lunes, noviembre 23, 2009

La partida inmortal, David Shenk

Trad. Miguel Martínez-Lage y Carlos Pranger. Turner, Madrid, 2009. 319 pp. 24 €

Alberto Luque Cortina

El ajedrez no es sólo un juego, es también una manifestación cultural de ámbito universal: los indios lo crearon, los árabes lo difundieron, los europeos lo perfeccionaron, y hoy se juega en todas partes con las mismas reglas. Juegues o no, todo el mundo sabe qué es el ajedrez. A ello ha contribuido, desde luego, su eficacia como juego —es apasionante— pero también su naturaleza de universo cerrado con reglas propias e inamovibles, tan propensa a la metáfora. Así, dependiendo de épocas y lugares, el ajedrez sirvió para ilustrar el arte de la guerra, o bien justificar la monarquía absoluta o por el contrario la lucha de clases. En realidad vale para todo. Por ejemplo, como alegoría de la vida, o del tiempo, funciona bastante bien, ¿recordáis la partida entre Max von Sidow y la mismísima Muerte en El Séptimo Sello?
Su fuerza simbólica lo ha convertido en icono cultural, y como tal está presente en todo tipo de manifestaciones artísticas. En el cine, sin ir más lejos. En 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), Hal 9000 y el astronauta Frank Poole desarrollan una partida de ingenioso desenlace jugada a principios del siglo XX entre Rosch y Schlage. Sin salir de la ciencia ficción, el final de la partida que enfrenta al replicante Roy, en busca del secreto de la vida, y a su creador, el humano Tyrell, (Blade Runner, Ridley Scott, 1982) reproduce la jugada en 1851 por Anderssen y Kieseritzky, conocida desde entonces por los ajedrecistas como La Partida Inmortal.
En su momento esta partida dio la vuelta al mundo, pues exponía el ideal del ajedrez romántico, en el que primaba el ataque y se ignoraba la naturaleza y la oscura belleza del juego posicional. El juego ha evolucionado mucho desde entonces y hoy se considera un ejemplo sobresaliente de arqueología ajedrecística. Precisamente a mediados del XIX comenzó a gestarse una nueva forma de entender el tablero gracias a jugadores como el estadounidense Morphy, quien por cierto se convirtió en campeón oficioso del mundo tras derrotar a Anderssen. Morphy fue un visionario, uno de los jugadores más grandes de la historia, admirado, entre otros, por su compatriota Bobby Fischer, quien al igual que Morphy, pero un siglo después, abandonó el ajedrez en el cénit de su carrera. Fischer protagonizó junto al ruso Spassky otro de los episodios “míticos” del ajedrez: en este caso el llamado “macht del siglo”. Se ha escrito mucho sobre este enfrentamiento —Reikiavik, 1975—. Como es sabido Fischer resultó vencedor tras casi dos meses de competición. Aún hoy Spassky no descarta que la CIA utilizara cualquier género de artefacto electrónico para interferir en sus ondas cerebrales.
Esta última afirmación parece confirmar la opinión común de que los grandes jugadores de ajedrez son tipos huraños y excéntricos, cuando no geniales dementes (?). Esto no es cierto, pero sin duda nutre la leyenda del ajedrez, que parece debatirse entre la delgada “línea de sombra” que separa la genialidad de la locura. El austriaco Wilhelm Steinitz (1836-1900), por ejemplo, campeón mundial que fijó las bases del juego posicional, acabó recluido en un sanatorio mental, y de él se dice que afirmó que podría vencer a Dios dándole un peón de ventaja, anécdota recogida en la interesante película El jugador de ajedrez (Wolfang Peterssen, 1978).
En realidad, del mismo modo que los exegetas de la alta montaña ensalzan las grandes cumbres por el número de escaladores que perdieron la vida en ellas, muchos cronistas del ajedrez han explotado el triángulo “ajedrez - genialidad - locura”, pero esta visión es muy reduccionista, como lo es el querer explicar la música de Bach a través de las excentricidades de Glen Gould. El ajedrez es, y con esto vuelvo al principio, mucho más que un juego o una mera compilación de anécdotas. Como producto cultural lleva presente en la historia de la Humanidad desde hace casi quince siglos. Existen, desde luego, numerosas obras que relatan y explican su historia, sus claves, y sus numerosas ramificaciones —Murray, Eales, Hooper y Whyld, y Calvo, entre otros—, aunque la mayoría resultan impenetrables al lector medio por su densidad.
David Shenk (Cincinnati, 1966), conocido divulgador estadounidense y ajedrecista aficionado, se ha propuesto escribir una historia sobre el ajedrez apta para todos los públicos, incluso para aquellos que jamás han jugado una partida. Para ello toma como motivo principal La Partida Inmortal, que da título a su obra. A través del estimulante desarrollo de este lance, y utilizando técnicas narrativas más propias de la novela o el cine, construye a través de sucesivos “flash backs” una historia apasionante que comenzó hace casi mil quinientos años con el chatrang indio y que hoy goza de una excelente salud.
Para ello, Shenk ha realizado un importante esfuerzo compilatorio, fruto del cual muestra un amplio panorama del juego a través de su evolución, sus grandes protagonistas y su impacto en las diferentes sociedades. La lectura es ágil y amena, y gracias a sus numerosos gráficos y comentarios no resultará dificultosa para quienes ignoran las reglas del juego. Por el contrario, los iniciados advertirán algunas ausencias significativas, presumiblemente debidas al afán pedagógico de Shenk.
En cualquier caso La partida inmortal es una obra tan interesante como accesible, y es posible que su lectura sirva para inocular en los no iniciados el mismo virus que contagió, entre la incontable legión de fieles, a artistas como Duchamp, pensadores como Franklin, estrategas como Napoleón, —quien por cierto fue un mal jugador—, o escritores como Nabokov o Stefan Zweig, quien en 1941 escribió Novela de ajedrez, en mi opinión la mejor ficción escrita sobre el juego.