personaje.
También es una lástima que la traductora no haya comprendido el juego de la autora cuando se refiere al matriarcado imperante en esa región de Alemania (que antes estaba en la frontera de la desaparecida República Democrática) y llama a las mujeres «Trümmerfrauen». Es cierto que se molesta en añadir una nota explicando que con ese nombre se conocía a las mujeres que levantaron el país de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, pero a poco que uno lea la descripción que Claudia Schreiber hace de esas matronas, tanto en lo referente a su aspecto físico: «la insignia de esas mujeres era la talla de su ropa, que comenzaba en la 48 y podía llegar tranquilamente a la 62» (24), como a su comportamiento: «Las mujeres de los escombros administraban el dinero y daban algo a sus maridos para sus gastos. Sin embargo, imprimían tal impulso para trabajar mucho y regularmente que un campesino cuya esposa hubiera muerto antes de tiempo se arruinaba con toda seguridad si en el plazo de un año no encontraba a otra mujer que lo maltratara. Y si no la conseguía, tenía que cargar nuevamente con su madre» (24), se da uno cuenta de que la mejor traducción posible para estas formidables hembras sería la de «focas», como en los chistes de Forges.
De esta novela, traducida a varias lenguas, se ha hecho también una película, bautizada con mayor acierto, como La suerte de Emma (Sven Taddicken, Alemania, 2006) que en noviembre de 2006 consiguió en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el Gran Premio del Público, y empezará a ser exhibida en España a principios de verano de este año.
Se trata de una buena película, pero la novela es mejor porque nos presenta también la infancia de Emma a través de algunos recuerdos de la protagonista y nos muestra el gran antagonismo existente no ya entre el mundo rural y el urbano, sino entre las dos Alemanias, entre las dos mentalidades de un pueblo europeo. Y nos enseña puntos de vista profundos y dispares, entre la sensualidad y el pragmatismo, entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo animal.
Lo dicho, señores y señoras, una joya que no conviene perderse entre la avalancha de novedades que inunda nuestras librerías. Si además, la editorial se aviniera a cambiar el título para adecuarse al de la película y a pulir la traducción para enfatizar el humor —refrescante y natural— que impregna la novela, tendríamos uno de esos libros que merecen lugar aparte en nuestras bibliotecas: el armario de textos favoritos para releer y disfrutar de verdad.

jueves, marzo 01, 2007

En las nubes, Ian McEwan

Trad. Gabriel López-Guix. Anagrama, Barcelona, 2007. 152 pp. 15 €

José Morella

La infancia, tal y como la entendemos ahora, existe hace poco tiempo. Sólo en el seno de la familia europea del siglo XIX empieza a verse al menor como un ser que precisa protección y tiene derechos. En los grabados medievales los niños parecen adultos a una escala menor: el futuro soldado, la futura hija a la que casar con un buen partido. La inmensa mayoría de ellos, como Lázaro de Tormes, por mentar a uno ficticio pero famoso, las pasaban canutas. Y en muchos países del mundo las siguen pasando: trabajan como mulas, son obligados a mantener relaciones sexuales con adultos, se mutila el sexo de las niñas... Uno de los primeros ejemplares de niño mimado debió de ser Hans Christian Andersen, que era un chiquillo soñador, casi no jugaba con otros niños y, como Peter Fortune, el protagonista de En las nubes, jugaba con muñecas, les hacía vestidos y representaba obras teatrales con ellas. De modo que los antecedentes literarios de Peter Fortune, el niño que está siempre en la luna de Valencia, no tienen mucho más de cien años y son mayoritariamente europeos. De hecho, el niño soñador por excelencia, Peter Pan, ha cumplido esa edad hace poco. A nosotros Peter Fortune nos recuerda a la pandilla de Mafalda. Quino creó a un grupo de niños fascinantes, aunque alrededor de un personaje, Mafalda, cuyo compromiso político es poco creíble, demasiado adulto. Pero su amigo Felipe, por ejemplo, es calcado al soñador Peter Fortune; tal vez más verosímil, más sorprendentemente real. Como Peter, Felipe se pasa la clase mirando a la profesora y luchando, en sus sueños, contra gigantes terribles, o marcando goles en finales del mundo. Peter Fortune es incapaz de llevar a su hermana al colegio, porque sueña tanto durante el día que se olvida a la pequeña dentro del autobús. Es ella la que tiene que llevar al colegio a su hermano mayor. En sus ensoñaciones, como si fuera Julio Cortázar mirando un ajolote a través del cristal de una pecera, Peter entra en el cuerpo de otros seres, se transforma en ellos, y es capaz de verse a sí mismo desde otra perspectiva. Se convierte en muñeco articulado, en gato, en bebé y en adulto. De hecho, el epígrafe del libro es de Ovidio, de Las Metamorfosis. Como en Ovidio, se escribe una historia a través del cambio, del devenir. Peter deviene muñeca y luego deviene gato y luego bebé. En su devenir, conoce la realidad profunda de los tres seres, puesto que la realidad más profunda es siempre la realidad soñada. Por una parte, esta yuxtaposición de devenires nos dan una medida exacta de cómo es la vida del niño. Todos lo hemos visto: los niños crecen a saltos. Pasan meses iguales a sí mismos y, de repente, uno los mira y se diría que se han pasado la noche creciendo. Pero lo genial de Peter es que parece crecer a base del alimento de los sueños. Cada metamorfosis adquirida a través del ensueño representa un estirón en el crecimiento creativo del niño, que llegará a ser un adulto en las nubes. Gilles Deleuze analizó este devenir-cosa o devenir-animal. Según Deleuze, cuando Gregorio Samsa deviene un inmundo bicho, no se trata de un “como si”. No es una metáfora. No hay sentido figurado. El hombre sale hacia fuera, emerge por un punto de fuga, y el mundo del que quiere salir es precisamente el mundo de la metáfora. Quiere ser en el bicho. Ser en el bebé, ser en la muñeca. El devenir es, en palabras de Deleuze, un «mapa de intensidades. Un conjunto de estados, todos distintos entre sí, injertados en el hombre en la medida en que este busca una salida». Deleuze se quejaba siempre de que el psicoanálisis monopoliza la metáfora. Se hace dueño de una metáfora (la sexualidad) tan extensible como la vida, tan grande que no deja sitio para nada más. Freud le da al niño el papel que nunca antes había tenido en la historia de la cultura. El niño deja de ser solamente un adulto en potencia. Ahora ocurre más bien lo contrario: lo adulto es algo esencial que se grabó en el niño y que ya no se recuerda. Un olvido fundamental. En lugar de ir los niños hacia la adultez, son los adultos los que tienen que girar constantemente el cuello hacia la niñez. Curiosamente, este vuelco extremo en la historia del niño es exagerado, y tiene el inconveniente de las teorías que pretenden explicarlo todo: que no lo consiguen. Eso es lo que le critica Deleuze al psicoanálisis. Y McEwan parece deleuziano: su criatura, Peter Fortune, es un ente que deviene a través de la ensoñación y que, más que de un pasado con trauma, dispone de un mapa sincrónico: el mapa de sus sueños. Va del salón a la habitación, de la casa a la escuela. Va de vacaciones a la playa. Se convierte en cosas, inventa historias mediante las cuales se fuga del mapa y crea otro: un mapa de intensidades bordado sobre el mapa de lo real. En el mejor episodio del libro, por raro que parezca, no hay ensoñación: Peter acaba con el matón de la escuela a base de palabras. Descubre que las palabras son mágicas y que con ellas se conjura y se exorciza de verdad. Se hace consciente de que la vida es lo que uno diga que es, y de que en algún lugar entre las palabras y la realidad material está lo verdadero. Lo verdadero nunca es idéntico a sí mismo. Siempre es devenir, siempre es cambio, siempre es un niño que se convierte en gato, un matón que se convierte en simple gordo con aparato en los dientes, unos padres que desaparecen al ser untados con crema mágica. Lo verdadero está en las nubes.

miércoles, febrero 28, 2007

Utilidades de las casas, Isabel Cobo

Caballo de Troya, Madrid, 2007. 139 pp. 12 €

Marta Sanz

Escribir un texto sobre un fragmento de la infancia —quizás sobre el fragmento fundamental de la infancia: una familia vive de día en la casa de abajo y va a dormir, por las noches, a la casa de arriba— conlleva un ejercicio de memoria, en el que se sacrifica la definición de los perfiles de ese ayer que, en otro momento, fue un hoy casi nítido. La mirada del adulto escribiente y alfabetizado, inseguro, se filtra entre las células ópticas de la mirada infantil. En Utilidades de las casas, la narradora —quizás la propia Isabel Cobo, que es una mujer de cuarenta y nueve años que se distancia de y se aproxima a sí misma rescatando a la niña que fue— es esa párvula con ojitos de vieja o acaso una mujer madura que aún conserva las ingenuidades de una niña: entre los ojos abiertos como platos del descubrimiento, entre el recuerdo sensorial que marca los espacios de la infancia, surge de repente una sentencia adulta, lúcida, que neutraliza la cadencia naïf de las palabras, coloca al lector los pies en el suelo y le hace comprender que quien le habla es una sola persona, de una pieza, la síntesis que resulta de amalgamar nuestros fragmentos.
A la narradora, tal vez a la escritora, de este libro le gusta escribir despacio, posiblemente para disfrutar del placer de oírse despacio, hablando para sí misma, contándose su propia biografía, tratando de culminar el difícil proceso de reconocerse en la actividad de contemplarse desde fuera por un agujerito que está en el interior de su cuerpo genético e histórico, nunca ensimismado, porque lo pequeño forma parte de lo grande y lo grande de lo pequeño. Posiblemente, por esa razón se puede sospechar que no ser mirado es lo mismo que no ser y, a partir de ese axioma, la narradora, la escritora, Isabel Cobo, pequeña y grande, se convierte en un ojo de sí misma, y se rebela contra la circunstancia de que los ojos que uno ama son una ausencia o se han ido muriendo; emprende el rescate de su propio ser y, a la vez, plantea una enseñanza metaliteraria: escribir para mirarse es una manera de existir, no necesariamente ombliguista; escribir es un acto que como mínimo lleva implícita la trascendencia de exponerse al juicio de los otros. Sin el otro, no hay literatura.
A la narradora, tal vez a la escritora, de este libro le gusta mirar sin ser vista y, sin embargo, aquí se nos ofrece a través de una voz que la visibiliza como escritora y como ser humano, ante los lectores. Hay algo de desnudez, de inusual honestidad en las páginas de Utilidades de las casas. Ningún impudor, sin embargo, en un texto que se toma a sí mismo en serio y que es valiente porque no deja resquicios para hacer trampas: la narradora, tal vez la escritora, no puede retirarse, descomprometerse, arrojar la piedra y esconder la mano, distanciarse de la página escrita, para insinuar al lector que todo era una broma, que había una ironía que la salva de sus propias palabras, que no estaba hablando totalmente en serio, que entre ella y sus frases median los mecanismos desinfectantes de la ficción y de la retórica. Isabel Cobo no se aprovecha del derecho a recular, amparándose en las brumas que, estereotipadamente, resumen el esfuerzo de la memoria: su mirada, de vieja y de niña, no es nebulosa ni ambigua, está tan perfilada que corta y, no por ser nítida, pierde su misterio.
Este libro no es una novela, ni falta que le hace. Es un libro que ni usa ni abusa de la serie de mecanismos necrosados con la que se suele gratificar al lector. Es tan solo un libro delicioso, contenido, que habla de la necesidad de mirar y de ser mirado, de la necesidad de recordar y de ser recordado, a través del uso activo de la expresión “me acuerdo de...” Luego, en detalle, quedan otras cosas muy importantes: una niña que se cría con sus abuelos, los padres ausentes, un poder adquisitivo razonable, un pueblo posiblemente del sureste español, el sentido de integración en una comunidad, la sombra de una guerra en la que hubo vencidos, perdedores, seres llenos de estigmas, el abuelo que padece un lapsus puntual de memoria, definitivo, el síntoma de una enfermedad, que lo afecta no sólo a él, sino a todos los que dejarán de ser contemplados, recordados, catalogados, queridos por él. La pérdida de la memoria de los seres que queremos nos priva de la conciencia de identidad a cada uno de nosotros. Ya no podemos decir “mírame” y que alguien se alegre de verdad por lo bien que saltamos a la comba. La amnesia, la desaparición de los seres que queremos, nos mata, y justifica la escritura de este libro en particular y de muchos otros libros, de casi todos los libros, en su búsqueda de una mirada que los juzgue y que los mime.
La abuela le cuenta a la narradora el cuento de Rayanatví, una niña que, desafiando a los dioses de la montaña, consigue evitar que a sus vecinos, amigos y hermanos se los lleven, volando por los aires, los huracanes. El truco consiste en coser los unos a los otros con un hilo casi invisible: el que Isabel Cobo también utiliza, para recordarnos con puntadas certeras, delicadas, sutiles y muy consistentes, que nada somos sin el otro. Una enseñanza sobre la vida y, como siempre, también, sobre la literatura, en el tapiz de un texto igual de limpio por delante que por detrás: en su envés no hay trampas ni nudos ni desprolijidades y el bordado puede admirarse con la misma complacencia por sus dos caras.

martes, febrero 27, 2007

Mártires y anticristos. Análisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España, Yvonne Fuentes

Iberoamericana/Vervuert, Madrid/Frankfurt, 2006. 204 pp. 36 €

Óscar Esquivias

El comienzo de esta historia podría haber sido el de una novela o película de intriga: en Estados Unidos, en el selecto y liberal Oberlin College (plano general de los elegantes históricos edificios de ladrillo, verdes praderas rebosantes de estudiantes despreocupados) aparece un manuscrito: se trata de una obra teatral desconocida sobre la muerte de Luis XVI (se oye un trueno, pasos apresurados en el piso de arriba). De su misterioso autor sólo se sabe lo que él mismo declara en su manuscrito: que se llama Vicente Alaño y Serviá y es doctor en teología y en los derechos canónico y civil (misterio, misterio). Con estos datos y la fecha de compra (entró en el Oberlin College en el curso 1931-1932, según la anotación manuscrita del bibliotecario de entonces, al que imaginamos muerto en misteriosas circunstancias), la profesora Yvonne Fuentes comienza a investigar sobre el tal Alaño y... Y aquí debería continuar una historia con criminales, el santo grial, el Opus Dei, los templarios y cosas así, que son las que encuentran los historiadores en las novelas. En realidad, allí comenzó una paciente y (suponemos) aburrida investigación que prosiguió en los archivos y las bibliotecas de Europa y América: esta obra teatral de Alaño será la que lleve a la profesora Fuentes a intentar establecer un catálogo exhaustivo de textos escritos o publicados en la España de finales del XVIII y principios del XIX que versen sobre la Revolución Francesa. El libro que reseñamos hoy (Mártires y anticristos. Análisis bibliográfico sobre la Revolución francesa en España) es el fruto de ese largo trabajo.
En la larga lista de documentos de los que se da aquí noticia (pero que no se transcriben) hay textos de toda clase: comedias, poemas, pastorales diocesanas, reales cédulas, sermones, oraciones, estudios militares, etcétera, siempre con la indicación del archivo o biblioteca donde se conservan y sus signaturas. Estamos, pues, ante una obra dirigida a un público especializado, interesado en profundizar en las fuentes originales: el libro, en este aspecto, es de un valor inapreciable pues ofrece infinitas pistas e información precisa al investigador.
Pero la obra es más que un amplísimo catálogo de referencias: también aporta un estudio sobre cómo se conformó y evolucionó la opinión pública española ante la Revolución Francesa. Este ensayo abre el libro y tiene las virtudes y los defectos de los textos académicos: todos los datos aparecen escrupulosamente documentados, hay gran profusión de notas a pie de página, gráficos de porcentajes sobre un volumen de datos ínfimo, citas y más citas encadenadas. Fuentes llega a la conclusión de que los acontecimientos revolucionarios en Francia no fueron percibidos al principio como algo amenazante para España: al contrario, el país vecino seguía siendo un referente para los españoles, que no dejaron de ver en Francia un país moderno, refinado y progresista. Serán los acontecimientos bélicos posteriores (la Guerra de Independencia) y el reinado absolutista de Fernando VII los que determinarán la identificación de lo francés con lo antiespañol y lo anticristiano y, retrospectivamente, contaminarán con esta imagen a todo el proceso revolucionario y sus partidarios en nuestro país, llegando hasta a desacreditar a los reformistas ilustrados.
Como hemos dicho más arriba, no se trata de un libro de divulgación histórica: los lectores potenciales de esta obra son pocos y muy especializados, pero merece la pena que se conozca la existencia de esta publicación.

lunes, febrero 26, 2007

Qué me cuentas. Antología de cuentos y guía de lectura para jóvenes, padres y profesores, Amalia Vilches (ed.)

Páginas de Espuma, Madrid, 2006. 368 pp. 16 €

Carmen Fernández Etreros

Qué me cuentas es, ante todo, un libro didáctico dirigido a los profesores y los alumnos para fomentar la lectura en las aulas. Pero también puede resultar muy útil para aquellos que quieran sumergirse en las entrañas del proceso de la escritura. La autora elige como arma didáctica el género literario del relato corto ya que, como nos explica en la “Nota previa”, «a causa de su brevedad, es muy cómodo para trabajar en las aulas, más atractivo para el escolar que puede leerlo en poco tiempo y ser receptor de una pieza completa que se ajusta al ritmo de la vida moderna. Cada relato, un universo cerrado en sus manos, un chispazo rotundo, ya sea un cuento esférico, a la manera tradicional, o un espacio abierto a lo Carver».
Para esta antología la autora escoge relatos de dieciocho escritores actuales de un total de trece países de habla hispana como Andrés Neuman, Diego Muñoz Valenzuela, Félix J. Palma, Milia Gayoso, Helvecia Pérez, Ana María Shua, Mercedes Abad, Carlos Castán, Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón, Ángel Zapata y Fernando Iwasaki, entre otros. Podemos decir que en la acertada elección de los cuentos radica la clave de la agilidad del libro y la capacidad para enganchar al futuro lector. Una selección sugerente y sensible de relatos que destacan por su calidad.
La autora también ha buscado cuentos de los que se puedan extraer enseñanzas, y que conectan con las preocupaciones de los jóvenes lectores. Además dan pie al debate en las aulas de temas que preocupan a los jóvenes como el amor platónico, la vida en la escuela, las desigualdades sociales o la pena muerte. Incluye varios microcuentos como los de Ana María Shua, tan elaborados como sugerentes, originales exponentes de este género.
Editado por Páginas de Espuma, el objetivo primordial de la autora es ofrecer material a los profesores, los padres y los alumnos para lograr engancharles al carro de la lectura. Se encuadra en la órbita de la oleada de nuevos textos y guías para crear lectores jóvenes y combatir el ataque de la era audiovisual. Su autora, Amalia Vilches, es profesora de Literatura en la UNED y ha sido Mención Honorífica a la investigación educativa del MEC en 2001 por su trabajo Tiburones literarios, un camino para la enseñanza. Su actividad docente se ha orientado ha fomentar la lectura en centros escolares y por ello nos ofrece en este libro las pautas necesarias para montar un taller para trabajar la lectura en las aulas. Ella misma nos explica que su meta ha sido «fomentar la lectura en los estudiantes que no se acercan a ella con la frecuencia deseada, entre otras causas por la competencia de los medios audiovisuales y de la cibernética; servir de apoyo al profesor para la enseñanza de la literatura; despertar el espíritu creador en los alumnos con actividades amenas y variopintas».
El libro sigue la estructura convencional y estructurada de un libro de texto y comienza con una descripción de los orígenes del cuento, una exposición de las características fundamentales de este género literario y un breve recorrido por su situación en los países de los escritores elegidos. A continuación nos ofrece una reseña biobibliográfica de cada escritor y una interesante entrevista sobre su relación con la literatura. Después se incluye el relato o los relatos elegidos de cada escritor acompañados de unas actividades didácticas, que abarcan tanto aspectos lingüísticos y literarios como propuestas de escritura, reflexiones y debates sobre temas de interés para los jóvenes lectores.
Qué me cuentas en una buena propuesta de taller literario para las aulas pero también para todos aquellos que quieran profundizar en la naturaleza y la dinámica del relato corto, y que deseen conocer la trayectoria de estos escritores del panorama literario actual.

viernes, febrero 23, 2007

El cadáver arrepentido, José María Guelbenzu

Alfaguara, Madrid, 2007. 400 pp. 19,50€

Luis García

Dos vertientes narrativas viene trabajando José María Guelbenzu con asiduidad desde hace varios años o varias novelas: De un lado, obras como Un peso en el mundo, un autentico tratado literario por cuanto significó un punto y aparte en una manera de ver y entender la literatura por el autor. De otro, obras aparentemente menores pero de igual densidad sicológica que la anterior como No acosen al asesino, La muerte viene de lejos o la mas reciente El cadáver arrepentido, que encuadradan en el genero negro, (para muchos erróneamente) vienen a demostrar la ineficacia de los mismos a la hora de enjuiciar una novela.
José María Guelbenzu sabe cómo tratar y perfilar a los personajes, sabe cómo dotarles de la carga emocional necesaria para mantener la tensión y, lo más importante, sabe cómo, manteniendo la intriga, llegar a un desenlace no por esperado menos impactante. En esta ocasión, la juez Mariana de Marco, vieja conocida de los lectores, debe resolver, cómo no, un insólito caso en el que se ve involucrada una vieja amiga de facultad. Suspense y humor a partes iguales dotan a El cadáver arrepentido de ese carácter propio de las novelas llamadas a ser resultonas. Y como en toda novela negra que se precie, tenemos cadáver en sus primeras páginas.
¿Qué es una novela negra sin cadáver?, se preguntarán. Pues nada, efectivamente. Nada..., o casi nada. Porque el cadáver y cuanto acontece en sus primeras paginas se diluye con el relato posterior en el que el autor nos sumerge en un secreto tan bien guardado que resulta hasta inverosímil en algunos momentos. Un secreto que nos llevará progresivamente desde el momento actual a principios de siglo, a los tiempos de la I Guerra Mundial, de la Guerra Civil española, de la posguerra.... y todo ello envuelto en un cúmulo de azarosas y maledicientes relaciones, infidelidades y venganzas.
El tiempo lo cura todo, aparentemente, y con el paso del mismo la juez Mariana de Marco se dirige a la boda de la amiga de su infancia, Amelia, boda que habrá de celebrar con el nieto del antiguo administrador de la finca de los Fombona, finca toledana en la que habrá de aparecer el cadáver antes mencionado. Una boda consentida aunque a todas luces polémica e incluso diríamos que sospechosa, por cuanto no hace sino revivir la ocurrida muchos años atrás entre los abuelos de los propios contrayentes. Y una boda rodeada de misterios: el cadáver aparecido en la finca en actitud suplicante, arrepentido, la propia madre de la novia repentinamente fallecida....
Una de las virtudes de El cadáver arrepentido, es que por fin su autor se ha atrevido a presentarnos el pasado de la protagonista de sus tres últimas novelas, la Juez Mariana de Marco, extrayendo de ello que se trata de un personaje tan atormentado como podríamos suponer, e incluso, si me permiten la licencia, hasta cierto punto acomplejado. Pero eso será motivo de otra historia o reseña en su momento, posiblemente con la cuarta entrega de las andanzas de la juez. Lo cierto es que El cadáver arrepentido es una novela atractiva, interesante, que se lee con gusto y aunque en ocasiones tiende a perderse dadas las ramificaciones familiares de los personajes y las peculiares relaciones que se establecen entre ellos, no por ello deja de mantener el suspense. Sin duda, el personaje Mariana de Marco, aun habrá de darnos muchas alegrías (literarias) en el futuro.

jueves, febrero 22, 2007

En el remolino, José Antonio Labordeta

Presentación de José-Carlos Mainer. Anagrama, Barcelona, 2007. 136 pp. 14 €

Juan Marqués

Lo malo de este asunto es que habrá quien se sorprenda. Hay que alegrarse, desde luego, de que la publicación de esta extraordinaria novela en una editorial como Anagrama vaya a descubrir a muchos el talento literario de su autor, pero es triste que a estas alturas todavía haya tanta gente que no sepa de quién hablamos exactamente cuando hablamos de José Antonio Labordeta. Aparte de un hombre entrañable y queridísimo por todos aquellos que merecen quererle (entre los que se cuentan, incluso, muchos —¡no todos…!— de sus adversarios políticos, dentro y fuera de Aragón) y de un diputado de actitud intachable (mientras esté él en el Congreso podremos estar seguros de que hay, al menos, un hombre honrado allí dentro, y ya es triste tener que conformarse con tan poco…), es un creador de una brillantez particularísima, en varios campos. El que le ha hecho más popular es la canción, pero seguramente es en la literatura donde más profundidad (y altura) ha conseguido, y probablemente serán sus libros lo que le haga perdurar como merece.
Ya la editorial Lumen consiguió hace veinticinco años juntar en la muy recomendable antología de Poemas y canciones a Labordeta y José-Carlos Mainer, que son hoy dos de los zaragozanos vivos más dignos de admiración. Anagrama (cuyo catálogo es definitivamente fundamental para comprender lo que ha pasado literariamente en las últimas décadas) vuelve a reunirlos para dar a luz En el remolino, una novela de apenas cien páginas, que es, sin embargo, una enorme novela. Trata, en efecto, de la guerra civil, pero no es otra novela sobre la guerra civil (ni, desde luego, Otra maldita novela sobre la guerra civil como esa que anuncia Isaac Rosa), sino que vendría a relatar algo así como un episodio de violencia “intrahistórica” en un pueblo indeterminado (pero del ámbito aragonés, como delatan ciertas expresiones: “Las perricas”, “¡Rediós!”…), que coincide (y desde luego que no por casualidad, ni dentro del relato ni en las intenciones de su autor) con el comienzo de la guerra. Un episodio de violencia entre vecinos de una aldea, que viene a resolver trágicamente rencores y agravios del pasado, funciona como metáfora y denuncia de lo que sucedió en aquel julio de 1936. La chulería y agresividad gratuita de Severino, ayudado por la apatía y el miedo del juez y el sacerdote, inician el desenlace de conflictos muy antiguos, de los que nos vamos enterando poco a poco, gracias a los inspiradísimos monólogos interiores de los personajes, que delatan personalidades torturadas por circunstancias y destinos no elegidos, y nos hacen comprender su humanidad cansada, sufridora, derrotada.
Es una gran idea haber reproducido en la cubierta el Duelo a garrotazos de Goya —otro ilustre zaragozano— porque hay mucho de eso En el remolino: violencia extrema entre gentes que —si bien se mira— es evidente que no quieren pelear y lo hacen con indolencia, que no tienen ninguna razón para verse en ese trance, pero que parecen estar respondiendo a un maldito destino que les obliga a ello sin que puedan evitarlo o sobreponerse a él. La visión de la condición humana no es muy halagüeña en estas obras, pero hay personajes que en su inocencia o en su tranquilidad parecen redimir un tanto la caída en el salvajismo de sus vecinos. Angelito, por ejemplo, aterrado por el espectáculo de la muerte de su hermano Severino (y pocas veces la elección de dos nombres habrá sido tan obviamente significativa) y por la inmediata venganza que se prepara; o el carretero, alguien que, por ir continuamente de un pueblo a otro, escuchando y observando a todos, ya intuía que iban a pasar cosas malas “con esa tristeza sensata que nace en los caminos”, y que acaba ejerciendo como una especie de Caronte que lleva los cadáveres a su destino final mientras se entretiene con sus resignadas y cautelosas meditaciones...
Mainer habla con razón de “relato faulkneriano”, pero también hay algo del mejor Rulfo, o se nota que Labordeta ha sacado buen provecho a Joyce, y no sólo a los juegos psicológicos del Ulises sino a su mejor cuento, ya que, como la nieve del irlandés, “cayó la lluvia a ríos, a lagos, a espuertas y anegó el vientre de los vivos y las bocas difusas de los muertos”. En el remolino es una novela estupendamente escrita en todo momento (¡cómo se desarticula la sintaxis conforme se apaga la vida, en las meditaciones de quien está apunto de ser fusilado, y cómo le vemos caer, le oímos caer, le leemos caer, narrándonos él su propia muerte!; ¡cómo —“pobre vieja mula amiga”— están usados los adjetivos!...) y, aunque apenas ha comenzado el año, su aparición deberá reconocerse, cuando toque hacer recuento, como lo que sin duda será y ya es: uno de los hitos editoriales de 2007.

miércoles, febrero 21, 2007

Los últimos días de Thomas de Quincey, Rafael Ballesteros

DVD Ediciones, Barcelona, 2006. 223 pp. 12,40 €

Guillermo Busutil

Decía Cifran que lo que realmente importa no es la vida, sino la representación de esa vida. Y eso es lo que ha hecho el poeta y narrador malagueño Rafael Ballesteros en esta novela de guiño documental, con la que intenta acercarle al lector el semblante y las sombras que persisten detrás del reflejo literario y humano de Thomas de Quincey. El autor de célebres novelas como Confesiones de un comedor de opio y Del asesinato considerado como una de las bellas artes, y cuya obra literaria representó una forma de rebeldía y su vida una rectificación de la realidad, a través del juego de espectros y alucinaciones, unido a su afición y dependencia del opio, que vislumbraron su rechazo emocional de la realidad y su militancia en el movimiento romántico. Un universo, este último, que responde principalmente a tres vectores fantasmagóricos, que marcaron la obra y la existencia del famosos escritor, como fueron las formas femeninas de su juventud, los barroquismos orientales y la mitología clásica.
Fijadas estas nociones fundamentales, junto con el hábito al opio que se inició en 1804 a raíz de un pertinaz dolor de muelas, se hace más fácil entrar en las cinco miradas/voces que Ballesteros utiliza para revelar el desgarro y la trastienda del alma de Thomas de Quincey. Cuatro voces, perfectamente hilvanadas, diferentes y dotadas de cómplice credibilidad y de cierto valor confesional, con las que el narrador malagueño va desgranando hábilmente y con la pulcritud de un lenguaje definido por el tempos propio de Henry James, los contornos, vericuetos y contraluces de la figura emocional y literaria (igual que si estuviese construyendo las piezas a encajar en un puzzle) de un hombre que tuvo una infancia feliz, aunque marcada por la muerte de sus hermanas, una adolescencia tormentosa y una madurez nunca consolidada.
Tres pilares de una vida que Ballesteros recorre transformándose sucesivamente, adecuando el tono de la mirada y de la voz, en la madre, la amante, el padre y la esposa de Quincey con la intención de revelarnos la sensible personalidad del escritor, las aristas más misteriosas de su carácter, los condicionantes que forjaron su carácter y su mundo y también algún que otro secreto familiar. Así, la madre adentra al lector, al modo de los cuadros de Vermeer, en la intimidad doméstica, en la formación intelectual de sus hijos, en la fragilidad de la salud de sus vástagos con sus dolorosas consecuencias, en su afición a la música clásica, en la relación con su esposo, marcada por los convencionalismos, silencios y gestos sentimentales de la época, y en su devoción por el hijo retraído y solitario. El padre será el encargado de desvelarnos la visión masculina de la necesidad y obligación de tomar decisiones firmes y de tener una voluntad infatigable, su doble moral dividida entre el amor respetuoso y a veces hasta tierno y cómplice con su esposa y la secreta preferencia por el fetichismo sexual, además de su animadversión hacia el carácter soñador y enfermizo del hijo a quién educa en la superación de los miedos mediante relatos espectrales que dejarían huella en la posterior vida literaria y personal del escritor. Ann, la prostituta de dieciséis años con la que el escritor inglés compartió contraluces en Londres, representa la voz que nos descubre los resortes y resquicios interiores de la sentimentalidad, de la sexualidad y de los sueños del joven y frágil De Quincey y cuyo contrapunto es la fuerza, el sacrificio y la generosidad de la mujer —esposa que siempre apoyó al escritor, desempeñando el vínculo con la realidad y el valor e inteligencia para administrar las penurias y los reveses de una existencia tan difícil y a merced de los vaivenes, como también lo fue la carrera de De Quincey, y su dependencia del opio y de los fantasmas interiores.
El resultado final es una novela interesante, narrada con el minucioso estilo del mejor Henry James y una perfecta dosificación in crescendo de las aristas de un escritor, cuyas piezas terminan encajando en el último capítulo en el que la propia voz de De Quincey nos aproxima a su adicción, a su mundo afectivo y familiar y a su compleja relación con la muerte. Con todo ello, Rafael Ballesteros, contribuye a desmitificar la “leyenda” de un escritor de quién nos ayuda a interpretar y comprender su faceta más humana.

martes, febrero 20, 2007

Un extraño envío, Julia Otxoa

Menoscuarto, Palencia, 2006. 168 pp. 13 €

José Manuel de la Huerga

En Entrevista a Jules Feltrinelli, uno de los cuentos que se recogen en la antología que nos ocupa, el entrevistado responde: «Acostumbro a respirar en la perplejidad de cosas que no entiendo». Si no fuera demasiado categórico, diría que en esta verdad tan dubitativa descansa la columna central de todo el edificio que Julia Otxoa ha venido levantando durante años. Cuando la leí no pude por menos que subrayarla, acotarla y, si se me permite, adoptarla. Lo mismo que a un niño venido de lejos. Aunque espero que el desenlace de la adopción internacional no sea el mismo que en Leyendas, también en esta colección. (Les dejo con el enigma, no dejen de leerlo, especialmente los que anden en procesos de adopción.)
Cuando leí la bendita frase señalada supe que me encontraba en mi elemento, que la literatura de Julia Otxoa bebía del río de los grandes: Cervantes, Kafka, Chéjov, Melville, Italo Calvino, Córtazar, Pessoa..., autores que Otxoa pone como cabecera de su recopilación en Todo empezó en un armario. Y especialmente Kafka: acostumbrarse a despertar y tener a dos tipos a los pies de tu cama y decirte que estas procesado sin saber cuál es la causa que se te imputa, ni por qué, ni dónde, ni cuándo, y, repito, acostumbrarse a respirar con esa adherencia mortal, aceptar y consentir... La actitud es voluntariamente pasiva, pero probablemente no haya mejores maneras de habitar este mundo en muchas ocasiones incomprensible.
Los mejores cuentos de esta antología se articulan en esa aceptación, a veces hasta placentera, de lo inverosímil, de lo absurdo. Así Longevidad, Cerdos y flores, Un extraño envío o El estanco, por mencionar sólo unos pocos de los que señalo con un puntito en su índice. Lo que viene a significar que, aunque olvide el argumento, sé que volveré a leer y volveré a señalar con otro puntito y así en un viaje circular, o una firma obsesiva, por utilizar un par de imágenes robadas a la autora. El dueño de un estanco abre todos los días las puertas de su establecimiento sabiendo que miente a todos sus clientes habituales: no tiene sellos ni locales ni nacionales ni internacionales. Pero ellos se dejan convencer, mañana, a lo más pasado están aquí... Y así llevan una década. Hasta que alguien decide responder al vecino y montar un proceso de respuestas autárquico, en el barrio, cambio de identidades, locura colectiva, y vivir vidas ajenas. Un delicia de relato, emocionante.
El absurdo llega a invadir el territorio de lo fantástico en cuentos de dragones con un agradable regusto naïf, como La primavera del dragón, donde un bombero, en vez de apagar fuego, le entran unas ganas terrible de echar fuego por la boca. O ese gato siamés que defienden su integridad comiéndose lentamente a sus dueños. O el impagable Cerdos y flores, donde el cruce de los cartas nos pone al corriente de las vicisitudes de una “cerda metafísica” que necesita comer flores y de cómo su dueño, el porquero, defiende sus actos ante el jardinero malencarado.
Absurdo que también es infeliz incomunicación en algunos relatos abruptos, con final sangriento y cruel, como si de una ceremonia de sacrificio se tratara. El juez asesino de Santa Reparata, el pobrecito ratón Horacio, o lo comedores de palomas dan cuenta de ello.
Por supuesto quien transita por los territorios oníricos de lo absurdo no puede por menos que tomar el lenguaje, la incomunicación, el significado de las palabras como fuente inagotable de tales desvaríos. Son fantasmas como los de Schopenhauer que nos obligan a meternos en el laberinto de los diccionarios y no nos permiten salir con vida de ellos. Me refiero a Sobre las visiones de fantasmas que cierra la recopilación.
La belleza incuestionable de algunos de los relatos más breves está motivada por el cruce de caminos. En la intersección de los senderos que se bifurcan de la poesía y la narrativa nacen híbridos de naturaleza extraña como Un infinito paisaje de huellas entrecruzadas, en palabras de la autora. Así en Weil donde la autora nos da cuenta de los carpinteros de esta localidad que llenan los árboles de pájaros de madera y que cantan cuando son quemados.
Julia Otxoa mima sus cuentos como verdaderos hallazgos extraídos de ese territorio mestizo de la poesía y de la narrativa. Sería algo así como ese estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, donde las leyes de lo verosímil saltan por los aires y el personaje con nombre apenas de inicial (homenaje al Joseph K. kafkiano) acepta respirar en ese leve cruce lo que dura la eternidad de un buen relato breve.
Pero vayamos, si es que es posible, al principio. La edición de Un extraño envío (relatos breves) que, como es habitual en su colección Reloj de arena, Menoscuarto mima en todos los detalles, recoge una sugerente antología de cuentos de la autora que han ido apareciendo en entregas anteriores. Deseamos que esta edición coloque a Julia Otxoa en el lugar que le corresponde, dentro de los mejores cuentistas nacionales y que Menoscuarto, especializada en el relato breve, continúe arriesgando en esta y otras aventuras editoriales.

lunes, febrero 19, 2007

La princesa de la luz 1. La esclava de la Puerta, Jean-Michel Thibaux

Trad. Andrea Solsona. Roca Editorial, Barcelona, 2006. 332 pp. 21 €

María Pilar Queralt del Hierro

Tras el éxito de El misterio del priorato de Sión —un serio y elaborado punto de referencia para tanto código-da-vinci como ha inundado nuestras librerías—, el francés Jean-Michel Thibaux ha publicado en España La esclava de la Puerta, primera parte de la serie La princesa de la luz, donde demuestra una vez más sus excelentes condiciones para la novela histórica (recordemos su fantástica Les âmes brûlantes, ambientada en la primera cruzada, y aún no traducida al español).
La esclava de la Puerta reúne todos los elementos que conceden con dignidad a una novela el apellido de “histórica”: un buen asunto, una excelente documentación, una buena prosa y, lo más difícil, la capacidad de transmitir al lector una atmósfera determinada que le permita viajar en el tiempo, disfrutar y, al mismo tiempo, aprender algo más sobre nuestro pasado colectivo.
Posiblemente en ello influya la propia personalidad del autor. Jean-Michel Thibaux aúna una sólida cultura y una vida aventurera que comienza cuando abandona su cargo de artificiero de la Marina francesa y se dedica a viajar por medio mundo, acumulando experiencias y referencias culturales que nutren su vocación de escritor. Por otra parte, es comunicador de medios escritos y audiovisuales y ha ejercido como profesor de Antiguas Civilizaciones en la Escuela Superior de Arte y Comunicación de París. Tiene, pues, una gran capacidad didáctica y comunicadora que imprime carácter a sus novelas y que se evidencia en el hecho de que Thibaux no falsea los hechos históricos a conveniencia de la narración, sino que los convierte en el telón de fondo que ambienta y hace creíble las historias que, con su prosa directa y ágil, parece contar al oído del lector.
En este caso, el asunto es la peripecia personal de una acomodada joven veneciana, Cecilia Vernier-Baffo, que vivió entre 1525 y 1587, que fue raptada siendo adolescente para ser destinada al serrallo del sultán Selim II y que, tras convertirse en su favorita, acabó los días como Nur-banu, es decir, “Princesa de la luz”. Una personalidad prácticamente desconocida y fascinante que, además, es la excusa perfecta para pasear por la rica Venecia del siglo XVI, cruzar con sigilo la Puerta otomana, pulular por el interior de Topkapi y navegar por un Mediterráneo pleno de corsarios y aventura.
Si a ello se añade una rigurosa documentación y un magnífico estilo literario, La esclava de la Puerta, además de ser una buena novela, se convierte en una excelente ocasión para conocer un poco más las raíces históricas que han hecho de Oriente y Occidente dos mundos paralelos y antagónicos que, sin embargo, están condenados a entenderse.

viernes, febrero 16, 2007

Fiesta en la oscuridad, Diego Jesús Jiménez

Lectura de Pedro Luis Casanova. Bartleby, Madrid, 2006. 71 pp. 11 €

Marta Sanz

La reedición de Fiesta en la oscuridad (1976) se lleva a cabo en el ámbito de la colección Lecturas 21 de la editorial Bartleby: este proyecto tiene como objetivo rescatar fragmentos, ya descatalogados, de la obra de autores como Ángel González, Antonio Gamoneda o Félix Grande y, al mismo tiempo, actualizarla a través de la lectura de jóvenes poetas como Elena Medel, Carlos Pardo o Manuel Vilas. Se trata de conjurar el olvido y de poner en evidencia los prejuicios sin los que es imposible que se desencadene ningún proceso de lectura. Un libro nunca es el mismo libro. Lecturas 21 desacraliza —quizás el verbo sea exagerado porque ¿hasta qué punto se puede olvidar la palabra ritual?—, humaniza, aproxima los textos sagrados al lector inexperto, al lector joven y también a ese lector resabiado, que tiene más conchas que un mejillón, sometiéndolos a una lectura “profana” —para gran escándalo de algunos sacerdotes y/o iniciados que creen que sólo unos pocos tienen derecho a interpretar la Biblia de Gamoneda, González o Grande...—, a la vez que crea un espacio para que las voces nuevas accedan a esa profesión de votos culturales que pueda llegar a legitimarlos en el peliagudo campo de la poesía española actual. La iniciativa de los editores es arriesgada, inteligente —al mismo tiempo, “de cajón”— y esperamos que, con su vocación de matar dos pájaros de un tiro, consiga el éxito, siempre minoritario, del que disfrutan los libros de poesía.
En este contexto, Pedro Luis Casanova (1978), en sintonía con otros estudiosos como Molina Damiani o Manuel Rico, lee impecablemente el tercer poemario de Diego Jesús Jiménez (1942) desde una perspectiva política de repulsa a la represión franquista y de crítica frente a los derroteros por los que navega la transición española. El riesgo que asume Diego Jesús Jiménez es doble, porque mantiene abierta la herida moral, el posicionamiento ético, de la palabra poética y lo hace, además, desde una opción estilística que exige un esfuerzo de interpretación simbólica por parte de un lector que, a la altura del año 76, vivía en el momento de canonización de la ideología encubierta de ciertos poetas metidos en el saco de los novísimos, y a comienzos del siglo XXI se complace en la comodidad de la línea clara y de la legibilidad. Se trata de un riesgo ético y estético que Pedro Luis Casanova analiza sobre la coordenada de la historia de España a finales del siglo XX. Pero, más allá de la exégesis de Casanova, es necesario subrayar la singularidad de un poeta como Diego Jesús Jiménez que, pese a haber sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de Poesía —por Coro de ánimas (1968) y por Itinerario para náufragos (1997)— y a causa de su posición excéntrica respecto a las líneas de fuerza de la poesía española de fin de siglo, todavía no ha sido lo suficientemente reivindicado...
A través o en el reflejo del ojo de un ciervo muerto, el poeta nos deja entrever la fiesta en la oscuridad: la muerte, el sexo, lo soñado, la experiencia de la naturaleza y la experiencia visionaria, esa realidad que escapa de los límites de su entrada enciclopédica y siempre es más laberíntica de lo previsible. Los fantasmas, los ecos, la vivencia del arte (“Sueña el recinto/ venenoso del verde...” en “La lágrima de San Pedro de El Greco”), lo que se desea, todo aquello a lo que se le tiene miedo configuran un concepto hiperrealista de la realidad en el que la exhaustividad y el primer plano total desfiguran los contornos legibles para el ojo humano. La realidad es objeto de una crítica que se opera a través de la emoción, de las visiones y de la conciencia. Es ésta una poesía versicular y surrealista, que se sobreexpone en su enunciación desgarrada, en su tono mayor que no permite las medias tintas ni los paños calientes y que sin embargo está llena de sutileza, profundidad y capacidad de penetración: pelamos una fruta, quitamos la corteza a un árbol, excavamos un hoyo en la tierra, practicamos una autopsia. El carácter visionario de la poesía de Diego Jesús Jiménez es una forma de neorromanticismo cívico que acalla el susurro, la voz bajita, de ciertos modos pseudomodestos de ciertos poetas de la experiencia —no todos: tampoco hay que despeñarse por esa forma, navajera y tan habitual en el campo de la poesía, de la simplificación que descalifica todas las voces que conforman una determinada tendencia o grupo—; lo que ocurre es que, a veces, la línea clara es insuficiente para expresar la conmoción y el aprendizaje del ser humano frente a la naturaleza, incluso frente a la naturaleza más familiar, como en “Amanecida en Cuenca”: los paisajes de Jiménez no son caballos que abrevan a la luz de la luna, así lo sugiere Casanova al alejar estos versos de la etiqueta camp, que sirvió para calificar algunas muestras de la obra de poetas tan sobresalientes como Antonio Martínez Sarrión.
Fiesta en la oscuridad nos presenta a un poeta que es un pintor y que es un “disfrutador” hiperactivo de la experiencia estética, como único recurso para conjurar el olvido y revolver la vida y a la vida: “En la pintura de El Bosco”, un pintor cosmogónico está en la mirada, en la realidad consciente y subconsciente de un poeta cosmogónico; la creación de mundos, el imaginario de Jiménez —la luz, la sombra, la iluminación, la caza, los pájaros con significados polimórficos y deslizantes—, es un procedimiento para entender el mundo interior de cada ser humano. Pero no lo olvidemos, la poesía de Jiménez es íntima y elegíaca (“¿Por qué siempre lo que se vive es el recuerdo?”), como la de Eloy Sánchez Rosillo, como la de Marzal o la de Vicente Gallego, pero también es inevitablemente dialéctica: igual que no sólo la luz es suficiente para iluminar los sentidos, tampoco se pueden desvelar los interiores sin atender al ruido de fuera, al exterior, a los manicomios y a los hospitales de esta Fiesta en la oscuridad, en definitiva, a la intemperie triste de la Historia.

jueves, febrero 15, 2007

La mujer zurda, Peter Handke

Trad. Eustaquio Barjau. Alianza Editorial, Madrid, 2006. 120 pp. 6 €

Fernando García Calderón

El “descubrimiento” de un libro, de un autor, produce una alegría singular, justificando la ilusión de la lectura. Pero ¿qué hay del retorno a uno que lo fue todo para nosotros?
Hubo un tiempo en que el escritor y polemista Peter Handke era sólo un escritor. Al menos para muchos de los que se bebían sus obras. Me remonto hasta los años 70 y 80 del pasado siglo, cuando la Tierra giraba a otra velocidad y no existían los blogs. Casi nada. En aquella lejana Europa, Peter Handke publi­có El miedo del portero al penalty (1970; Alfaguara, 1979), Carta breve para un largo adiós (1972; Alianza Tres, 1976), Desgracia indeseada (1972; Barral Editores, 1975), El momento de la sensa­ción verdadera (1975; Alfaguara, 1981) y La mujer zurda (1976; Alianza Tres, 1979). Dio que hablar en una España que se desperezaba tras la pesadilla. Llegaron las películas en las que colaboró con Wim Wenders y se convirtió en eso que llaman autor de culto. O sea, un autor alabado por un puñado (aunque a veces el puño crezca hasta la desmesura) de seguidores y fanáticos.
El que ahora escribe fue uno de esos seguidores. Me enamoré del comienzo y del final de El miedo del portero al penalty y ya no me importaron las 137 páginas que quedaban en medio. Peter Handke entraba en mi particular parnaso, arrojaba las cítaras y los laureles por la ventana, y se acomodaba en el lecho de Melpómene, Talía y Erato sin afrodisiaco alguno del que valerse. Con La mujer zurda concluyó aquel periodo de exaltación de los dioses de la nueva lengua germana (otro Peter, Weiss, y Heinrich Böll completaban la extraña trinidad que mi buena fe había ideado). Aquel libro se me incrustó en un espacio indefinido que tenía por límites el bulbo raquídeo y el diafragma, punzando las sienes y el corazón, creciendo como el mejor cáncer, como el peor soufflé. La edición que ha visto la luz recientemente en esta bonita colección de bolsillo es la misma traducción de entonces.
Confieso ahora que elegí esta lectura con un doble afán: hablaros de la novela y transmitiros las impresiones literarias que, con los antecedentes indicados, causaba en mí el viaje a un tiempo que embalsamé con cariño. Un experimento, vamos, en vivo y en directo. Empiezo, pues, sin mar­car un punto y aparte, con determinación: La mujer zurda es una obra mal escrita. Desali­ñada, con un armazón endeble y unos personajes secundarios dibujados con un carboncillo grueso como un trozo de paloduz, sin un buen inicio y sin un remate que exalte los sentidos. ¿Por qué? Porque es fruto de una “sofisticada” manera de entender el relato. Handke trabaja y trabaja más allá de la búsqueda de la naturalidad, de la búsqueda del mérito de llamarse escritor. Ninguna de sus frases figurará en una antología por su calidad formal, ninguna destaca por su belleza. Sería más bien un guionista; un guionista al que no le interesara la literatura ni el cine. Sólo le interesa meternos en la cabeza un sentimiento. Y, en su herculana labor, pretende hacerlo sin hablar de ideas, sin hablar de las clásicas intimidades que tocan la conciencia o el lagrimal. El verbo mirar, la rutina raramente profanada, unos paisajes y unos objetos bastan. Las refe­ren­cias temporales tampoco importan. El uso del pretérito imperfecto permite saltar de escena en escena, sin que sepamos cuanto tiempo transcurre entre éstas. ¿Para qué? Para aislarnos del mundo exterior, para meternos en la piel de la protagonista o del cámara que la sigue con la frialdad del que acude al suceso y no echa una mano para salvar una vida porque lo relevante es que los espectadores sepan qué ocurre y cómo se muere. Leed las páginas 59, 60 y 61 de este libro. ¿Habéis sentido alguna vez agorafobia? La sentiréis, os lo aseguro.
Esa escritura recibió todo género de calificativos: neocínica, desalienada, observacional. Más de un crítico diría hoy que es artificiosa, que carece de ritmo, que se ven la tramoya y el tramoyista, que está pasada de moda. Seguramente tendrá razón. Pero, con todo, merece la pena leer La mujer zurda. Merece la pena conocer a esta Marianne que no es diestra (tampoco siniestra, que conste). Merece la pena acercarse a esta persona. Ahí reside el valor de la obra, y el de tantos otras obras de este autor. No dibuja personajes, no construye héroes. Presenta personas, de carne y hueso, y pocos lo igualarán en esas lides. Algo tan sobresaliente que se constituye en la esencia misma de la literatura. Historias y personas, no hay más.
………………

Dato obligado: Handke llevó a la pantalla su novela en 1978. Edith Clever y Bruno Ganz fueron sus protagonistas.
Zurrón de enlaces (en alemán):
http://www.tour-literatur.de/Links/links_autoren/handke_links.htm

Apostilla final: Sé que dejo sin respuesta la primera de las preguntas que formulé, la más íntima. ¿Qué sentimiento prevalece, tras tantos años, ante un libro que marcó nuestra biografía? ¿Cabe el desencanto? ¿Gana siempre el recuerdo? Mejor contestación que la mía será la de Hilario J. Rodríguez, que construyó Babel para expresarlo.

miércoles, febrero 14, 2007

Viajes por el Scriptorium, Paul Auster

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2007. 185 pp. 16 €

Pablo García Casado

Soy un austeriano apasionado. Me enamoré de su escritura, como muchos, con aquella Trilogía de Nueva York. Inmensa, extraña, plural. Eran tres discursos interrumpidos, historias fragmentadas que no terminaban de encajar, correlatos interiores que trufaban el texto hasta convertirlo en un ente inorgánico semejante a la propia vida. Es una novela del hombre contemporáneo.
Su maestría se ha desplegado en títulos inolvidables, como Leviatán o La Música del Azar, pero también ha encontrado entregas poco o nada afortunadas, libros que simplemente defraudan. Estuve a punto de tirar Tombuctú por la ventana, o qué decir de El Libro de las Ilusiones, un tostón que parecía haber estado escrito por un negro a sueldo de Auster. Empecé a pensar en una factoría agotada sin nada que ofrecer.
Me equivocaba, como casi siempre. Porque ya Brooklyn Follies era un más que aceptable recorrido por los sumideros de la naturaleza humana. Pero estos Viajes por el Scriptorium recogen al mejor Auster de la década. Un libro complejo, que se inicia con un velado homenaje a Kafka, donde un personaje al borde del olvido intenta, sin éxito, reconstruir un pasado que ya no le pertenece. Una novela muy carnal, donde casi palpamos las heridas del protagonista, en un espacio completamente cerrado. Pero es además —no quiero revelarlo— una reflexión sobre el propio hecho de escribir, sobre el poder de los correlatos para definir nuestra propia vida.
Vuelve Paul Auster a esa narración incompleta e inquietante, donde culpa y deseo, mentira y violencia, se incorporan conscientemente a este diseño del hombre contemporáneo a modo de autobiografía. Una novela para reconciliarse con Auster, pero también para descubrirlo. Ojalá continúe por esta línea y se instale definitivamente como el gran clásico contemporáneo.

martes, febrero 13, 2007

De re coquinaria. Antología de recetas de la Roma Imperial, Marco Gavio Apicio

Edición de Attilio A. Del Re. Traducción de Juana Barría. Ilustraciones de Serena Palazzi. Alba, Barcelona, 2006. 295 pp. 39 €

Care Santos

Cuando se evoca un banquete romano, los lectores de Petronio no podemos dejar de pensar en aquellas pantomimas excesivas del banquete de Trimalción, en El Satiricón. No es inapropiado el ejemplo, puesto que en aquella recreación burlesca de una velada gastronómica patricia, pueden apreciarse ya muchos de los refinamientos que encontramos en este tratado "de las cosas de la cocina", que pasa por ser el primer manual gastronómico de la historia. No es del todo exacto: hubo uno anterior griego, de quienes los romanos tomaron las técnicas y gran parte de los ingredientes, y que luego se encargaron de engordar —lo mismo que sus caprichosos estómagos— a fuerza que engordaba también el Imperio.
Las biografías de los gastrónomos romanos son tan jugosas como las aportaciones que hicieron a las mesas de sus conciudadanos, o a las nuestras. Tenemos, por ejemplo, a Lucio Licinio Lúculo (117-57 adC), a quien por lo visto se debe la aclimatación del cerezo al clima europeo. O Vitelio, famoso por su glotonería, de quien se cuenta que llegaba a consumir 1.200 ostras en un solo banquete. Una flota entera abastecía su mesa y según contó Plinio el Viejo, gastaba una verdadera fortuna —1.000 millones de sestercios al año— sólo en la materia prima de sus banquetes. Se suicidó, por cierto, cuando temió que su tren de vida se viera afectado por la disminución de sus rentas.
Marcus Gavius Apicius (25 adC-?), el autor de este recetario, no fue menos particular. Vivió durante los reinados de Augusto y Tiberio. Era conocido por sus costumbres sofisticadas y su gusto por lo exótico, además de por ser el inventor del paté de foie y por incorporar a sus recetas algunos elemetos exóticos. Entendámonos: "exóticos" a la manera romana: aquellos a quienes se dirigían estas recetas no conocían los cítricos —salvo el pomelo—, utilizaban el arroz sólo como espesante para salsas y aún tardarían unos catorce siglos en atreverse a comer una alcachofa. Por supuesto, en su dieta faltaba todo lo que llegó de África (café, plátanos, berengenas...) y de América (tomate, patata, pimiento, pavo, alubias, judías verdes, cacao...). En cambio, eran aficionados a las especias que llegaban de Asia, las hierbas, las frutas y verduras, y a algunos manjares entonces muy sofisticados: las lenguas de loro, la vulva de cerda estéril o el garum, una salsa a base de pescado fermentado que se producía en algunas ciudades españolas —Tarraco y Cartago, sobre todo— como en ninguna otra parte.
Entre las dificultades de la lectura de este manual, tenemos todos aquellos ingredientes que se conocían en la Roma imperial y que no han llegado hasta nosotros. El silfio, una droga que Nerón consumía con gusto y que se utilizaba sobre todo en la cocina, hoy extinguida. O la oveja salvaje italiana, que corrió la misma suerte. También hay dudas a la hora de interpretar las fuentes: no se conocen con exactitud a qué se refieren los nombres de ciertos ingredientes. Desconocemos las diferencias entre los distintos tipos de pan que cita el autor, o entre un embutido y otro. Igualmente, no sabemos cuál era la receta exacta del tan apreciado garum. Como no ha sido posible averigiar a qué personajes corresponden exactamente los nombres que en ocasiones da el autor como inventores o enriquecedores de las recetas.
El original sufrió una suerte azarosa. Fue adulterado, desmembrado y enriquecido en diversas épocas. Las últimas aportaciones podrían ser del siglo VIII, aunque tampoco se sabe con seguridad. Queda suficientemente subrayado, pues, que no se trata de un manual de cocina al uso, ni de un libro fácil. Ni por su lectura ni por las recetas que contiene, aunque no hay que descartar el experimento de probar alguna de las más asequibles, como la de los caracoles a la cazuela o las múltiples maneras de preparar los cardos.
La edición que ha elegido Alba está más dirigida al comprador de regalos navideños que al lector de clásicos. No se puede negar que es hermoso ese gran formato, como lo son las ilustraciones de Serena Palazzi a partir de frescos y mosaicos de la época imperial. Pero se echa en falta algo más. Un buen prólogo, por ejemplo, más centrado en el lector español, que complemente el más ajeno de la edición italiana; asimismo, algunas notas al final de los capítulos habrían ayudado a rellenar lagunas. Tal y como está, el libro se convierte en un extraño término medio: resulta excesivo para quienes buscan un libro de cocina —incluso para los más intrépidos— e insuficiente para quienes desean arqueología de los fogones.
Con todo, es la única edición de la obra de Apicio que puede encontrar el lector interesado. Y sólo eso ya la convierte en digna de atención.

lunes, febrero 12, 2007

El ministerio del dolor, Dubravka Ugresic

Trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek. Anagrama, Barcelona, 2006. 300 pp. 18 €

Miguel Sanfeliu

Una de las mayores tragedias ocurridas el pasado siglo fue la guerra de los Balcanes. Yugoslavia quedó segmentada y en ella sucedieron algunos de los episodios más trágicos del pasado siglo XX. Muchos de sus habitantes tuvieron que marchar a buscar fortuna a otros países, entre ellos, Dubravka Ugresic (y los personajes de este libro). De esta escritora croata ya se habían publicado en España dos obras: la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y el interesante libro de artículos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004).
La desintegración de Yugoslavia deja a gran cantidad de gente diseminada por diversos países que, pese a sus supuestas diferencias, proceden de un lugar común que les ha marcado. La búsqueda de esos recuerdos nostálgicos se convierte en la clave para que las personas sientan que tienen más aspectos en común que diferencias entre ellos. La patria que ya no existe, la «ex-Yugo», se muestra como algo que va más allá de un espacio físico.
“Estábamos en todas partes. Y ninguna historia era lo bastante personal ni lo bastante conmovedora, porque la muerte ya no conmovía a nadie. Había habido demasiadas muertes”.
Tanja Lucic consigue un trabajo como profesora interina de lengua y literatura serbio-croata en la ciudad de Amsterdam. Sus alumnos son exiliados, desarraigados en un país extranjero, cuyo origen se encuentra en los nuevos países que han surgido tras la desintegración de la antigua Yugoslavia y que les cuesta reconocer como propios, porque cambian demasiado deprisa y desaparecen sus puntos de referencia. Los trabajos que consiguen en Amsterdam son precarios y mal remunerados. El trabajo mejor pagado (en negro, por supuesto) es el que conocen como el del “Ministerio” y que consiste, contra lo que podría parecer, en trabajar en un taller de ropa para sex-shops, haciendo referencia el nombre a la denominación de un club porno sadomasoquista de La Haya: “El Ministerio del Dolor”. La razón fundamental que tienen para estudiar serbo-croata es porque es lo más fácil y sirve para alargar la estancia en el país si no tienes visado, además de ser un camino rápido para obtener un titulo holandés o una beca. Ante esta perspectiva, Tanja decide no complicar más las cosas a sus alumnos y, tras asegurarles que todos conseguirán buena nota, inicia unas clases que se van transformando en una especie de sesiones de terapia de grupo donde se comparten nostalgias, vivencias y opiniones que van recuperando un pasado que les une. Se trata de “un proyecto, un juego en la clase, un «trabajo» de catalogación de la cotidianidad de la antigua Yugoslavia”.
Lejos de sentirse como ganadores de una patria, se sienten como si les hubieran arrebatado su pasado. “De pronto, todos nos habíamos quedado sin testigos, sin padres, sin familia, sin amigos, sin conocidos, sin allegados con los que repetir el material de nuestras vidas”. Deben superar los escollos de todo aquello que supuestamente les diferencia para volver a recuperar un espacio común, a través de las películas, programas de televisión, canciones, chistes nacionales, episodios de la infancia... Es un camino tortuoso ante el que la protagonista alberga serias dudas: “al prohibir recordar el pasado común, los ideólogos de los nuevos estados habían provocado el efecto contrario: la prohibición incrementaba la atracción. Me preguntaba si al estimular el recuerdo destruiría el aura dorada”.
Lo que trasluce detrás de la prosa limpia y directa de Ugresic es una reflexión sobre la identidad, sobre las raíces, sobre aquello que conforma la memoria colectiva del ser humano. Personas que han huido de la guerra y que se dejan llevar por la vida, diseminados por diferentes países, y que se refieren unos a otros como “los nuestros”. En ese “los nuestros” entran todos: bosnios, croatas, serbios, albaneses... Sufren las consecuencias de una guerra que buscando reafirmar la propia identidad les ha abocado a vagar como almas en pena, reconociéndose como compatriotas y como enemigos, con un pasado en común y un futuro incierto, muchos de ellos esforzándose por encontrar una identidad nueva en otro lugar, arrastrando su bagaje personal en bolsas de plástico de rayas azules, rojas y blancas, acostumbrándose a vivir con un permanente desasosiego y a contener una infinita nostalgia.
Hacia el final podemos leer: “El regreso al país del que hemos venido es nuestra muerte, quedarnos en los países a los que hemos llegado es nuestra derrota”.
Pese a que la autora huye del dramatismo y marca una eficaz distancia con lo que nos cuenta, lo cierto es que se va apoderando del lector un sentimiento de tristeza, de impotencia ante el sufrimiento de esa gente que ha perdido su pasado y que intenta salir adelante, como si chapotearan en una gran masa de arenas movedizas. Dubravka Ugresic compone una obra compleja desde la que, con un tono aparentemente aséptico y salpicado de pequeñas dosis de un humor amargo, expone su rabia, su indignación y su dolor.

viernes, febrero 09, 2007

Solo con invitación: La ciudad del Gran Rey, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, La Coruña, 2006. 404 pp. 20 €

Pedro M. Domene

La locura imaginada por Óscar Esquivias (Burgos, 1972) o, quizá resulte más acertado decir, el ambicioso proyecto convertido en trilogía «dantesca» que el escritor iniciaba en Inquietud en el Paraíso (2005), continúa ahora con La ciudad del Gran Rey, la aventura en el Purgatorio que se iniciaba en las últimas páginas de la entrega anterior. En realidad, para la primera novela Esquivias inventaba un auténtico trastorno que se torna en colectivo cuando la realidad histórica inicia el conflicto bélico de 1936 en la ciudad de Burgos, indiscutible bastión y baluarte de la rebelión militar, posterior centro de operaciones del ejército franquista. Así, un enigmático don Cosme Herrera cree poder acceder al Purgatorio a través del sepulcro del primer traductor al castellano de la obra del florentino, el arcediano Fernández de Villegas, para poder redimir, de alguna manera, la locura iniciada por el equívoco gobierno de la República.
La pretensión de Óscar Esquivias, indiscutiblemente ambiciosa e inteligente, no es otra que novelar parte de nuestra historia reciente, un tanto maltratada y vituperada en crónicas y documentos del momento, por la literatura y la realidad del 36, y las décadas posteriores. Aunque el escritor ensaya un más allá y a golpe de página va narrando y cincelando el ambiente de una sociedad tan conservadora e histriónica como la burgalesa, es decir, su rancia actitud ante los acontecimientos que se pregonaban muy a principios del siglo XX. El sarcasmo, la ironía, la mofa del escritor burgalés sobresalían en las mejores páginas de Inquietud en el Paraíso, y por ellas desfilaban párrocos, obispos, pequeño burgueses o militares, junto a liberales y progresistas que anteponían la legalidad del régimen constitucional a un conservadurismo caduco. El planteamiento narrativo ensayado mostraba ya en su primera entrega una visión expresionista que dotaba al relato de una riqueza de registros que se concretaban en un ritmo pausado de perfecta consecución y una sutil e irónica visión de las situaciones descritas. Todo ello narrado, además, con ese rigor histórico que en la segunda entrega La ciudad del Gran Rey se ha sacrificado para convertir el relato en auténtica ficción, en literatura; porque, entre otras muchas cosas, ahora sí, ofrece la peripecia divertida de una visión de conjunto que nos brinda la verdad de la primera y la ficción de la segunda de la mejor manera posible, fabulando o imaginando como siempre se espera de la buena literatura.
La ciudad del Gran Rey es el sueño de la expedición iniciada en la catedral de Burgos y a ese desconocido lugar a donde llegan los excéntricos personajes capitaneados por el sacerdote y el comandante Paisán. Pero, en realidad, cuando uno avanza en su lectura no llegamos a saber muy bien si realmente el Purgatorio se parece a Burgos, o quizá la propia ciudad castellana se parece a ese lugar celestial. Aventura tras aventura, los intrépidos visitantes deberán aprender a vivir en una esfera donde constantemente se pierden en el laberíntico espacio de unas calles y plazas que cambian de aspecto o de nombre, y sólo consiguen sobrevivir en un blocao donde, atrincherados, resisten hasta que don Cosme vuelva de su infortunada enfermedad y, una vez consciente, logren encontrar la traducción de Villegas, y sean capaces de identificar la puerta de vuelta a su querida ciudad. Resisten, durante buena parte del relato, porque reciben la orden de no bajar al Infierno y optan por encontrar la manera de valerse heroicamente en medio de la anarquía más absoluta, viven situaciones que se parecen a lo que ya conocen en su Paraíso particular, aunque a medida que pasen los días se verán envueltos en medio de una serie de lances entre los que tendrán que adivinar, conjurar o valerse de ungüentos y pócimas para buscar la salida. Entretanto, nuevos personajes se asoman a un relato que sobresale por su ingenio, por un calculado humor y un ácido sarcasmo que le sirve a su autor para repasar algunos episodios de nuestra historia o para poner en tela de juicio ciertos valores, como por ejemplo, la utilidad y validez del dinero, porque allí lo único valioso que pude tener un habitante son sus dientes y sus muelas.
Óscar Esquivias consigue hilvanar una historia repleta de acontecimientos, algunos absurdos y tan extraordinarios como imposibles, reflejo de una sociedad castigada entonces y secuela hoy de la mezquindad que caracteriza al ser humano. Sólo los limpios y puros conseguirán sobrevivir en un mundo posible como Esquivias ha querido imaginar. El resto quizá sucumba en ese Infierno que aún nos tiene que contar el escritor burgalés, pero esa será una nueva aventura que cerrará una trilogía sobre nuestra historia con excelentes dosis de humor y la mejor de las imaginaciones.



Óscar Esquivias: «Me interesa hacer literatura, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y contar una historia apasionante»

¿Dónde te sientes más cómodo, en el Paraíso, en el Purgatorio o en el Infierno?
—La verdad es que me siento más cómodo en el planeta Tierra.

Cuando te planteaste escribir esta historia, ¿pensabas que debería ser toda una trilogía para explicar la reciente historia de España?
—Mi propósito no es explicar la historia de España, Dios me libre: a mí me interesa hacer literatura, esto es, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y, a través de ellos, contar una historia apasionante con las palabras más persuasivas. Me apoyo en la Divina Comedia de Dante y de ahí la estructura tripartita del relato, que me sirve para jugar con los géneros literarios.

¿En aquella época, la ciudad de Burgos, a cuál de los lugares visitados por tus personajes se parecía más? ¿Y a los de Dante?
—En La ciudad del Gran Rey quería describir un espacio que resultara al tiempo familiar y fantaseado, como si los personajes no hubieran abandonado del todo España y hubieran entrado en un sueño en el que lo cotidiano se presentara como algo misterioso o amenazante. El mundo que dejan atrás los hombres que se internan en el Purgatorio no es más lógico ni humano que el que se encuentran en el Más Allá, al contrario: en La Ciudad del Gran Rey la violencia no tiene justificación, sucede como si fuera una fuerza de la naturaleza, ajena a la voluntad de los hombres. En 1936 se declaró una guerra en nuestro país porque hubo personas que se empeñaron activamente en imponer sus ideas (o sus intereses) por la fuerza. Desde este punto de vista, la España (no sólo Burgos) real, histórica, es mucho más desasosegante que cualquier escenario fantástico (incluidos los dantescos).

La ironía y el sarcasmo pueblan las páginas de tus dos novelas hasta el momento, ¿es necesario que el lector sonría de vez en cuando ante tanta atrocidad?
—No sé, no tengo una teoría definida al respecto. El humor tiene muchas manifestaciones y, en mi caso, a menudo surge en el proceso de escritura, sin que yo lo hubiera previsto de antemano. Creo que nunca he pensado: “Voy a escribir un capítulo o un cuento divertido”, mis ideas de partida jamás son cómicas. De hecho, soy la persona menos chistosa del mundo.

Si te dijera que el proceso de escritura de estas tres novelas se parece bastante a un proyecto barojiano, ¿qué me contestarías?
—Me encanta Baroja y todo lo que se pueda adjetivar como «barojiano» me interesa, así que no voy discutir a quien me aplique tal adjetivo (aunque me pueda parecer exagerado o inexacto, pero ¿a quién le molesta que le piropeen?). Inquietud en el Paraíso, con sus conspiradores, curas disparatados, militares y demás, quizá sí tenga un aire barojiano, pero no creo que sea el caso de La ciudad del Gran Rey, demasiado fantasiosa para lo que acostumbraba a escribir don Pío (me parece a mí, vaya).

Un adelanto para el curioso lector de tu próxima novela: ¿qué ocurrirá en el Infierno?
—Cualquier cosa. Ahora mismo estoy escribiendo esa parte y lo estoy descubriendo...