miércoles, marzo 11, 2009

El silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York, Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán

Trotta, Madrid, 2008. 136 pp. 12 €

José Luis Gómez Toré

El presente volumen recoge las cartas que se fueron cruzando en las páginas del suplemento dominical de ABC y de otros diarios del grupo Vocento, entre 2002 y 2005, el periodista y escritor Alfonso Armada (Vigo, 1958), desde un Nueva York que había conocido ya el 11 de septiembre, y Gonzalo Sánchez Terán (Madrid, 1971), escritor y cooperante, desde Guinea Conakry, Liberia o Costa de Marfil.
Dos peligros tienen este tipo de libros recopilatorios: uno de ellos es, evidentemente, el riesgo de que, dado su origen periodístico, el material recopilado sea tan dependiente de su contexto inmediato que, al perder su actualidad, pierda asimismo su interés y su capacidad de interperlarnos. El otro es la casi inevitable reiteración de temas y argumentos, que tal vez no moleste al lector de un periódico, pero que, en una lectura continua de textos no concebidos en su origen para formar parte de un libro, puede acabar convirtiéndose en un lastre. Afortunada o desgraciadamente, los textos conservan toda su fuerza a pesar de su evidente vinculación con la fecha de escritura. Y digo desgraciadamente, porque gran parte de estas cartas, si obviamos los nombres y las fechas, podrían haberse escrito hoy mismo: África sigue presentándonos como la misma dolorosa interrogación que aquí se hace una y otra vez Sánchez Terán y Nueva York continua siendo, en buena medida, el reverso de esa realidad africana. La ciudad norteamericana, en la que se dan cita múltiples realidades (los barrios pobres, Wall Street, la sede de la ONU a la que Armada acude como corresponsal...), funciona a la vez como un espacio concreto y como el símbolo recurrente de un sistema económico y político. Ese mismo sistema que ahora soporta los embates de la crisis financiera pero que ha ignorado durante años esas otras crisis permanentes que tan bien conocen los pueblos africanos. De igual manera, la repetición de temas, de personajes, de lugares... nos ponen una y otra vez ante una historia que no deja de dar vueltas en el mismo tiovivo de ruido y de furia.
Si mirarse en el otro es a menudo también aprender a mirarse uno mismo, Armada no sólo cuestiona la actitud de su propio país y de las grandes potencias sino también el papel que los periodistas cumplen en el mantenimiento del statu quo: Rsyzard Kapuscinski metió el dedo en una llaga que supura: «Los medios han difundido la consigna: la lucha no da resultados». Y en contra de esa consigna de resignación, Sánchez Terán convierte sus cartas en una constante denuncia de la pobreza, de las terribles desigualdades de nuestro mundo, de la complicidad de las potencias occidentales con los dictadores, convertidos en socios del expolio, o la complicidad, aun más lacerante, en las guerras que asolan el continente africano.... Con todo, mucho más importante que esa imprescindible labor crítica es su testimonio de todos aquellos (cooperantes extranjeros pero sobre todo, africanos) que desobedecen esa consigna. África es también el rostro de quienes optan por la lucha cotidiana, de quienes deciden poner palos en las ruedas de ese carro de los vencedores al que gusta de subirse la historia. Escribe Sánchez Terán: «Cuando la noche dura tanto, la única dignidad posible es permanecer insomne» y él, desde luego, mantiene los ojos muy abiertos, no sólo ante horrores que apenas sospechó el Kurtz de Conrad sino también ante la humanidad de gentes como Kolouma. Es difícil no conmoverse ante la iniciativa de este jefe de una aldea de Guinea Conakry que pregunta al español, después del 11 de marzo, si quiere que sacrifique dos gallinas para que los muertos en el atentado "según su creencia, hallen pronto la dicha junto a sus ancestros".
Me atrevería a proponer como lectura obligatoria en nuestros institutos la carta «Antonio Machado cruza a pie la selva de Liberia». En ella, Sánchez Terán pone en paralelo la indiferencia que nos acaban causando las hambrunas y las guerras de África con la actitud del director de un periódico que, en plena Guerra Civil española, recrimina a un periodista por seguir ocupándose de un tema (nuestra contienda incivil) que ya no interesaba a sus lectores. Como dice Aurelio Arteta, que prologa este libro, mucho más urgente que dilucidar la cuestión del silencio de Dios a la que alude el título es preguntarnos por nuestro propio silencio ante la injusticia y el sufrimiento de otros seres humanos, a los que, en teoría, consideramos nuestros congéneres.