viernes, diciembre 08, 2006

Excentricidades de una chica rubia y otros cuentos, José María Eça de Queirós

Introducción y actividades de Ángel Salazar Oliva. Trad. Mª Tecla Portela Carreiro. Siruela (colección escolar), Madrid, 2006. 232 pp. 11,90 €

Marta Sanz

Mi interés a la hora de elegir este libro para escribir una reseña radicaba en la producción literaria de uno de los autores en lengua portuguesa más conocidos y apasionantes. Recordaba con mucho agrado la lectura de La ilustre casa de Ramírez y, sobre todo, de La ciudad y las sierras. Sin embargo, he de confesar que a mi primer interés se añade ahora el del espíritu de la colección escolar en la que se incluye: las guías de lectura de Ángel Salazar Oliva constituyen un ejercicio ejemplar de didactización que encierra, además, una lectura profunda de los textos. Como docente de literatura, vaya por delante mi admiración por el trabajo de este lector sobresaliente que es, a la vez, un profesor sobresaliente. Las propuestas de Salazar humanizan el proceso de lectura, aproximan el tono “decimonónico” del autor a un alumno postcontemporáneo, acercan la sacralizada literatura al espacio de la experiencia, la vinculan con otros ámbitos de conocimiento y, en definitiva, ofrecen al lector-alumno motivos de reflexión que me hacen sentir envidia: cómo me hubiera gustado que, a la altura de tercero de BUP y después de haber leído “José Matías”, uno de los cuentos de este volumen, me hubiesen sugerido escribir un comentario sobre si soy un cuerpo o tengo un cuerpo: o me hubiese suicidado o me lo hubiese pasado en grande. En los dos casos, creo que me hubiera toqueteado mucho a mí misma y al texto.
La iniciativa de Siruela me parece digna de elogio, porque creo que aprender a leer no es lo mismo que aprender a juntar las letras y que para aprender a leer textos literarios ninguna ayuda está de más: aun naciendo listo, la experiencia y los estímulos ajenos para incentivar y completar el proceso lector son siempre de agradecer. Al margen de toda consideración didáctica, los relatos de Eça de Queirós son una delicia. “Excentricidades de una chica rubia” es el primer cuento publicado por el autor; el título ya es, al menos para mí, un imán que anacrónicamente me invita a convertir en carne y hueso al fantasma de Jean Harlow: la rubia Jean corretea por las páginas de mi libro con uno de sus increíbles vestidos de raso, pegado al cuerpo. La lectura es dada a este tipo de anacronismos intertextuales, porque nada tiene que ver la rubia Harlow con la de este cuento durísimo en el que el amor ideal, el proyecto de vida, se quiebra ante un descubrimiento: el amado abre los ojos para ver que su excéntrica chica rubia es cleptómana. Más allá del binomio ideal-realidad, sobre el que gravita este relato —todos los de Eça de Queirós se construyen en torno a oposiciones dialécticas: naturaleza/civilización; espíritu/materia; bondad/maldad—, al lector contemporáneo tal vez lo que más le inquiete sea la crueldad que puede anidar en el pecho de la rectitud. La imagen generosa e ingenua de Macario, el foco principal del cuento, con su ternura y su amor desinteresado, se quiebra y corta, como una luna destrozada, con su rechazo final hacia la mujer por la que casi pierde la cabeza. El lector, que hasta ese momento se identificaba con Macario, se transforma en esta excéntrica chica rubia que no entiende y se queda sola en mitad de la calle. “En el molino” es el cuento más sobrecogedor: como si se tratara de un experimento, los personajes son ratas de laboratorio que mantienen su armonía porque el entorno es una constante en la que no se introducen variaciones: la aparición de un elemento extraño desmoronará el difícil equilibrio, sustentado en la resignación de una mujer, María Piedade, que no se libera, sino que se condena al reivindicarse a sí misma, a sus deseos y a su cuerpo; el autor no alecciona: presenta un caso, como el naturalista, y somos nosotros, al otro lado de la página, quienes hemos de optar por una interpretación moralista en la que la mujer es culpable o por una interpretación sociológica en la que la mujer es el reo de la injusticia social. En “Civilización” calcifica ese contraste entre el mundo civilizado y el mundo natural que, si bien en este relato se simplifica desde un punto de vista intelectual, en “La ciudad y las sierras” se llena de matices, que iluminan con otra luz los tópicos del buen salvaje, del mundanal ruido y del beatus ille. Nada es tan sencillo como que el progreso tecnológico corrompe y el contacto con la naturaleza devuelve su bondad y su salud al ser humano. Me temo. Y la cabeza en este instante se me llena de las pulgas que saltan de la lana del cordero o de la desolación del vivac... “El tesoro” es, como comenta el propio Salazar, el cuento más cuento; el que encierra la moraleja más previsible y denuncia una de las maldades más denunciables del ser humano: la avaricia que conduce al crimen. En “Fray Ginebro”, la mirada de Eça de Queirós es quirúrgicamente irónica; asistimos a una escena espeluznante: el fraile mutila a un cochinillo vivo para preparar un asado, el último deseo de un eremita santo; la bestia se queda chillando, aún viva, pero Fray Ginebro ha realizado una buena obra. El conflicto entre la bondad y la maldad, su doble cara, provoca que Fray Ginebro, pese a las bondades de toda una vida, no encuentre abiertas las puertas del cielo. Los simpatizantes de la sociedad protectora de animales lo entenderán perfectamente: quizás el episodio resultara moralmente más conflictivo para un lector del XIX. “El difunto”, un relato ambientado en la España medieval, bien podría ser una de las Leyendas de Bécquer: su encanto consiste en mostrarnos a un Eça de Queirós que, por una vez al menos, se ha puesto del lado de la estética romántica, resolviendo de un modo anómalo en su trayectoria otro de esos binomios que jalonan su obra: el romanticismo/realismo. “La perfección” y “José Matías” son los relatos que muestran más a las claras el ideario del autor: en ambos el ideal de los dioses, el platonismo, la perfección y el espíritu puro son conceptos que conducen al ser humano a la infelicidad y a la locura. En “La perfección” Ulises puede regresar a la añorada mortalidad de Penélope, después de aburrirse con la perfección ataráxica y constante de la imperecedera, bellísima y mesurada Calipso. En “José Matías” la vivencia de un amor puro acaba en el proceso autodestructivo del protagonista, con el acertado contrapunto de una amada que va madurando a lo largo de las páginas, evoluciona en sus pasiones, se hace susceptible a la materia y a la carne, cambia su fisonomía blanca y etérea por la redondez de la mujer en sazón, por un dulzor distinto, como el de los licores quizás, y sobrevive a la inmutabilidad mortal del sentimiento de José Matías. Los estudiantes de secundaria pueden disfrutar y aprender muchas cosas con esta colección de “excentricidades”. Y los que hemos dejado atrás la secundaria hace ya unos añitos, también.

jueves, diciembre 07, 2006

Me acuerdo, Georges Perec

Traducción y prólogo de Yolanda Morató. Berenice, Córdoba, 2006. 192 pp. 15 €

Esther García Llovet

“Me acuerdo de que soñaba con llegar al Meccano nº 6”, escribe Perec en Me acuerdo. Tendría ocho o diez años entonces. Veinte después construiría el más complejo mecanismo de la literatura francesa del siglo, un enorme artefacto de piezas intercambiables, engranajes, ruedas, tuercas, llaves que ponen en movimiento el gigantesco Meccano de la Memoria. Leer un solo libro de Perec tiene el mismo sentido que reírse de un chiste antes de tiempo. Tiene su gracia pero no es la que te espera.
Perec tiene diez o doce años y vive con sus tíos y su primo Henri. (“Me acuerdo de que mi tío tenía un 11 CV con matrícula 7070 RL2”). Su padre, un judío polaco, ha muerto en la guerra en 1940 y su madre ha muerto o va a morir en Auschwitz. Va al liceo. Juega al barbudo en Petites-Dalles. A veces se escapa de casa, como cuenta en Nací, y coge el metro: Ranelagh-Michel-Ange-Auteuil-Molitor. Entra en los almacenes Pris-Unic y roba: un clavo, un tornillo, una horma de zapato, un interruptor. Viste: una chaqueta de paño gris con tres botones, unos pantalones cortos azul marino, zapatos marrones y calcetines de lana azul.
Esto es lo que encuentra el lector al leer por primera vez a Perec: el catálogo, la guía, las páginas amarillas. Esta bien hasta ahí, nos hace sonreír. Si se presta poca atención tiene el mismo encanto que leer la lista de la compra de un vecino o de oír recitar un crucigrama. El problema es cuando el lector lee un segundo y un tercer y cuarto libro de Perec y cae en la cuenta de que hay elementos y piezas que son intercambiables, suplentes, reemplazables entre sí. Así Especies de espacios funciona como un Meccano de La vida: instrucciones de uso a pequeña escala. Y Me acuerdo es citado en Nací, y Las cosas remite a su propia estancia en Túnez, en Sfax, en los años 60. Hay una permutación frenética de elementos, perpetua, como los comparsas de Zazie en el metro de su amigo Queneau, que se repiten en cada escena de calle, una y otra y otra vez.
Todo este inventario, en ocasiones exhaustivo hasta el agotamiento, un poco a la manera de Bouvard y Pécuchet, no es otro que el archivo de la Memoria, del recuerdo, y así, en W ou Le souvenir d'enfance, dedicado a sus padres muertos, dice: “Escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble cuyo trazo esta en la escritura; la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida”.
También Nací (una recopilación de textos autobiográficos reunidas por Philippe Lejeune en 1990), y Me acuerdo (1978) y El viaje de invierno (1980) son Meccanos de la Memoria, pero Perec nos recuerda además cómo funciona éste Mecanismo. Nos recuerda que tenemos una llave colectiva para abrir la memoria colectiva (Me acuerdo), una llave privada para abrir la memoria privada (Nací) y una llave para eliminar la memoria: El viaje de invierno.
El viaje de invierno es uno de los últimos textos de Perec, y es un viaje dentro de un viaje dentro de otro viaje. El relato es muy simple, el contenido no. En los días inmediatos al estallido de la guerra, Vincent Degraël va a parar a casa de unos amigos donde encuentra, perdido en la fría biblioteca, un pequeño volumen: El viaje de invierno, de Hugo Vernier. Degraël es profesor. Sube a su cuarto y empieza a leer el libro de Vernier. Enseguida cae en la cuenta de que hay frases, descripciones, párrafos y versos de Mallarmé, Rimbaud, Verlaine, Leon Bloy. Bien, resulta que Vernier no es más que otro simpático plagiario. Y sí sería si no fuera porque El viaje de invierno lo escribió en 1864, muchos años antes de que se publicaran los textos de los autores que plagia. Degraël se desboca. Intenta averiguar algo más acerca de Vernier pero estalla la guerra. Continúa investigando y descubre para su sorpresa no existe otro ejemplar de El viaje que el que él leyó y que se quemó junto con la casa. Durante treinta años dedica todo su tiempo a descubrir algún indicio de la existencia de Vernier, sin encontrar prácticamente más que alguna cita en alguna correspondencia, su partida de nacimiento; nada. Degraël muere en un psiquiátrico. Junto a su cadáver encuentran un cuaderno caligrafiado con el título El viaje de invierno: “Las ocho primeras páginas relataban la detallada historia de su búsqueda inútil, y las trescientas noventa y dos restantes habían quedado en blanco para siempre”.
Ésta es la clave definitiva Perec: el olvido es la muerte “para siempre”. Pero el recuerdo nos salva de la misma muerte; no sólo de la muerte física sino de la muerte de los días vividos. Al final también Degraël, en esa búsqueda de Vernier, es deglutido en el olvido de los años inútiles, de los días perdidos en buscar lo perdido, lo descatalogado, lo que no estuvo. “Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión sin solución de continuidad”.
Nací es una pieza inclasificable, un bric-a-brac de memorandums, proyectos, recopilaciones, cartas, textos extraídos de grabaciones, notas sobre sueños; piezas que se articulan alrededor del hecho mismo de escribir esos textos. Hay una larga carta a Maurice Nadeau en la que le expone sus últimos trabajos: un tratado sobre un juego de Go, otro sobre lipogramas, un proyecto sobre los lugares en los que ha dormido. Metodologías de trabajo tan minuciosas que reproducen al detalle el trabajo mismo, como si Perec quisiera aproximar la vida y la literatura a una escala 1:1, y en ocasiones lo consigue, para vértigo del lector.
En Nací Lejeune ha incluido también un recuerdo, pormenorizado al máximo, de un día de la infancia de Perec (“la calle Assomption, el metro, los metros, la revista, el hombre, los agentes”), una entrevista con Frank Venaille sobre la memoria, un proyecto de película acerca de Ellis Island, una Lista de Algunas Cosas que debería hacer antes de Morir. Es en la entrevista con Venaille donde explica cómo Me acuerdo surgió a modo de réplica del I remember del escritor y pintor Joe Brainard, quien en 1970 publicó esta especie de autobiografía de datos y recuerdos personales del san Francisco de los 70. Pero Me acuerdo va mucho más allá. Je me souviens es una antología, un inventario, un catálogo general de lugares, fechas, personajes, canciones, productos, juegos, noticias, acontecimientos públicos de la Francia de los años 40 a los 60; un gigantesco tablón de anuncios donde Perec ha colgado su memoria privada para hacerla colectiva. Nos recuerda la forma en que lo trivial, lo cotidiano, está saturado de contenido, de ruido de fondo. La intención de Perec no es declarar Me acuerdo. La intención es una invitación; es: “¿Te acuerdas?”. ¿Te acuerdas “de los agujeros de billetes de metro”? ¿Te acuerdas de “Mister Maggoo”? ¿Te acuerdas de “Los bolsos Hermés, con sus cadenitas tan pequeñas”? La intención de Perec es que digas que sí y por eso Me acuerdo no acaba. Perec solicitó a su editor que en cada ejemplar de Je me souviens se dejaran las últimas páginas en blanco para que el lector escribiera sus propios Me acuerdo, para que no quedaran vacías como las de El viaje de invierno. Yo he escrito en mi ejemplar: “Me acuerdo de que en una pequeña sinagoga de Praga encontré a un hombre subido a una escalera escribiendo uno a uno, a mano, con una pluma, los nombres de todos los judíos de la ciudad muertos en el genocidio”.

miércoles, diciembre 06, 2006

El dueño de las sombras, Care Santos

Ediciones B, Barcelona, 2006. 432 pp. 13,95 €

Pedro M. Domene

Durante estos últimos años he llegado a una extraña conclusión o, mejor, a una convicción que me produce perturbadores pensamientos como, por ejemplo, deducir que Care Santos (Mataró, Barcelona, 1970) pacta con el diablo, o se sirve de alguna extraña pócima capaz de alargar las horas de su cotidiano convivir y aguantar durante horas delante del ordenador. Y llego a esta conclusión, primero, por su capacidad de trabajo y la consecuente cantidad de libros publicados hasta el momento y, segundo, por la variedad temática de sus obras. Lo afirmo porque cada entrega suya supone una nueva apuesta narrativa y, en esta ocasión, siembra un total desconcierto entre sus lectores con una novela de terror, El dueño de las sombras, mezcla entre el género gótico y la fantasía lovecraftiana, en el mejor sentido que pueda suponerse a una imitación temática que se remontaría a nuestro siglo XIX, poblado de leyendas y fantasías acerca de lo sobrenatural, en realidad un mundo en el que el hombre piensa, de alguna manera, ser salvado por seres superiores y en circunstancias que nada tienen que ver con su entorno más próximo.
La justificación o explicación de la novela se lee en las primeras cien páginas, cuando cada uno de los personajes, capítulo a capítulo, se van presentando para que el lector comprenda que lo contado hasta el momento tiene una base científica o, al menos, creíble. Es decir, capaz de justificar la muerte de una joven imprudente al caer en un viejo pozo, suceso que, además, la narradora convierte en literatura reproduciendo la leyenda de lo que aconteció en la localidad de Layana cuando una joven aldeana, cansada de acarrear agua desde un lejano río, invocó al mismísimo Príncipe de los Infiernos para que le construyera un pozo en el jardín mismo de su casa, con la única condición que debería hacerlo en un plazo mínimo de una noche, antes de que al alba cantara el gallo. Una vez realizado el pacto, engañado por la joven, el Amo del Averno dejó su empresa sin terminar y se esfumó de allí, aunque alguien asegura que el maligno juró venganza contra las generaciones de jóvenes de toda esta familia cuando éstas cumplieran los diecisiete años.
Con semejante argumento, Care Santos articula su relato en torno a las extrañas circunstancias que llevarán a la muerte a todas las primogénitas de la familia Albás, miembros que la Sombra se irá llevando el mismo día de su cumpleaños. La novela se inicia con la desaparición de la pequeña Natalia durante una excursión en la sierra cuando sólo contaba apenas tres años de edad, para reaparecer unos días más tarde sin apenas signos de daño alguno. Su hermana Rebeca, adolescente, será dada por muerta años más tarde y la investigación que inicia el joven novio Bernal y los mensajes que la propia Rebeca irá enviando desde la otra orilla matizarán el argumento de un relato sorprendente en el que el lector va descubriendo los pormenores de toda la historia, la presente y la pasada, en una articulada puesta en escena que debe mucho al cine de terror y/o a las propias historias del mejor Stephen King, aunque con la sabiduría de la mejor prosa de Care Santos, que en esta novela —tan compleja como bien estructurada— cuenta con toda una tradición decimonónica europea detrás.
El Señor de las Tinieblas se convertirá en uno de los protagonistas de la historia, como el todopoderoso que a lo largo de los años irá dejando su huella en la familia Albás, pero, al mismo tiempo, otras voces se irán sumando al relato en las tres partes de las que se compone la novela: una primera, cercana y de actualidad, detonante de la situación a contar; una segunda que repasa el árbol genealógico de los Albás para ir justificando, uno por uno, los pormenores de los acontecimientos de los últimos miembros de la familia, hasta llegar a Cosme y Fede, y a sus hijas Rebeca y Natalia; y una no menos extensa tercera parte, que ofrece al lector la imagen de Eblus, un interesante recorrido por el mundo de las tinieblas o el de los seres de una belleza bestial. La narradora despliega ante el lector toda una nómina de criaturas que siempre han poblado el mundo de la Oscuridad, o lo que comúnmente denominamos demonios, sobre todo el denominado Príncipe de la Tinieblas, Señor de lo Oscuro, Rey del Averno, Ángel Caído, Anticristo, aunque más conocido por Satanás, Lucifer, Mefistófeles, Astarot, Asmodeo, Leviatán, Belcebú o Luzbel, y se añaden otras denominaciones que se refieren al protagonista del relato, un djinn que aspira a convertirse en Señor Absoluto del Mal, una actitud que según la narradora suele ocurrirle a los humanos, en cierto modo una denostada lucha por esa capacidad de liderazgo como raza ambiciosa. La carrera meteórica de la criatura se explica en esta documentada parte, desde duende de bosque, genio rector, hasta convertirse en un verdadero demonio, después de haber servido durante más de quinientos años al Gran maestro Dantalián, para así llegar a doblegar la voluntad de los humanos puesto que se trata de «un ser celoso, vengador y lleno de indignación que guarda enojo de sus enemigos y jamás tiene por inocente al culpable». Un extenso capítulo para justificar y cerrar el círculo iniciado casi doscientos años antes y, tal vez, romper esa cadena de sacrificios.
La novela El dueño de las sombras empieza a leerse con un trepidante interés que anima al lector en su necesidad de saber más en una primera parte extensa, ritmo que no decae en ningún momento; y los personajes, adolescentes —mundo que bien conoce Care Santos—, se mueven por el escenario sombrío de una desconocida maldición con soltura y están bien perfilados. Se dosifica en la segunda por la exposición de los hechos de los antecedentes familiares, en unos pormenorizados capítulos que llevan por títulos los nombres de sus protagonistas, y una tercera parte ofrece la posibilidad de ejercitarnos en el arte de las tinieblas con una abundante documentación sobre los pormenores con que cuenta el mundo de lo sobrenatural y además, sistemática y reiteradamente, la sombra se hace dueño de nuestra voluntad cuando, de vez en cuando, se intercala un reflexión que nos anima a seguir leyendo. Y así concluimos una novela cuya última palabra, cuya último precepto, viene dictado por ese Superior que doblega nuestra voluntad.

martes, diciembre 05, 2006

Los perros de Tesalónica, Kjell Askildsen

Trad. Kirsti Baggethun /Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo, Madrid, 2006. 110 pp. 13,25 €

Fernando García Calderón

La primera vez que oí hablar del minimalismo en literatura pensé en un autor con pocas ganas de explayarse escribiendo, que escatima las palabras por pereza o por incapacidad. Des­pués, malicioso, añadí otro posible origen a esta economía de recursos: la moda. Con el paso del tiempo, que cura casi todas las fiebres menores, he conocido minimalistas de tantas clases que dudo del término. Minimalista, para entendernos, es el diálogo mediante interjecciones de los dos mejicanos del chiste, esos que dormitan en el rincón más soleado de la plaza, protegidos por su poncho y su sombrero.
Pues bien, el escandinavo Kjell Askildsen es minimalista. Aunque no se encuentre cómodo con el sambenito, aunque se haya hecho acreedor a él mucho antes de que el inquisidor o el pu­blicista lo idearan. Afirma, en su defensa, que lo que pretende es poner en el papel el número preciso de palabras para contar cada historia. Y a ello se entrega con la seriedad de quien cobra­ra por cada una que suprime. Lo explicaré sucintamente.
Para empezar, no se demora en presentaciones. Sus personajes están ahí, en su diaria rutina, cuando a nosotros se nos ocurre observarlos. Unos apuntes, dejados caer en plena trama, nos facilitarán dos o tres detalles útiles para montarnos la historia. Sí, alguien comparó a Askildsen con Ikea, así que no voy a apropiarme de un símil tan elevado.
Ya en faena, la acción quedará resuelta en cuatro o cinco movimientos, fumar y beber inclui­dos. Y, cuando más entusiasmados estemos por nuestra habilidad para comprender a unos tipos que parecen sacados de un experimento de Ingmar Bergman para afónicos, el relato llegará a su abrupto final.
Por si lo expresado fuera poco, Askildsen se valdrá de un lenguaje rudimentario, carente de simbologías, de figuras retóricas, de adjetivos y, si apuro mi raíz andaluza, hasta de verbos. Con ser, tener, pensar..., ah, y fumar y beber, es suficiente. 10-11 páginas de media por texto, y a tirar.
¿Y dónde está el mérito?, diréis, sabedores de que esta reseña es fiel al patrón CL+ (crítica literaria positiva) acuñado por La tormenta en un vaso. Aquí me extenderé más, no sea que se me tache de cómplice del ínclito. Kjell Askildsen no es un farsante. Nació en 1929 y lleva tantos años practicando su técnica que adscribirlo a una moda sería injusto y desacertado. Tampoco resulta razonable acusarlo de perezoso, tras 10 libros de relatos y 6 novelas. Respecto a su capacidad, romperé una lanza en su favor y llevaré la contraria a Alejandro Gándara (El Escor­pión, 21/09/06). No es aconsejable distinguir entre escrituras mejores o peores consideradas como meros ejercicios de alumnos de gramática. En literatura, el modo de escribir ha de estar al servicio de lo que se pretende narrar. La estructura de la historia, su fondo y su forma son piezas de un rompecabezas y deben encajar sin presión. A Askildsen, su parquedad, forzada o natural, le funciona. Y le funciona tan extremadamente bien que el resultado inquieta y hasta sobrecoge. Da que pensar. Su lengua es un punzón cortando hielo, abriendo surcos por los que penetrarán nuestras ansias de descubrir la vida y milagros de esos personajes anodinos de los que se nos cuenta tan poco y a los que quizá, en nuestra brega, dotemos de nuestra propia cara. Sí, el minimalismo de Askildsen funciona. Alcanza así el objetivo del hacedor, del creador por excelencia: que los lectores se acerquen a sus relatos, se acerquen a él.
Aunque, recuperando la malicia del principio, tal vez ese minimalismo no sea más que un truco. Un truco refinado, que explota nuestra vanidad. «Soy tan perdidamente inteligente que puedo añadir lo que falta a esta historia, tantas palabras e ideas como sean necesarias, hasta perfilar el verdadero desenlace». Ahí queda eso. Adeptos, ya podéis coger vuestras teclas y ponerme a parir.
…………………..
A modo de postre de esta frugal comida (empánela por lo menos, exclamarían nuestros ilustres Faemino y Cansado), completo la malicia con una pregunta que implica al editor y no espera eco. Pote Huerta (aprovecho la ocasión para enviarle un afectuoso y jazzístico saludo) ha sacado a la luz tres libros de Askildsen. Leed Los perros de Tesalónica, lo recomiendo. Recomiendo cualquiera de las obras de este escritor publicadas por Lengua de Trapo. Pero, ¿os figuráis una editorial apostando por un volumen de cuentos realmente minimalistas de un autor español inédito?

lunes, diciembre 04, 2006

No somos estúpidos, Magda Bandera y Mónica Artigas

Arcopress, Córdoba, 2006. 190 pp. 17 €

Carmen Fernández Etreros

¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo son nuestros jóvenes, qué piensan o cuáles son sus intereses? ¿Qué leen, qué música escuchan, qué drogas han probado o qué opinan de la violencia en las aulas? Los jóvenes son un colectivo que suele cargar con diversos estereotipos. Pero en unos años han cambiado: poseen más información que generaciones anteriores y aparecen nuevos comportamientos como el bullying, el fracaso escolar o el consumo masivo de drogas que tanto preocupan a nuestra sociedad. Las periodistas Magda Bandera y Mónica Artigas nos presentan en No somos estúpidos un documento inédito y valiente, publicado por la editorial Arcopress, en el que nos enseñan las opiniones directas y sinceras de tres mil adolescentes de edades comprendidas entre los 12 y los 18 años ante los nuevos problemas como las drogas de diseño, la violencia en las aulas, los embarazos no deseados, los nuevos modelos de familia o el sexo.
No se trata de ofrecer un ensayo sobre los jóvenes. Tampoco se intenta llegar a ninguna conclusión, ni se ofrece ninguna estadística. Las autoras dejan fluir libremente las ideas de los jóvenes que han participado en esta aventura y por ello el libro es muy enriquecedor y variado. Ambas periodistas han publicado obras relacionadas con el universo de las relaciones familiares y juveniles: Magda Bandera es autora, entre otros, del libro Custodia compartida —editado también por Arcopress— y Mónica Artigas publicó en el año 2000, con el psiquiatra Joseph Toro, el libro El cuerpo como enemigo, basado en testimonios con pacientes de bulimia y anorexia.
Para No somos estúpidos comenzaron haciendo un Autorretrato del adolescente para el magazine de La Vanguardia, pero Arcopress se interesó por el tema y les pidió que hicieran el trabajo de campo de manera más amplia en toda España. Las dos autoras aceptaron el reto: tres mil cuestionarios fueron pasados de manera tranquila y anónima por aulas de colegios públicos y privados, ciudadanos y rurales en una banda de edades comprendidas entre los 12 y los 18 años.
El resultado es sorprendente, ya que ofrece un mosaico diverso de comportamientos y opiniones que muestra la diversidad de los jóvenes actuales, rompiendo los estereotipos mentales que tenemos ya preconcebidos. El libro nos convence de que todos los jóvenes no piensan igual, no todos los jóvenes se drogan, no todos pasan de la política... Quizás el éxito de sus sinceras respuestas se deba a que ellos mismos responden a estas preguntas en primera persona y lejos de la censura que pudiera imponer su círculo familiar o educativo. El libro resultará muy interesante para los padres de chavales en plena adolescencia y para profesores y educadores de Educación Secundaria y Bachillerato que conviven con ellos día a día en las aulas.
En No somos estúpidos podemos encontrar comentarios maduros, como el de Ana, de 15 años: “Los mayores no nos tienen en cuenta porque creen que no sabemos nada, pero no os decepcionaremos cuando dentro de unos años, las decisiones que se tengan que tomar estén en nuestras manos”. Duelen comentarios como el de Keralt, también de 15 años, en el que relata su experiencia de violencia en las aulas: “En mi clase hay unos cuantos que intentan hacerme la vida imposible, quitarme los amigos, insultarme y quieren que lo pase mal. Soy incapaz de ponerle la mano encima a alguien, pero cuando llevas un tiempo que no levantas cabeza...”. De todos los comentarios me quedo con uno realizado por Ine, de 13 años, imaginando el futuro:“Dentro de 10 años seré joven pero un poco viejo”.
Tres mil comentarios que ayudan a comprender la diversidad de este colectivo. Eso sí, cada apartado podría dar lugar a un interesante estudio sobre los jóvenes. No somos estúpidos es un buen experimento que podría servir de germen para futuros trabajos que amplíen alguno de los apartados que demandan más espacio en el libro, como podrían ser el de la lectura, el consumo de drogas o el de las nuevas y difíciles relaciones familiares.