lunes, marzo 05, 2012

Cárceles imaginarias, Luis Leante

Alfaguara, Madrid, 2012. 355 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Luis Leante, Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963, es uno de esos escasos escritores habitantes de la periferia literaria a los que un premio destacado, en este caso el Alfaguara del 2007, colocó en el centro del mundo hispánico, pues es sabido que el ganador de este premio está obligado a recorrer un circuito de ciudades americanas para promocionar su novela. La novela que lo sacó de la marginalidad literaria era Mira si yo te querré una historia de amor que tenía como telón de fondo los campos de refugiados saharahuis.
En Cárceles Imaginarias se narran dos historias paralelas, por un lado, los movimientos anarquistas catalanes en la Barcelona del finales del XIX y primeros del XX con atentado mortal incluido y, por otro, la vida del narrador, Matías Ferré, bedel del Archivo Histórico de Barcelona, un hombre humilde, tocado por la desgracia, pero al mismo tiempo conmovedor y lleno de ternura que siempre encuentra un ángel, a veces masculino y a veces femenino, que lo rescata del pozo. Esta segunda parte de la historia se sitúa en el más rabioso presente, básicamente en Barcelona, aunque con algunas salidas a pueblos con encanto como Calaceite (Teruel) o Urueña, en los Monte Torozos de Valladolid, un fenómeno cultural no solo por la hermosura de sus muralla ya que, pese a sus doscientos habitantes, cuenta con once librerías.
Ezequiel Deulofeu, anarquista procedente de una familia aburguesada, es el personaje central en torno al cual se va tejiendo una trama de intrigas, persecuciones y huidas. Hay algo de folletinesco en la peripecia vital de este personaje que, pese a todo, nos atrapa. Por una lado la mirada crítica hacia su propia familia burguesa y, al mismo tiempo, los puentes afectivos que tiende con los más desfavorecidos en una época en la que las desigualdades y los abusos eran palmarios. Tras romper con la familia, se ve obligado a huir y envuelto en mil peripecias y peligros, acaba en Filipinas. Pero tampoco la estancia en Filipina va a ser definitiva, pues de allí, en barco de nuevo, lo veremos poner rumbo a Valparaíso, donde se va a ver envuelto en una nueva serie de asechanzas e intrigas. Hay en toda esta parte de la novela un regusto que nos lleva al mejor Baroja, a Arturo Barea o Ramón J. Sender. Las conspiraciones políticas se cruzan con las sentimentales. Y aparecen personajes lastimosos, trepas, crueles, zafios con los que el protagonista, un hombre obligado a cambiar de nombre, ha de medir sus fuerzas.
Pero el contrapunto a la historia folletinesca de Ezequiel, lo pone el doliente y sentimental Matías, un hombre del que el lector se enamora poco a poco, un hombre que tras perder a su primera mujer, se va recuperando hasta mantener un pulso tenso con el lector que sigue boquiabierto su evolución.
Además de los dos personajes masculinos centrales a cada historia, aparece una rica panoplia de personajes femeninos que, en realidad, son los que dan aliento e impulso a estas dos historias que, inevitablemente, acaban confluyendo y entrecruzándose.
Si algo tiene claro el lector al final de la novela es que Leante es un maestro en el arte de entretejer historias intensas y entretenidas.