miércoles, enero 18, 2012

La Casa de Cristal, Simon Mawer

Trad. Catalina Martínez Muñoz. Tusquets, Barcelona, 2011. 451 pp. 20 €

Cristina Consuegra

Siento una especial atracción hacia el vínculo que se establece entre la ficción literaria y el espacio. Quizá por este motivo he leído, con una actitud cercana a la obsesión, a Onetti y Faulkner —por esa manera única, exclusiva, de crear geografías, mundos habitados por personajes que sólo tienen sentido en esos territorios implacables—, o por esta misma razón, siempre me ha agradado la lectura de novelas en las que el territorio actúa casi como un protagonista más de la historia, sirvan de ejemplo títulos como El nombre de la Rosa y Drácula.
En La Casa de Cristal, de Simon Mawer, primer título traducido al castellano de este británico afincado en Italia, el autor plantea la historia de un lugar, Villa Landauer (Das Landauer Haus o Vila Landauer), nombre imaginado para una realidad llamada Villa Tugendhat, obra del arquitecto alemán Ludwig Mies van der Rohe, símbolo del esplendor de la Primera República de Checoslovaquia, situada en la periferia de Berno (Město, en la novela), y símbolo de una Europa que soñaba con ella misma tras la Gran Guerra. Simon Mawer toma como punto de partida este lugar fascinante y, desde lo que ha vivido, habitado y presenciado ese territorio, genera una historia que comparte con la realidad, además de lo mencionado, los diversos estadios cronológicos por los que atravesó la villa construida por Van der Rohe: la invasión Nazi y la posterior ocupación soviética.
Como he escrito, esta es la historia de un lugar pero también la de sus habitantes: la del matrimonio Landauer, Viktor y Liesel, y sus hijos; la del arquitecto que da vida a la casa, Rainer von Abt; la de Hana, amiga inseparable de Liesel; y la de Katalin, prostituta de quien se enamora Viktor Landauer. Personajes que se ven condicionados por las exigencias de un tiempo y por la relación que cada uno de ellos establece con la casa, con su luz, con su fascinación, pero también con aquellos ángulos, rincones imprecisos, donde todo y nada es posible.
La Casa de Cristal se presenta a través de un prefacio, “Retorno”, para situar al lector en un presente, primer acercamiento a la complejidad de una historia aparentemente lineal, aproximación al futuro/presente de unos personajes que darán forma a las diversas ficciones que Mawer distribuye a lo largo de las cinco partes que componen esta novela, partes que siguen un orden estrictamente cronológico, aunque los personajes, en buena parte del argumento, se sumerjan en vacíos temporales que les permite seguir adelante con sus existencias.
En la primera parte del libro, el autor centra buena parte del entramado narrativo en la arquitectura de los protagonistas que, como proyecciones de la Villa Landauer, se sirven de la luz —razón, emoción— para existir en ese territorio tan agónico como espléndido que fue la Europa de los años treinta, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Con multitud de sueños ante sus ojos, Viktor y Liesel Landauer conocen al arquitecto del que todos hablan, Rainer von Abt, símbolo de una nueva era, y le encargan la construcción de una villa distinta, de la que todo el mundo hable, donde el mundo comience y termine. Von Abt concede vida a ese lugar que se erige como un homenaje a la luz y su cartografía; cuanto más grande se hace la Villa Landauer, más se distancia el matrimonio. Cuanta más luz penetra en cada una de las habitaciones de la casa, mayor oscuridad penetra en los cuerpos de sus habitantes. Mientras, en el corazón infernal de Europa, se fragua el horror cuyo eco llega a la «brillante y aciaga» Primera República de Checoslovaquia modificando las identidades de quienes esperan lo inevitable, la invasión Nazi, modificando el compromiso de quienes soñaban con una Checoslovaquia infranqueable, libre. Perdurable.
El resto de las partes que componen La Casa de Cristal se suceden a través de las huidas, reales o imaginadas, de los diversos personajes, metáforas de un tiempo y un espacio que permiten su supervivencia: la del matrimonio Landauer y sus hijos; la existencial de Hana en busca de una subjetividad más libre; la justificación científica de la supremacía de la raza; la delación de aquellos que han sido cobijados para lograr huir de un pasado eterno. Huidas que abrigan los lugares con silencio. Y entre tanta evasión urgente, Villa Landauer, poderosa, imperturbable, cronista privilegiada de una época y un tiempo, dignifica a un pueblo convirtiendo, de este modo, a La Casa de Cristal en un gran ejercicio de compromiso literario.

1 comentario:

Francisco Javier Santos Peña dijo...

Una gran reseña.
El libro me ha gustado un monton, es de lo mejor que leí el año pasado.