lunes, febrero 05, 2007

Las cosas perdidas, Lydia Carreras de Sosa

Ilustraciones de Javier Zabala. Edelvives, Madrid, 2006. 115 pp. 7 €

Ángeles Escudero Bermúdez

Lydia Carreras de Sosa resultó ganadora del XVII premio Ala Delta de literatura infantil con una novela nada usual. Las cosas perdidas es un libro atípico, por ello no quisiera dejar de señalar que el fallo del jurado —compuesto por Manuel L. Alonso, Carmen Blázquez, Carmen Carramiñana, Marina Navarro y Mª José Gómez-Navarro—, fue muy valiente al premiar esta obra, por diversos motivos. No sólo porque la novela tiene localismos y algún giro propio de su país, Argentina, sino principalmente por su temática arriesgada. Las cosas perdidas trata un tema adulto, la cleptomanía, vista a través de los ojos de un niño.
Estanislao, al que todos llaman Tani, se enfrenta de muy mal humor a un cambio de casa. Así comienza la historia, con la mudanza. El niño vive esta decisión adulta como una imposición que no le gusta y como un foco de problemas. Está enfadado y lo demuestra haciendo patente su indiferencia. La autora plasma esta circunstancia a la perfección al hacer que Tani, por dignidad, no sucumba ni siquiera ante las tentadoras pastas de limón, permaneciendo impertérrito pintando en el suelo sin dar su brazo a torcer.
La familia de nuestro protagonista la componen su hermana pequeña Paz, su padre y su madre, y otros dos personajes, esenciales además para la trama: tío Daniel y tía Ana. Nada más arrancar el primer capítulo aparece el conflicto: Tani ve cómo Daniel coge intencionadamente algo, en apariencia sin importancia —una cucharita—. Su mentalidad infantil se resiste a aceptar la evidencia, que su tío está robando, y contemplar cualquier explicación como plausible, incluso llega a creer que es un broma y que en cualquier momento desvelará a todos su intención, cosa que no sucede. A partir de ese suceso y de otros parecidos que se van produciendo en su casa, Estanislao inicia junto con su amigo Paco, una labor detectivesca para aclarar, o más bien demostrar, el origen de las desapariciones. Tani, además, se debate entre la certeza y la incredulidad, y no sabe cómo hacer a sus padres partícipes del problema. La resolución del conflicto se produce de forma inesperada y liberando a Tani de la responsabilidad de ser quien descubra a su tío ante los ojos de todo el mundo.
La novela está narrada por el niño en primera persona. Esto confiere viveza a la acción pero, a la vez, permite que el protagonista de Las cosas perdidas reflexione sobre los acontecimientos y sobre sus propios sentimientos. Tal y como el propio Tani dice en la página veinte del libro:
«Pero yo tengo una voz en mi cabeza que me tiene a raya.»
Esto, además, le da a la narración un punto de vista subjetivo y la reviste de cierto aire intimista poco habitual en la literatura infantil.
El amor también aparece, aunque tarda (página 94), de la mano de Elizabeth, con la que Tani vive esa experiencia única del primer enamoramiento. En Las cosas perdidas, se cuida el tratamiento de valores como la amistad, la lealtad o la familia. Parece importante a estas edades, además de iniciarles en la literatura, que no nos sea indiferente el tratamiento que se le da a ciertos temas. Por eso si se trata de educar en valores, si es que se trata de eso también, no puedo dejar de señalar que olvida uno de vital importancia: la igualdad entre niños y niñas. A lo largo de la novela nos encontramos con situaciones como que mientras los dos niños juegan al balón, las niñas ayudan a la madre a poner la mesa (pág. 19). O en la página 105 en la que mientras la madre recoge y friega los platos, padre e hijo comparten charla y confidencias. A mí, como a muchas personas que trabajan en coeducación me parece importante huir de los roles sexistas de una vez. Aunque debo decir, en honor a la verdad, que yo estoy especialmente sensibilizada con estos temas, y que la novela termina con una cena improvisada que hacen padre e hijo y, aunque les sale horrible, lo que cuenta es la intención.