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jueves, octubre 09, 2014

La fiesta de la insignificancia, Milan Kundera

Trad. Beatriz de Moura. Tusquets, Barcelona, 2014. 144 pp. 14,90 €

Care Santos

Milan Kundera tiene 85 años. Ha tardado 14 en volver a publicar después de La ignorancia. Es razonable pensar que ésta será su última obra. También lo es sospechar que en ella Kundera nos está entregando una especie de declaración de últimas voluntades. Un texto en el que nos entrega sus conclusiones, después de permanecer en el mundo durante ocho décadas y media. Pero antes de entrar a analizar cuáles pueden ser esas conclusiones, hay dos detalles que creo importantes. El primero es la solapa izquierda del libro, allá donde normalmente se imprime la biografía del autor, cargada de méritos, países a los que ha sido traducida su obra y títulos de sus obras anteriores, todos muy leídos y laureados. Todo esto podría haber aparecido en esta solapa, y habría podido continuar -por falta de espacio- en la otra. Pero no. Kundera sólo ha querido que figurara lo siguiente: "Milan Kundera nació en Brno (Repúbllica Checa) en 1929". De modo que un ignorante podría pensar que se trata de un autor debutante entradito en años. ¿O sólo es una broma? Una muy seria, que tiene que ver con el contenido del libro: en él, Kundera declara la irrelevancia de todo lo destacado, empezando por sus propios laureles. O tal vez es que le disgusta que todo el mundo dé tanta importancia a estas cosas, igual que le disgustan las entrevistas, los periodistas, el modo fácil de ver las cosas desde los titulares, las lecturas epidérmicas. Kundera lleva años protegiéndose del mundo, como quien se protege de un virus muy contagioso. Esa lacónica presentación de sí mismo es una defensa más.
El otro detalle a destacar es el idioma. Kundera ha escrito esta novela en francés. Es su décima obra en francés, después de las novelas La lentitud, La identidad y La ignorancia, de la obra de teatro Jacques y su amo y de cuatro ensayos sobre literatura. A mí me pareció, en su momento, percibir una evolución hacia la desnudez cuando el autor dejó de escribir en checo y comenzó a escribir en francés. Puede ser esa la intención, como parece que fue también la de Samuel Beckett: acercarse más al disfraz, a la impostura, escribiendo en un idioma que no era su lengua materna. El idioma de su transformación, de su pérdida -pretendida- de identidad. O puede que sólo sea otro juego. Hablar un idioma que no te pertenece es como jugar a nombrar el mundo de un modo nuevo, diferente. Renombrar es reiventarse.
Pero vayamos con el libro. La historia es la siguiente: cuatro amigos que viven en París tienen pequeños encuentros en los que afloran las grandes cuestiones de la vida y, al mismo tiempo, algunas de las nimiedades más cotidianas. Uno de ellos acaba de recibir la noticia de que no morirá de cáncer, aunque lo oculta a su amigo sin saber muy bien por qué. Otro está preocupado por la inminente muerte de su madre. Un tercero ha convertido la ausencia de la figura maternal en una obsesión por los ombligos de las mujeres. Alguno quiere visitar una exposición de Chagall, pero no lo consigue jamás porque detesta guardar cola. Todos los temas son tratados con naturalidad de sobremesa, el autor nos habla, nos increpa, confiesa sus errores y nos lleva de la mano de peripecia en peripecia. Todo es como un enorme divertimento, donde lo que ocurre y se nos cuenta no es lo más importante. Lo importante es lo que podría ocurrir. Un juego de espejos, de referentes, de sobreentendidos que subyace en el texto. Cuando el autor habla de Stalin, y le recrea contando anécdotas difíciles de creer, que pueden ser tomadas por un chiste, nos dice que reír puede ser muy peligroso para quienes escuchan. De igual modo, la interpretación errónea de una broma traía muy serios problemas a uno de los personajes de la primera novela del autor checo, la magnífica La broma (1967). Milan Kundera lleva casi 50 años escribiendo la misma historia. La historia de un mundo que se toma a sí mismo demasiado en serio.
Es cierto que aquí todo admite interpretaciones, que todos los personajes son susceptibles de ser analizados desde la filosofía, desde la ética, desde la historia, porque al autor le divierte la ambigüedad, porque no le gustan las interpretaciones fáciles. En cierto modo, es Kundera concentrado, esencia del Kundera que lleva medio siglo encandilándonos con ese modo tan suyo de ver lo pequeño antes que lo grande. Mejor: de mostrarnos cómo lo pequeño es siempre el lugar donde lo grande palpita y se muestra. Es analizando las pequeñas reacciones de Stalin al bromear con sus invitados como podremos entender de verdad cómo era el dirigente ruso. Es sabiendo por qué ríe la mujer que acaba de perder a su compañero de toda la vida como de verdad comprenderemos su fortaleza y su entrega. Un juego -uno más- fascinante, porque nos adentra en las profundidades del alma humana, que el autor conocer mejor que ningún otro territorio.
Aunque debo hacer también una confesión: durante la lectura de esta obra breve, de apariencia y lectura fáciles, no pude quitarme de la cabeza ni un momento las grandes obras de su autor. El Kundera de La vida está en otra parte, de La broma o -sobre todo- de El libro de la risa y el olvido, mi favorita.  Un Kundera vigoroso, tal vez no tan sabio como el actual, más apasionado. El Kundera que escribía en su lengua materna, descreía menos de la humanidad y no utilizaba el lenguaje como un escudo protector.

miércoles, febrero 23, 2011

El espíritu de Praga, Ivan Klíma

Trad. Fernando de Castro y Dolors Udina. El Acantilado, Barcelona, 2010. 264 pp. 19,50 €

Juan Pablo Heras

Antes de abrir el libro, leemos en la cubierta trasera que su autor, Ivan Klíma (Praga, 1931), sufrió de niño los rigores de un campo de concentración nazi (por judío) y de adulto la opresión de un régimen comunista (por intelectual). Y nos viene a la cabeza el famoso proverbio atribuido a los chinos: “nunca vivas tiempos apasionantes”. No sé si el maltratado premio Nobel Liu Xiaobo suscribiría estas palabras, pero lo que queda claro de la lectura de este libro, tras cerrarlo y reencontrarse con la biografía de la cubierta trasera, es que a la largo de su difícil supervivencia, Ivan Klíma gozó de pasiones que apenas podemos imaginar -¿por suerte?- los que, por ahora, vivimos tiempos más aburridos.
El presente volumen recoge una serie de artículos publicados originalmente entre 1975 y 2005, que van desde la remembranza autobiográfica al ensayo político, ecologista o literario. Lo que abraza a este material disperso viene a ser su propio título, El espíritu de Praga, una suerte de actitud particular que los checoslovacos mostraron durante el largo siglo XX hacia los diversos fanatismos que les fueron azotando. Los praguenses asumieron y promovieron sucesivos cambios de régimen en medio de una inusitada ausencia de derramamiento de sangre; y aunque la violencia sistémica de nazis y comunistas contara con vergonzosos silencios y viles adhesiones, el firme compromiso de los opositores por la paz y la libertad dio lugar a fenómenos tan admirables como la primavera de Praga de 1968 y la revolución de terciopelo de 1989.
Como se puede adivinar, Klíma tiene mucho en común con Milan Kundera. Respecto a éste, carece de su trazo genial, pero en cambio está dotado de una lucidez envidiable. Artículos como “Los poderosos y los impotentes” o “La lucha de la cultura contra el totalitarismo” podrían formar parte de la mejor antología de textos de Educación para la Ciudadanía. Otros como “El fin de la civilización” o “Breve reflexión sobre la basura” se adelantan a su tiempo en la defensa de una forma de vida sostenible. Es curioso observar cómo reflexiones elementales de tipo ecologista, hoy tan repetidas que han sido arrolladas por la apisonadora triste de la rutina, refulgen de nuevo en textos escritos allá por 1975. Es más, resulta sorprendente comprobar que las actitudes negacionistas que ya existían entonces, las de aquellos que desprecian todo cuidado en virtud de una milagrosa capacidad de autorrecuperación de la Tierra, eran atribuidas por Klíma a los marxistas más recalcitrantes, que no aceptaban despertar del sueño falaz del progreso ilimitado. Que ahora estas posturas estén asociadas a los adelantados del capitalismo nos hace entrever que estamos siendo víctimas de otro tipo de utopía, quizá más borrosa y discreta, que basa el crecimiento constante de la felicidad mundial en la acumulación de beneficios financieros a costa de los recursos finitos del planeta.
Tras la ocupación soviética de 1968, Klíma tuvo la oportunidad de vivir un apacible exilio en una universidad de Estados Unidos. Y sin embargo, decidió jugarse la vida, volver a su país para trabajar en la clandestinidad y sufrir la persecución de la dictadura, que ya preparaba un proceso contra él y su familia. A cambio, experimentó «la satisfacción de que libros que se difundían sólo por medio de copias o en ediciones publicadas en el extranjero les dijesen algo a la gente, que los lectores los buscaran afanosamente y estuviesen agradecidos» (pág. 190). Es decir, que la imposibilidad de publicar en libertad dio a sus obras el valor que todo escritor sueña para las suyas. Consciente de la paradoja, Klíma viene a decirnos que la lucha merece la pena, que los escasos momentos de felicidad que logró robar a tan largos periodos de opresión compensan la angustia y la desesperanza. ¿Qué decíamos de los tiempos apasionantes?
Sin embargo, Klíma no es un abanderado incondicional de la literatura de compromiso político. Una de las reflexiones más interesantes que aborda el libro se esconde bajo su particular lectura de la obra de otro célebre compatriota en el artículo “Las espadas se aproximan: las fuentes de inspiración de Franz Kafka”. Klíma interpreta muchas de las obras fundamentales de Kafka a la luz de experiencias vitales aparentemente banales. Kafka escribió El proceso y En la colonia penitenciaria cuando todo su alrededor temblaba por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sus cartas y diarios prueban, a juicio de Klíma, tanto la indiferencia por los conflictos internacionales como su tremenda angustia por la inminencia de un compromiso matrimonial. Es decir, que Kafka se desentendió por completo de los graves problemas de la sociedad de su tiempo y se dedicó a exorcizar sus problemas personales en su secreta obra literaria. Lo asombroso es que ahora sus textos nos parecen –y lo son- el reflejo más certero y estremecedor de la sinrazón que se apropió de la humanidad durante el siglo que dejamos atrás. Lo que viene a decirnos Klíma es que Kafka, desde su confinamiento espiritual, demostró un compromiso insuperable con la esencia de lo humano, mientras que muchos otros intelectuales que se creían impulsados por un afán de salvación o redención de la especie, se sumergieron en apriorismos ideológicos de tal modo que olvidaron lo mejor de la tradición cultural y se volvieron ciegos ante los horrores de los totalitarismos contemporáneos. No cabe callar ante la injusticia, pero es en la defensa de la intimidad, de la duda, de la sinceridad con uno mismo y de la libertad de la mirada, donde se encuentra el más profundo respeto hacia nuestros semejantes.

jueves, septiembre 10, 2009

Un encuentro, Milan Kundera

Trad. Beatriz de Moura. Tusquets, Barcelona, 2009. 216 pp. 15 €

Pablo Gutiérrez

De la mayoría de los escritores, pintores y compositores que Kundera cita y analiza en la colección de ensayos titulada Un encuentro (Tusquets, 2009) yo no tengo ninguna referencia; es más, nunca había oído hablar de ellos. No sé nada de Škvorecký, Milosz, Linhartova, ni siquiera sé mucho de Malaparte. Me reconforta la aparición furtiva de Juan Goytisolo, García Márquez, Céline o Carlos Fuentes pero a al pasar la página vuelven Xenakis y Bienczyk para dar al traste con mis ilusiones de sentirme cerca, muy cerca de Milan Kundera.
Un abismo separa a Kundera de este intruso, pobre de mí; yo, que había creído sentirme su primo-hermano después de subyugarme con La inmortalidad, Los testamentos traicionados, La ignorancia (de todos los escritores que me han arañado ninguno lo hizo como él). En Un encuentro Kundera indaga en universos que me son ajenos, y con cada capítulo mi cuaderno se llena de notas, de corchetes, apuntes, títulos que es imprescindible leer antes de que termine el verano.
El lector reconocerá a un autor minucioso y sagaz que hace pasar los libros que lee, la música que escucha y los cuadros que admira a través del cedazo de su experiencia vivida. En cada rincón hallará recuerdos sobre la dolorosa Primavera de Praga, sobre el exilio y la descomposición política y cultural del pueblo checo, aunque el texto aborde la obra de Anatole France o el olvido al que Rabelais fue condenado en el canon literario. Detrás de cada análisis literario, de cada reflexión erudita se despliega la figura de un escritor penetrante, de esos que agarran al lector y no lo sueltan hasta haber vaciado dentro de él una sustancia brillante y densa. Las emociones que provoca la obra de Kundera son confusas; las ideas que genera son clarividentes.
Los treinta y dos ensayos que dan forma a Un encuentro permiten asomarnos al pensamiento de Kundera como observador del arte. En el primero de ellos, probablemente el más sobresaliente, se enfrenta a la pintura de Francis Bacon. Es posible que al lector le ocurra como a mí y aún conserve en la retina la exposición fascinante del Museo del Prado de este invierno; en ese caso comprobará que la sagacidad de Milan Kundera (siempre dirigido, como un detective, a la búsqueda de un sentido) despliega nuevos significados como, por ejemplo, la relación entre los lienzos de Bacon y la literatura de Beckett.
Si el primer ensayo de Un encuentro asombra al lector por su perspicacia, el último lo subyugará por la euforia con la que analiza La piel, de Curzio Malaparte, que dejé bien anotada en la lista de libros que debo leer urgentemente. Kundera se entusiasma frente a Malaparte, y no se resiste a contarnos paso a paso la novela, como cuando salimos del cine y no sabemos disfrutar de la película sin correr a contársela a alguien. Pero probablemente nosotros lo haríamos a salto de mata y torpemente, y en cambio él se demora con exquisita minucia, saborea, medita y expone generosamente sus impresiones, de tal modo que al terminar de leer la docena de páginas que forman el ensayo uno tiene la sensación de haber devorado la novela al completo, una novela fabulosa, una novela glosada y abreviada por gentileza del entusiasta Milan Kundera.

lunes, septiembre 07, 2009

Un médico rural y otros relatos pequeños, Franz Kafka

Trad. Pablo Grosschmid. Impedimienta, Madrid, 2009. 147 pp. 17,15 €

Pedro M. Domene

Franz Kafka es, tal vez, el escritor más importante de nuestro siglo. Su vida se traduce en una de las paradojas más surrealistas: judío de nacimiento, alemán de lengua, checo de patria, ejemplo, por otra parte, de la más desarraigada figura de un escritor. Autor de cuentos, sus novelas más importantes aparecieron tras su muerte. Su obra, para algunos, es la meditación acerca de la ausencia de Dios, o esa interrogante sobre el poder y la burocracia, aunque para otros puede ser la apocalíptica visión de un futuro inmediato. Lo que determina la escritura de Kafka es esa necesidad absoluta de librarse de escribir página tras página. Lo mismo que las voces, los gestos, los rostros que a diario observa el escritor deben ser reducidos a la precisa sensación de la palabra, de la frase o del fragmento, según el pulso riguroso que se le exige a la letra. Kafka escribe para vivir, quizá por este motivo el paso de los hechos a la escritura, a la palabra, en concreto, sirve para identificar la gravedad que sus textos presentan y para percibir el sentido último que parecen augurar. Quizá por todo esto, nunca llegaremos a saber si El castillo (1926) es una crítica metafórica sobre el poder o una simple novela de aventuras, con abundantes dosis de humor, si La metamorfosis (1915) es una simple novela realista o la interpretación de una profunda pesadilla en un excelente tono literario, e incluso si un textos como El proceso (1916) encierra una burla a la moderna burocracia tan bien conocida por el escritor. Estas obras y las legadas tras su muerte, muestran la historia de un desgarro provocado por la contradicción que suponía en Kafka la dicotomía entre lo que quería ser: un escritor; y lo que representó, en realidad, en toda su vida: un oficinista.
Pablo Grosschmid traduce Betrachtung para la presente edición de Impedimenta, uno de los libros menos conocidos de Franz Kafka con el título de Percepciones, y fecha el mismo en 1912. Los dieciocho relatos que componen la colección habían sido publicados anteriormente en la revista Hyperion, el 9 de marzo de 1908, ocho textos numerados del I al VIII; una segunda edición, parcial, reunía solo cinco y se publicó en Bohemia, el 27 de marzo de 1910, y una tercera y definitiva, en forma de libro, fue publicada por Rowohlt, en Leipzig, 1913 (aunque apareció hacia el 10 de diciembre de 1912). Fecha que las O.C. (3 vols), editadas por Jordi Llovet para Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, dan como válida para Contemplación, titulo con que se traduce la colección, y algunos ligeros cambios incluso en los títulos de los relatos. Este es el primer libro que publica Kafka, con una tirada de 800 ejemplares, con una difusión deficiente y un escaso reconocimiento, además aún tendría que pasar una década para que se agotara, y otros tantos años más para que la obra pudiese ser valorada lo suficientemente. Son textos de una extensión variada, algunos apenas ocupan la mitad de una página, otros seis o siete líneas, miniaturas como han sido calificados, y hoy se considerarían auténticos microrrelatos, esa forma narrativa breve y experimental, que surge de ese minúsculo laboratorio de experimentación del escritor, y que Kafka supo llevar hasta el límite mismo. Sus «Niños en la carretera», «Propósitos», «Contemplación distraída», «Los que pasan de largo corriendo» o «Deseo de ser piel roja» son el mejor ejemplo de una irónica visión de las cosas, de una intensidad expresiva poco común, incluso relatos que calificaríamos de transgresores y se convierten en auténticas joyas literarias.
En el período que comprende finales de noviembre de 1916 y julio de 1917, surgieron unas prosas que más tarde formarían de lo que sería el núcleo de Un médico rural. Con la publicación de Un médico rural, en mayo de 1920, la colaboración entre Kurt Wolff y Franz Kafka había concluido. Durante los ocho años que duró su relación comercial fueron publicados, si consideramos Meditaciones en Rowohlt, seis libros en ediciones exclusivas. Tras esta ruptura el escritor había llegado al punto más sombrío de su existencia, motivada también, entre otras cosas, por el agravamiento de su enfermedad. Un médico rural es el sexto y último libro publicado en vida, aunque aún tendría tiempo de supervisar Un artista del hambre (1924). Como en su anterior, algunas de estas narraciones fueron publicadas en revistas literarias. La mayor parte de los manuscritos que componen estas narraciones ya no existen y hoy han desaparecido para los investigadores.
Alfred Döblin llegó a afirmar que los textos de Kafka eran «informes basados en la absoluta verdad, sin invención alguna y, a pesar de su extraña mezcolanza, ordenados alrededor de un centro verídico y muy real» Alguien ha afirmado, de igual manera, que las novelas del checo tienen la esencia de los sueños, pero ¿cuál sería esa esencia de los sueños? En realidad, unas imágenes sucesivas, transparentes y espontáneas, que nos parecen lógicas en todo momento, con la emoción y certeza de que las cosas son profundamente verdaderas y la sensación de que éstas nos tocan muy de cerca.
Buena ocasión para volver a leer, una vez más al maestro checo en Un médico rural y otros relatos pequeños, de la mano de Impedimenta, incluso para quien desconozca su obra y pretenda iniciarse en su mundo, una colección, taxativamente, espléndidamente editada y traducida, textos para seguir insistiendo en la búsqueda de esa esencia que provocan los sueños, los de aquella época y los de ahora.