viernes, febrero 02, 2007

Solo con invitación: Las corrientes oceánicas, Félix J. Palma

XV Premio Luis Berenguer de Novela. Algaida, Sevilla, 2006. 335 pp. 19,70 €

Salvador Gutiérrez Solís

Si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol sala —en mi barrio se dice futbito— con los mejores cuentistas de este país, no me cabe duda de que colocaría en la delantera a Félix J. Palma. Es decir, dos quiebros, un regate potente, eléctrico y habilidoso —pobre cintura del defensor— y gol por la escuadra. Pidamos un tiempo muerto, que el partido está prácticamente sentenciado. Compulsivo ganador de premios literarios en su modalidad breve, pobres contrincantes, los de mayor enjundia, por dotación y tradición, se agolpan en el morral del gaditano Félix J. Palma. Cuentista —excepcional— que hereda los mejores métodos y modos del pasado, pero que sigue avanzando en el camino, asciende un escalón y otro —y otro más—. Todoterreno singular, la ciencia ficción, el costumbrismo, el humor o la realidad son espacios en los que Félix se maneja con soltura, generoso en cintura, regatea y pasa el balón, se desmarca y otro gol. Esto parece el España-Malta. Sin embargo, como esas excepciones que transforman las reglas en el manual de la torpeza, dentro de nuestras letras —patrias— hay tópicos que se suelen formular con cierta temeridad e insistencia. Por ejemplo, los poetas son narradores empalagosos y venecianos —a veces, no siempre—, o todos los cuentistas naufragan, se ahogan, en el océano que puede considerarse una novela, acostumbrados a sus cómodas piscinas —hablo de tamaños—. Palma no naufraga, no, y si me encargaran la difícil tarea de confeccionar un equipo de fútbol —fútbol— con los mejores novelistas de este país, mantendría en la delantera al gaditano. En las distancias largas, con campo para correr, su regate sigue siendo potente, eléctrico y habilidoso. Las corrientes oceánicas, su última novela, certifica esta afirmación.
Somos un puzzle y tardamos años en ordenarnos, en mostrarnos como un ente —supuestamente— perfectamente estructurado. De hecho, hay quien se pasa la vida tratando de encajar esa pieza o piezas que siempre permanecen sueltas y que nos muestran esos abismos que nunca llegamos a conocer de nosotros mismos. Sergio muere antes de que haya podido completar su puzzle y Alberta Ballesta, su padre, no encuentra otra excusa para seguir estando en este mundo que afanarse en la tarea de acabar con la obra iniciada por su hijo. La obra iniciada por su hijo no deja de ser una tarea/obra propia, ya que la búsqueda propicia la reconstrucción de un pasado obviado. Félix J. Palma, a lo largo de su trayectoria, literaria siempre ha mantenido una especial predilección por los personajes poliédricos, por lo milagroso o alucinante que se puede encontrar en cualquier personaje con aspecto y vidas convencionales. Esta resurrección de lo cotidiano, como plataforma hacia ámbitos extraordinarios, esta posibilidad de escapar de la sombras de la rutina, vuelve a aparecer en Las corrientes oceánicas. No es ésta la única característica de la casa, genuino Palma, que se repite en la novela. Despliega el de Sanlúcar de Barrameda en toda la narración ese humor lánguido, esa carcajada soterrada, esa ironía velada, que algunos se atreverían a calificar como una derivación del humor negro, y que no deja ser un eco de la ‘guasa’ gaditana, que es un artilugio difícil de explicar y más aún de aplicar. Félix lo aplica con gran intensidad, y el texto, el latido de la narración es contundente y sonoro, gana en textura y en emociones, humaniza los personajes y las situaciones, lo barniza todo —y a todos— de veracidad, los transforma en personas de carne y hueso. Una cualidad que escasea en la novela actual, que, como un Gran Hermano cualquiera, insiste en el uso, en la repetición cansina, de los estereotipos, de los personajes resumen de otros muchos personajes muy similares. La globalización también ha llegado a la novela de nuestros días, desgraciadamente. Los personajes de Palma siempre son diferentes, y por ello no dejan de ser absolutamente creíbles.
Las corrientes oceánicas es una obra extraña en nuestros tiempos, donde la ligereza, lo superfluo cuenta con gran cantidad de adeptos y seguidores. Una novela de las emociones articulada sobre las emociones reales, y no sobre las definiciones de las emociones más estandarizadas. Para todo aquel que siga la trayectoria más breve, como cuentista, de Félix J. Palma una simple recomendación: no tiene nada que temer. Sumérjase en Las corrientes oceánicas como en cualquiera de sus cuentos y cuando se quiera dar cuenta habrá alcanzado la página 335. El próximo puerto en breve, tras un par de quiebros y una carrera por la banda.



Félix J. Palma: «No soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente»


Te adentras en un drama, o en una historia con aspecto de drama, pero en multitud de ocasiones recurres al humor. ¿Desacralización del dolor o método de supervivencia?
—Evidentemente esto último. Siempre he creído que el humor es un método de supervivencia justo y necesario, un medicamento aconsejable para casi cualquier caso. Supongo que en esta novela quise despejar ese "casi", ver si se podía aplicar a una situación tan extrema como es la muerte de un hijo. Para que resultara creible tuve que componer un personaje muy "especial", que observara el mundo con una mirada lúdica, la vida como una función con un libreto malvado que sólo podemos acatar, lo que, por otro lado, lo hermanaba con los personajes que transitan por mis cuentos. Sabía que corría el riesgo de resultar irrespetuoso, de "desacralizar el dolor", como dices, pero preferí jugármela: de todos modos narrar una tragedia en clave trágica era lo convencional, y yo quería que el lector, aparte de llorar, también riera. Preferí arrancarle una carcajada incómoda a una lágrima fácil.

En la novela el Palma cuentista se muestra muy cómodo, no desfallece en la carretera. ¿El Palma novelista se vale del cuentista, lo domestica, lo acorrala o lo dopa?
—Siempre he dicho que, a pesar de que mi bibliografía parezca desmentirlo, no soy cuentista. Soy contador de historias, sencillamente. Y creo que la osamenta más idónea para vertebrar una historia, la que más puede explotarla, es la que se reconoce propia del relato. Es por ello que de todas las normas no oficiales del cuento con la que menos comulgo es con la de su brevedad. Creo que un cuento, es decir, una historia, debe tener la extensión que su trama exige, y que puede ser cualquiera. Según ese credo, supongo que equivocado, yo siempre escribo cuentos, aunque los que pasan de las ciento cincuenta páginas tenga que enviarlos a los concursos de novelas.

Tu novela plantea un viaje interior muy intenso, de hecho Ballesta conoce mejor a su hijo una vez muerto. ¿Exaltación de los recuerdos como lo poco que poseemos?
—Bueno, no lo había visto así, pero puede que haya querido demostrar eso inconscientemente, quién sabe. En el fondo, salvo por las fotos y grabaciones de vídeo, los recuerdos es lo único que conservamos de lo vivido, y me resulta fascinante cómo en muchos casos los recuerdos resultan más hermosos que los acontecimientos originales. De todos modos, yo diría que el protagonista de la novela más bien aprende a amar a su hijo, al tiempo que comprende que éste también lo amaba a él, y es que a veces algunos tramos de nuestras vidas se sustentan sobre terribles y poco prácticos malentendidos.

¿Por qué escogiste un padre y un hijo?
—En este caso fue la trama la que escogió a los personajes. Por lo general es lo que suele ocurrirme. No me planteé escribir la historia de un padre y un hijo, y busqué el modo de envolverlos en una historia atractiva. Fue al revés: quería narrar una historia de pérdidas e incomunicación, con un héroe desganado que fuese tirando del hilo de la trama de un modo casi casual. Una epopeya absurda y obsesiva. Cuando comprendí que la historia debía estar protagonizada por un padre y su hijo confieso que me aterré, ya que no sólo tendría que imaginar lo que supone la muerte de un hijo, sino lo que supone tener un hijo, ya que hasta el momento, que yo sepa, no tengo ninguno. Me lo tomé como un reto, y quizás los comentarios que más me emocionan son aquellos que celebran lo lograda que está esa parte del libro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dos de los mejores narradores andaluces de la actualidad unidos en esta reseña. Enhorabuena, Tormenta.

oscar alonso dijo...

Hola amigos, Coincido no sólo con la "crítica" sino también con el concepto de cuento y escritor de cuentos de este autor con el que he estado a punto de coincidir en varias recogidas de premios ( como el Ciudad de Marbella). El azar ha hecho que, finalmente, no nos conozcamos, pero todo se andará. Un saludo.