lunes, enero 02, 2012

Trizas, Luis Marigómez

Huerga y Fierro, Madrid, 2011. 162 pp. 15 €

Ignacio Sanz

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) es un escritor atrapado por la luz tenue de la poesía cotidiana. Sus personajes son héroes grises, descoyuntados por el peso de la vulgaridad, que diría Baroja. Y así, adentrándonos en sus páginas, nos cruzaremos con ese vecino enigmático del que apenas sabemos nada, más allá de ese “buenos días” desmayado con el que nos saluda en el portal, al ama de casa que arrastra una vida monótona, sin otros sobresaltos que los que puedan derivarse de los pequeños vaivenes a los que el guionista de turno someta a las criaturas que cada tarde sigue fielmente en la telecomedia.
La música de sus historias recuerda remotamente a Carver o a Flannery O'Connor a los que Marigómez ha traducido.
Trizas, el libro que sirve de pretexto a este comentario, está dividido en tres apartados, “Secretos”, “Baile” y “Trampas”. Los cuentos de cada uno de estos apartados se corresponden con la infancia, la juventud y la vida adulta. Los niños que aparecen en los cuentos de “Secretos” muestran su asombro ante los pequeños descubrimientos, la fascinación, el miedo, la hipocresía de los adultos. Y el lector tiene la sensación de que Marigómez tira de sus propios recuerdos en un pueblo de la Tierra de Pinares para urdir una trama costumbrista.
Los cuentos del apartado “Baile” podrían leerse como pequeñas escenas de una novela de iniciación juvenil. Estudiantes que se encuentran desorientados en la capital de provincia, juergas que se prolongan sin límite y acaban con el estómago atormentado, relaciones titubeantes que terminan sobre un incómodo sofá prestado para una noche de urgencias. En definitiva, los rituales de juventud desorientada que se busca en su propio desconcierto.
Pero donde Luis Marigómez saca más punta a las situaciones es en el bloque de “Trampas”. Qué finura la suya. Cómo consigue bucear de estos seres sin destello. Y cómo los saca brillo y nos los devuelve transformados por una luz interior que nos ciega. Cómo es capaz de trasladarnos el desasosiego de esa ama de casa que traiciona a su pescadero de toda la vida cuando acude a hacer la compra al mercado porque durante el cierre por vacaciones ha conocido a otro pescadero más joven... O el ama de casa, otra vez, que nos cuenta las cuitas que mantiene con un extraño mendigo que cada semana toca el timbre de su casa. O el viejo viudo de “Oso” que, con la salud quebradiza, solo y desvalido, expulsa cada poco a las criadas, mientras las hormigas van invadiendo metódicamente su casa. O a esa abuela de pueblo, un torrente imparable, que habla sin hacer puntos ni comas, como si se le hubiera desbordado el pensamiento mientras nos va recordando su vida...
El lector que sostiene en sus manos este libro, tiene la sensación de que asiste a un retablillo vivaz en el que salta de cuando en cuando la chispa del humor para hacer la vida más transitable. Estas vidas de apariencia sencilla esconden recovecos y pasiones ocultas, miradas esquinadas, incluso pequeños impulsos hacia el asesinato. Y digo pequeños impulsos porque el objeto asesinado es un irritante animal doméstico.
En definitiva, Luis Marigómez, con la elegancia del discreto, nos cuenta en Trizas la vida de seres comunes, como nosotros, seres que, pese a todo, esconden turbulencias y pasiones que no podíamos sospechar. Y así descubrimos que las personas vulgares con las que nos cruzamos cada día en el metro o en la escalera ocultan secretos apasionantes.