viernes, febrero 05, 2010

Solo con invitación: Si los muertos no resucitan, Philip Kerr

Trad. Concha Cardeñoso. RBA, Barcelona, 2009. 464 pp. 19 €

Gregorio León

A estas alturas no vamos a ser ingenuos. Muchos premios literarios que se fallan en España son meras operaciones de marketing preparadas por las editoriales para dar a conocer un producto, sin reparar en si ese producto cumple cuando menos unos mínimos literarios. No es el caso del Premio Internacional de Novela Negra, que convocado RBA. La presencia en el jurado de nombres como Paco Camarasa, Lorenzo Silva o la creadora de la colección de la serie negra Anik Lapointe, asegura que el principal beneficiado del premio no va a ser el autor, sino el lector. Ocurrió con el maestro Francisco González Ledesma, continuó con Andrea Camilleri y ahora repetimos experiencia gozosa con Philip Kerr. Este es un tipo, de rostro todavía adolescente, limpio de las arrugas y las erosiones del tiempo, que creó hace casi veinte años un personaje que ya hemos incorporado a nuestras vidas, y con el que nos resulta tan fácil identificarnos : Bernie Gunther. En Si los muertos no resucitan nos paseamos con él por el Berlín que anda en ebullición por culpa de los preparativos de los Juegos Olímpicos. Philip Kerr no esconde su punto de vista respecto a este acontecimiento, y muestra todas las corruptelas y complicidades que lo promovieron, a mayor gloria del Tercer Reich. Y no está solo Bernie Gunther en la investigación de las irregularidades, políticas y morales, que se ocultan detrás de las Olimpiadas berlinesas. Le acompaña una periodista norteamericana, Noreen Charalmbides, en cuyas redes caerá, irremediablemente, porque ser el tipo más duro no te hace insensible a los sentimientos si los provoca un corazón femenino. Esa es la primera parte de la historia. Pero el autor escocés nos transporta veinte años después y nos lleva a La Habana del dictador Batista. Y aquí es donde Philip Kerr demuestra todo su oficio. Nos pasea por la capital de Cuba con la misma maestría que lo hace por el Berlín que tanto conoce, tanto que nos parece increíble que no naciera allí. A veces pienso que Kerr nos está engañando a todos, que es falso que sea escocés y que ha vivido en Berlín toda su vida. A fin de cuentas, eso es lo que hacen los escritores, mentirnos para hacernos más felices. Pero no se conforma con Berlín. Se va a La Habana. Y pone en pie una ciudad que está en plena ebullición, en la que las bombas estallan en los cabarés mientras Fidel Castro se deja crecer la barba en las montañas y Fulgencio Batista juega a la canasta con el embajador americano en el Palacio Presidencial.
Lo fácil para un autor que ya ha publicado seis entregas de su detective es caer en la repetición, en agarrarse a los típicos cánones de la novela negra, aunque sea porque se sabe que le han funcionado eficazmente, como demuestran las ventas de sus libros. Pero, de la misma manera que Raymond Chandler fue capaz de regalarnos El largo adiós tras escribir El sueño eterno, Philip Kerr se supera con un texto que mejora los anteriores. Cosas de gente que quiere superarse. Además, en Si los muertos no resucitan nos presenta a un personaje del que apenas el cine o la literatura ha dado algunas pinceladas, y que fue una figura central en el desarrollo de La Habana de los años 50, con un peso equiparable al del propio Batista: Meyer Lansky, un judío que fue el primero en darse cuenta, él que iba siempre con las luces largas encendidas, de que lo que Castro preparaba no era una revolución fidelista, sino socialista. Aquí Bernie Gunther se convierte en su propio empleado, con el fin de determinar quién ha acabado con la vida de Max Reles, que es una pieza de cuidado, un cabrón de catálogo. Y todos, Max, Noreen, Bernie, Lansky, todos los personajes están conectados por un hilo tan fino que se nos hace invisible hasta las últimas páginas, y que nos deja sin aliento, con el corazón encogido, con una sensación de placer y desasosiego que es la que nos deben dejar los libros destinados a perdurar en nuestra memoria. Es el caso de esta novela.



Philipp Kerr: "Goebbels era un ligón"

¿Se imaginan a Philip Marlow, el inolvidable personaje creado por Raymond Chandler y al que le pusimos cara gracias a Humphrey Bogart, paseando por un Berlín en el que ondean banderas con esvásticas, se suceden los desfiles militares y las masas se entregan con una mezcla de fervor e irracionalidad a la oratoria inflamada de Adolf Hitler? Quién mejor lo ha hecho ha sido Philip Kerr, autor nacido en Edimburgo y que ha ganado recientemente el Premio de Novela Negra RBA. Es la sexta entrega de Berlín Noir". Lejos queda ya Violetas de marzo, donde nos presentó a Bernard Gunther, que dejó su trabajo de sargento de la brigada criminal de la KRIPO para convertirse en detective privado.
Empeñado en nadar contra corriente y atacar las ideas que propugna una nueva religión llamada nacionalsocialismo, se busca la vida entrando en sus cloacas. Su cinismo le hace subrevivir en un mundo hostil, que aparece en cualquier parte del mundo (Berlín, Buenos Aires o La Habana) porque en cualquier parte del mundo encuentras un ser humano. La frase que resume toda la filosofía de su protagonista la encontramos al final de la novela: "por suerte, a los hombres sólo les vemos la cara, no el corazón". LA TORMENTA EN UN VASO, gracias al trabajo de Laia Esqué y Anik Lapointe, estuvo con Philip Kerr reconociendo las huellas del Tercer Reich. La primera cita, en la que se desarrolla esta entrevista, el hotel Adlon, en el que no es difícil imaginarse que mientras haces la entrevista, arranca una historia de espías o de amor. Al lado, nos observa la puerta del Brandenburgo.

¿Por qué tanto tiempo desde que escribe las tres primeras novelas de la serie "Berlin Noir" y la recuperación del personaje de Bernie Gunther?
—Es curioso. Pero no pensaba encontrarme una demanda popular tan alta para que de nuevo le diera vida a Bernie. Y pensé que era momento de recuperarlo, de colocarlo de nuevo en escena, con sus actos heroícos y con sus comportamientos discutibles, porque todo eso está dentro del mismo personaje. Lo que jamás imaginé es que iba a tardar tantos años en hacerlo. Y ahora reaparece, sin cambiar su fisonomía. Siento no darle un final feliz a mis personajes o a mis historias. Pero es que yo soy un autor cruel en ese aspecto.

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