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lunes, septiembre 17, 2012

Las colinas de la Toscana, Ferenc Máté

Trad. Arturo Muñoz Vico. Seix-Barral, Barcelona, 2012. 300 pp. 17 €

Pedro M. Domene

De la mano y de la mágica pluma de Ferenc Máté (Transilvania, Hungría, 1945) nos hemos trasladado a un idílico paisaje en dos ocasiones, en una primera ocasión con Un viñedo en la Toscana (2009), ese lugar donde saborear un buen vino, degustar una sabrosa comida casera, disfrutar de los vecinos y estar siempre rodeado de un ambiente maravilloso, con un bucólico trasfondo para descansar el resto de toda una vida. En este libro, Máté, contaba sus vicisitudes para encontrar ese lugar idóneo donde convertir su sueño en realidad: conseguir un viñedo y la posibilidad de crear su propio vino, no uno cualquier sino el mejor vino de la Toscana. El narrador transcribe y cuenta minuciosamente sus vicisitudes para convertirse en contadini o granjero italiano, e inicia la búsqueda de vigas, puertas, baldosas antiguas, al tiempo que disfruta con su familia de la comida y de los vinos toscanos cuando celebran, por ejemplo, una antigua y típica fiesta, la culminación del tejado. Pero sobre todo, en primavera, asistimos a la preparación de la tierra, las famosas terrazas etruscas abandonadas, para plantar las primeras vides a mano. Surge así una obra en la que personajes, situaciones y ambientes recreados, se convierten casi en un auténtico relato de ficción como bien podría clasificarse Un viñedo en la Toscana.
La sabiduría de la Toscana (2011), la segunda propuesta del húngaro, no es una continuación al uso, se cuenta cómo los sueños se hacen finalmente realidad y Máté enumera, a modo de crónica, su experiencia vital y el sueño que, tanto para él como su familia, se convirtieron en una certidumbre. Transmite su amor por el lugar, la relación con sus vecinos, su apego a la tierra y al vino, nos habla de su admiración por la gastronomía italiana e incluso de sus hábitos y costumbres, vituperando ese pasado que siempre fue mejor. En sus primeras páginas, se asegura como sin que prevalezca un “saber toscano”, ni “consigna” o “canción” proclama por los cuatro costados la vita quotidiana de los toscanos, los lazos que unen a estas gentes, la cotidianidad de sus vidas, sus tiendas y sus mercadillos, el desarrollo de la hermosa artesanía, el cuidado de viñedos y olivares, las prolongadas comidas en familia y la amistad, su gastronomía, en general, compuesta y condimentada por los productos cosechados en el lugar. Desde Montalcino, donde los Máté se asentaron, el narrador nos habla del lugar y de los aspectos relacionados con la infancia, la calidad de vida, los vecinos, la organización y el hogar, así como numerosos y acertados juicios sobre la globalización, la economía, o el bienestar de las zonas rurales para alejarse del estrés y a donde a uno, realmente, lo reconozcan por la calle y saluden a diario que, según el narrador, supone una acertada elección donde los hijos crezcan y se desarrollen en plena naturaleza. Este libro contagia esa infinita alegría de vivir, constata la ilusión por las cosas sencillas, o el placer que obtenemos de ellas, y sobre todo ofrece un canto a la fraternidad humana.
Una tercera aproximación, Las colinas de la Toscana (2012), originariamente, y siguiendo el orden de creación, el germen de ese amor a la tierra que los Máté derrochan porque la primera edición original data de 1998, y comienza cuando una pareja de urbanitas se deja seducir por el paisaje italiano y se adentra en una aventura salpicada de no pocas anécdotas hasta conseguir su propósito: tener una casa en la Toscana. Ingenuos turistas se dejan envolver por la magia de un lugar, de sus habitantes, de sus costumbres y donde hacen nuevos amigos y sienten que sus vecinos derrochan esa humanidad a que no están acostumbrados, se ayudan en la duras tareas de la cosecha, los sientan a su mesa y disfrutan de suculentas comidas y sobre todo charlan, alargan las veladas con esa entrega y devoción que encierran en sus corazones la gente sencilla y honrada. Estas colinas de la Toscana nos devuelven de la mano de Ferenc Máté el encanto de toda una región, nos contagia el placer de disfrutar de una vida diferente donde la alegría y el encanto suponen esa terapéutica visión de un pasado mejor, cuya sensibilidad y sensualidad se acercan a la suprema expresión de vivir cada segundo, cada minuto, cada hora, numerosos instantes en los que uno agradece estar sobre esa tierra, con las maravillas que contiene y que aun podemos seguir descubriendo paso a paso, tras un pequeño camino, a la vuelta de una colina. La luz del lugar, una casa propia, la luna que los acompaña cada noche, la música, la vendimia y la tala, y una vez más el largo invierno y la nieve para de nuevo, volver a vivir la primavera en la Toscana.
Es esta, una buena lectura para momentos de descanso como la época estival presupone, sin que a medida que vamos pasando sus páginas, bajemos la guardia sobre nuestra inmediata realidad, y las abundantes posibilidades con que podemos encontrarnos a diario, y a pesar de todo nunca dejemos de vivir intensamente y de disfrutar cuanto nos depare esta vida.

martes, octubre 18, 2011

Breve historia de un amor eterno, Slizárd Rubin

Trad. Éva Cserhári y Antonio Manuel Fuentes Gaviño. Backlist, Barcelona, 2011. 201 pp. 18 €

María Dolores García Pastor

Hace tiempo leí una anécdota sobre un escritor de éxito al que alguien le pedía un buen argumento para escribir una novela. No recuerdo ni el autor ni el medio en el que lo leí, disculpen pero la maternidad me tiene atontada la memoria. El caso es que el autor se lucía con una frase bastante parecida a esta: “un hombre y una mujer se enamoran, aquí tiene usted el argumento que le hace falta para su novela”. Hay quienes con esa brillante idea no tienen ni para empezar o se pierden en los típicos tópicos y en los sentimentalismos excesivamente edulcorados. En vez de todo eso, Slizárd Rubin nos regala una novela gracias a la que se le ha llegado a comparar con autores como William Faulkner, Milan Kundera, Berthold Brecht o el mismísimo Proust, ahí es nada.
Viajamos a la Hungría inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Til es un joven humilde aspirante a escritor que narra su historia de amor con Orsolya. Ella pertenece a una familia pudiente que no puede ocultar su simpatía y buena relación con los alemanes durante la gran guerra. Él un proletario que se afana en dar la bienvenida a los soviéticos que llegan para imponer un nuevo orden. Las diferencias de clase y políticas marcan el día a día de la pareja y los reproches y las humillaciones irán haciendo mella en ella. No se trata de una historia de amor al uso, es la crónica de una obsesión. Una relación basada en las desigualdades que empuja a sus protagonistas a entrar en una espiral autodestructiva que se prolongará a lo largo del tiempo con infinidad de idas y venidas.
Pero lo que atrae de este libro no es el morbo que pueda tener una relación intensa y tormentosa que en ocasiones llega al maltrato. Lo que atrapa al lector es, sobre todo, la manera que tiene su protagonista de narrar lo que acontece. En primera persona para hacerlo más cercano, más inmediato, casi palpable. Pero desprovisto de sentimentalismos. El narrador hace examen de conciencia aplicando sobre los hechos una mirada desapasionada y fría, casi indiferente. Sus recuerdos se alternan con los sueños y temores que le asaltan. Y con todo ello rememora con nostalgia un tiempo que no volverá, lo que nos hace recordar al Proust de Por el camino de Swan. Eso y el hecho de que los recuerdos que llegan hasta él nazcan de algunas de sus sensaciones o de la contemplación de paisajes y objetos. Mientras que toda la novela está impregnada de un halo que a mí me recuerda a La insoportable levedad del ser de Kundera.
Desafortunadamente y una vez más la política ha tenido que ver en el hecho de que un gran autor y una gran obra como ésta hayan tardado en tener el reconocimiento merecido. Cuando un régimen político aplasta la libertad de sus ciudadanos quienes se dedican a contar historias tienen dos caminos: el ostracismo o la sumisión. La novela de Slizárd Rubin escrita en 1963 fue redescubierta y valorada en su país en el año 2004 y para poder disfrutarla traducida al castellano hemos tenido que esperar casi medio siglo. Como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena, y en este caso lo es.

martes, abril 27, 2010

La historia de mi mujer, Milán Füst

Trad. Teresa Ruiz Rosas. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009. 460 pp. 22.90 €

Luis Manuel Ruiz

La gloria literaria, igual que el triunfo en los casinos, tiene menos que ver con el talento que con la conjunción de buena suerte y amistades adecuadas. Inquieta reparar, al echar un vistazo a cualquier listado de obras imprescindibles del siglo XX, que la gran mayoría de ellas se limitan al idioma inglés, al francés o al castellano, y que sin excepción sus autores habitaron en algún momento de sus biografías en París o Nueva York, esquivando por instinto rincones menos decorativos del mapa. La pregunta inevitable que surge es cuántas obras maestras permanecen secretas, escondidas, en el anaquel; a cuántas no tenemos acceso porque sus creadores no las acuñaron en las cuatro o cinco lenguas ecuménicas, cuántas han quedado en el anonimato porque la persona responsable no se paseó por la ribera del Sena sino por un río de aguas menos caudalosas. Este pensamiento se vuelve insistente y casi doloroso cuando uno tropieza con novelas como esta Historia de mi mujer, del húngaro Milán Füst, que sin duda, de haber sido redactada con ayuda de otro diccionario u otra página del atlas, habría sido reconocida desde el momento de su aparición como una indiscutible obra cumbre contemporánea. Pero que, igual que las Memorias de una enana de Walter de la Mare o De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz, ha de conformarse con el rango de curiosidad exótica.
Torrencial, excesiva, devastadora, estos adjetivos acuden con facilidad a las mientes a la hora de definir una obra tan difícil de atrapar. Publicada por vez primera en 1942 y dotada de un título envidiable, La historia de mi mujer podría ser definida, por exclusión, como un intento de estudio psicológico. Estudio, en primer lugar, del protagonista y narrador en primera persona, un lamentable capitán de barco llamado Jakab Störr agobiado por sus complejos y su incapacidad para relacionarse con las mujeres. Estudio, luego, del gran personaje de la trama, su esposa, la pizpireta, histérica y adorable (tal vez) Lizzy, llevada de acá para allá por caprichos sin cuento, que permanece junto a un hombre sin saber por qué mientras fuma un cigarrillo tras otro y le engaña con individuos salidos del arroyo. Y estudio, sobre todo, del gigantesco carnaval que rodea a la pareja y asiste a las vicisitudes de su vida matrimonial, jugando a veces en ella papeles poco honrosos: la galería incluye lo más granado del submundo de arribistas, exiliados y crápulas de la Europa de entreguerras, herederos despojados de su fortuna, candidatos a artistas que no mueven un pincel, jóvenes millonarias que aman entregarse a desconocidos en cuartos de pensión, vecinos rijosos, contrabandistas y prostitutas, el censo es largo. El conjunto transmite una inevitable familiaridad con otros productos mejor conocidos (por esos juegos de la ruleta de que hemos hablado más arriba), como Auto de fe, de Elías Canetti, o, sobre todo, el Viaje al fin de la noche de Louis-Férdinand Céline. La mordacidad, la frase rápida y la contundencia en la imagen la aproximan más que nada a este último ejemplo, aunque con las salvedades de un estilo más amable y una cierta compasión por el destino final de los individuos, que no tienen culpa de vivir en el gran albañal que les ha tocado en la tómbola.
Galaxia Gutenberg nos ofrece su cuidada presentación de costumbre, a la que añade en esta ocasión un mérito más. La traducción, debida a Teresa Ruiz Rosas, y subvencionada, según leo, por la Magyar Könyv Alapítvány, abunda en aciertos y frases brillantes; lo cual, en una novela cargada de tantos giros coloquiales y expresiones de doble sentido, no deja de ser una victoria sobre el descuido o la vulgaridad. Para ser buen traductor, a diferencia de lo que sucede con los buenos amantes, no siempre hay que sacrificar la exactitud.

jueves, abril 30, 2009

Ayer, Agota Kristof

Trad. Ana Herrera Ferrer. El Aleph, Barcelona, 2009. 112 pp. 14,95 €

Miguel Baquero

He leído Ayer, la última novela de la escritora húngara Agota Kristof publicada en España, durante estas pequeñas vacaciones de Semana Santa en un hotel rural, uno de esos pequeños lujos que aún nos puede regalar esta agónica Sociedad del Bienestar. La novela de Kristof narra (o mejor, describe, porque en un principio apenas sucede nada en ella) la vida de Sandor Lester, un emigrante empleado en una cadena de montaje y que día a día se ve obligado a levantarse a la misma hora, tomar el mismo desayuno, subir al mismo autobús y perforar, con el mismo movimiento, la pieza de un engranaje. Asimismo, todos los fines de semana recurre al mismo ocio, a iguales desahogos. Esta situación monótona, eterna, esta condena de Sísifo ha situado a Sandor al borde de la locura…
El planteamiento, sentado en la terraza, leyendo al cálido sol de primavera, me parece un tanto excesivo. El personaje de Sandor no tiene cargas familiares, nada le obliga a seguir esclavizado a esa rutina, no hay nada que le impida romper con la eterna cadena. Y, sin embargo, no hace nada por escapar. La cosa, en un primer momento, me resulta ilógica, pero luego caigo en la cuenta de que allí a dos días yo mismo tenía que coger el coche e integrarme en la caravana, en el lento desfile para volver a la ciudad y, como todos, reincorporarnos a la oficina, a la barra, al volante, a la cadena. Y que no falte, rezamos, cuando quizás –nunca nos hemos parado a pensarlo- no hubo en su día razón alguna de peso para que ingresáramos en esa dinámica. O, mejor dicho, en esa falta de dinámica.
«En la tierra no hay más que la cosecha, la espera insoportable, el silencio indecible». Pese a todo, Sandor (como todos, imagino) soporta esa grisura en la confianza de que algún día sucederá algo que la haga cambiar. En la esperanza de que un día aparecerá Line, la mujer con la que sueña, la oportunidad que hará que todo se revolucione. Y un día, en efecto, aparece Line y trastorna su vida. Pero no en el sentido que él esperaba, no es aquélla irrupción clásica de la literatura gracias a la cual el protagonista encuentra un sentido a su existencia y se salva. La llegada de Line remueve el pasado del protagonista, desata los fantasmas que ocultaba, le pone frente a su verdad y desencadena el cambio.
En términos literarios, la llegada de Line da comienzo a la acción y esta toma muy pronto visos de melodrama (amores turbios, asesinatos, secretos del pasado, incluso relaciones incestuosas) pero no es uno de esos viejos melodramas en los que, si no se ve al fondo una luz, al menor la truculencia de los hechos sirve de entretenimiento y de consuelo. Muy al contrario, el melodrama que se desata en Ayer pronto se advierte que no tiene solución, ni sentido, y que condena aún más al protagonista al desastre. Los hechos no avanzan hacia una conclusión: se precipitan hacia la cotidianidad.
Mucho se ha escrito del estilo de Agota Kristof desde que surgió su primera novela, El gran cuaderno, en 1987, cuando la autora, refugiada en Suiza, contaba con más de cincuenta años. Es un estilo seco, sin concesiones, sin adjetivos; diálogos tajantes, reacciones directas y sin enmascarar. Una «prosa descarnada», dicen algunos críticos, «No hay sentimientos, no hay opiniones. Hay hechos. Narrativa objetual: no sé si la mejor, pero desde luego una de las cimas de esa cordillera inacabable que es el estilo», dice en su blog el Lector mal-herido (he aquí una referencia para quien guste así mismo de la crítica acerada y concreta). Kristof me recuerda en muchos aspectos a ese otro gran escritor que es John Berger y sus historias crudas y desnudas sobre ese mundo campesino que ha perdido su sentido ante el ruido atronador de la máquina. Los últimos restos del campo, o, en el caso de Kristof, la gente de Europa del Este que se encuentra de pronto con la esencia desnaturalizada de Occidente y la febril producción industrial en que se sustenta todo.
Una autora, en fin, recomendable y un libro inquietante, y por eso mismo literatura de gran nivel. Acabo de leer Ayer y dejo la novela entre las que el hotel rural tiene en sus estanterías para los clientes. Quizás un día un huésped desprevenido dé con ella y le sacuda de igual manera este extraño sentimiento de indefensión.