lunes, mayo 11, 2009

La importancia de las cosas, Marta Rivera de la Cruz

Barcelona, Planeta, 2009. 300 pp. 19,90 €

Carmen Fernández Etreros

Con La importancia de las cosas nos encontramos con una novela que sorprende en la trayectoria de la escritora Marta Rivera de la Cruz (Lugo, 1970). Una novela urbana localizada en Madrid, en el cambiante barrio de Chueca, muy lejos de esa Ribanova gallega imaginaria de infinitivos personajes por la que muchos lectores conocieron a la escritora, gracias a En tiempo de prodigios con la que fue finalista del premio Planeta. En esta novela no sólo sustituye este escenario propio por Madrid, sino que se desliza por el terreno resbaladizo de las vidas cruzadas en una gran ciudad. Para ello la escritora recurre de nuevo a esa técnica de muñecas rusas, de historias dentro unas de otras, el presente anclado en el pasado.
La vida de Mario Menkell, un solitario profesor universitario, reconocido sólo por haber escrito una sola novela hace más de diez años, cambia cuando se tiene que hacer cargo forzosamente de las “cosas” del inquilino de un piso que se ha suicidado. Mario Menkell nunca quiso conocer al inquilino en vida y la relación se estableció por medio de un agente inmobiliario. Mario no quería enredarse conociendo su vida y sus problemas, pero a su muerte el inquilino comienza a complicarle su tranquila existencia:
"Menkell asintió con la cabeza, como intentando comprender la particular afición de su inquilino muerto. Él nunca coleccionaba nada, aunque por supuesto, conocía gente aficionada a los sellos de correos, las monedas antiguas, los cromos infantiles... sí incluso a los posavasos. Un día conoció a un hombre que coleccionaba sobrecitos de azúcar. Pero lo de Fernando Montalvo no tenía nada que ver con aquellos entretenimientos que servían para alegrar las tardes de lluvia...” (pp.41).
Las “cosas” de su inquilino se convierten en algo más que trastos que guardar en cajas y olvidar. El sorprendido profesor se encontrará la casa repleta de múltiples objetos y colecciones como gramolas antiguas, miniaturas, soldados de plomo, porcelanas, abanicos,... Sin embargo esta circunstancia extraña y fortuita le pondrá en bandeja la ocasión de cambiar su átona vida y comenzar de nuevo. Una segunda oportunidad a la que había quizás renunciado por los embates del destino, y que le ayudará a acercarse a Beatriz, otra profesora universitaria, que ama en silencio desde hace años y que se acaba de separar.
Beatriz Millares, otro de esos personajes en cuya vida se han amontonado las decepciones y amarguras, y Mario Menkell revisarán juntos el piso del inquilino muerto y descubrirán una vida diferente de Fernando Montalvo, un amor secreto, una curiosa afición a la música, un pasado misterioso familiar, un secreto vital,...
Los protagonistas se preguntan si importan las cosas (¿Importan?). Esos objetos que a lo largo de la vida acumulamos, esas cosas inútiles que guardamos en algún momento y perviven en nuestras estanterías y armarios. Mario y Beatriz descubrirán en su aventura de pronto la importancia de las cosas:
“... Debería estar preocupada por reconstruir su vida social –herida de muerte tras cinco años al lado de Baldo, que era huraño por naturaleza-, por conocer gente nueva, por tener citas con hombres, y uno o varios amantes. Y, sin embargo, había encontrado una rara satisfacción, un bienestar desconocido, en abrir y cerrar cajones, en guardar y rescatar objetos que no eran suyos, en recolocar en un espacio que le pertenecía sólo a medias todas aquellas cosas que habían sido seleccionadas por alguien a quien ni siquiera ella había llegado a conocer...” (pp.189).
Los dos amigos rebuscarán en los papeles del inquilino, en sus cartas y sus tarjetas de visita, conversarán con aquellos pocos que le conocieron en Madrid, y ese pasado les llevará nada menos que a Italia, a la curiosa Casa Verdi. Un viaje en el que intentarán descubrir la verdadera vida de Fernando Montalvo, y tendrán la oportunidad de vivir esa segunda oportunidad inesperada y posible en el amor y en la vida.
La escritora plantea grandes preocupaciones urbanas como la falta de comunicación en una gran ciudad en la que ni siquiera sabemos quién es nuestro vecino y menos lo que colecciona... Destaca la habilidad de Marta Rivera de la Cruz para armar una compleja trama sin dejar puntadas sin hilo, dosificando lentamente la intriga y para dibujar los rincones de la ciudad y sus cambios a través del tiempo. Además sorprende la ironía con la que retrata el interior de la universidad privada, las idas y venidas de sus miembros, los tejemanejes,... También podemos señalar la particular importancia de personajes secundarios, armazón interno de la vida de los principales, como el anciano director de orquesta Iosto Haupft, los alumnos de profesor Menkell como Pablo Caspe o la vitalista anciana Anna Livia.
La importancia de las cosas es una novela vitalista que guarda entre sus páginas innumerables vidas cruzadas, muchas ilusiones y muchos secretos y al final de sus páginas un regalo en la novela actual.

viernes, mayo 08, 2009

El laberinto español, Gerald Brenan

Trad. J. Cano Ruiz. El Cobre Ediciones, Barcelona, 2009. 496 pp. 29 €

Juan Gómez Espinosa

Este libro es un regalo de Brenan; un regalo honesto, caluroso e intelectualmente intachable para un pueblo que no se lo merece. Brenan, inglesito bien formado y proveniente de la clase burguesa británica, se cogió su herencia y se vino a España, tan lejana anímicamente del ambiente de Bloomsbury. Lo que aquí llevó a cabo fue una intensa labor de campo (y de camastro, como atestigua la existencia de más de un bastardillo alpujarreño), impulsado por el afán de conocer profundamente las entrañas de un pueblo cuyo espíritu explosivo y ardiente lo encandilaban. Brenan se sobrepuso a la sacudida del exotismo, tan neorromántico, y estudió con la eficacia de un cirujano el organismo que tenía ante él: su historia política, su literatura, su sociología, incluso su más íntima psicología. Testigo presencial de la guerra civil, al final de ella no pudo por menos que analizar todos los elementos que propiciaron la tragedia. El resultado fue este Laberinto español, escrito a partir del dolor de comprobar cómo se retorcía todo lo que había amado. Pero el inglés no se deja arrastrar por el lamento patético, ni por la demagogia del que ha olido la descomposición. Al revés; con un estilo claro (que no simple) hilvana el gran tema de la obra: la coherencia de la incoherencia nacional, es decir, cómo el pueblo español se muestra tan celoso de su independencia personal, cómo clama constantemente por su integridad y por su libertad, y cómo se ata, al mismo tiempo, a un sometimiento tras otro, ya sea en la forma de una monarquía, ya de un sistema caciquil, ya de una dictadura, ya de un parlamentarismo ineficaz… Brenan comienza su periplo en la Restauración de 1874, aunque no duda en remitirse a factores todavía más lejanos (sólo cronológicamente). Igual que, de una parte, muestra su encantamiento por el impetuoso carácter de “los nativos”, de otra es incapaz de cegarse, admitiendo una de sus grandes taras: los españoles, antes que a España, pertenecen sobre todo a su ámbito inmediato, y este ámbito puede ser físico (una región, una aldea…) o emocional (un credo, una ideología, un tótem…). El resultado de esta compartimentación nacional es la imposibilidad de una solidaridad total entre sus gentes, incluso en los momentos en que es absolutamente necesaria. Un ejemplo de esto lo encontramos en su análisis de las relaciones entre comunistas y anarcosindicalistas durante la contienda: el intento de aniquilamiento mutuo no hizo más que debilitar la causa republicana, tal vez porque, en el fondo, ambos grupos no la veían como su propia causa. Cabría preguntarse (o no): ¿y Brenan? ¿Dónde se situaba? Sencillamente, en la Justicia, es decir, en contra de cualquier muestra de sometimiento o alienación (caciquismo, antiparlamentarismo democrático, dictaduras varias, autoritarismo tanto liberal como fascista como marxista), es decir, el aquel lugar reservado al dolor. Dolor para el que ha contemplado la posibilidad de elevar la igualdad y la dignidad social, la ha considerado obvia y, finalmente, ha contemplado cómo se hundía en el cieno. En fin, no exagero al decir que este libro debería instalarse en los planes de estudio de cualquier instituto. Perdón, esto último es una soberana idiotez: no nos lo merecemos.

jueves, mayo 07, 2009

Mal de escuela, Daniel Pennac

Trad. Manuel Serrat Crespo. Mondadori, Barcelona, 2008. 253 pp. 21 €

Juan Pablo Heras

A Daniel Pennac lo conocemos sobre todo por Como una novela (1992)¸ que casi desde su publicación se convirtió en un clásico entre aquellos que se han atrevido a escudriñar los arcanos del difícil arte de la animación a la lectura. Como aquél, Mal de escuela es un ensayo puro, un conjunto aparentemente asistemático y espontáneo de reflexiones iluminadoras sustentado en la confesión de experiencias absolutamente personales. Con refrescante desvergüenza, Pennac reproduce, por ejemplo, las conversaciones que tuvo con su hermano cuando este libro era sólo un proyecto, justo el momento en el que decidió que no debía escribir un tratado más sobre la educación, sino un libro sobre el “zoquete”. Antes de definir lo que es un “zoquete” conviene advertir que ésta no es sino una traducción aproximada del francés “cancre”, apelativo que el propio autor juzgó hace poco como intraducible en una jugosa entrevista en la que nos recordaba además que sólo en español es posible hablar de “vergüenza ajena”. Pues bien, ese término, “cancre”, nos trae la imagen de un cangrejo que camina de lado, y cuya extravagancia no por natural deja de asombrarnos todos los días. El zoquete es entonces un alumno que se ve a sí mismo como una hormiguita al que un profesor gigantesco -y obviamente ciego- le obliga a subir y bajar el Everest cincuenta minutos al día.
Pennac ataca la figura del zoquete desde una sucesión de puntos de vista que no son accesibles a todo el mundo y que le otorgan el privilegio del que sabe bien de lo que habla: como novelista que visita a alumnos de todo tipo en encuentros de autor y alumnos, como profesor con décadas de experiencia y, sobre todo, como el zoquete que fue, como el propietario de un desastroso expediente escolar (reproducido en la contracubierta del libro) que hoy nadie esperaría de él, excepto su anciana e incrédula madre, que todavía hoy espera que haga algo con su vida.
Pennac, como buen encantador de serpientes, hace de estos presupuestos un anzuelo infalible. ¡Un pésimo estudiante que suspendía todo convertido en novelista brillante, en profesor de profesores! ¿Tendrá él el secreto que tanto tiempo andábamos buscando? Porque, como él mismo señala, es posible que el gran problema de la educación resida en “el eterno conflicto entre el conocimiento tal como se concibe y la ignorancia tal como se vive”. Sucede que los profesores fuimos casi siembre buenos alumnos, “alumnos golosina” -al menos en la materia que enseñamos-, entusiasmados pronto por aprender y aptos de nacimiento para nuestras asignaturas favoritas, lo que nos impide imaginarnos “sin saber lo que sabemos”. Por eso nos abalanzamos sobre el libro, porque si Pennac, que ahora es de los nuestros, ha transitado por la oscura mente del zoquete, quizá haya traído algo de lo que él fue para enseñárnoslo.
La tesis de Pennac se basa en que el zoquete convierte sus dificultades de aprendizaje en un sentimiento de autoexclusión que se transforma fácilmente en comportamientos disruptivos o, por lo menos, incomprensibles para el profesor que tiene delante. Éste, a su vez, harto de enfrentarse al cotidiano desprecio que por él demuestran padres y chavales, atribuye al alumno una intencionalidad –una indolencia voluntaria- que hace imposible su trabajo. Y aunque se trata de un fenómeno atemporal, con el tiempo la sociedad de consumo en la que vivimos no ha hecho sino exacerbar el problema: ahora el alumno puede recluir el mundo entre los dos auriculares de su ipod, y agotarse en la frustrante constatación de que la escuela es el único lugar del mundo en el que se le exige trabajar para conseguir unos beneficios que, por otro lado, son mucho menos deseables de los que consigue cada día en el centro comercial. ¿Cómo hacer comprender a un joven vestido con marcas fascinantes desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie que en la escuela “no se satisfacen deseos superficiales por medio de regalos, se satisfacen necesidades fundamentales por medio de obligaciones”?
Al igual que Como una novela, Mal de escuela se lee con sumo placer, no sólo porque el autor posee el don de la amenidad, sino porque nos pone en la pista de una fórmula secreta que ansiamos conocer, ya seamos profesores con ganas de hacer bien nuestro trabajo, o ciudadanos con deseos de resolver el gran problema social de la educación. Y leemos y leemos en busca de una solución, y poco a poco nos damos cuenta con pesar de que no a todos los alumnos se les puede encargar que escriban una novela, como hizo aquel profesor de literatura que sin saberlo convirtió a ese zoquete Pennacchioni en el escritor Pennac, así como tampoco la aplicación del famoso decálogo de derechos de los lectores con el que termina Como una novela basta para crear legiones de lectores. No, no es suficiente y a veces no es lo adecuado. La respuesta está en otro lado, y seguro que no es tan simple. Pennac, finalmente, no nos da la llave. O sí.
Si quieren ustedes saberlo, háganse con el libro. No seré yo quien les reviente el final.
Un consejo: léanlo en la lengua original (el título es Chagrin d’École) todos los que puedan permitírselo. Aunque la traducción del afamado Manuel Serrat Crespo es excelente y supera bastantes escollos (sin ir más lejos, intuyo que la de “cancre” por “zoquete” resulta acertada), cuando lean este libro se darán cuenta de que el brujo Pennac, sin avisar, nos está dando una clase de lengua. De lengua francesa. Y sospecho que no apuramos del todo tan dulce bebedizo los que llegamos a él a través de un filtro.

miércoles, mayo 06, 2009

La soledad de los ventrílocuos, Matías Candeira

Tropo Editores, Zaragoza, 2009. 178 pp. 15 €

Miguel Sanfeliu

Matías Candeira es un joven autor madrileño que ha ganado diversos concursos literarios y participado en libros colectivos como Parábola de los talentos, Relatos en cadena, Antología de novísima narrativa breve hispanoamericana o Noche de relatos. La soledad de los ventrílocuos es su primer libro en solitario. Se trata de un conjunto de relatos que ha merecido el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa 2007.
Los relatos de Matías Candeira se caracterizan por la extrañeza que causan en el lector. Nos sumergen en una realidad distorsionada, como si de pronto transitáramos por un mundo sin reglas, en el que todo es posible, en el que lo fantástico y lo real conviven con normalidad. Sus historias retuercen lo verosímil y nos enfrentan a nuestro lugar en el mundo, nos transmiten el miedo o la inseguridad, pero nadie parece preguntarse sobre la normalidad de lo que encuentra. Así ocurre con ese cartero que se interna en un edificio sin luz, lleno de plantas y goteras, laberinto extraño habitado por seres recluidos no se sabe por qué, en el relato La segunda vida, uno de los más extensos y en el que nos da, quizá, la clave para mirar este mundo; de la misma forma que lo haría alguien que descubre, en uno de sus cajones, esa señal meridiana que indica la existencia de un mundo que se ha perdido: una lanza jíbara detrás del sofá, una bola de pelo azul prendida en la cortina, ese pequeño farol que, muy lejos, parece que se enciende y se apaga bajo la cama, en los márgenes de un universo con otro.
El viaje es duro e incluye paisajes lovecraftianos, seres inverosímiles, lugares donde la lógica se rompe, dejando paso a escenas surrealistas, a espacios deformes que parecen éste sin serlo.
Una nevera que se muere, un bombardeo de flores, un monarca juguetón, un agujero que canta boleros en la barriga de una mujer, un vendedor de cabezas reducidas, un hombre que pasa las horas sumergido en un barreño… Y también, claro, esa marioneta que decide cortar sus ataduras, tomar las riendas sobre su existencia, eludir al aciago demiurgo que rige sus destinos.
El estilo cuidado de Matías Candeira consigue que nos involucremos en la historia y aceptemos con normalidad lo que allí ocurre, la galería de personajes que nos propone. El ritmo de su prosa nos transporta a mundos en los que todo es posible, donde las cosas se desenfocan y parecen mostrarse a través de un cristal que deforma su contorno, y que sin embargo nos hablan de asuntos muy cercanos que se encuentran en nuestro interior.
Quiero destacar el fino humor de Candeira, que salpica sus relatos con un tono desenfadado, ligeramente burlón en algunos momentos, que resulta muy efectivo. Pero, sobre todo, la ternura con la que trata a sus personajes. Es el aspecto que más me ha llamado la atención; en esos escenarios deformados y alucinantes, lo que encontramos es una mirada compasiva hacia los demás.
En resumen: La soledad de los ventrílocuos es un libro muy personal, la carta de presentación de un escritor solvente que deja claro que tiene muchas cosas que contar.

martes, mayo 05, 2009

Tantas maneras de empezar, Jon McGregor

Trad. Eduardo Iriarte Goñi. Salamandra, Barcelona, 2009. 384 pp. 17,50 €

Carmen Fernández Etreros

La última novela de Jon McGregor, Tantas maneras de empezar es un constante viaje al territorio de los recuerdos y la memoria. Un relato centrado en la importancia que los vínculos familiares de sangre pueden tener en la vida de individuo. ¿Cuánto heredamos de la melancolía y de la forma de enfrentar los problemas que hemos vivido en nuestra familias, y cuánto debemos a nuestra propia identidad?
El escritor Jon McGregor (Bermuda, 1976), en esta segunda novela después de la aclamada Si nadie habla de las cosas que importan (Salamandra, 2004) vuelve a ese tono intimista y personal. Un estilo que le valió el reconocimiento con su nominación para el Premio Booker en 2002.
Dos jóvenes, David Carter y Eleanor, se conocen se casualidad y se enamoran. Tiempo después en la ciudad de Coventry, ya casados, se esfuerzan por mantener a flote su matrimonio que ha sido vapuleado por el tiempo, las decepciones, el trabajo y la enfermedad. A David le gustaría que su mujer fuera aún la ilusionada joven escocesa que en su día lo deslumbró y no una mujer deprimida y cansada; que su trabajo como conservador en el museo de su ciudad estuviera a la altura de lo que le auguraban sus primeros años ilusionados,... Sin embargo el recuerdo de unas palabras pronunciadas por Julia, una amiga de su madre, anciana y enferma, acaban por sumir a David en el más hondo desasosiego y angustia, convencido de que toda su vida ha sido construida en torno a una mentira.:

"Pero él mantuvo la cara vuelta hacia la ventanilla y no dijo ni palabra., sin ver nada, oyendo sólo la voz de Julia, fragmentos de la música repitiéndose una y otra vez.
No hemos vuelto a ver a esa pobre chica.
Tendrás que quedarte con la criatura.
Desapareció de la faz de la tierra.
¿He dicho alguna inconveniencia?" (pp. 40)

En los años cuarenta, Mary, una joven de diecisiete años de las deprimidas zonas rurales de Irlanda, partió hacia Londres para trabajar como criada. Por circunstancias no deseadas Mary quedó embarazada, tuvo un hijo y se lo dejó a unas enfermeras voluntarias en un hospital. Ese niño para su sorpresa era él David Carter o como ahora tuviese que llamarse.
La vida pasada de David se convierte en una gran incógnita y preocupación que le impide vivir su presente. El protagonista inicia una búsqueda constante de su familia verdadera y se embarca en la cuidadosa recolección de pequeños fragmentos de la historia familiar —cartas, fotografías y viejos artefactos—, convencido de que la reconstrucción de su pasado arrojará luz sobre el presente y sobre su identidad.
Es interesante observar como esa búsqueda afecta colateralmente al personaje de Eleanor, su esposa, que desde su boda ha roto bruscamente cualquier relación con su madre y con su familia y como también la negación de su pasado la conducirá a un desasosiego diferente al de David pero quizás a un vacío vital insondable.
Una búsqueda difícil y constante que apartará a David Carter de su gratificante trabajo, de su mujer y su hija, de Dorothy que ejerció tantos años como madre,... La mentira y la verdad en un juego constante de importancia y valor. En suma un relato intimista y en el que el lector se implica en esa búsqueda de la identidad del protagonista en cada de sus páginas. Un libro para sumirse y reflexionar sobre la importancia y los condicionamientos de esa identidad persona y valorar el presente.

lunes, mayo 04, 2009

Esto que ves es un rostro, Lolita Bosch

Sexto piso, Madrid, 2009. 64 pp. 10 €

Ignacio Sanz

La muerte, esta novela corta e intensa es un discurso circular y delirante sobre la muerte, mejor, frente a la muerte, una melopea en tres capítulos en los que la voz de la narradora, que uno sospecha alter ego de la autora, nos va contando algunos de sus fantasmas infantiles, de sus miedos más recónditos, de sus historias más arraigadas como si estuviera ante el diván del psicoanalista, en un estilo arrollador que prácticamente ignora los puntos y apartes, como si se tratara de la trascripción de un sueño que le llegara torrencial e indomeñable.
Mamá, papá, una hermana, un hermano, una abuela paterna, una casa de verano, una habitación con dos camas y el relato de unas ensoñaciones que se nutren de imágenes entrevistas en medio de una niebla cuya espesura la otorga el tiempo.
«...es problable que hubieras aprendido a reconocer la única boca que decía lo único que siempre has querido escuchar pero tu padre murió anoche tu padre murió anoche y ahora sabes que nunca te va a decir nada y que vas a morir tú también sin haberlo escuchado hablar de todo esto, jamás, y tal vez si hubiese hablado te hubiera dicho que no dudaras con forma de embudo pero no dijo nada y esta es la infinita tristeza que te impediría hablar a ti también de ahí ese miedo a acudir a su entierro con esa nube vestida de blanco y azul que evidentemente no ha pretendido entender nada. Ni una sola palabra.»
He trascrito este largo párrafo que pone fin a la novela porque alumbra cabalmente ese espíritu torrentudo que utiliza la narradora como una forma de redención. La palabra como bálsamo, una palabra que se nutre de la música del propio discurso, en un guiño constante a Faulkner, a quien se homenajea con una cita previa extraída de Luz de agosto.
A veces el lector tiene la sensación de que su autora ha escrito la novela bajo unos efectos parecidos a los que debe experimentar un boxeador tras combatir y quedar noqueado.
Junto al discurso delirante, la autora introduce tres textos, uno por cada capítulo, en los que trata de acercarnos al rostro del desconocido y que están escritos bajo un prisma surreal y sirven de contrapunto a la voz dominante. Estos textos, saturados de imágenes deslumbrantes, conforman un precioso contrapunto poético.
En una nota inicial se nos dice que con esta novela corta, la primera de su autora, escrita originalmente en catalán, consiguió el Premio de Experimentación literaria de Omnium Cultural en el año 2004.
Lejos de cualquier convencionalismo narrativo, esta novelita, deja en el lector una sensación de atrevimiento estético y de afán de dominio que invitan a adentrarse en otros trabajos de una autora tan singular que no sólo no oculta su dolor sino que nos lo muestra de forma perturbadora.

viernes, mayo 01, 2009

Gran Historia. Del big bang a nuestros días. Cynthia Stokes Brown

Trad. Pedro Tena. Alba, Barcelona, 2009. 475 pp. 28 €

Julián Díez

Por alguna conversación con amigos y conocidos, parece que no soy la única persona que se siente interesada por la historia y que tiene la sensación de estar quedándose obsoleto por momentos. La mayor parte de las revistas del sector parecen bien demasiado superficiales, bien excesivamente especializadas; no hay un reflejo apenas en los medios de comunicación generales. Y cuando aparece un tema en televisión, generalmente resulta difícil discernir si la última novedad se trata de una macgufada, o de un descubrimiento de auténtico relieve.
El concepto de Gran Historia sirve para encajar bastantes de las novedades que pueden habernos pasado inadvertidas. La idea, lanzada por David Christian y que la profesora Stokes Brown convierte aquí en un libro divulgativo pero de aspiraciones totalizadoras, es la de reflejar en escala todo lo ocurrido desde el arranque del universo hasta hoy, con una perspectiva global, y utilizando avances en disciplinas como la geología, la ecología o la biología evolutiva para la interpretación de la historia humana.
El empeño no acaba de reflejarse por completo en el volumen, que dedica la mitad de sus páginas a la Era Cristiana, pero sí abre el apetito por buscar más información sobre el tema, y aporta datos de interés en diferentes campos. Así, mientras la información sobre Europa Occidental parecerá a muchos lectores superficial y acelerada, se dedican muchas páginas a las culturas orientales, africanas y americanas, con aspectos innovadores y que realmente contextualizan nuestro conocimiento estándar europeo de la historia.
En el debe del volumen, precisamente, están los excesos en la apreciación de cuestiones que parecen menores en el contexto de ese gran propósito; que la especulación sobre las posibles vías de expansión del boniato por Micronesia ocupen –literalmente- el doble de líneas que la I Guerra Mundial resulta una decisión un tanto excéntrica, y refuerza la sensación de que la autora se ha dejado llevar en bastantes momentos por sus entusiasmos, que obviamente están del lado de un sector de la historiografía que considera la era de los cazadores-recolectores como una cierta Arcadia feliz, y la civilización –concepto que incluso cuestiona- como una evolución sin demasiado rumbo.
Sin embargo, precisamente esa heterodoxia es la que trufa de datos novedosos –al menos para un lego como yo- el libro, que por lo demás se lee con agrado por el buen pulso de su autora y su capacidad para contagiar la fascinación que obviamente siente por ciertos hechos y periodos.

jueves, abril 30, 2009

Ayer, Agota Kristof

Trad. Ana Herrera Ferrer. El Aleph, Barcelona, 2009. 112 pp. 14,95 €

Miguel Baquero

He leído Ayer, la última novela de la escritora húngara Agota Kristof publicada en España, durante estas pequeñas vacaciones de Semana Santa en un hotel rural, uno de esos pequeños lujos que aún nos puede regalar esta agónica Sociedad del Bienestar. La novela de Kristof narra (o mejor, describe, porque en un principio apenas sucede nada en ella) la vida de Sandor Lester, un emigrante empleado en una cadena de montaje y que día a día se ve obligado a levantarse a la misma hora, tomar el mismo desayuno, subir al mismo autobús y perforar, con el mismo movimiento, la pieza de un engranaje. Asimismo, todos los fines de semana recurre al mismo ocio, a iguales desahogos. Esta situación monótona, eterna, esta condena de Sísifo ha situado a Sandor al borde de la locura…
El planteamiento, sentado en la terraza, leyendo al cálido sol de primavera, me parece un tanto excesivo. El personaje de Sandor no tiene cargas familiares, nada le obliga a seguir esclavizado a esa rutina, no hay nada que le impida romper con la eterna cadena. Y, sin embargo, no hace nada por escapar. La cosa, en un primer momento, me resulta ilógica, pero luego caigo en la cuenta de que allí a dos días yo mismo tenía que coger el coche e integrarme en la caravana, en el lento desfile para volver a la ciudad y, como todos, reincorporarnos a la oficina, a la barra, al volante, a la cadena. Y que no falte, rezamos, cuando quizás –nunca nos hemos parado a pensarlo- no hubo en su día razón alguna de peso para que ingresáramos en esa dinámica. O, mejor dicho, en esa falta de dinámica.
«En la tierra no hay más que la cosecha, la espera insoportable, el silencio indecible». Pese a todo, Sandor (como todos, imagino) soporta esa grisura en la confianza de que algún día sucederá algo que la haga cambiar. En la esperanza de que un día aparecerá Line, la mujer con la que sueña, la oportunidad que hará que todo se revolucione. Y un día, en efecto, aparece Line y trastorna su vida. Pero no en el sentido que él esperaba, no es aquélla irrupción clásica de la literatura gracias a la cual el protagonista encuentra un sentido a su existencia y se salva. La llegada de Line remueve el pasado del protagonista, desata los fantasmas que ocultaba, le pone frente a su verdad y desencadena el cambio.
En términos literarios, la llegada de Line da comienzo a la acción y esta toma muy pronto visos de melodrama (amores turbios, asesinatos, secretos del pasado, incluso relaciones incestuosas) pero no es uno de esos viejos melodramas en los que, si no se ve al fondo una luz, al menor la truculencia de los hechos sirve de entretenimiento y de consuelo. Muy al contrario, el melodrama que se desata en Ayer pronto se advierte que no tiene solución, ni sentido, y que condena aún más al protagonista al desastre. Los hechos no avanzan hacia una conclusión: se precipitan hacia la cotidianidad.
Mucho se ha escrito del estilo de Agota Kristof desde que surgió su primera novela, El gran cuaderno, en 1987, cuando la autora, refugiada en Suiza, contaba con más de cincuenta años. Es un estilo seco, sin concesiones, sin adjetivos; diálogos tajantes, reacciones directas y sin enmascarar. Una «prosa descarnada», dicen algunos críticos, «No hay sentimientos, no hay opiniones. Hay hechos. Narrativa objetual: no sé si la mejor, pero desde luego una de las cimas de esa cordillera inacabable que es el estilo», dice en su blog el Lector mal-herido (he aquí una referencia para quien guste así mismo de la crítica acerada y concreta). Kristof me recuerda en muchos aspectos a ese otro gran escritor que es John Berger y sus historias crudas y desnudas sobre ese mundo campesino que ha perdido su sentido ante el ruido atronador de la máquina. Los últimos restos del campo, o, en el caso de Kristof, la gente de Europa del Este que se encuentra de pronto con la esencia desnaturalizada de Occidente y la febril producción industrial en que se sustenta todo.
Una autora, en fin, recomendable y un libro inquietante, y por eso mismo literatura de gran nivel. Acabo de leer Ayer y dejo la novela entre las que el hotel rural tiene en sus estanterías para los clientes. Quizás un día un huésped desprevenido dé con ella y le sacuda de igual manera este extraño sentimiento de indefensión.

miércoles, abril 29, 2009

El secreto del oso hormiguero, Beatriz Osés

Ilustraciones de Miguel Ángel Díez. Factoria K de Libros, Vigo, 2009. 64 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Si existe una hora mágica para el niño, ésa hora es la de meterse en la cama y esperar que el sueño le venza, mientras navega por regiones misteriosas. Para facilitar las cosas en ese tránsito, los adultos buscan auxilio en los cuentos. De este modo entran en un estado de ensoñación que les endulza la despedida del día. Pues bien, El secreto del oso hormiguero, libro de poesía infantil compuesto por 31 poemas, todos relacionados con animales, a veces reales y en ocasiones imaginarios como las azofaifas o los gamusinos, trata de ese momento mágico en el que los niños se despiden del día.
Este es uno de los aciertos innegables del libro, la elección de ese momento que da a cada poema un mismo punto de partida, además de adentrarse en lo que podríamos llamar la “sicología” de cada animal, sus anhelos y sus sueños.
Beatriz Osés maneja con soltura la poesía, una poesía de apariencia sencilla, pegadiza, de rimas asonantes y ritmo de canción de comba. A veces, en breves poemas, apenas un escorzo, nos cuenta una historia que remarca las características conocidas del animal en cuestión:
Para muestra, un botón:

El problema de los caracoles

Mientras se lavan los cuernos
y se ponen el pijama,
se les hace ya de día
y no han llegado a la cama.

Abunda el humor y la ternura, así como cierta imaginación disparatada. No faltan tampoco los juegos de palabras que tratan de romper con la lógica del lenguaje y remarcan la condición de estos poemas-juguetes que nos propone la autora.
Con estos méritos Beatriz Osés se hizo acreedora del primer premio de poesía para niños y niñas Ciudad de Orihuela, el mejor dotado de cuantos se convocan en España en este género.
Las magníficas ilustraciones de Miguel Ángel Díez vienen a reforzar la fuerza expresiva de los poemas con su colorismo tenue y su fantasía controlada.
En definitiva, estamos ante un libro que viene a cumplir a la perfección la tarea de endulzar los sueños y a reforzar esa relación cargada de simbolismo que el propio niño establece con los animales

martes, abril 28, 2009

Un tiempo libre, Juan Marqués

Comares, Granada, 2009. 64 pp. 9 €.

Sofía Castañón

Usted espera que le recomendemos un libro aunque yo más bien le aconsejaría buscar un buen quitamanchas. Porque igual que está claro que el libro caerá en sus manos, tenga también presente que el mero hecho de pasar por sus hojas le dejará restos en el cuerpo, en la ropa, quizás por entre el pelo. Eso sí, no se equivoque, este es un libro limpio, aunque manche.
Si está intrigado (y no tanto por la poesía —que ya sabemos que no mueve masas, una pena— como por la atracción hacia hechos irresolubles) debe saber que en Un tiempo libre la luz lo inunda todo. Al abrir las páginas, entre tímidas canciones o coplas, entre dosis de verdades esenciales y honestas o escenas sencillas y eternas, se siente ese abrazo reconfortante que nos dan los días de sol, que mientras paseamos o dejamos que la vida se mueva desde un banco o la antojana de casa nos hace sentir queridos, con el mismo rubor en las mejillas que queda cuando alguien nos sonríe. Podría decirles que no hay más que eso, y no despeinarme.
Pero este es el trabajo de un poeta joven, y los jóvenes lo son, en gran medida, porque viven, buscan y entienden que es necesario el exceso. Que para paliar la gripe de la juventud hay que decir que se ha vivido, que se ha estado en el mundo y en los bares más que nadie. Que se ha llorado mucho, bebido mucho, odiado mucho, amado muchísimo. Puede decirse que es energía, pero acaba por mutar en una potencia que «sin control no sirve de nada». Este no es el anuncio para el poemario de Juan Marqués. Como apunta el también escritor zaragozano Julio José Ordovás, no se trara de un libro sucio: no hay vómitos, no hay ceniza ni restos desprovistos de cualquier belleza. Eso no quita para que Marqués se emborrache. Lo que ocurre es que su borrachera es de luz, de vida. Y no piensen que esta es más aséptica. Al contrario, la resaca que deja es mucho más duradera y difícil de llevar.
Así que no se sorprenda si al leer estos poemas les quedan las huellas de «los perros del jardín atravesando/ los dientes de la luz», el olor del laurel en septiembre, los raíles de los trenes o la mina de los lápices. No se sorprenda al encontrar que un libro tan limpio, tan provisto de pureza, le deja un borrón o una mancha. Hay cosas que, de tan buenas, también se quedan sobre la piel o la ropa.
Como solución, y sin tener este quitamanchas aún patentado, uno puede salir a la calle y pasar esta resaca, la que deja Un tiempo libre, a pelo: sin el combinado de neobrufén y zumos, sin gafas de sol. Dicen que es bueno beber al día siguiente lo que provocó la borrachera. Es probable que con la luz, las manchas se vayan quedando en nosotros. Eso que al final acaba por hacer la buena poesía.

lunes, abril 27, 2009

Eres bella y brutal, Rebeca Tabales

XIII Premio Ateneo Joven de Sevilla. Algaida, Sevilla, 2008. 480 pp. 22 €

Inés Matute

No podría yo estar más de acuerdo con el escritor David Torres, quien, en la presentación madrileña de Eres bella y brutal, dijo que se trata de «la novela más impolíticamente correcta del año», ya que, entre otras cosas, penetra en el tortuoso y oscuro mundo de dos hermanos, una monja y un fraile, que a su manera se creen capaces de cambiar el estado de las cosas; una desde el interior de la Iglesia, y el otro metido de lleno en la guerra de Ruanda. En la charla de presentación se emparentó esta primera novela de Rebeca Tabales, una joven psicológa especializada en neurolingüística, con El Corazón de las Tinieblas, de Conrad, no ya sólo por los escenarios africanos, magníficamente descritos y documentados, sino por tratarse de una incursión en el horror del alma humana. Emparentada o no, considero que la verdadera protagonista de esta historia, galardonada con el premio Ateneo Joven 2008, es una niña de trece años que asiste a un colegio de monjas y que sufre la violencia de las compañeras simplemente por ser fea. Aquí podría yo decir «poco agraciada físicamente», pero no me gustan los eufemismos. Crecí en un colegio de monjas, como nuestra pequeña protagonista, y sé que en ese mundo hermético, católico y por lo tanto regido por sus propias normas, absolutamente polarizado, donde las cosas son blancas o son negras, hay alumnas guapas y alumnas feas, listas y tontas, hábiles y torpes, concentrándose toda la “Gracia” en la figura de María, cuyo “mes” por excelencia, trufado de celebraciones y patosas coreografías en el patio, era mayo. Esa niña fea considera que el mundo es el enemigo a batir y, a pesar de su enorme inteligencia sufre por su aspecto, convirtiéndose de un día para otro en torturadora de la beldad oficial del curso, a la que no dudará en secuestrar y esconder en el cuarto de calderas. Hasta aquí, podríamos pensar que nos encontramos ante una novela de rabietas infantiles e inquinas previsibles, cosa que no ocurre por diversos motivos, siendo el más importante la originalidad y la extraordinaria madurez narrativa de la que la autora hace gala. Pero, ¿qué relación guarda esta niña con la monja y el sacerdote que está en Ruanda? ¿Cómo consigue Rebeca Tabales convertir esta historia en apariencia simple en un sugerente argumento triangular? La sinopsis que nos ofrece Algaida no deja lugar a dudas:
«Una estudiante de trece años que se considera a sí misma genial y maltratada por el azar, envía a su profesora de literatura, única a quien considera digna de leerlo, el esbozo de su gran proyecto: una enciclopedia en primera persona. Así, la hermana Teo, monja estricta, sufrida, demonofóbica y con reprimidas inclinaciones detectivescas, será testigo de la particular experiencia que su alumna anónima tiene de las palabras: agua, belleza, caballo, padre, revelación… y de la confesión de un falso crimen que oculta otro verdadero. Al mismo tiempo, en Ruanda, la próspera y pequeña misión de unos frailes en Kigali es sorprendida por la guerra. Para Mateo, el lugar que ama y el proyecto al que ha dedicado su vida dejan de ser un sueño donde refugiarse del pasado. Ahora debe escoger entre poner en riesgo su vida o regresar a España, donde le esperan su hermana Teo y el fantasma de su infancia, más aterrador que la propia muerte. Eres bella y brutal cuenta la historia de tres personajes grises y heridos, que no se pierden en un descenso a los infiernos, sino en el empeño de escalar hacia a luz».
«Un descenso a los infiernos» es una expresión que nos seduce, que aparece frecuentemente en las carátulas de los DVD y también en las contraportadas de los libros. Un descenso a los infiernos no es otra cosa que el encuentro con un personaje que es afortunado, feliz o simplemente “normal” y que, a poco que rasquemos, nos mostrará un alma envenenada, un abanico de miserias que van conquistando su voluntad y dominando sus actos. No nos engañemos: las historias con demonios privados suelen ser historias que, si se cuentan bien, nos entusiasman. En el caso de esta novela, el descenso a los infiernos se da a la inversa, pues tanto la monja como el cura o la niña, sienten la corrupción —lo brutal— tremendamente cerca, y quieren huir de ella buscando bien la redención, bien la belleza. Con todo, no es esta una novela moral, pues aunque los protagonistas se planteen cuestiones éticas, chocan contra un muro de debilidades y contradicciones. Eso sí: su vida espiritual les permite hacerse preguntas que la mayoría de nosotros evitamos.
Sin desvelar qué ocurre con la niña que es arrastrada al cuarto de las calderas, y sin explicar cómo cada uno de los personajes refleja y a la vez deforma a los otros, sí me gustaría destacar algunas definiciones del diccionario que la protagonista elabora a partir de sus propias vivencias. La palabra “belleza”, en su micromundo pedante y egocéntrico, da lugar a profundas reflexiones sobre todos los tipos de belleza posible, regalándonos imágenes tan sutiles como enigmáticas:
«La belleza A es una belleza limpia, rosa, decente. Su hora del día es la mañana, su sabor el dulce, que gusta a los recién nacidos. La primera belleza que se puede reconocer, apta para menores, franca. Puede empalagar, pero nunca miente; ya avisaba desde el principio de su dulzor aburrido. Es la belleza de los cachorros, las flores abiertas, los campos a la luz del mediodía, el olor de la colonia, la bailarina dando vueltas en su cajita de música» (...) «La belleza E es la belleza que sólo algunos ojos pueden detectar. Pasada de moda o futurista. Demasiado cotidiana o demasiado exótica para ser reconocida en un primer golpe de vista. Es una belleza que se infiltra en la voluntad secretamente» (...) «La belleza I es la belleza de lo llamativo. Pavos reales, monos albinos, tartas de boda y adornos tribales. Su sabor es el picante. Es una belleza difícil de ignorar por los sentidos, pero el corazón previene contra ella» (...) «La belleza O es la que guarda un misterio. Hay que mirarla con unos ojos que están en las tripas. Hay que hacer un pacto con los sentidos. Es la belleza de la contradicción. El murciélago, animal del aire y de lo subterráneo, ciego, como Plutón. La serpiente, unas veces el mal, otras, la sabiduría; símbolo de la medicina y la curación» (...) «La belleza U es la que por hábito o piedad se encuentra en lo mediocre o en lo sencillamente feo. Todo objeto compite por el amor de los ojos del mundo, y cada uno tiene su recurso. Los objetos con belleza A, su luz, los objetos con belleza E, su sombra. Los I, su estrépito. Los O, su resistencia. Hay otros objetos que no luchan, sino que piden auxilio. Los perros salchicha, con sus grandes ojos. Los niños pobres, con sus grandes ojos, el tío feo a quien no quiere nadie, con sus grandes ojos. Las causas perdidas».
Las causas perdidas. Demasiadas, sin discusión posible. Pero no por ello renunciamos a luchar, a reivindicar, a esperar un milagro. Eso, al menos, es que lo buscan los personajes de Rebeca Tabales, unos seres grises y heridos: que las cosas cambien, que no sean lo que parecen. Un lujo de novela a la que apetece volver una y otra vez.

viernes, abril 24, 2009

El Padrino, Mario Puzo

Trad. Ángel Arnau Casas. Ediciones B, Barcelona, 2009. 477 pp. 20 €

Recaredo Veredas

Las peripecias de Vito Corleone y su desventurada prole no pueden separarse de los rostros de un maduro Marlon Brando y de un gélido Al Pacino. La trilogía ha devorado totalmente a la novela. No ha dejado ni los huesos. La obra que nos ocupa gozó de un tremendo éxito en el momento de su publicación. Luego fue totalmente desplazada, tanto que estaba fuera de catálogo antes de la actual reedición. Irremediablemente el lector no establece la comparación de la novela con la versión —como sí ocurre con Guerra y Paz, El Gatopardo o A Sangre Fría— sino al contrario.
El padrino es una obra magnífica e imperfecta. Puzo posee un consumado oficio y es capaz de manejar cientos de personajes y decenas de subtramas sin perder en ningún momento el control, sin dejar de emplazar a los personajes exactamente donde quiere y para lo que desea. Es un gran artesano, que posee arrebatos de genio. Entre las muestras de maestría destaca su capacidad para crear un mundo propio, regido por un código muy distinto al de los vulgares ciudadanos, unas leyes ágrafas que derrumban la omnipotencia y la presunción de inocencia del estado de derecho. La imperfección aparece en el tramo intermedio donde zonas apasionantes de la historia -el crecimiento del negocio durante la época que rodea a la segunda guerra mundial y la reveladora actitud de los Corleone frente al conflicto- están narradas con demasiada rapidez, parecen cercanas a la sinopsis sin que existan causas claras que lo justifiquen.
El planeta edificado por Puzo está regido por el Don, un personaje situado en los límites de la divinidad y la omnisciencia, protegido por una meticulosa red de pasos intermedios que imposibilitan su roce con los tribunales o la policía. Es un protagonista parco en matices, porque no los necesita. El mundo que ha creado los tiene por él. Su debilidad más destacada es su afición por Johnny Fontane, ese cantante arruinado, trasunto de Frank Sinatra. Por lo demás es una pieza de acero, llena de grietas, pero de interior macizo.
La mirada sobre el mundo de los Corleone es una traslación lógica de la lúcida filosofía siciliana, magistralmente expuesta en El Gatopardo o en El Breviario de los Políticos de Mazarino (que también tenía orígenes sicilianos). El estado nunca cuidará por sus ciudadanos. Es, únicamente, una plataforma que permite el enriquecimiento de los políticos, de los privilegiados y los arribistas. Quien no sitúe a su familia en alguno de esos escalafones, aunque sea a costa de su propia vida, será un esclavo hasta su muerte. Así lo afirma la cita de Balzac que abre el libro: «Detrás de cada gran fortuna hay un crimen». Y así lo constata el propio Puzo, escondido bajo los pensamientos del Don: «De pronto comprendió las mil oportunidades que para un hombre de su talento existían en aquel otro mundo, que antes había estado cerrado para él, como lo seguiría estando para todos los hombres honrados». Nos encontramos frente al mundo trazado por Hobbes sin otro Leviatán que uno mismo y su prolongación familiar. Todo está permitido y todo se perdona siempre que la causa del desmán sean los negocios, adquirir una mejor posición que permita la protección de la familia, incluso la muerte de un hijo. El peor delito es la colaboración con el estado: no en vano, el mayor enfado del Don ocurre cuando su hijo Michael decide alistarse al ejército: servir a los intereses de otros. Así contempla la Segunda Guerra Mundial: «El mundo era un oasis de paz para todos los que habían jurado fidelidad a su persona, mientras para otros muchos que creían en la ley y el orden era un infierno donde se moría como una rata». Su omnipotencia se define en una de las primeras escenas, omitida en la versión cinematográfica, en la que El Don se despide de su viejo consiglieri, enfermo terminal de cáncer, quien le solicita que medie ante Dios, porque sólo él puede evitar la condena eterna que le aguarda por sus imperdonables pecados. Son sus hijos, finalmente, quienes pagan las consecuencias de su temeridad: Sonny con la muerte, Fredo con la estupidez y Michael con la caída en el infierno. Sin duda este último es el gran personaje de la novela, como también lo es de las tres películas. La causa reside en el crecimiento: Michael evoluciona, de forma a la vez compleja y comprensible. El lector asiste a su descenso al horror con plena conciencia de su inevitabilidad. Es un auténtico personaje de tragedia griega, que debe afrontar un mundo mucho más cruel que el vivido por su padre (Algo debe cambiar para que todo continúe igual, afirmaba Lampedusa). Un mundo que ya no respeta las férreas tradiciones sicilianas, que deben combinarse con el feroz capitalismo de Wall Street, formando un cóctel que, irremediablemente, aboca a la perdición, a un nihilismo brutal e irremediable, una vez destruido el vínculo con el código de honor siciliano. No en vano la novela se cierra con los rezos de su esposa por la irremisible pérdida de su alma.
¿Cuál es la opinión de Puzo sobre los desmanes de sus personajes? Tal vez ahí resida el aspecto más revolucionario de esta obra. Como en la versión cinematográfica, oscila entre el repudio y una velada admiración. Al menos poseen una mirada sobre el mundo propia y actúan en consecuencia. Nos encontramos frente a una novela que ha mantenido su capacidad reveladora. Un oscuro manual de autoayuda, cuyas enseñanzas permanecen vigentes cuarenta años después de su escritura.

jueves, abril 23, 2009

Sólo un muerto más, Ramiro Pinilla

Tusquets, Barcelona,2009. 274 pp, 18.29 €

Salvador Gutiérrez Solís

Si Ramiro Pinilla hubiera trazado una trayectoria literaria “normal”, no me cabe duda de que ahora nos encontraríamos ante uno de los grandes autores en lengua española. Es más, y acogiéndonos a que lo “bueno” y lo “tardío” no casan mal en el refranero popular, a pesar de no haber trazado una trayectoria literaria “normal”, no me cabe duda de que nos encontramos ante uno de los grandes autores en lengua española.
Tras treinta años “apartado” de las grandes editoriales, tras haber ganado el Premio Nadal y el Premio Nacional de la Crítica con su primera novela, Las ciegas hormigas, Ramiro Pinilla ocupó su hueco en el escaparate de la actualidad regalándonos una trilogía tan épica como inmensa titulada Verdes Valles, Colinas rojas, con la que volvió a conquistar los galardones nacionales más prestigiosos.
Debo reconocer que he conocido a Pinilla en su regreso, y también he de reconocer que desde entonces busco su obra, presente y pasada, que saboreo como un raro y exquisito manjar. Antonio B. el Ruso se sitúa en ese presente y pasado que parece coexistir armoniosamente en este autor vasco, que, desde su vuelta, demuestra una vitalidad y fecundidad inusual, muy especialmente si comprobamos su fecha de nacimiento.
Como en Verdes Valles, Colinas Rojas, Ramiro Pinilla acude a su argumentarlo social, sentimental y/o geográfico en Sólo un muerto más. Y no sólo eso, en Sancho Bordaberri, el protagonista de la novela, hay mucho del propio autor. Pinilla, como Sancho, devoró a los Hammett, Chandler y compañía, y como su propio personaje, comenzó a escribir novelas negras en su juventud –necesitado de ser como ellos-, con idéntica fortuna. Y como Sancho, Pinilla un buen día descubrió que las historias, su historia, estaban ahí, sólo tenía que abrir los ojos y contar lo que veía.
Tras una guerra tan cruenta como la nuestra, la extraña muerte de uno de los gemelos Altube, años atrás, no merecía una especial atención. Remitámonos al título: Sólo un muerto más. Sin embargo, la resolución del misterio se convierte en el primer caso del librero/escritor Sancho Bordaberri, bautizado en su nueva faceta detectivesca como Samuel Esparta, en claro homenaje a Sam Spade. Sólo un muerto más es una novela negra, sí, pero es mucho más. Es un maravilloso ejercicio de metaliteratura, de creación en directo, una lección de cómo ha de ordenarse y contarse una historia. El enfrentamiento entre el poeta falangista y el novelista republicano me parece uno de los mejores y mayores ejercicios de estilo que he podido encontrar en una novela.
Y apoyándose en el género, ampliando sus fronteras o mestizando las reglas, Ramiro Pinilla nos habla del nacionalismo, de los desastres y odios generados por la Guerra, de España, del País Vasco, de la importancia de la tierra en la que uno nace y de las sombras que se esconden tras todos nosotros. Además, Sólo un muerto más es un homenaje a la Literatura, y así podemos encontrar el aliento del Quijote, la pulsión de los maestros de la novela negra y los grandes fundamentos de la novela realista. Pero, sobre todo, es la demostración del talento de un hombre/nombre esencial de la Literatura –con mayúsculas, por supuesto- en lengua española.

miércoles, abril 22, 2009

Premios Tormenta 2008: ganadores

Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2008

Todos los cuentos, Cristina Fernández Cubas.
Tusquets, Barcelona, 2008.
507 pp. 24,00 €


«Yo tenía quince años cuando me enteré de que el demonio se llamaba nylon y a él, y sólo a él, deberíamos achacar los malos tiempos que se avecinaban. Me dijeron también que el mundo era cruel y pernicioso. Pero eso lo sabía ya, mucho antes de atravesar la herrumbrosa verja del jardín, escuchar sorprendida el lamento de los goznes oxidados y preguntarme, bajo un sol de plomo y con el cuerpo magullado por el viaje, cuántas chicas de mi edad habrían franqueado aquella misma verja y escuchado el chirriante y sostenido auuuu..., un saludo que tenía algo de consejo o advertencia.»

(Primeras líneas del relato "Mundo")


Cristina Fernández Cubas nació en Arenys de Mar (Barcelona) en 1945. Es autora de cinco libros de relatos (Mi hermana Elba, Los altillos de Brumal, El ángulo del horror, Con Agatha en Estambul y Parientes pobres del diablo), dos novelas (El año de Gracia y El columpio), una obra de teatro (Hermanas de sangre) y las memorias narradas Cosas que ya no existen, títulos que han recibido un caluroso tratamiento por parte de la crítica y del público, y que configuran uno de los universos literarios más singulares de la literatura contemporánea. Su obra está traducida a diez idiomas. En 2008 ha publicado con Tusquets, su editorial de toda la vida, Todos los cuentos: todos sus libros de narrativa breve, más algún relato disperso y un jugoso prólogo de Fernando Valls.
Hablar de Cristina Fernández Cubas es hablar del cuento en España en los últimos veinticinco años; de hecho, la publicación de sus relatos reunidos se ha convertido en el acontecimiento literario español de 2008, refrendado por los premios Ciudad de Barcelona, Salambó, Cálamo, y ahora este Tormenta.



Premio Tormenta al mejor nuevo autor en castellano

Rosas, restos de alas, Pablo Gutiérrez.
La Fábrica, Madrid, 2008.
103 pp. 14 €


«Página impar, autodefinido: vivo de mi trabajo, gano lo justo para poder tener deudas, me educaron con tibios valores, ayudaría a una anciana pero no si la anciana, además de cruzar la calle, quisiera tomarse un café con leche y hablar conmigo de todo lo que echa de menos. Desconfío de la administración, creo que la política es un cuento, miro las etiquetas de caducidad, no bebo agua del grifo, en una discusión defendería con vehemencia mis puntos de vista pero al llegar a casa sentiría vergüenza de mi soberbia, pues de nada estoy tan seguro. Educación pública y por tanto clase media sin aspiración de tirar de las riendas de nada, podría permitirme tener hijos, el gobierno desearía que los tuviera pronto, nuevos afiliados a la seguridad social y sobre todo cons tante consumo de diversos productos de alimentacióne higiene, además de seguros de vida, créditos personales, electrodomésticos, un coche nuevo, compromisos que harán que en el trabajo mire para otro lado cuando sienta que muero por escurrirme de la ajustada camisa de mis rutinas. Como los demás, antes de hacer nada todo lo pienso, heredé miedos católicos y ralo cartesianismo, desprecio a quien de otro modo actúa, al que defrauda y decide levantar en una cañada una casa con piscina y pozo ciego, no es el modo correcto de hacer las cosas, los chicos que beben en la calle comienzan a parecerme unos vándalos.»

(Primeras líneas de Rosas, restos de alas)


Pablo Gutiérrez nació en Huelva en 1978. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Durante un tiempo trabajó como redactor para algunos periódicos locales, pero pronto decidió dedicarse a la enseñanza: actualmente es profesor de lengua y literatura en un instituto de enseñanza secundaria, y vive en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). En 2001 publicó Carne de cerdo, una obra de teatro que quedó finalista del Premio Miguel Romero Esteo de dramaturgia. Rosas, restos de alas, que en 2008 publicó La Fábrica en su muy notable colección de novela corta, es su primera novela.
Desde La tormenta en un vaso hemos creado esta nueva categoría con el objetivo de resaltar la obra de un autor o autora, con un máximo de dos libros publicados, y que suponga ya una apuesta no de futuro, sino de presente. Rosas, restos de alas ha sido el título que, cumpliendo estos requisitos (se trata del segundo título que se edita de Pablo Gutiérrez), ha obtenido más votos en la categoría absoluta de mejor libro en castellano.



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2008

Lo infraordinario, Georges Perec.
Traducción de Mercedes Cebrián.
Impedimenta, Madrid, 2008.
128 pp. 15,50 €


«Jueves 27 de febrero de 1969, sobre las 16 h

La rue Vilin empieza a la altura del nº 29 de la rue des Couronnes, frente a unos edificios nuevos, viviendas de protección oficial recientes que ya tienen algo de viejas.
Sobre la derecha (acera de los pares), un edificio de tres cuerpos: una fachada que da a la rue Vilin, otra a la rue des Couronnes, la tercera, estrecha, describe el débil ángulo que forman las dos calles entre ellas; en la planta baja, un café restaurante con escaparate azul cielo adornado en amarillo.»

(Primeras líneas de "La rue Vilin", que abre Lo infraordinario)


Georges Perec es un viejo y querido conocido de La Tormenta en un Vaso. Nació en París en 1936, y fue uno de los escritores más sorprendentes, geniales e imaginativos del siglo XX. Miembro de Oulipo, su obra literaria abarca todos los géneros: narrativa, poesía, ensayo, teatro y guión cinematográfico. También elaboró los crucigramas semanales de la revista Le Point de París.
Su primera novela, Les choses (Las cosas; trad. Josep Escué, Anagrama, 1992), obtuvo el premio Renaudot y se publicó en 1965. En 1969 vio la luz La Disparation (El secuestro; trad. Marisol Arbués et al., Anagrama, 1997), una curiosa novela en la que nunca aparece la letra e (a, en la traducción al castellano). Con La Vie mode d'emploi (La vida: instrucciones de uso; trad. Josep Escué, Anagrama, 1988), una original mirada parcial pero totalizadora de un edificio, sus lugares y sus habitantes, obtuvo el Premio Médicis en 1978.
Un año antes había publicado Je me souviens, inexplicablemente inédito en castellano hasta que, en 2006, Yolanda Morató lo tradujo como Me acuerdo para la editorial Berenice, en una edición que ya obtuvo el Premio Tormenta en esta misma categoría. Perec murió en Ivry-sur-Seine, víctima de un cáncer, en 1982.
Según la nota de contraportada, «la materia de Lo infraordinario [que publicó Seuil en 1989] son los cimientos que sustentan la literatura, la observación apasionada y asombrada de lo usual, el cuestionamiento de lo que parece incuestionable; son los paseos de un escritor que trata de ver la realidad con ojos de recién llegado y que pinta una y mil veces el mismo cuadro, como un impresionista». Impedimenta publicará este mismo 2009 otro nuevo Perec, Un hombre que duerme, también traducido por Mercedes Cebrián.

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) es autora del libro de relatos y poemas El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004) y del poemario Mercado Común (Caballo de Troya, 2006). Sus textos han aparecido en los diarios El País y La Vanguardia y en las revistas Turia, Revista de Occidente, Diario de Poesía (Argentina), Eñe o Clarín. Por esta traducción de Lo infraordinario ha recibido el Premio Mots Passants, que el Departamento de Filología Francesa y Románica de la UAB concede a la mejor traducción literaria del francés al castellano publicada en 2008.

martes, abril 21, 2009

Premios Tormenta 2008: finalistas (mejor libro traducido al castellano)



El ladrón de chicles, Douglas Coupland.
Traducción de Bruno Menéndez.
El Aleph, Barcelona, 2008.
288 pp. 18 €






La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Junot Díaz.
Traducción de Achy Obejas.
Mondadori, Barcelona, 2008.
309 pp. 22,90 €






Ágape se paga, William Gaddis.
Traducción de Miguel Martínez-Lage.
Sexto Piso, Madrid, 2008.
116 pp. 17 €






Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson.
Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.
Destino, Barcelona, 2008.
666 pp. 22,50 €






Lo infraordinario, Georges Perec.
Traducción de Mercedes Cebrián.
Impedimenta, Madrid, 2008.
128 pp. 15,50 €






Botchan, Natsume Soseki.
Traducción de José Pazó Espinosa.
Impedimenta, Madrid, 2008.
238 pp. 19 €

lunes, abril 20, 2009

Premios Tormenta 2008: finalistas (mejor libro en castellano)



Todos los cuentos, Cristina Fernández Cubas.
Tusquets, Barcelona, 2008.
507 pp. 24,00 €


Leer reseña






Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón.
Seix Barral, Barcelona, 2008.
192 pp. 16,63 €


Leer reseña





Amarillo, Félix Romeo.
Plot, Madrid, 2008.
160 pp. 15 €


Leer reseña





El país del miedo, Isaac Rosa.
Seix Barral, Barcelona, 2008.
320 pp. 19,50 €


La lección de anatomía, Marta Sanz.
RBA, Barcelona, 2008.
300 pp. 18 €


Leer reseña

viernes, abril 17, 2009

El amor y la risa, Darío Fo

Trad. Carla Matteini. Paidós, Barcelona, 2009. 140 pp. 19 €

Ignacio Sanz

He aquí un bufón ilustrado de antigua estirpe, un hombre de teatro que ha bebido en las fuentes primigenias y conoce los misterios del alma popular. No voy a descubrir a estas alturas a Darío Fo, posiblemente el autor contemporáneo más representado del viejo continente, es decir el que mejor conecta con los gustos y los afanes de la gente. Recuerdo a vuelapluma Aquí no paga nadie, Muerte accidental de un anarquista o Pareja abierta, representadas una y otra vez no sólo por compañías profesionales sino por esos grupos de aficionados que, además de hacer pasar un buen rato, pretenden un teatro socialmente reivindicativo. Todo un fenómeno.
En El amor y la risa Darío Fo nos muestra en cinco textos su cara más erudita, así como su fascinación por aquellos personajes históricos que siembran la inquietud y desafían el poder establecido. Se sirve para ello de dos episodios históricos medievales que relata en forma de cuentos: “Eloisa” e “Historia de Mainfreda, hereje de Milán”, de un monólogo genuino de la casa: “La amansafieras”; de la recreación de un cuento tradicional chino: “Ku, el comunista utópico” y finalmente nos revela en “Los griegos no eran antiguos” algunos aspectos eruditos poco conocidos de la tramoya teatral griega muy interesantes sobre todo para aquellas personas que viven el teatro como una pasión. Además los directores de teatro que pretendan abordar el montaje de una obra de Aristófanes, Eurípides o Sófocles deberían leer previamente este texto que les va a aportar claves para hacer su trabajo no tanto con fidelidad a los textos como al espíritu que emana de ellos. Sin embargo estas reflexiones eruditas sobre el teatro griego acaso resulten prescindibles para el lector ávido de literatura.
Tanto “Eloisa” como “Historia de Mainfreda” nos presenta unos personajes históricos que desafían las leyes del poder religioso, es decir, del poder, puesto que, en aquella época se confundía. Hay un cierto paralelismo en ambas pese a que la primera se desarrolla en Francia y la segunda en Milán. Me ha resultado más cautivadora “Eloisa” por estar narrada en primera persona por su protagonista.
“La amansafieras” es un monólogo descacharrante, con todos los ingredientes propios de la casa Fo que nos presenta una domadora que, como en las viejas fábulas, se sirve de los leones, los tigres, las cebras o los cocodrilos para hablar de las pugnas y contradicciones del hombre, es decir de la lucha entre hombres y mujeres. Un feliz divertimento digno de ser puesto en escena por una actriz animosa y combativa.
“Ku, el comunista utópico” es un relato basado en un cuento popular chino que nos presenta a un bribón, un pícaro ganapán envuelto en mil trapacerías e irreverencias al que, finalmente, vaya por Dios, le acaban cortando la cabeza que sale volando en una cometa.
—¿Pero vuelan las cabezas? –se pregunta el narrador.
Y acaba el relato:
—Pues claro, era un comunista utópico.
En fin, he aquí al viejo maestro Fo, al trasgresor secular que bebe del espíritu del alma popular, también al erudito fisgón y meditativo en su salsa.

jueves, abril 16, 2009

Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics

Acantilado, Barcelona, 2008. 162 pp. 14.42 €.

José Luis Gómez Toré

Si todavía alguien cree que el lenguaje no es un arma de destrucción masiva, debería leer este libro. Con Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics (Santiago de Chile, 1953) se sitúa en la estela de obras como LTI. Apuntes de un filólogo de Victor Klemperer (que significativamente Kovacsics tradujo al castellano) o Lenguaje y silencio de George Steiner, si bien, en Kovacsics, a diferencia de estos autores, el acontecimiento histórico que da pie a una reflexión sobre la relación entre el lenguaje y el poder no es el nazismo sino la Primera Guerra Mundial. No obstante (como también sucede en la primera parte del libro de Steiner ya citado y en buena medida también en el de Klemperer sobre la lengua del Tercer Reich), el autor nos lleva más allá de los hechos históricos concretos, entre los que cabe destacar la existencia, durante la Gran Guerra, de un Cuartel de Prensa en el que varios escritores trabajaron para crear textos propagandísticos en apoyo al ejército austro-húngaro. La Viena de principios del XX y la Gran Guerra son dos elementos constantes en el libro, pero el autor no se impone ningún límite espacio-temporal y así acaba conduciéndonos hasta la guerra de Irak, pasando por supuesto por el Holocausto y el nazismo. Hay en estas páginas una lucidez que no se conforma con interrogarnos sobre el papel que desempeña el lenguaje en cualquier guerra, sino que acaba preguntándose asimismo por esa tendencia, que parece imparable en nuestros días, consistente en reducir el lenguaje a instrumento, a periodismo y propaganda.
Precisamente esa renuencia a convertir la lengua en instrumento y la tentación del silencio la hallamos en buena parte de los nombres que se dan cita en estas páginas: Hofmannsthal, Benjamin, Celan, Rilke, Kraus, Wittgenstein, Kafka... Como ya en su día hiciera Adorno, Kovacsics encuentra constantes nexos de unión entre la instrumentalización constante del lenguaje (aun cuando dicha instrumentalización se haga en aras de objetivos loables o, en apariencia, inocuos) y la violencia latente que despierta ese intento de sumisión de la palabra: «En la primera guerra gran industrializada, la relación del lenguaje propagandístico con la contienda es la propia del lenguaje con la mercancía. También se puede formular a la inversa: la relación del lenguaje con la mercancía es la propia del lenguaje propagandístico con la guerra».
La posición de Kovacsics ante esta relación con la palabra, que «desprecia su plenitud y le asigna un papel secundario», se refleja en la compleja estructura de su libro, que se desarrolla en varios planos (lo general y lo particular, lo literario y lo filosófico, lo narrativo y lo ensayístico...) que se cruzan y se suporponen. Pareciera como si la inclusión de paisajes narrativos, que rompen en apariencia con la unidad del ensayo, respondiera a ese deseo de dejar a la palabra en libertad, de no enconsertarla en una tesis, en una intencionalidad que desprecia las posibilidades siempre inesperadas del lenguaje. Quizá uno de los elementos más interesantes de Guerra y lenguaje sea esta atención a la realidad ambivalente de la palabra. El lenguaje no sólo esconde un germen siempre latente de violencia, sino también un espacio posible de libertad y de conocimiento.

miércoles, abril 15, 2009

Sal, Manuel García Rubio

Lengua de Trapo, Madrid, 2008. 516 pp. 24,95 €

Sofía Castañón

Esta es la historia de un fracaso. Lo dice Urbano, (o sea, yo), convertido en narrador y personaje de la novela que escribe, que es más bien un guión de cine, o un desastre, que es lo que le augura la Simondebovuá, su profesora en taller literario al que acude con regularidad incierta.
Cuando un actor debe interpretar a un personaje que a su vez quiere ser actor, pero que es malísimo, de repente, actuar mal se convierte en un grado de dificultad mucho mayor. Ser buen actor actuando mal. Esta voltereta, con triple looping y mortal hacia atrás, es la que se marca Manuel García Rubio con Sal: escribe una maravillosa y extensa novela como si fuera un pésimo escritor. Y le sale, claro.
Y entonces una, toda imaginativa, piensa en cómo se podría leer esta novela siendo un pésimo lector. Supongo que entonces, lo primero que tendría que resaltar es que no tiene estilo, porque el narrador combina los registros altos, bajos y desfasados como quien masca chicle, y que además es tramposa, porque con esto de que el narrador no sabe contar —¿o era cosa de ese escritor? ya me pierdo…— nos oculta información por un tubo, y luego a ver quién es el guapo que adivina que el asesino era el mayordomo. De ser una pésima lectora subrayaría la cantidad de información inútil, que no va a ninguna parte —casi igual que en las novelas de Stephen King, en las que te relata la infancia tortuosa de un carnicero que sólo vende carne de auténtica procedencia animal y que, por cierto, no aparece en la historia más que para vender esa carne legítima—, que nos cuela un fragmento de una escena porno a lo Decamerón, con monjas y felación incluida. No diría nada, seguro, de la arquitectura del relato, del talento para crear personajes, de la relación entre el cómo se cuenta una historia y el cómo se suceden las historias. No me pararía ni un segundo a buscar la conexión entre el retrato de una generación que superada la transición transitan sin superarse y la crónica de la vida reciente de una región desahuciada como es Asturias. Y ni mú, oiga, sobre el uso magistral de la ironía, que deja una sonrisa permanente en el lector, que mantiene el pulso y nunca explota en carcajada, porque con el ruido parte del chiste siempre se pierde.
De ser una lectora mala, y para este Stanislavsky he encontrado referentes, me llevaría las manos más canónicas a la cabeza pensando que si una novela ha de ser un espejo en mitad del camino, García Rubio lo fragmenta y así nadie –vamos, ningún lector, que era de lo que hablábamos- se aclara. Ni por la cabeza se me pasaría la idea de que un espejo puede ser también una masa densa, maleable, algo así como un lago que se deje abrazar y nos devuelva, al mismo tiempo, el reflejo a su antojo.
La mala lectora, muy mala ella, no se asomará después por el blog del autor para asistir a un «entre bambalinas» de la novela. La mala lectora andará por ahí muy resentida, y la pobre no habrá disfrutado ni la décima parte que servidora con esta novela. Y, si usted tampoco es malo, entenderá lo que quiero decir.