lunes, abril 25, 2016

Sobre el arte contemporáneo / En La Habana, César Aira


Literatura Random House, Barcelona, 2016. 112 pp. 9,90 €

Pedro Pujante

1
Con el carisma y la agudeza que le caracterizan, el escritor argentino César Aira se explaya en este breve ensayo –el primero de los dos que componen el libro- y nos revela algunas de sus opiniones acerca del mundo del Arte Contemporáneo. A veces controvertidas, a veces inteligentes, pero siempre estimulantes, las ideas que disemina en este monólogo nos hablan del arte desde la mirada sutil de un escritor. Un escritor que aspira a un proyecto de escritura en el que el arte esté presente, como forma de innovación o casi, como una estética performativa. De hecho, las concomitancias que se establecen entre el arte y la literatura son más que evidentes en su obra, y aquí, muchas de las páginas están dedicadas a relacionar el arte contemporáneo y la literatura, esa especie de ‘reproducción ampliada’.
El Arte Contemporáneo, según Aira, es incapaz de enfrentarse a su propio devenir histórico. Su propia denominación –Contemporáneo: ‘un nombre perfectamente absurdo’- lo hace atemporal, lo encierra en un bucle de anacronismo perpetuo, un ciclo antihistórico, perdiendo así el contacto y la confrontación con sus sucesores.
Son curiosas sus opiniones respecto a las revistas de arte, literatura que se demuestra frustrante por su incapacidad de reproducir con total fiabilidad la obra de arte en sí, los conceptos ‘reales’.
La figura de su admirado Duchamp, quien inventara el arte contemporáneo, está presente. También el concepto de reproducción que «la obra de arte siempre lleva implícita.» Una idea que alcanza su máxima expresión con artistas como Warhol, quien a través de su Factoría y su producción en serie de obras, acabó por derrumbar el concepto de obra original y única.
Aira nos explica que el arte «se vuelve un juego ligeramente fantasmal con el tiempo.» Porque es un testimonio de sí mismo, de su pasado y también de su porvenir, anunciando lo que llegará a ser. Hay algo etéreo en el Arte Contemporáneo que lo hace fascinante, como ocurre con la literatura, cuya materia, explica Aira, está hecha más bien de ausencias.
Como ejemplos que sirven para contratacar al acérrimo ‘Enemigo del Arte’ -una de las piezas críticas y que al mismo tiempo funcionan como engranajes del sistema mismo contra el que lucha- Aira nos habla de Magritte, quien para una exposición en París, realizó unos cuadros sin muchas pretensiones, aplicando la técnica del ‘todo vale’, y que contrariamente a lo que su autor pensó, llegarían a ser considerados como verdaderas obras maestras, exponentes de la libertad total, a la que todo artista debería de aspirar.

2
La segunda parte del volumen está dedicada a un paseo por la capital cubana. En la Habana es una suerte de autoficción al más puro estilo airano, en la que el escritor cuenta un viaje por los museos de la ciudad, o más bien, lo que pensó e imaginó cuando estuvo allí. Con su visión fugaz de las cosas, ese arte que domina su mirada y la convierte en un microscopio de lo inusual, retener aquellos detalles y sutilezas que pasan desapercibidos al resto de los mortales: miniaturas, pequeños objetos, un pavo real, una tela con las instrucciones para usar un arma.
La Casa Museo José Lezama Lima es el lugar al que Aira dedica más tiempo de su paseo, sin prestar demasiada atención a los obvios puntos de interés de todo turista. Pero Aira, turista accidental y descolocado, como él mismo asegura, es muy despistado, y la atención se le dispara y se convierte en una máquina de fabricar fantasías. Contará una historia sobre un prófugo que inventa su periplo, sobre la marcha, mediante los grabados que va viendo en unos platos en los que está comiendo.
Hablará también de Raymond Roussel, de su escritura no psicológica, que como la suya propia, se basta de los acontecimientos externos para construir una prosa sin concatenaciones de causa y efecto y harto predecible.
Aira, incluso en estas piezas menores, sobresale como un escritor de vertiginosa agudeza- en el primer ensayo-, y de una desbordante imaginación- en el segundo texto- consiguiendo que transitemos por espacios y objetos rutinarios con los ojos encendidos «con la maravillosa condición del asombro más azaroso.»