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viernes, octubre 28, 2016

De noche, bajo el puente de piedra, Leo Perutz


Trad. Cristina García Ohlrich
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016. 283 pp. 18,95 €

Care Santos

Confieso que nunca antes había leído a Leo Perutz, a pesar de que varios de sus libros están desde hace años disponibles en castellano. De este mismo, sin ir más lejos, existía una edición en El Aleph con menos de una década de antigüedad. Si le he leído ahora ha sido atraída por la hermosa edición de Libros del Asteroide y por el buen criterio con que este sello independiente nos presentan autores y obras. No hay un solo libro suyo que no haya disfrutado de un modo sobresaliente, y algunos de sus descubrimientos se han convertido para mí en autores de cabecera, como el caso de Robertson Davies. De modo que concedo credibilidad a lo que me presentan y celebro, una y otra vez, que aún queden editores como ellos, cuyo catálogo es capaz de educarnos, en el mejor sentido del término.
En fin, que no había leído nunca a Perutz, este judío checo (nació en Praga en 1882) que siempre escribió en alemán, matemático de profesión, compañero de oficina de Franz Kafka, amigo de Borges, esquiador aficionado y autor de un manual de bridge. Cronológicamente, Perutz es contemporáneo de Franz Kafka, James Joyce y Sherwood Anderson. Nació en una Europa convulsa donde todas las convivencias eran posibles, también las estéticas más disparejas. Perutz no comparte con sus referentes más cercanos ningún signo de modernidad. Su obra fácilmente podría considerarse romántica, mucho más próxima a los narradores ingleses del XIX que a sus compatriotas. Curiosamente, tiene mucho más en común con Anderson, un remoto señor de Ohio, autor de un libro de relatos maravilloso titulado Winesburg, Ohio, al que esta novela recuerda inexorablemente. Ignoro si Anderson y Perutz se leyeron mutuamente, pero si lo hicieron, debieron de gustarse mucho. Tal vez Anderson le habría discutido lo mismo que yo voy a poner en duda ahora: que De noche, bajo el puente de piedra sea una novela. A mí me parece mucho más un libro de relatos. Relatos que se comunican entre sí mediante estrechos pasadizos secretos o grandes puentes colgantes, que comparten personajes y escenarios, que remiten unos a otros y terminan por construir un pequeño universo: el del barrio judío de Praga, un lugar que en el libro tiene ese aire legendario, a medio camino entre el misterio y la nostalgia que recuerda el espíritu romántico.
Praga es, desde luego, un personaje más en estas historias, todas fascinantes. Lo es el Emperador del Sacro Imperio Romano, Rodolfo II, que no atraviesa por su mejor momento. Pero, sobretodo, lo son el judío Mordejai Meisl —acaso el protagonista— y su mujer Esther. El primer relato es ya una declaración de intenciones, un aviso para desprevenidos: se trata de una historia de fantasmas subyugante en que las almas de unos niños se aparecen a unos mendigos en el cementerio viejo de Praga. Originalidad y refinamiento para una temática de las más trilladas de la literatura de todos los tiempos, un terreno resbaladizo del que sin embargo Perutz logra salir no sólo ileso, sino airoso. A partir de ahí, al lector le interesan ya las peripecias de estas gentes que viven una vida arcaica, como lo es el estilo del libro, condenada a desaparecer y recordada con tristeza. Lógica tristeza: el libro, considerado la obra maestra de su autor, fue escrito en su forzoso exilio palestino, muchos años después de su huida de la vieja Europa.
Perutz es un narrador detallista, que mima todo lo que cuenta, que construye con minuciosidad un entramado de relaciones e historias que el lector irá descubriendo poco a poco, con fascinación, casi hipnotizado por esa precisión de relojero. En algunos cuentos aparecen personajes reales, como Johannes Kepler o Tycho Brahe, como el mismo emperador y sus intrigas. Si no fuera por ellos, parecería que estamos en un territorio imaginario, a medio camino entre el infierno y el mundo. Un territorio donde lo sobrenatural y lo mágico conviven sin estridencias con lo humano. Un lugar donde un rabino puede plantar un rosal y un romero en los cimientos de un puente de piedra y esparcir sobre ellos un conjuro que perpetúe su amor imposible por los siglos de los siglos.
En el último capítulo, vemos caer las casas que hemos conocido a lo largo de casi 300 páginas. Este mundo en desaparición es el que lo explica todo. Se nos ha contado algo que ya no existe. Los fantasmas del primer cuento eran reales, dolorosos. El barrio judío de Praga, sus plazas, sus cruces de caminos, sus habitantes, ya sólo perviven en nuestra memoria, pero lo hacen de un modo vivo, concreto. De ese modo en que la Literatura devuelve a la vida lo que está muerto.

miércoles, mayo 04, 2016

Carpas para la Wehrmacht, Ota Pavel


Epílogo de Mariusz Szczygiel. Trad. Kepa Uharte.
Sajalín, Barcelona, 2015. 125 pp. 14 €

Ana Gamero Escudero

Desde la habitación del psiquiátrico donde pasó los últimos años de su vida, Otto Popper que es como se llamaba verdaderamente el autor de este libro) cuenta la historia de su vida o, mejor dicho, la de su padre. Carpas para la Wehrmacht es una reflexión autobiográfica recogida en forma de pequeños relatos con Leo Popper como personaje principal. Un Ota adolescente narra los que posiblemente fueran los mejores y más felices años de su vida, aunque estuvieran manchados por el horror de la Segunda Guerra Mundial y la decepción que el Comunismo causó en países del Este como fue el caso de Checoslovaquia. Leo fue un apasionado amante de la pesca que, por su incomformismo, sus aspiraciones de grandeza y su don de gentes, tuvo todo tipo de oficios, desde comercial de electrodomésticos hasta granjero, pasando por vendedor de tiras matamoscas, que lo llevaron, junto con su familia, a vivir en varias ciudades del país.
Este libro podría calificarse de cuento o fábula, ya que tiene ese tono hiperbólico y fantástico propio de las historias infantiles; y es que no podemos olvidarnos de que está narrado desde la perspectiva del joven Ota que, aunque nos acerca a un Leo humano y lleno de defectos, no puede evitar hablar de su padre rodeándolo de un halo de heroicidad y admiración. Además, los relatos tienen un estilo único con pinceladas que recuerdan al realismo mágico de autores y autoras del ‘boom’ hispanoamericano como Gabriel García Márquez o Isabel Allende. Por el aparato simbólico que utiliza es inevitable también pensar en la novela Big Fish: a novel of mythic proportions (1998) del norteamericano Daniel Wallace, que Tim Burton llevó al cine en 2003. Ambas obras tienen un estilo muy parecido, donde el narrador cuenta la historia de su padre, aunque el escenario sea muy diferente y la novela de Wallace tenga tintes más fantásticos que la del escritor checo.
Si bien el autor se encontraba en un época muy mala de su vida e intentaba recuperarse de una profunda depresión cuando escribió este libro, con él nos regala una historia cargada de lirismo, sensibilidad, magia y positividad. Este es, ante todo, un relato de familia, en el que la unión hace la fuerza, y en el que la supervivencia de aquellos marcados con una estrella de seis puntas depende de cualidades que Leo Popper manejaba bien: el ingenio y la imaginación. Este es un homenaje a su padre, el mejor que Ota pudo haberle hecho, donde lo muestra como un incansable luchador y, sobre todo, un vividor, quizás como recordatorio para sí mismo en el momento en que más necesitaba serlo.

jueves, octubre 09, 2014

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera

Trad. Beatriz de Moura. Tusquets, Barcelona, 2014. 144 pp. 14,90 €

Care Santos

Milan Kundera tiene 85 años. Ha tardado 14 en volver a publicar después de La ignorancia. Es razonable pensar que ésta será su última obra. También lo es sospechar que en ella Kundera nos está entregando una especie de declaración de últimas voluntades. Un texto en el que nos entrega sus conclusiones, después de permanecer en el mundo durante ocho décadas y media. Pero antes de entrar a analizar cuáles pueden ser esas conclusiones, hay dos detalles que creo importantes. El primero es la solapa izquierda del libro, allá donde normalmente se imprime la biografía del autor, cargada de méritos, países a los que ha sido traducida su obra y títulos de sus obras anteriores, todos muy leídos y laureados. Todo esto podría haber aparecido en esta solapa, y habría podido continuar -por falta de espacio- en la otra. Pero no. Kundera sólo ha querido que figurara lo siguiente: "Milan Kundera nació en Brno (Repúbllica Checa) en 1929". De modo que un ignorante podría pensar que se trata de un autor debutante entradito en años. ¿O sólo es una broma? Una muy seria, que tiene que ver con el contenido del libro: en él, Kundera declara la irrelevancia de todo lo destacado, empezando por sus propios laureles. O tal vez es que le disgusta que todo el mundo dé tanta importancia a estas cosas, igual que le disgustan las entrevistas, los periodistas, el modo fácil de ver las cosas desde los titulares, las lecturas epidérmicas. Kundera lleva años protegiéndose del mundo, como quien se protege de un virus muy contagioso. Esa lacónica presentación de sí mismo es una defensa más.
El otro detalle a destacar es el idioma. Kundera ha escrito esta novela en francés. Es su décima obra en francés, después de las novelas La lentitud, La identidad y La ignorancia, de la obra de teatro Jacques y su amo y de cuatro ensayos sobre literatura. A mí me pareció, en su momento, percibir una evolución hacia la desnudez cuando el autor dejó de escribir en checo y comenzó a escribir en francés. Puede ser esa la intención, como parece que fue también la de Samuel Beckett: acercarse más al disfraz, a la impostura, escribiendo en un idioma que no era su lengua materna. El idioma de su transformación, de su pérdida -pretendida- de identidad. O puede que sólo sea otro juego. Hablar un idioma que no te pertenece es como jugar a nombrar el mundo de un modo nuevo, diferente. Renombrar es reiventarse.
Pero vayamos con el libro. La historia es la siguiente: cuatro amigos que viven en París tienen pequeños encuentros en los que afloran las grandes cuestiones de la vida y, al mismo tiempo, algunas de las nimiedades más cotidianas. Uno de ellos acaba de recibir la noticia de que no morirá de cáncer, aunque lo oculta a su amigo sin saber muy bien por qué. Otro está preocupado por la inminente muerte de su madre. Un tercero ha convertido la ausencia de la figura maternal en una obsesión por los ombligos de las mujeres. Alguno quiere visitar una exposición de Chagall, pero no lo consigue jamás porque detesta guardar cola. Todos los temas son tratados con naturalidad de sobremesa, el autor nos habla, nos increpa, confiesa sus errores y nos lleva de la mano de peripecia en peripecia. Todo es como un enorme divertimento, donde lo que ocurre y se nos cuenta no es lo más importante. Lo importante es lo que podría ocurrir. Un juego de espejos, de referentes, de sobreentendidos que subyace en el texto. Cuando el autor habla de Stalin, y le recrea contando anécdotas difíciles de creer, que pueden ser tomadas por un chiste, nos dice que reír puede ser muy peligroso para quienes escuchan. De igual modo, la interpretación errónea de una broma traía muy serios problemas a uno de los personajes de la primera novela del autor checo, la magnífica La broma (1967). Milan Kundera lleva casi 50 años escribiendo la misma historia. La historia de un mundo que se toma a sí mismo demasiado en serio.
Es cierto que aquí todo admite interpretaciones, que todos los personajes son susceptibles de ser analizados desde la filosofía, desde la ética, desde la historia, porque al autor le divierte la ambigüedad, porque no le gustan las interpretaciones fáciles. En cierto modo, es Kundera concentrado, esencia del Kundera que lleva medio siglo encandilándonos con ese modo tan suyo de ver lo pequeño antes que lo grande. Mejor: de mostrarnos cómo lo pequeño es siempre el lugar donde lo grande palpita y se muestra. Es analizando las pequeñas reacciones de Stalin al bromear con sus invitados como podremos entender de verdad cómo era el dirigente ruso. Es sabiendo por qué ríe la mujer que acaba de perder a su compañero de toda la vida como de verdad comprenderemos su fortaleza y su entrega. Un juego -uno más- fascinante, porque nos adentra en las profundidades del alma humana, que el autor conocer mejor que ningún otro territorio.
Aunque debo hacer también una confesión: durante la lectura de esta obra breve, de apariencia y lectura fáciles, no pude quitarme de la cabeza ni un momento las grandes obras de su autor. El Kundera de La vida está en otra parte, de La broma o -sobre todo- de El libro de la risa y el olvido, mi favorita.  Un Kundera vigoroso, tal vez no tan sabio como el actual, más apasionado. El Kundera que escribía en su lengua materna, descreía menos de la humanidad y no utilizaba el lenguaje como un escudo protector.

jueves, julio 24, 2014

Tierno bárbaro, Bohumil Hrabal

Trad. Kepa Uharte. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 128 pp. 17 €

José Miguel López-Astilleros

Desde que en 1988 apareciera la primera traducción al español de Trenes rigurosamente vigilados, se ha venido traduciendo y editando la obra de Hrabal, que además ha tenido desde entonces muy buena acogida entre los lectores. Tierno bárbaro es la primera vez que se publica en España, damos por ello la bienvenida a una obra que sin duda contribuirá a completar el conocimiento de este gran autor checo. Fue escrita en 1973, cuando el régimen soviético lo había apartado de la vida civil y vivía en su casa del bosque de Kersko, su publicación por tanto tendría que esperar, pues sus obras estuvieron prohibidas hasta los años sesenta, y vueltas a prohibir tras la Primavera de Praga (1968).
Todo el libro es un alegato a favor de la amistad que compartió con su amigo, el poeta y pintor Vladimir Boudnik, con quien tuvo muy estrecha relación, hasta que este se suicidó meses después de que los tanques soviéticos entraran en Praga. Así pues, el protagonista principal es Vladimir, acompañado frecuentemente por el mismo narrador, trasunto del mismo Hrabal, y el filósofo y también poeta underground Egon Bondy. De todos modos, en la personalidad recreada de Vladimir Boudmik atisbamos muchos rasgos de la del autor, de hecho hay un momento en que el narrador dice que ambos son como los dos epicentros de una misma elipsis. En cambio, Bondy, marxista crítico con el poder reinante, ofrecerá un punto de vista que oficiará de contrarréplica a distintos hechos y pensamientos de Vladimir. Aparecen otros muchos personajes como artistas, cineastas y sobre todo personajes humildes, muy queridos tanto por Boudnik como por Hrabal. La estructura narrativa consiste en ir dando cuenta de unas anécdotas o hechos vitales, que, convenientemente amalgamados, van dibujando el perfil artístico y humano tanto del protagonista como de su peculiar manera de estar en la vida. No hay un hilo argumental cronológico claro en esta obra, lo cual la dota, a nuestro parecer, de frescura y veracidad, hasta parecer casi una improvisación, a semejanza de algunos recuerdos, que suelen salir a borbotones emocionales, sin clasificaciones temporales entre ellos, aunque no por ello estemos ante un texto caótico de difícil lectura, ni mucho menos, como tampoco ante un biografía.
Si la melancolía, el humor, la tragedia y la sensualidad son rasgos de la literatura checa, este libro encarna todas esas características, que son tanto las del escritor como las de su carácter personal. Habría que añadir la ternura que aparece en el mismo título, una ternura que el protagonista esparce sobre cada objeto de su mirada, sea material, animal o humano, nada escapa a esa candidez, a ese deseo de regresar a los orígenes maternales, intrauterinos. Vladimir siempre encuentra el lado artístico en todo lo que hace, dice y piensa, se podría decir que convierte su propia vida en arte. El narrador dice sobre él «…en todo el mundo nadie te perdona que quieras vivir en paz y a costa de la ebriedad, y por tanto del universo…» (pág. 35), lo cual quiere decir que es un disidente vital, en abierta pugna contra la mediocridad y la grisura del ambiente. Frente a este vitalismo, encontramos el suicidio como tema recurrente, en Vladimir y en Hrabal, recordemos que este último también se suicidó, o se cayó desde la habitación del hospital donde estaba internado, según la interpretación oficial. Son varios los personajes que flirtean con el suicidio, hasta el punto de convertirlo incluso en algo grotesco, pero que acaba en tragedia.
Uno de las características más sobresalientes es la ironía y el humor, negro en muchas ocasiones, que llega a la carcajada desternillante y grotesca a menudo, como cuando un pintor de paredes se acerca a ellos en una taberna y les cuenta lo siguiente «Señores, soy un hombre casado, eso no es que sea nada interesante, pero señores, vivo con mi suegro en una habitación dividido por una cortina. Mire, que mi suegro se coma mi comida, no es nada interesante, pero señores, cuando por la noche tras la cortina hago el amor con mi propia mujer, veo en la cortina la silueta de mi suegro, masturbándose en mis narices con tanta habilidad que cuando me llega, a él también le llega, señores, ¿cuándo encontrarán así a un suegro en el mundo?» El humor y la ironía no sólo se decantan en un efecto paródico del tema que trata, sino que le sirve para profundizar incluso en el pensamiento filosófico.
Dice Milan Kundera que Hrabal es «La encarnación de la Praga mágica, una unión del humor terrenal y la imaginación», pero habría que añadir que en este caso todo eso está expresado con poderosas imágenes poéticas (los cuervos y las cornejas son «pequeños Diógenes negros»). Quien haya leído alguna obra de Bohumil Hrabal, no debe caer en el error de creer que ya lo conoce, porque como dice Monika Zgustova, su biógrafa, «Cada libro suyo es distinto a los demás», todo un alarde de imaginación y sensibilidad.