jueves, diciembre 14, 2006

Estambul: ciudad y recuerdos, Orham Pamuk

Trad. Rafael Carpintero Ortega. Mondadori, Barcelona, 2006. 448 pp. 22 €

Hilario J. Rodríguez

Estambul: ciudad y recuerdos es el noveno libro del escritor turco Orhan Pamuk, después de ocho novelas que le han bastado para alzarse con el Premio Nobel. Lo poco que sabemos aquí sobre la literatura turca y sobre Turquía en general (reducido en muchos casos a lo que nos contaron un puñado de escritores franceses, como Gérard de Nerval, Gustave Flaubert, Théophile Gautier o Pierre Loti) debería bastar para atraernos a todos. Pero además estamos ante el trabajo de un gran maestro. ¿Cómo sabemos esto último? Muy fácil: porque, en cuanto nos adentramos en las páginas del libro, la ciudad que nos muestran sus palabras no es la misma que describieron tiempo atrás Giacomo Casanova, Jan Potocki o Ernest Hermingway; y mucho menos la que nos muestran los cuadros de Jean Auguste Dominique Ingres, Eugène Delacroix o Gustave Moreau. Ni siquiera es la ciudad que recordamos quienes estuvimos allí en algún momento de nuestras vidas. Orhan Pamuk demuestra tener una sensibilidad tan acusada como para hacernos ver un lugar diferente, como si sólo le perteneciese a él. Aunque su visión de Estambul no está muy lejos de las aglomeraciones y de los mercados, de las mezquitas y de la arquitectura otomana, aparece descrita ante todo como una ciudad invernal donde caen copos de nieve, donde los antiguos palacios acusan el desgaste del tiempo y la pintura de sus paredes comienza a desconcharse, donde la gente experimenta las frustraciones producidas por los amores insatisfactorios —como el de los padres del escritor— y donde se disipan tanto los sueños de quienes construyen su idea de la realidad sólo con ficciones como los de quienes la construyen sólo con hechos. La ciudad que encontramos en este libro no tiene una temperatura veraniega, llena de luz y bullicio; tiene una temperatura diferente, más fría y melancólica, y su luz es tenue, apagada. Más que una urbe, parece un estado de ánimo.


Orhan Pamuk nos recuerda desde el principio que muchos escritores, como Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Joseph Conrad o V. S. Naipaul, consiguieron cambiar de cultura, de país e incluso de lengua, fortaleciéndose al hacerlo; él, sin embargo, siempre ha tenido la certeza de que su estilo y su potencia son un producto de haber estado ligado toda su vida a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje y a la misma ciudad. Y eso, precisamente, es lo que le llevó a escribir Estambul: ciudad y recuerdos, en busca del posible sentido de haber nacido en un lugar y en un momento determinados. El libro, no obstante, también pretende explorar la línea difusa que a veces separa a la realidad de su representación, para distinguir entre la imagen que proyecta Estambul en los turistas y en sus habitantes, trazando al hacerlo un mapa que divide la ciudad religiosa de la ciudad laica, Europa de Asia, Oriente de Occidente, el pasado del presente, la mentira de la verdad... Con sus apreciaciones, Orhan Pamuk no desea caer en el exotismo de Théophile Gautier, que llegó a influir en escritores como Yahya Kemal y Tanpinar; y tampoco en la intransigencia del actual gobierno, que pretende imponer un discurso único y que quiso condenarle por hablar en una entrevista sobre el papel de Turquía en el genocidio armenio o en la continua represión del pueblo kurdo. En ese sentido, el escritor prefería tomar caminos diferentes. Por un lado, su intención era que el libro sirviese como antídoto contra las falsificaciones de Occidente, de ahí que dé muchas pinceladas de aliento local y realista; y por otro, quería relativizar la versión oficial que su propio país quiere imponer en el extranjero, algo que le trajo ciertas críticas por parte de muchos lectores estambulíes, que encontraron su sinceridad doméstica demasiado atrevida, por describir de forma descarnada las duras peleas que mantuvieron Orhan Pamuk y su hermano durante la infancia o por poner de relieve las infidelidades de su padre. A diferencia de lo que han hecho muchos novelistas estadounidenses con Los Ángeles, el escritor turco no quería transformar lo documental en literatura sino más bien la literatura en algo documental. Para él, lo más importante era preservar, hasta cierto punto, la integridad de Estambul; no quería que acabase como la ciudad que uno asocia con novelas de Raymond Chandler y James M. Cain o con películas como Chinatown o Los Ángeles Confidencial. A veces, si uno quiere acabar con la ideología convencional, tiene que desechar las ideas que promueven la literatura y el cine más populares.


Las páginas de este libro intentan aclarar el palimpsesto que suele ser toda ciudad. Su autor entiende que una disciplina no basta para dar cuenta de la realidad multiforme que se amalgama entre las calles de Estambul, en los sedimentos temporales que hay dispersos en sus calles, en su manera de distribuir a sus habitantes por barrios... Podría decirse que, en cierto modo, Orhan Pamuk actúa como un detective privado a quien han pagado por insinuar la riqueza oculta tras las imágenes más conocidas. Buena parte de lo que cuenta sirve para restituir una parte de verdad a una de las ciudades donde los occidentales hemos proyectado más fantasías. Algo así le empuja a mezclar pinceladas, texturas y metodologías narrativas muy diferentes. De ahí que el resultado final tenga al mismo tiempo elementos propios de una crónica histórica, de una autobiografía, de una teoría cultural, de un análisis sociológico, de un ideario estético, de un balance arquitectónico y de ejercicio nostálgico por todo aquello que se ha perdido con el paso de los años. Es un cóctel como sólo Marcel Proust, Thomas Mann y algunos elegidos saben hacer. La mayor ventaja es que no es preciso estar de acuerdo con cuanto el escritor turco dice en Estambul: ciudad y recuerdos para poder aprender de él. A lo largo de sus páginas, hay materia suficiente para indignarse con algunos de sus prejuicios clasistas y para admirar sus comentarios acerca de la amargura que aflige a Estambul, que él explica refiriéndose al glorioso pasado nacional que se enseña en las escuelas y al sórdido presente que uno puede contemplar en las calles; y refiriéndose a la manera en que el Imperio Otomano se refleja en el cambiante paisaje de la ciudad, donde han desaparecido barrios llenos de historia y belleza, para dar paso a enormes torres posmodernas sin apenas personalidad.
Albert Speer, uno de los arquitectos más importantes del Tercer Reich, vio cómo en poco tiempo muchas de sus obras no eran más que ruinas; la visión, pese a todo, no debió de incomodarle. Él mismo había estudiado antes las ruinas de Grecia y Roma, en busca de inspiración para construir edificios que luego, con el paso de los años, también se convirtiesen en bellas ruinas como las de las antiguas civilizaciones, de ahí que usase materiales cuyo envejecimiento pudiese hasta cierto punto determinarse. Tal como veía las cosas, le parecía que toda cultura que se precie ha de exhibir vestigios del pasado, como si sólo de ese modo quedase autorizada su presencia en el presente. Orhan Pamuk parece pensar algo muy similar, tal como dan a entender sus palabras, cuando se lamenta porque el esfuerzo de Estambul por modernizarse sólo ha servido para trivializar la ciudad, para robar su esplendor pasado y dibujar un presente feo.

28 comentarios:

Silvia dijo...

Conozco Estambul, también te conozco a ti, Hilario. Soy Silvia.
Un beso.

Anónimo dijo...

Buen texto.
Anónimo

yo dijo...

¿Qué significan las fotos que aparecen con esta crítica?
Yo

Anónimo dijo...

¿Por qué no metéis fotos más a menudo? Pregunto.
Un seguidor del blog desde el principiob

Murado dijo...

Murado,

Leí "Nieve", que me gustó. Le echaré un ojo a este que decís.
No está mal el texto.
Saludos.

Verónica dijo...

Se nota que vives cada lectura. Compré "Construyendo Babel" y me gustó muchísimo. Gracias al libro, no he dejado de leer.
Besos.
Verónica

Anónimo dijo...

Borges dijo que el arte no puede enseñarse, que sólo se puede enseñar el amor al arte.

Hugo Sierra dijo...

Soy Hugo,
Me ha gustado mucho el texto, Hilario. ¿No te recuerda al Nabokov de "Habla memoria"? Yo creo que tiene mucho de eso y también de inventario emocional.
Estoy de acuerdo contigo en lo de clasista. Pamuk se nota que proviene de una familia de dinero, lo extraño es que sepa observar a las gentes de Estambul de manera tan precisa.
¿Para cuándo la siguiente reseña?
Un saludo.
Hugo

Anónimo dijo...

Tengo el libro, que he leído hace unas semanas, pero no encuentro en él las fotografías que habéis puesto.
Antonio

Pedro Solana dijo...

Totalmente de acuerdo con Hilario.
Uno de los libros del año.
Pedro Solana

Anónimo dijo...

La literatura nos acerca a las cosas y a las personas.

Ernesto dijo...

Me gusta el blog. Hacía falta; los suplementos culturales están fatal.
ERNESTO

Lorena dijo...

Te felicito, Hilario.
Lorena

Anónimo dijo...

Exquisito.
Un amigo

Anónimo dijo...

Se lo pediré a los reyes magos

Violeta K. dijo...

Leo el blog casi a diario y a veces me gustaría decir hacer comentarios, pero me corto. Aunque sé que no debería sentirme intimidada, no lo puedo evitar. Hoy quiero daros la enhorabuena.
Violeta K.

Anónimo dijo...

Mi madre vive en una casa de ciento veinte años,en una calle del centro,donde todos los turistas se detienen a mirar la iglesia de las Salesas.La casa de mi madre ahora es antigua. Hace cincuenta años sólo era vieja.Dentro de otros cincuenta su calle será un clásico y yo me echo a temblar porque los paisajes clásicos son como esos callejones adoquinados de Praga o los canales de Vencia,que a los turistas nos parecen decorados donde no vive nadie o sólo viven fantasmas o muertos.
Creo que los turistas somos un poco homicidas.
Leeré a Pamuk, H.
Un saludo de Esther G.

H. dijo...

Queridos amigos:

Gracias. Hoy sólo se me ocurre comenzar así. Me gustaría ser capaz de elaborar un poco más mi agradecimiento, contaros cuál es su amplitud, su implicación, pero vamos a tener que conformarnos con una muestra lacónica. Gracias.
Y un par de cosas. Silvia, ¿quién eres? Sobre las fotos, es lógico que no las hayáis encontrado en el libro porque las hice yo cuando estuve en Estambul. Me parecieron una buena manera de reflejar un paisaje urbano a través de un paisaje humano, de establecer un puente entre mi lectura del libro y mi experiencia personal con respecto a su materia narrativa. En fin.
Estoy de acuerdo contigo, Hugo. Hay más de un punto de contacto entre Pamuk y Nabokov. Aunque el ruso perdió su hogar y los paisajes de infancia, su obra es, además de otras cosas, un intento por fijar imágenes firmes y poderosas, rayos de luz que caen sobre la rama de un árbol, una expresión que se queda grabada en la retina para toda una vida... Y Pamuk también trabaja así, fijando con la memoria las cosas que el tiempo va borrando. A veces me pregunto si Pamuk y Nabokov no serán más fetichistas que proustianos; no lo sé, tampoco creo que importe demasiado.
Esther, Juan José Arreola tiene un microcuento muy bonito, seguramente el que más me gusta, y dice así: "Mi mujer ya sólo es un espectro y yo soy el lugar de sus apariciones" (puedo estar cambiando alguna preposición, algún adverbio). Como hoy es sábado y no es el mejor momento para dramatizar, una sonrisa.
De nuevo, gracias.
H.

msanzp dijo...

Las fotos de Hilario no demuestran más que lo que ya sabíamos los que leemos sus obras de creación y sus textos ensayísticos: que sabe mirar, y que lo hace sin pereza y con amor.
Te mando un beso en público, Hilario.

Marta S.

Hilario dijo...

Marta,
Gracias. No hace falta que te diga mucho más, creo que ya sabes lo que opino. Pero gracias, eres un ángel.
H.

Anónimo dijo...

Bonita idea la de unir tus fotos, Hilario, y tus ideas sobre el libro.

Anónimo dijo...

leo Estambul en estos momentos.
lo compré para tratar de entender mi ciudad y la de otros.
cuando termine no sé cuanto habré aprendido o entendido.
por ahora no puedo desprenderme de él.

desde La Habana.
Carolina

Julio González Gómez dijo...

Acabo de terminar "Estambul" y quería darle las gracias por su educada e inteligente invitación a la lectura.
Le leo en "Dirigido por", "Abc" y "La Vanguardia". No siempre comparto sus opiniones, pero siempre me estimulan. Y agradezco su humildad.
Julio González Gómez

Anónimo dijo...

¿Por qué no escribes más críticas literarias?
Una lectora que te sigue desde hace tiempo

Anónimo dijo...

Hoy han asesinado a tiros a un periodista turco que sólo pedía que se reconociese el genocidio armenio.
Leeré a Pamuk.

Anónimo dijo...

Requetebuena, señor.
Un compadre mexicano.

Gabriela Pardo dijo...

Tendré que leer Estambul después de todos estos comentarios y adémas: un novel!
DLB

José Luis Martínez Hens dijo...

Me acabo de leer este libro en estos días de Navidad y he disfrutado como un enano.