viernes, enero 20, 2012

Cosmópolis (Del flâneur al globe-trotter), VV.AA.

Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010. 304 pp. 21 €

Rubén Castillo Gallego

Muchos escritores se han sentido, a lo largo de la Historia, embriagados por el vértigo o la tentación del viaje; otros, menos líricos o aventureros, se vieron obligados por las circunstancias a desplazarse de su lugar habitual de residencia y conocer mundos nuevos, idiomas nuevos, nuevas costumbres. El tomo que lleva por título Cosmópolis (Del flâneur al globe-trotter), editado por Eterna Cadencia, nos ofrece una interesante selección de impresiones de viajes elaboradas por autores hispanoamericanos desde el siglo XVIII hasta la actualidad. La responsable de esta antología, la profesora Beatriz Colombi, es también la autora del prólogo.
En este vademécum encontramos pinturas espaciales y temporales, retratos agudos que ahondan en la idiosincrasia de múltiples pueblos y hasta descripciones pintorescas, extasiadas o malévolas, de monumentos, tipos humanos o ciudades europeas, americanas y asiáticas. Así, el mexicano fray Servando Teresa de Mier, en sus Memorias (1876), dibuja con desdén a los habitantes de la capital de España, atribuyéndoles una etiqueta harto vejatoria («Son cabezones, chiquititos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosarios y herederos de presidios», p.37), costumbres de discutible gusto («Insultan a la gente decente», p.38) y valor de sinécdoque o resumen («Gente sin educación, insolente, jaquetona y, en una palabra, españoles al natural, que con su navaja o con piedras despachan a uno, si es menester, después de mil desvergüenzas», p.39). No más galana ni más complaciente es la visión que el argentino Domingo Faustino Sarmiento elabora sobre el monasterio de El Escorial, en el que advierte «un alma oprimida, helada, torva» (p.50), muy característica de este «extraño y espantable edificio» (ibíd.) que no le evoca al autor otras palabras que cadáver, pólipo o sepulcro. Ricardo Palma, mucho menos extremoso, nos da un paseo por la andaluza ciudad de Córdoba («donde César pasó a cuchillo a veinte mil partidarios de Pompeyo», p.141) y nos cuenta con enorme gracia una curiosa excomunión de golondrinas y los avatares de una escultura de mármol labrada por un morisco... con la uña.
Mudándonos a otros países veremos que la escritora Eduarda Mansilla, después de observar y analizar el papel de las mujeres en Estados Unidos, llegó a la conclusión de que el máximo objetivo femenino no debería ser la emancipación política, sino el influjo en la cosa pública por la vía psicológica o indirecta («¿Qué ganarían las americanas con emanciparse? Más bien perderían y bien lo saben», p.84). La peruana Clotilde Matto de Turner, por su parte, nos da una deliciosa estampa de Venecia, de cuando la ciudad flotante cobijaba a ciento cincuenta mil personas, allá por los comienzos del siglo XX. El guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (cuyos auténticos apellidos, Gómez Tible, se cambió prudentemente para evitar las burlas y los chistes de sus contemporáneos) nos ofrece sus crónicas sobre París, Grecia o Japón, siempre llenas de detalles pintorescos y de observaciones notables. César Vallejo, por su parte, nos instala en un tren que cubre el recorrido entre Varsovia y Moscú, para mostrarnos a los dos ocupantes que encuentra en uno de sus vagones: una mujer de salud delicada y un médico que vigila su tos y su bienestar. Ella tiene una mirada azul, habla un francés defectuoso y demuestra tener ideas bolcheviques, mientras que el doctor que la atiende (bien vestido y de modales más que correctos) es burgués. Son, nos dice el poeta, «dos personajes que encarnan los dos frentes históricos de la revolución rusa» (p.245). Pablo Neruda, mucho más esplendoroso en sus adjetivaciones e imágenes líricas, nos mostrará algunos aspectos de Ceilán. Y el cubano Guillermo Cabrera Infante pondrá ante nuestros ojos el puente de Londres, cuyo deterioro se hizo evidente tras un estudio elaborado en 1970. «¿Qué hacer?» —se pregunta entonces el cronista, con su habitual sentido del humor—. «¿Dejar que el puente se cayera como auguraba desde hace siglos la canción de cuna? ¿Reparar lo irreparable? ¿Erigir un nuevo puente de Londres con nuevas piedras? ¿Fotografiar los japoneses el puente que cae?» (p.285).
Si le añaden a estos fragmentos que he seleccionado las visiones de Rubén Darío sobre los falsificadores de arte, de Paul Groussac sobre Chicago o de José Martí sobre Nueva York comprenderán que este libro puede deparar deliciosos ratos de lectura a quienes se adentren en él.

jueves, enero 19, 2012

Conversaciones sobre música, Wilhelm Furtwängler

Trad. J. Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2011. 110 pp. 16 €

Coradino Vega

Toda vez restituido de su polémica actividad al frente de la Filarmónica de Berlín durante el nazismo, a lo que contribuyeron desde testimonios como el de Yehudi Menuhin hasta el reciente libro de Misha Aster The Reich’s orchestra, y dejado atrás el rechazo que suscitó ese papel manifestado entre otros por Thomas Mann o Toscanini, hoy pocos aficionados a la música clásica pueden dejar de reconocer que Wilhelm Furtwängler fue uno de los más grandes directores del siglo XX. Mediante su peculiar forma de manejar la batuta, con esos movimientos desgarbados como los de un «títere en una cuerda» (por utilizar la expresión de sus propios músicos), y que integraban a la perfección el espíritu y la lógica, el subjetivismo y el método, y el orden y la pasión, Furtwängler demostró el poder de la música para elevar a la humanidad y trascender la realidad más descoyuntada. Pero aparte de un extraordinario intérprete, el director alemán fue también ―como lo puede ser en la actualidad Nikolaus Harnoncourt, por ejemplo― un vigoroso divulgador de la música como prueban a su vez las reflexiones que, por expreso deseo de su viuda, fueron recopiladas y publicadas tras su muerte. A ese cuerpo pertenecen estas seis conversaciones mantenidas con el musicólogo Walter Abendroch en 1937, a las que se les ha añadido el debatido ensayo escrito por Furtwängler diez años después sobre la atonalidad y sus repercusiones en los oyentes.
Las seis conversaciones llevan, por este orden, los títulos siguientes: «Influencia de la obra musical en el público», «Distintas dificultades en la interpretación musical», «Lo dramático en las composiciones de Beethoven», «Acerca de la Novena Sinfonía de Beethoven», «La creatividad en la interpretación» y «El compositor y la sociedad». Sin embargo, son escasos los pasajes especializados que impiden aplicar su lectura a cualquier otra rama del arte. De hecho, todas las ideas que se desarrollan en ellas no sólo serían perfectamente aplicables a la pintura, la arquitectura o la literatura, sino que mantienen una vigencia asombrosa para todos aquellos creadores o diletantes preocupados por la hendidura abierta entre el arte contemporáneo y a quienes supuestamente va dirigido. El discurso de Furtwängler puede resultar en un principio altivo, conservador, hasta cierto punto normativo, pero leído con atención desprende una coherente contundencia, una subjetividad exenta de dogmatismo labrada desde el amor a la vocación de una vida, una amplitud de miras y una flexibilidad ―tan conocedora como comprensiva― que anula de inmediato la falsa y simplista primera impresión que pueda llevarse quien lo lea superficialmente o desde el prejuicio.
La idea que preside estos textos es hacer accesible a un círculo lo más amplio posible las múltiples experiencias y las maduradas ideas de un artista ante los problemas que el arte suscita, haciendo fructíferas sus preguntas por medio de un esfuerzo constante de una claridad expositiva que no vaya en detrimento del rigor ni de la exigencia. Así, en la conversación con la que se abre el libro, Furtwängler concibe al público como una «masa sin voluntad propia» cuya reacción (perezosa, instintiva y caprichosa) depende, sobre todo, de las circunstancias especiales del momento. Pero a partir de ahí analiza en qué consiste esa psicología del público y cómo la posteridad se basa en gran medida en ella: «En el arte, que es la expresión del hombre, sólo el hombre da la medida de las cosas». La primera condición para emitir un juicio relevante es dejar que pase el tiempo. Y muchas obras modernas no calan por esa falta de perspectiva pero también por su pretendida ausencia de claridad, dependiente en demasía del detalle y la conciencia técnica y alejada por ende de una estructura que abarque su conjunto. La música de Bach, Mozart o Beethoven perdura porque fueron creadas sin perseguir ese efecto. Pues el afán por buscar el efecto fue precisamente lo que empezó a abrir la irrestañable brecha que aún sigue abierta. El exceso de efectos, que Furtwängler observa a raíz de Wagner y de Liszt, fue en realidad un intento de salvar esa distancia entre público y artista, pero fracasa cada vez que trata de crear a partir de la comunidad en vez de crear la comunidad a partir de la obra: «Hay obras de arte que producen efecto porque quieren producirlo. Y las hay, a su vez, que lo producen por el simple hecho de existir. He aquí la causa de por qué el efecto en unas disminuye con el tiempo y en otras no». La cuestión estriba en expresar con claridad lo que se quiera decir, lo cual presupone una cosa: que alguien tenga algo que decir, o sea, atreverse a mostrarse como es, desnudo, sin ayuda de nadie. Furtwängler reproduce las palabras de Goethe: «Si alguien tiene algo que decirme, debe hacerlo claro y simple. Ya tengo bastantes complicaciones dentro de mí», porque, a su parecer, de esas complicaciones nace en buena medida el arte moderno que ha perdido de vista «las obras que los hombres necesitan y desean en lo más profundo de su ser», a pesar de que sus reacciones sean tan vagas e indecisas a primera vista.
En la segunda conversación, Furtwängler plantea lo «fácil» que resulta interpretar por ejemplo a Stravinsky o Debussy, y lo «difícil» que es extraer el alma de las a priori mucho más «fáciles» partituras de los «clásicos». Al virtuosismo es preciso añadir calidez, sensualidad y ternura de sentimientos: «En la música de los grandes maestros clásicos intervenían por igual los nervios, los sentidos, el temperamento y la inteligencia. Las partes se creaban con el todo y a partir del todo, y el todo se creaba con las partes». Eso es a lo que Furtwängler llama el gran contexto que, de alguna forma, ha perdido de vista el arte moderno en su evolución del todo a lo particular, renunciando a la integración de los distintos elementos. Al fijar su mirada en el detalle, los músicos se volvieron cada vez más incapaces de ver las relaciones mayores y tener en cuenta el todo convirtiéndose en síntomas más que en testigos de su época. Eso, además, deriva en la confusión que nos ha convertido en unos niños sin capacidad crítica, sin competencia para juzgar, a los que paradójicamente les parecen infantiles los clásicos. El intelecto le ha ganado la batalla a las emociones. Y el resultado de esa hendidura es una perfección fría, sin matices sentimentales que valgan, por lo que el arte está condenado a convertirse en un solitario «jardín de invierno». El oído del público no se ha desarrollado al mismo ritmo que la música. Pero, en lo básico, el alma humana no ha cambiado. Todo arte que pretenda representar una totalidad de experiencia es difícil, y así no resulta raro que lo aparentemente fácil sea lo más difícil, «pues ya no necesita la fuerza espiritual del hombre entero como medio de transmisión, no necesita ser representado e interpretado con el corazón, sino sólo con la inteligencia y los nervios».
Aunque Furtwängler insista en no generalizar, no deja de advertir cuáles son, a su juicio, los factores que hacen que la música clásica esté en peligro. La tarea del intérprete es menos técnica que espiritual. Por ello aconseja entrar en el alma de cada obra y autor: en la épica de Bach, en la engañosa fluidez natural de Mozart, en la alegría de vivir de Haydn o en el dramatismo de Beethoven, de quien curiosamente resalta su trabajoso empeño por simplificar en contraposición a las mitologías extendidas en torno al primer genio romántico. El camino del padre de la Novena más conocida de todos los tiempos consistía en ir del caos a la forma, es decir, justo en el sentido contrario del compositor contemporáneo que se empeña en la complejidad deliberadamente.
Por su parte, en la quinta conversación, Furtwängler se burla del intérprete que «ha aprendido a posar», robustece el carácter apolíneo de su dionisíaca forma de entender la música, y separa lo necesario de lo que sólo es artificio. Además, avisa ―como si se tratara de un recado a Karajan ‘avant la lettre’― de que una técnica estandarizada crea retrospectivamente un arte estandarizado, y recalca que si bien en el terreno de la técnica nos hemos convertido en titanes, en el de las emociones nos hemos vuelto niños. Leyendo entre líneas la conversación titulada «El compositor y la sociedad», se puede inferir que Furtwängler no fue precisamente el títere de Goebbels. En ella ironiza sobre la proliferación de teóricos y expertos, y sin tapujos sostiene que «la inocencia, una vez perdida, no puede recuperarse; [pero] los poderes realmente creativos sólo lo son en el estado de la inocencia», de ahí que la lucha de Wagner fuera la del artista moderno contra un entorno moderno en el que «se niega al artista toda soberanía, libertad y espontaneidad de expresión, se le prescribe lo que debe hacer y lo que no, lo que debe sentir y querer para poder contar con tener repercusión, [y] para ser “moderno”». Concluyendo: «El miedo al sentimentalismo no es sino miedo a algo que anida en el propio corazón».
Por último, el ensayo sobre la música tonal y atonal que cierra el libro sintetiza las ideas desplegadas en las anteriores conversaciones. Sin maniqueísmos ni censuras morales, Furtwängler llama al pan pan y al vino vino. ¿Por qué el público mantiene una actitud hostil hacia gran parte de la música contemporánea? Al respecto, Furtwängler procura huir tanto de los reaccionarios convencidos como de los superprogresistas, pero deja claro que toda obra se expone a ser contrastada con las otras, lo cual estrecha el marco contemporáneo hasta la asfixia obligándole a compartir su lugar bajo el sol con los Bach, Beethoven y compañía: pues «no puedo aceptar que, como sucede hoy a menudo ―por razones evidentes―, la nueva música y la antigua sean tratadas como dos mundos diferentes que nada tienen en común y se excluyen mutuamente; que el músico de hoy tenga que ser el enemigo irreconciliable del músico de ayer». Eso provoca una competencia abrumadora y deriva en un sistema de selección despiadado. Y aunque el arte nunca haya sido un asunto de masas, dice Furtwängler, no deja de tener comicidad cómo afloran cada día, aupados por la prensa, diez o doce genios cuando sólo ha habido unos pocos grandes artistas a lo largo de la historia. Pero Furtwängler no ridiculiza la música nacida al socaire de las doctrinas de Schönberg. La respeta. Resalta su valor y le reconoce el mérito de ser el signo del progreso, producto del clamor por lo nuevo, la exigencia teórica y el esfuerzo por avanzar a cualquier precio. No obstante, aclara que Wagner no fue su precursor, ni Mozart, ni Beethoven: cuando compuso su Tristán e Isolda, Wagner no se propuso inventar el cromatismo, sino simplemente encontrar la expresión musical más adecuada a sus necesidades poéticas. La teoría no debería preceder nunca a la práctica, sostiene Furtwängler, quien lamenta que el derroche de inteligencia que requiere la música atonal pague su precio con la falta de valores vitales: cuando el arte pierde el mundo como referencia y se reconcentra en sí, surge la desorientación y la incertidumbre. Por eso Furtwängler admira su libertad, pero teme su lógica consecuencia: «La antipatía de todo aquel que no está dispuesto a sacrificar su equilibrio biológico a las consideraciones del individualismo intelectual». Quizás se exceda, un tanto sospechosamente, a la hora de identificar tonalidad con «ley natural», pero le redime su apuesta por que coexistan ambas tendencias como la imagen más fiel de la época.
En definitiva, las reflexiones de Furtwängler, más que encendidas, son apasionadas, eruditas, didácticas, y contagian muy bien el brío con el que, desde el atril, interpretó legendariamente a Beethoven, Brahms o Wagner. Son el resultado de la exigencia moral de un artista que se preocupó por la evolución de su arte e intentó buscar respuestas a preguntas que aún siguen siendo objeto de debate. Pero, por encima de todo, son una perdurable declaración de amor a la música clásica.

miércoles, enero 18, 2012

La Casa de Cristal, Simon Mawer

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Tusquets, Barcelona, 2011. 451 pp. 20 €

Cristina Consuegra

Siento una especial atracción hacia el vínculo que se establece entre la ficción literaria y el espacio. Quizá por este motivo he leído, con una actitud cercana a la obsesión, a Onetti y Faulkner —por esa manera única, exclusiva, de crear geografías, mundos habitados por personajes que sólo tienen sentido en esos territorios implacables—, o por esta misma razón, siempre me ha agradado la lectura de novelas en las que el territorio actúa casi como un protagonista más de la historia, sirvan de ejemplo títulos como El nombre de la Rosa y Drácula.
En La Casa de Cristal, de Simon Mawer, primer título traducido al castellano de este británico afincado en Italia, el autor plantea la historia de un lugar, Villa Landauer (Das Landauer Haus o Vila Landauer), nombre imaginado para una realidad llamada Villa Tugendhat, obra del arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe, símbolo del esplendor de la Primera República de Checoslovaquia, situada en la periferia de Berno (Město, en la novela), y símbolo de una Europa que soñaba con ella misma tras la Gran Guerra. Simon Mawer toma como punto de partida este lugar fascinante y, desde lo que ha vivido, habitado y presenciado ese territorio, genera una historia que comparte con la realidad, además de lo mencionado, los diversos estadios cronológicos por los que atravesó la villa construida por Van der Rohe: la invasión Nazi y la posterior ocupación soviética.
Como he escrito, esta es la historia de un lugar pero también la de sus habitantes: la del matrimonio Landauer, Viktor y Liesel, y sus hijos; la del arquitecto que da vida a la casa, Rainer von Abt; la de Hana, amiga inseparable de Liesel; y la de Katalin, prostituta de quien se enamora Viktor Landauer. Personajes que se ven condicionados por las exigencias de un tiempo y por la relación que cada uno de ellos establece con la casa, con su luz, con su fascinación, pero también con aquellos ángulos, rincones imprecisos, donde todo y nada es posible.
La Casa de Cristal se presenta a través de un prefacio, “Retorno”, para situar al lector en un presente, primer acercamiento a la complejidad de una historia aparentemente lineal, aproximación al futuro/presente de unos personajes que darán forma a las diversas ficciones que Mawer distribuye a lo largo de las cinco partes que componen esta novela, partes que siguen un orden estrictamente cronológico, aunque los personajes, en buena parte del argumento, se sumerjan en vacíos temporales que les permite seguir adelante con sus existencias.
En la primera parte del libro, el autor centra buena parte del entramado narrativo en la arquitectura de los protagonistas que, como proyecciones de la Villa Landauer, se sirven de la luz —razón, emoción— para existir en ese territorio tan agónico como espléndido que fue la Europa de los años treinta, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Con multitud de sueños ante sus ojos, Viktor y Liesel Landauer conocen al arquitecto del que todos hablan, Rainer von Abt, símbolo de una nueva era, y le encargan la construcción de una villa distinta, de la que todo el mundo hable, donde el mundo comience y termine. Von Abt concede vida a ese lugar que se erige como un homenaje a la luz y su cartografía; cuanto más grande se hace la Villa Landauer, más se distancia el matrimonio. Cuanta más luz penetra en cada una de las habitaciones de la casa, mayor oscuridad penetra en los cuerpos de sus habitantes. Mientras, en el corazón infernal de Europa, se fragua el horror cuyo eco llega a la «brillante y aciaga» Primera República de Checoslovaquia modificando las identidades de quienes esperan lo inevitable, la invasión Nazi, modificando el compromiso de quienes soñaban con una Checoslovaquia infranqueable, libre. Perdurable.
El resto de las partes que componen La Casa de Cristal se suceden a través de las huidas, reales o imaginadas, de los diversos personajes, metáforas de un tiempo y un espacio que permiten su supervivencia: la del matrimonio Landauer y sus hijos; la existencial de Hana en busca de una subjetividad más libre; la justificación científica de la supremacía de la raza; la delación de aquellos que han sido cobijados para lograr huir de un pasado eterno. Huidas que abrigan los lugares con silencio. Y entre tanta evasión urgente, Villa Landauer, poderosa, imperturbable, cronista privilegiada de una época y un tiempo, dignifica a un pueblo convirtiendo, de este modo, a La Casa de Cristal en un gran ejercicio de compromiso literario.

martes, enero 17, 2012

Futuralgia, Jorge Riechmann

Calambur, Madrid, 2011. 726 pp. 38 €

Ariadna G. García

Rara avis. Cuando Jorge Riechmann publicó su primer poemario en 1987 (Cántico de la erosión, galardonado con el Premio Hiperión), el espectro de la poesía española abarcaba tres campos: la “otra sentimentalidad”, que abanderaban los poetas granadinos Luís García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador (denominada también, según diferentes críticos: “poesía de la experiencia” o “figurativa”); la “poesía del silencio”, a cuyo frente estaban, entre otros: Andrés Sánchez Robayna, Vicente Valero y Concha García; y una poesía de corte experimental, próxima al surrealismo y a la inmersión en el subconsciente (Juan Carlos Mestre, Blanca Andréu...). El poemario de Riechmann, sin embargo, no se ajustaba a ninguno de estos moldes. En lo sucesivo, tampoco. No es un autor que siga las corrientes donde todos se bañan, sino un zahorí que va buscando el agua escondida bajo el suelo.
Calambur recoge en Futuralgia la obra poderosa, amplia y ecléctica de un poeta único. El propio Riechmann reconoce en Material móvil (1988) que vive “en la intersección de fronteras incendiadas/ reales imaginarias e imposibles”, espacio que también habita su creación poética, equidistante del hermetismo y de la cotidianidad, de la denuncia y del sexo, de la urbe y del campo, del verso y de la prosa, de la imagen cruel y de la delicada.
Futuralgia, que recoge todos los poemarios, publicados e inéditos, escritos por Riechmann entre 1979 y el 2000, es un volumen imprescindible no ya sólo para los asiduos lectores de este filósofo y ecologista con alma de matemático, sino para quienes deseen embarcar en una aventura estética e ideológica que no les deje indemnes, edifique su conciencia y avive su deseo de una transformación del estado del mundo.
Entre las novedades editoriales que ofrece el libro, encontramos obras de juventud (El miedo horizontal, La verdad es un fuego donde ardemos, Borradores hacia una fidelidad y Coplas del abandono), dos espléndidos poemarios de cuño amoroso (Figuraciones tuyas, La esperanza violenta) donde encontramos versos memorables («Nada nos salva. Nada salvo acaso/ la densa quemadura de tu piel en la mía»), y una pequeña colección de textos (Tanto abril en octubre) que Riechmann localiza dentro de un hospital y que nos sobrecogen por su tema (el cáncer), por su tono (vitalista) y por el amor que desprenden. Algunas de estas composiciones ya aparecieron en la preciosa antología Amarte sin regreso (1995), elaborada por el propio autor.
Pero si Futuralgia es una obra indispensable para todo amante de la buena literatura se debe a que reúne a muchos de los mejores poemarios de la última década; libros que cuestionaron nuestro concepto de lo real, que propusieron un nuevo lenguaje lírico, que denunciaron grietas, que abrieron horizontes, y que nacieron con la firme voluntad de alentarnos y de acompañarnos.
Con el primero, Cántico de la erosión (1987), Riechmann sitúa su poética en unas coordenadas: «Poeta urbano, sí, qué duda cabe», pero como afirma en su ensayo Poesía practicable (1990), no habla de su vida, sino desde ella; «estética y moral van juntas», no concibe una obra alejada del compromiso, idea que también defiende en dicho ensayo: «Aceptar para la poesía el papel de ornamento en un mundo inhumano es indigno». En el Cuaderno de Berlín (1989), Jorge Reichmann recurre a una voz diferente (sardónica, cínica) para criticar los medios con que la gente es aplastada y humillada en un espacio urbano, y su vez, ofrece algunos de los poemas de amor más bellos que se hayan escrito en la lengua de Cervantes, entre los que destaca el soberbio Incredulidad («No eres/posible,/no es posible/ que todo el calor del mundo/haya cobrado la forma de tu cuerpo/…/no es posible el latido de tu sueño/cuando convoca/paisajes como caricias, dédalos susurrados/de fraternidad y auxilio y maravilla,/no es posible la paz de tu vientre rubio/si te busco debajo de las sábanas. /…/ Eres lo más real y no es posible»). Material móvil y 27 maneras de responder a un golpe se publicaron juntos en 1993, en ellos encontramos el germen, la semilla, de la conciencia histórica y universal que a partir de ahora se convertirá en el sello de la creación literaria de Riechmann. Los versos del libro, en ocasiones, parecen greguerías, y además, nos resultan escandalosamente actuales. Riechmann: un hombre visionario: «La economía/el baile de los vampiros», «Europa es una flor/carnívora», «Curiosa sociedad ésta en la que/el uso de la palabra/revolución/se reserva para los presuntos cambios /en el empaquetado de la bollería industrial»… El corte bajo la piel (1994) prosigue esta senda, que se va adentrando en nuestra realidad inmediata («Que la buena marcha de la economía exige no reparar/en minucias como la supervivencia de la especie»), hasta el punto de que llega hasta el corazón de los recortes sociales que padecemos hoy, entre otros: el cierre de quirófanos y plantas en los hospitales. La obra de Riechmann no evita su responsabilidad con el Hombre. Al contrario, gira en torno a ella. Por esa razón, anima a los lectores “a la rebelión”, a la «sublevación frente a los ignominiosos poderes que destruyen la vida» (Poesía practicable). Baila con un extranjero (1993) es un libro más imaginativo y misterioso. El sujeto lírico nos seduce con la suavidad de su lenguaje, que tan pronto nombra a las cosas menudas, cotidianas (Elogio de una naranja cubana en 1988, Elogio de las palomas de ciudad, Alabanza de las babosas…), como al amor y al deseo (Alabanza de los trenes verdaderos, Elogio de la superviviente, Alabanza sucinta de la enamora, o el bello Elogio de la durmiente). Poemario, pues, de celebración no exenta de una crítica a la democracia, al poder de los banqueros, a las violaciones a mujeres, al capitalismo salvaje, o a la guerra de Irak… Los temas del libro, su estética, oscilan como péndulos de un lado a otro de la vida, plural e inabarcable. Donde es posible la vida (1994) y La lengua de la muerte (1997), constituyen el contrapunto idiomático de la obra anterior. Violentos, descarnados, angustiosos, llenos de imágenes gores… son muy poco condescendientes con sus lectores, a los que tratan sin un ápice de amabilidad. Futuralgia, además, compila el libro de poemas que con más lucidez ha deslegitimado la presunta verdad de los mass media: El día que dejé de leer El País (1997). Bajo la influencia del poeta salvadoreño Roque Dalton (Historias prohibidas de “El pulgarcito”), Riechmann elabora sus textos a partir de diferentes artículos periodísticos. En consecuencia, gana un nuevo registro (narrativo y prosaico) para su creación literaria. Los poemas denuncian el escenario económico (la precariedad laboral, el neoliberalismo), y lo hacen combinando las aseveraciones taxativas con los ejemplos concretos de varios seres humanos (obreros, prostitutas…). Pero no sólo. El libro es mucho más. La mirada del autor se expande desde un centro en multitud de direcciones que nos llevan a Bangladesh, Turquía, o a Corea del Norte. Se trata, seguramente, de su poemario más ambicioso. Con él, Riechmann reinventa el concepto de globalización como un proceso de desposesión e injusticia a nivel mundial. Por último, Futuralgia se cierra con La estación vacía (2000), poemario de textos breves y de carácter hermético.
Calambur nos ofrece con esta cuidada edición de Futuralgia la posibilidad de tener todos los poemarios de la primera etapa creativa de Riechmann; tarea complicada hasta ahora, debido a su frenético ritmo de escritura. El título de la colección parece remitirnos a un presente escoltado por dos tiempos inexistentes: el futuro y la nostalgia por lo desaparecido. En ese espacio intermedio, tomando partido por su ahora, Riechmann se dirige a nosotros para compartir la complicidad de su doble testimonio público e íntimo, así como la toma de conciencia amorosa y social.

lunes, enero 16, 2012

Tristessa, Jack Kerouac

Trad. Daniel Ortiz Peñate. Ediciones Escalera, Madrid, 2011. 110 pp. 16 €

Miguel Baquero

Poemas al borde mismo de la depravación, eso es Tristessa, una novela donde Jack Kerouac lleva, podría decirse, hasta sus últimas consecuencias la “escritura automática” que desarrollo, sobre la base, en gran medida, de las improvisaciones jazzísticas que tanto admiraba. Aunque publicada por primera vez en su país en 1960, Tristessa fue escrita en 1956, antes de que la publicación de En el camino, un año después, diera al autor fama mundial. Por aquella época, Kerouac ya había recorrido Estados Unidos en compañía del inolvidable Cassady, viaje que dio argumento a En el camino, ya había habitado en la San Francisco disoluta y salvaje de Los subterráneos y acababa de descubrir la filosofía zen saltando de tren en tren, oculto en el Silbador Nocturno a lo largo de California, base de su tercera gran novela, Los vagabundos del Dharma
El hombre que llega a México D.F. en 1956 es un tipo cansado, que busca un alto en el camino para poner orden en los escritos, en las experiencias, en la filosofía y en la vaga sabiduría que ha ido acumulando durante todos esos años. Para ello se instala en una azotea de la capital mexicana, un lugar que ya había visitado de pasada en anteriores ocasiones y donde sigue instalado Bull, un viejo colega de él y de Burroughs que muchas veces ha hecho de camello de este en sus escapadas al otro lado de la frontera. En esa azotea sobre los deslavazados tejados de una de las zonas más pobres del De-efe, donde Kerouac se ha instalado para tratar de ultimar sus tres grandes novelas, o acaso sólo porque ahí le han llevado las confusas circunstancias, Kerouac coincide con El Indio, con una mujer llamada Cruz, y sobre todo con Tristessa, una joven mexicana. Los tres son adictos a la morfina, adictos hasta la desesperación, hasta la extenuación; adictos hasta consumirse a sí mismos.
En su compañía permanece Kerouac durante un tiempo, compartiendo sus vicios y miserias, inyectándose él también cuando le ofrecen… y expresando, que es sin duda lo más importante, todo aquel mundo sórdido, pero al mismo tiempo trascendente por su cercanía casi inmediata con el hecho de la muerte (en cualquier momento, por alguna mala dosis, por una rencilla con los proveedores, simplemente por un mal paso con la pasma) mediante esa técnica de escritura espontánea y sincopada, libre y desprejuiciada, que consigue en algunos momentos poner la lector la carne de gallina por su sinceridad, por su verdad, por su entrega… Especialmente impresionante es la segunda parte del libro, cuando Kerouac, un año después, vuelve a la misma azotea en busca de Tristessa, de la que definitivamente siente que se ha enamorado, pero no, desde luego, con un amor convencional, sino con un amor de intensidad desesperada. En esta parte, como digo, en que al fin la encuentra, en que en su compañía recorre las más turbias y sucias calles de la ciudad, en que se emborracha hasta el máximo de la vileza, hasta la inmundicia, hasta quedar derrumbado en las calles y que los viandantes le pasen por encima, los desconocidos le roben impunemente, los drogadictos le ignoren… En esta parte en que la suciedad y la degradación se extienden por las páginas, es cuando con mayor nitidez descubrimos, al fondo del todo, un corazón humano, un ser vivo e igual a nosotros como pocas veces se nos ha mostrado en una novela, una onza de oro, un corazón pensante sumergido en el cieno…
Una novela, en fin, Tristessa, que da testimonio de la auténtica altura que llegó a alcanzar un escritor auténtico dispuesto a plantearse las más turbias preguntas y llegar hasta las últimas consecuencias.