jueves, enero 12, 2012

El Archipiélago / Der Archipelagus , Friedrich Hölderlin

Ed. bil. Helena Cortés Gabaudan. La Oficina de Arte y Ediciones, Madrid, 2011. 120 pp. 18 €

José Luis Gómez Toré

La actualidad de Hölderlin sigue siendo un enigma y en ese enigma bucean tanto Helena Cortés, traductora del poema El Archipiélago y autora de una valiosa introducción al mismo, como Arturo Leyte, responsable del epílogo que cierra este volumen, editado con el cuidado y el buen gusto al que nos tienen ya acostumbrados los libros de La Oficina. ¿Por qué, mientras que tantas recreaciones de la Antigüedad nos resultan de cartón piedra, Hölderlin nos sigue emocionando cuando nos habla de Grecia, de sus gentes, de sus dioses? ¿Qué hace que su obra resulta clásica sin incurrir en los pecados del clasicismo? Tal vez porque, como los citados autores apuntan, en el poeta alemán la fascinación por Grecia es tan grande como su certeza de que por ahora Grecia es un sueño irrecuperable (quizá en buena medida porque ni siquiera la Grecia histórica coincide con la Grecia soñada). A ese contraste entre la evocación heroica del pasado y el tiempo de miseria del presente contribuyen las fotografías de diversos autores, que establecen un irónico diálogo (no exento de amargura) con la mirada del poeta.
Con todo, la mayor aportación de este volumen es la arriesgada apuesta que lleva a cabo su traductora al intentar emular el ritmo del hexámetro original, en un fascinante juego lingüístico no solo entre el español y el alemán, sino también de ambas lenguas con los metros griegos (y en menor medida, latinos). El resultado es ciertamente iluminador, entre otras cosas porque pone de manifiesto hasta qué punto era para Hölderlin importante la cuestión del ritmo, la necesidad de que la música del lenguaje acoja un pensamiento en absoluto independiente de esa base musical que permite abrir el pensar hacia una dimensión mítica. Desde un amplio conocimiento del mundo del autor pero también de las cuestiones rítmicas (la introducción incluye un memorable estudio sobre métrica), Helena Cortés consigue darnos un nuevo Hölderlin, que es a la vez el mismo: el poeta en el que la mirada hacia el pasado se trasfigura en expectativa, en el que el poema no es tanto el monumento de un tiempo irrecuperable, como tal vez el único espacio en el que ese tiempo existe y se hace posible.

1 comentario:

Vincent Diable dijo...

Dos cosas.

La labor de Cortés y Leyte es como siempre elogiable. Tuve la suerte de tener a ambos como profesores y no exagero cuando digo que probablemente sean dos de los académicos más serios que he tenido el placer de conocer. En concreto, los ensayos de Leyte sobre la posmodernidad son auténticas lecciones de schlegelianas.

De Hölderlin poco hay que decir, pero creo que no es el único romántico alemán que no ha sucumbido al paso del tiempo; es más el día en que se descubra con todas las de la ley Ardinghello de su maestro Heinse o se redite a Jean-Paul en condiciones provocarán una fascinación aun mayor que Hyperion o Archipiélago.

Saludos.