lunes, enero 23, 2012

Richard Yates, Tao Lin

Trad. Julio Fuertes Tarín. Alpha Decay, Barcelona, 2011. 229 pp. 19 €

Cristina Consuegra

Richard Yates, el popular autor norteamericano responsable de Revolutionay Road (1961), da nombre a la última novela de Tao Lin, el jovencísimo escritor neoyorquino que tiene despistado a medio planeta con su inestabilidad literaria y sus singulares (auto)promociones. En Richard Yates, su autor nos presenta una historia que se debate entre la ambigüedad literaria y el agnosticismo de todo pelaje, y cuyo argumento resulta tan sencillo —chico conoce chica y poco más— que te hace desconfiar de lo leído, incluso de la finalidad de las palabras. Y es que cuando pensábamos que este escritor ya lo había hecho y dicho todo por captar la atención de los medios –espero que también piense en los lectores- con actos promocionales de singular extravagancia, Tao Lin lanza toda su artillería pesada para ofrecer un artefacto literario, otro juguete más con el que poder especular y experimentar.
En la que es su segunda novela, el ejercicio de la ficción queda reducido a la mínima expresión, depuración excesiva que se debate entre la premeditación, asunto que abordaré al final de esta crítica, o el abuso de la célebre goma de borrar borgiana. Richard Yates cobra vida gracias a los diálogos, mejor dicho, al intercambio de emociones y situaciones a través de un chat de Gmail entre una adolescente, Dakota Fanning, y un joven, Haley Joel Osment (sí, el niño de El Sexto Sentido), emociones a través de las cuales transcurren las vidas anodinas, aún por exprimir, de ambos protagonistas, y que abarcan todo el espectro posible de estados de ánimo, sus temores, inseguridades y frustraciones. La ausencia de descripción irrumpe en la historia como consecuencia del uso efectista del chat como motor narrativo, y las referencias, totalmente previsibles, no aportan mucho a la construcción de los personajes estereotipados.
Por lo tanto, qué decir sobre este libro, recurrir a una lectura lógica afirmando que es un título plano que no aporta nada al panorama narrativo, o hacer una parada en esta travesía Lector-Richard Yates-Escritor para reflexionar en torno al hecho creador. Desechando opciones inertes, la lectura en torno a la creación permite considerar la premeditación y sus circunstancias como latitud expresiva a la que Tao Lin intenta llegar. Consciente quizá de la época que vivimos, un tiempo en el que la cultura del esfuerzo no se valora, ni el conocimiento, en el que las habilidades sociales merman y el análisis crítico se diluye entre miles de palabras lanzadas al ciberespacio, Tao Lin, ofrece un libro acorde a esta realidad, por lo tanto, el debate no creo que deba centrarse en si es o no un mal libro, sino en torno a esa extraña pericia que el autor ha demostrado al facturar un objeto que parece hacer suya la teoría crítica de Baudrillard sobre el arte, según la cual dicha disciplina, como la escritura abyecta de Tao Lin, se edifica sobre la impostura y cuya intención reside en reivindicar el sinsentido de un tiempo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Querida Cristina: ¿reivindicar el sinsentido de un tiempo?

¿Y eso qué es?

Y eso, ¿para qué?

Quiero decir, ¿cuál es el objetivo de semejante reivindicación?

¿No hay en ello una idea muy pálida de lo que significa "reivindicar"?

Reivindicar el sinsentido en un momento (posmodernoico) que asume el sinsentido, la fragmentación, la laxitud, blablabá, como únicas opciones (posmodernoicas), ¿no es algo así como reivindicar el capitalismo en el capitalismo, como reivindicar el equipo ganador estando en el equipo de los ganadores?

No sé. Estas cosas se me ocurrían mientras leía tu equidistante reseña.

Un saludo,

Oc.

Il Gatopando dijo...

Me da pereza leer este libro. Temo que lo mejor sea su título. Y es que adoro a Richard Yates, desde bastantes años antes de que se estrenara la película Revolutionary Road. Lo único, denominar al de Yonquers como un autor popular, me parece, quizás, excesivo.

Respecto a Tao Lin, si hay que leerle lo haré, pero me parece que para averiguarlo aún hay que dejar correr un poco de tiempo. Si a Yates se le ha empezado a leer cincuenta años después de escribir su obra maestra, ¿por qué con este chavalín iba a ser diferente?