martes, marzo 10, 2009

Bitch, Miguelángel Martín

La Cúpula, Barcelona, 2008. 124 pp. 20 €.

Guillermo Ruiz Villagordo

La experiencia de leer a Miguelángel Martín es una de las más impactantes que como lector se puede tener. Uno se acerca, pongamos por ejemplo, a Brian the Brain pensando que se tratará simplemente de la dulce y triste historia de un niño solitario y se topa con una serie de las mayores barbaridades que es capaz de pergeñar mente humana. Sin embargo, pese a su deprimente atmósfera, no es nada comparado con la dureza, gracias a sus abundantes dosis de violencia y sexo explícito, de Rubber Flesh o, sobre todo, Psychopathia sexualis, obra de principios de los 90 que constituye una buena muestra de hasta dónde es capaz de llegar la mente de Martín y que llegó incluso a ser secuestrada en imprenta en Italia, lo que no extraña teniendo en cuenta su tema: las conductas sexuales más desviadas, tanto reconocidas, como el orgasmo por asfixia, como inventadas ex professo para sus retorcidas historias.
En Bitch Martín nos sitúa en un futuro cercano marcado por las mismas injustas guerras de hoy contra las que se manifiestan a su manera una pandilla de jóvenes: Bitch, una artista del grafitti; Blondi, una punky trasnochada; y Amin, un dj gay saharahui. Pero Martín, fiel a su convicción de que nadie o casi nadie es inocente, no los presenta como adalides de la verdad absoluta, y así, en breves capítulos, a través de ellos y de su encuentro con otros personajes (un freak profesional, un grupo musical terrorista palestino, un misterioso grafitero que compite con Bitch en su afán de adueñarse de la ciudad mediante sus pinturas), se encarga de desvelar sus dobles perspectivas, sus mentiras, sus contradicciones tras esa apariencia de anarquistas contraculturales. Todos se debaten entre múltiples opciones entre las que son incapaces de elegir, por lo que se vuelcan en un pacifismo que acaban usando como una moda más a la que son arrastrados sin percatarse.
Un rasgo muy peculiar de los personajes de Martín es que, a pesar de su cierto encanto de dibujito infantil, debido su trazo claro y limpio, carecen de expresión. Casi nunca ríen ni se enfadan ni se muestran tristes. Viven en un estado de semicatarsis que les permite observar y juzgar lo que creen que es justo e injusto, tener inquietudes, pero no revelarlo físicamente. Es como si la sociedad les hubiese ganado la partida de antemano y asistiesen a un espectáculo en el que no pueden actuar más que como comentaristas (de esta manera se podrían entender las explicaciones bienintencionadas de sus respectivas causas que se dan entre sí a modo de pequeños discursos, intentando inútilmente autoconvencerse, más que convencer al otro, con meras justificaciones de actitudes que no tienen justificación), aunque crean que participan en él y están cambiando algo, que es lo más descorazonador de todo. Quién sabe si nosotros…

2 comentarios:

H. J. dijo...

Me ha apetecido conocer sobre esta persona. Quizá porque a este lado del espejo, conozco poco o nada de este género y de esa forma de tratar temas.

Anónimo dijo...

ex professo.