viernes, enero 22, 2016

Doble mirada: Lujuria, Juan Eslava Galán


Destino, Barcelona, 2015. 241 pp. 18 €

1. Juan Laborda Barceló

El conjunto global de estas letras es de un resuelto y entretenidísimo carácter didáctico. Se nos acerca con gusto, delicadeza y picardía, así como acierto en la selección de contenidos, los prismas varios que la Lujuria puede presentar. Si bien es cierto que los temas se centran en el siglo XIX y XX español, su carácter universal los hace extrapolables a otros tiempos cercanos y otras zonas. No se evitan los detalles bizarros, que harán las delicias de los lectores más rijosos, ni las reflexiones sociales que el sexo, y sus manifestaciones públicas y privadas, imprimen en las mentalidades de cada época. De ahí saltamos a las modas, los naturalismos, los burdeles o los grandes personajes que se dejaron seducir por los placeres de la carne. Isabel II o Alfonso XIII tienen capítulos justamente dedicados en la obra, pues sus vidas dieron mucho juego, entonces y ahora, por sus aventuras de alcoba, cuando no de escritorio o de cuarto de fregonas. Tal era el ímpetu y la voracidad de ambos.
La amenidad manifiesta no está reñida con el rigor, ni con el humor. El aparato crítico resulta desbordante, pues viene, como suele ocurrir, a abundar, profundizar y explicar cuestiones aledañas a las del texto principal. Son útiles, pues perfilan las evidentes referencias bibliográficas, llegando a disculparse el autor por su extensión. Ironiza, sin embargo, con aquel rancio concepto de que así tendrá mayor peso académico. La función se logra: amenidad y seriedad histórica se dan la mano en estas páginas.
La obra está pensada, a pesar de que se puede leer de muchos modos, como un acercamiento ocasional, distendido o disperso al tema, que depara un agradabilísimo sabor de boca en el lector. El disfrute de cada uno de los capítulos como curiosidad, con entidad narrativa o temática separada, resulta de lo más pedagógico y apropiado para un libro de estas características. En cambio, una lectura más continuada revela ciertas reiteraciones anecdóticas, y que no empañan en absoluto el conjunto, pero que son muestra de ese carácter en ocasiones fragmentario. No se trata tanto de un matiz del texto, siempre riguroso y ameno, como de un reflejo de las siempre discutibles intenciones o modos de lectura. Hay cuestiones sobre los gustos de los fuertes olores corporales que privaban a algunos monarcas de la historia que se repiten en diversos apartados del libro.
Uno de los grandes aciertos del ensayo, que forma parte de un ambicioso fresco sobre los pecados capitales en la siempre atribulada historia de España, es su carácter abiertamente desenfadado. No se evita la reflexión profunda cuando es menester, ni el debate historiográfico cuando toca, pero, desde luego, prima un sentido lúdico que acompaña al tema, aunque éste no siempre lo sea. Desde las prostitutas nacidas de la necesidad a las amantes regias, pasando por las bajezas morales de la desequilibrada madre de la niña prodigio Hildegart Rodríguez Caballeira, el mosaico de las mentalidades más tórridas (o avanzadas, según se mire), se deja ver en este ensayo. Es todo un muestrario de formas de vida, poco más se le puede pedir a un libro de historia.
Las mentalidades, y los temas sociales o políticos concretos, son algunos de los grandes aciertos de este ensayo. Hay ocasiones en las que se expresa con claridad la extrema y opuesta concepción de la vida dependiendo de las ideas, condiciones y planteamientos de cada período. Observaremos así desde la ola frivolona de espectáculos picantes de la II República a la pacatería radical de la España sublevada, luego franquista, personificada en el detente bala y la moral extrema. Si la historia es hija de la naturaleza de los hombres, aquí vemos ejemplos clarísimos de todo ello.
La curiosidad, entendida como una forma de aproximarse a las realidades históricas, es un punto de partida de lo más excitante, valga la redundancia. En este caso, tal deseo entronca directamente con el estudio de las mentalidades, la vida íntima y los estudios de género. No pueden ser tres aspectos más interesantes y menos tratados. El estudio viene a cubrir un hueco, divulgativo y riguroso en una historiografía tradicionalmente más seria y reservada. No podemos hacer más que esperar que las siguientes entregas de la serie de los pecados capitales patrios sean igualmente entretenidas y enriquecedoras para el acervo cultural.


2. Pedro M. Domene

Hubo un pasado en que todo era pecado de lujuria, según las predicaciones de la Santa Madre Iglesia. Y como Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948) nos tiene acostumbrados a sus ingeniosos y documentados guiños literarios sobre la extravagante, inexplicable y singular sociedad española reciente, y es capaz de entregarnos unos textos repletos de humor, una aguda ironía y aires de sarcasmo, concluimos que en sus lecturas subyace fundamentalmente la más absoluta honradez y sinceridad. Con su última apuesta nos regala una serie de pecados capitales, y empieza por el primero de ellos, Lujuria (2015), un repaso de la historia de la sexualidad en España, desde el siglo XIX hasta la Transición, pasando por las aficiones de Isabel II y Alfonso XIII, y la constancia de unas épocas más liberales durante las dos Repúblicas a las situaciones “absurdas e hilarantes” provocadas por la Iglesia y la censura franquista en su cruzada antilujuria, para llegar a la más reciente y denominada época del “destape”.
El documento refleja una España de doble moral durante años, y así la pornografía estuvo muy bien vista y se consideraba elegante como costumbre de las clases altas pero en cuanto se abarató su consumo y se extendió a las clases medias, se convirtió en algo insano y pernicioso, recuerda Eslava Galán, que ha incluido en el libro fotografías y material de época. Se trata, pues, del relato de todo aquello que pudiera parecer «lujurioso y pecaminoso de por sí», que era mucho, en realidad, como se explica en los curiosos capítulos dedicados al baile, calificada como «la feria predilecta de Satanás»; las playas, como «ocasión próxima de pecado», o el cine, en esas ansiadas últimas filas de butacas, auténtica «escuela de perversión», para las autoridades de la época. Tal vez, tras este ameno repaso por los tiempos oscuros de una férrea dictadura, en todos los sentidos, quienes desconozcan los datos y las anécdotas de ese otro tiempo, no tan lejano, sabrán que entonces hubiera sido imposible hablar y escribir sobre tema tan escabroso, una época en la que, paradójicamente, la gente de las clases menos pudientes vivía con una abundante frustración los asuntos relaciones con la sexualidad y el erotismo. Hoy Eslava Galán, en cuarenta y cinco breves capítulos, ilustrados y documentados, pone el contrapunto de esos tabúes, costumbres y prohibiciones respecto al sexo y su mundo, y lo hace en clave de humor, con abundantes dosis de ironía y jocosidad, aunque no pasa por alto ese halo de tristeza y de pena, o aun mejor calificada de profunda frustración de tantas generaciones marcadas por las imposiciones de la Iglesia y la falsa moral del Régimen. Presupone, además, una no menos espectacular circunstancia histórica de quienes vivieron aquellos tiempos de represión y beatería, un período que solo puede equilibrarse transcurrido el suficiente espacio temporal para que podamos hacer balanza de aquellas oscuras décadas con una sonrisa en los labios.
Una no menos curiosa, amplia y explícita bibliografía acompaña a este singular tratado sobre la “lujuria” que en su definición académica señala como «vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales»; eso sí, sin un aparente juicio, este concepto se traduce como el simple testimonio del uso de la lengua.