jueves, septiembre 06, 2007

La feria del crimen, varios autores

Trad. José Luis Sánchez-Silva. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 283 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Esta recopilación de relatos es una lectura inmejorable para el verano. Y para el otoño, para el invierno y para la primavera. Para la playa, la montaña, el tren de cercanías, el atril de estudio o el salón de casa. Porque, más allá del entretenimiento, La feria del crimen es un volumen altamente ilustrativo para todos aquellos amantes del género negro que, aun sabiendo de la importancia de las aportaciones en lengua francesa al acervo de la literatura policial, se han concentrado en las obras de autores anglosajones. La feria del crimen ofrece a ese lector, que sólo ha hecho algunas catas, la oportunidad de familiarizarse con los mejores y más recientes representantes del noire, del polar y del neo-polar. Y la degustación de vamps, comisarios, detectives autónomos, mirones, psicópatas metódicos, soplones, delatores, fauna urbana de todo pelo, asesinos a sueldo y asesinos casuales, serial killers, fetichistas, presos, cabezas de familia con rarezas, degustadores de ragú de cordero, víctimas que se convierten en verdugos, represaliados políticos, científicos locos, seres de la noche, feriantes, esporádicos violadores de vacas, ladrones aficionados o ingenieros especialistas en el diseño de minas antipersona... es, sin duda, exquisita.
El prólogo de José Luis Sánchez-Silva constituye un elemento de contextualización imprescindible para afrontar la lectura; su económico y claro recorrido por los orígenes, evoluciones, puntos de encuentro, confluencias, alcances y modalidades del totum revolutum que llamamos “negro” ayuda a aclarar conceptos y a situar los relatos dentro de un espacio plagado de reminiscencias, ecos, manchas de humedad: las de Poe y Conan Doyle, la novela policial, Vidoq, Wilkie Collins, la novela de detectives, Arsène Lupin, la novela-enigma, Poirot, los pulp magazines, Cosecha roja, el hard-boiled, Marlowe, Maigret, Marcel Duhamel y la Série Noire de Gallimard, las adaptaciones cinematográficas de Clouzot, Manchette y los escritores neo-polar... Los escritores franceses saben que en su tradición, además de Gaston Leroux y de sus misterios de cuartos inexpugnables y amarillos, también está Zola, el realismo descarnado, el naturalismo, la atención al detalle cotidiano, el escritor que observa la realidad y se documenta, el argot, una problemática social y política que cada vez es más transnacional y menos autóctona, pero que no hace de Marsella ni de las inmediaciones del puente Tolbiac o de Chambéry un absurdo remedo del Bronx o de las calles de Chicago. Lo negro es reconocible. Lo negro no es un escenario de cartón piedra, el decorado para una aventura de evasión, lo negro está a la vuelta de la esquina...
Todos los lugares son Poissonville. Pero cada Poissonville lo es a su manera. Cada autor confiere a su relato un tono más o menos paródico, más o menos elegiaco, acusador, risueño, trascendente o crudo: en “Mr. Black”, Marc Villard nos presenta la historia de Steffi, una streapper que aún no ha cumplido los veinte años pero ya tiene una filosofía de la vida perfectamente oscura: los diálogos, el juego de miradas y las descripciones de esos labios morados —no precisamente situados dentro de los límites del óvalo facial— que se abren y se cierran delante de ojos llenos de rijas nos recuerdan que hay cuerpos que se repiten dentro de otros cuerpos y que en esa proyección, en esa suplantación, la mujer casi siempre será la víctima. “Hasta el fin del mundo” de Patrick Raynal es una delicia chandleriana que conjuga la chulería del diálogo como arma de seducción y la mujer de ojos garzos con la comicidad de un detective izquierdista al que le encanta el lujo y es capaz de pronunciar sentencias como “cachorros del liberalismo (...) creían que Internet iba a liberar a la humanidad como Moulinex había liberado a la mujer”. Marsella está presente en los relatos de Jean-Claude Izzo y de Philippe Carrese: el primero, polémico desde un punto de vista ideológico, una llamada de atención sobre la pervivencia y cotidianidad del fascismo en sociedades que han bajado la guardia; el segundo, una fábula, una divertidísima parodia de la que no puedo desvelar nada más por deseo expreso del autor: la palabra “cachondada” nunca fue más oportuna. Por su parte, Didier Daenickx en “La centinela” da una lección sobre cómo se crea una atmósfera y sobre el significado profundo de lo sórdido, y Dominique Menotti, en “Tolerancia cero”, pone ante los ojos del lector un interrogatorio de lo más peculiar: un recto comisario que asiste, casi impasible, a la confesión de las acciones bestiales cometidas por un buen francés, vesánico, xenófobo y misógino —como mínimo— al que le amparan toda la fuerza de su razón, de su nacionalidad y de su sexo. Incluso le ampara la fuerza de la ley y de la costumbre. Otra escritora, Fred Vargas, sugiere en “Noche de bestias” que a veces lo irrisorio es lo fundamental y construye un relato clásico en el que destaca el juego de fuerzas, las relaciones entre los personajes, especialmente entre los policías que participan en las pesquisas de un asesinato con pinta de suicidio. Por último, es necesario citar el relato que da título a esta recopilación, “La feria del crimen” de Tonino Benacquista, donde el sentido de la palabra “feria” es literal: una feria con sus correspondientes stands, mesas redondas —Ronald Biggs es la estrella invitada— y entrega de premios... dos de los galardonados pasarán juntos la noche en una habitación de hotel; uno de los dos no podrá levantarse vivo... Y así hasta llegar a dieciocho relatos —de Andrea H. Japp, de Jean-Patrick Manchette, de Jean-Jacques Reboux, de Tierry Jonquet...— que dan cuenta de la buena salud de un género que no se muere porque es absolutamente necesario.
El diseño de la colección y la encuadernación del volumen son una muestra de buen gusto y de respeto hacia la comodidad del lector. No de todos los libros se puede decir lo mismo.