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jueves, enero 22, 2015

La cata, Roald Dahl

Trad. Iñigo Jáuregui. Ilust. Iban Barrenetxea. Nórdica, Madrid, 2014. 80 pp. 19,50 €

Care Santos

Aunque no descubra nada, lo diré: Roald Dahl es un fuera de serie. Uno de esos escritores que jamás decepciona, que consuela, reconcilia, hace feliz. Da igual de qué traten sus relatos, en ellos siempre hay algo interesante que merece ser sabido y un modo excelente de decirlo. Sus cuentos avanzan hacia un final con vuelta de tuerca que nunca es excesivo, y que siempre coloca las cosas -y a las personas- en el lugar exacto donde deben estar. Hay en su literatura, en toda ella, desde la infantil hasta los relatos autobiográficos, una idea de justicia subyacente, un mundo en equilibrio. Los malos lo son sin explicaciones, como en la vida misma. Los buenos juegan con la ventaja de su candidez. Da gusto volver a Dahl, por mucho que lo hayamos frecuentado antes.
La cata -Taste, en su versión original- cuenta una cena entre seis personas. El anfitrión es inglés y el escenario, una casa londinense. Entre los invitados se sienta un famoso gastrónomo, experto en vinos raros. El anfitrión es un sibarita de pacotilla, más bocazas que entendedor, deseoso de impresionar a su importante huésped. Las mujeres actúan como meras comparsas, en realidad esto no es una cena: es un duelo, una pelea de machos. Luego tenemos al narrador, discreto, en segundo plano. Un narrador-testigo, que cuenta en tercera persona, sin énfasis, sin implicación emocional, casi se diría que da fe. Típico de Dahl: mostrar con crudeza pero sin detenerse en juicios morales. No le hace falta: en tres frases ha logrado describir a la perfección a un personaje para que sepamos cómo hay que tratarle. Pratt, el gastrónomo, por ejemplo, no fuma por no estropearse el paladar y habla de los vinos como si fueran personas. ¿Qué más hay que decir? El anfitrión, en cambio, Schofield, parece avergonzarse "de haber ganado tanto dinero con tan poco talento". Habla sin parar. Es pedante, odioso, aunque nadie nos lo diga.
Una vez presentados los personajes, comienza el combate. Dahl es un autor muy teatral, aunque -que yo sepa- nunca escribió teatro. Este cuento podría convertirse en una pieza breve representable y sospecho que funcionaría de maravilla. Como ocurre en las piezas dramáticas, el diálogo es en realidad la trama misma: los dos duelistas sentados a la mesa se enzarzan en una discusión que da pie a una apuesta. Una apuesta descabellada, osada, inmoral, muy dahliana. Porque el autor siempre lleva a sus personajes un paso más allá de lo permitido. Y hecha la apuesta, claro, sólo cabe ver en qué acaba. A eso dedica unas cuantas páginas más. Páginas de diálogos fascinantes, que avanzan con una naturalidad que nos permite imaginarnos sentados a esa misma mesa, con los tres matrimonios británicos. Porque aquí, nótese, todo es muy pero que muy británico.
Los lectores de Dahl, incluso los lectores que ya conocíamos este cuento (titulado Gastrónomos en la edición de sus cuentos completos de Alfaguara), esperamos con ansia sus finales. La sorpresa que siempre llega, como si el autor esperara ese contrapunto, ese acto de justicia, esa frase que lo descabeza todo, para decidir que la historia ha terminado. Aquí llega también, servida por el único personaje de quien nada esperábamos, y es un final demoledor. Es decir, de los que consuelan, permiten firman un armisticio con el mundo y hace feliz. Si no han leído a Dahl, háganlo. Debería ser obligatorio. En todas las mesitas de noche de los hoteles debería haber un libro suyo. Y lo mismo en las cárceles, en los hospitales, en las salas de espera, en las oficinas de hacienda, en los bolsillos delanteros de los aviones.
Pero esta edición es una magnífica noticia también para los muy lectores de Roald Dahl. Es una edición exquisita, ilustrada, uno de esos libros del que uno no quiere desprenderse, que enseña a los amigos de buen gusto. Iban Barretxea ha captado a la perfección el espíritu del relato. Sus ilustraciones enfatizan el aspecto teatral y presentan la cena como un escenario a la italiana, en el que vemos evolucionar a los personajes. La acción parece mínima a simple vista, aunque el lector sabe que no es así. Las escenas, deliciosamente detallistas, acompañan al texto con exquisita perfección, mostrando el más difícil todavía de las emociones de los diferentes personajes. Añaden el paso del tiempo -ausente en el cuento- y presentan el brutal contraste entre el dramatismo de la situación y el muy burgués escenario. Son tan magníficas, tan sutiles -el detalle de mostrar al narrador de espaldas, por ejemplo-, que me atrevo a afirmar que el lector pasará más tiempo mirando las ilustraciones que leyendo el cuento de Dahl. Y hará bien, porque son ilustraciones muy poco comunes. Logran lo que no parecía posible: mejorar el cuento.

jueves, marzo 08, 2012

El mensaje del muerto, Florence Marryat

Trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Alba, Barcelona, 2012. 201 pp. 16,50 €

Marta Sanz

Florence Marryat (1833-1899) debió de ser una mujer emprendedora y excéntrica. Escritora, actriz, dos veces casada y divorciada, madre de ocho hijos, no parecieron importarle demasiado las normas de conducta de la férrea sociedad victoriana y, haciendo gala de su intrepidez y de su modernidad, en el tramo final de su vida se interesó por el asunto del espiritismo. Precisamente, El mensaje del muerto (1894) podría considerarse un acto literario de proselitismo en favor de la causa espiritista o espiritualista. Desde luego, Florence Marryat responde bien a ese perfil de Rara Avis que busca esta nueva colección de la que es responsable el modernísimo —no sabemos si también espiritista— Luis Magrinyà.
Esa buena intención y ese afán didáctico o divulgativo, que no se puede identificar sin matices con lo moralizante, son los que colocan a Florence Marryat, tal como reza en la contraportada del volumen, en un punto intermedio entre el Cuento de Navidad de Dickens y esa película de Frank Capra que vemos todos los años y que se titula ¡Qué bello es vivir! James Stewart, gracias a su generoso ángel custodio, tiene la oportunidad de echarle un vistazo a las consecuencias que tendría para el mundo su desaparición. Parecemos insignificantes, pero no lo somos. Una especie de efecto mariposa moral amputa de raíz las fantasías de suicidio de James Stewart que vuelve a casa para abrazar a su mujer, a sus hijos, a sus amigos y vecinos. Todos los años acabamos con la lágrima a punto de rebasar el hueco del ojo y derramarse por la mejilla. Algo similar le sucede al profesor Henry Aldwyn, un hombre egoísta y despótico, que, al morir y empezar a ver las cosas desde otro punto de vista digamos más elevado, puede tomar conciencia de sus errores y de cómo esos errores son ramificaciones e injertos que afectan a las vidas ajenas de un modo irreparable. Porque nuestra vida no es solo nuestra vida sino un tejido. Nuestra vida son los otros. El profesor Aldwyn acaba siendo otra Alicia: su tránsito de la vida a la muerte le lleva a formularse esa pregunta fundamental que la oruga fumadora plantea a la niña en el relato de Carroll ¿Quién eres tú? Lo sobrenatural, lo onírico y lo fantástico se ponen al servicio de la reflexión sobre las acciones cotidianas porque, en último término, los seres humanos somos nuestros actos.
Algunos aspectos de este relato resultan encantadores en su inconsistencia, en su ingenuidad, incluso en su inverosimilitud, como cuando Gillie, el hijo del difunto Aldwyn, yace con los ojos cegados por el jugo de la pimienta verde y puede ver el espectro de su padre a los pies de la cama: el lector supone que ha de verlo con los ojos del corazón y entre la bruma del delirio. El pacto de verosimilitud se suspende en varios momentos de la narración —cómo es posible que la familia soporte lo que soporta al despótico Aldwyn, la velocidad a la que se manifiestan los espíritus en la sesión con la médium, el lazo romántico del destino de Ethel, incluso la redención de Aldwyn…— y, sin embargo, el texto se sigue leyendo con ese agrado que se experimenta ante la sencillez y la buena voluntad. Como si los lectores al forzar su credulidad narrativa, su voluntad de creer, se hiciesen buenos en la misma proporción. Los lectores desempeñan un papel similar al de los personajes de la novela: pasan del escepticismo malhumorado a la profesión de un credo espiritual donde las fantasmagorías y la religión no son incompatibles.
El sentido del humor es otra nota constante en la novela. Resulta cómicala vanidad de Aldwyn y el comportamiento de esos amigos, que en vida lo adulaban y que en realidad persiguen fines tan espurios comorapiñar su biblioteca o hacerle proposiciones de matrimonio a su joven y bella viuda. Pero si hay un elemento sobresaliente en El mensaje del muerto es la superposición de planos y de focos narrativos; la maestría con que la autora compatibiliza las dimensiones visibles e invisibles de la realidad, presente, pasado y porvenir, el protagonismo de los personajes que ocupan la escena en cada momento del relato… El lector tiene siempre la sensación —y así ha de ser— de que Aldwyn y su ángel de la guarda lo están observando todo desde arriba. Aunque no se manifiesten o lo hagan solo en esos momentos estratégicos que permeabilizan la narración consiguiendo un permanente efecto de presencia fantasmagórica.
Al volver la última página de El mensaje del muerto, al lector le queda la duda de si existe la posibilidad de que los letraheridos, los cienciaheridos, los workaholic, los fanáticos de cualquier disciplina que ensimisme y conduzca a sus practicantes a vivir en un constante plano imaginario —vivir dentro de las metáforas y de los algoritmos sin poner jamás los pies en la tierra— pueden llegar a ser alguna vez buenas personas. Hay un cuestionamiento a priori por parte de Marryat respecto a los efectos morales de la lectura y del estudio. La duda es, como poco, inquietante.

miércoles, enero 13, 2010

La isla de los perros, Daniel Davies

Trad. Federico Corriente. Anagrama, Barcelona, 2009. 236 pp. 17 €

Jorge Díaz

La foto de una mujer rubia que se desabrocha el sujetador de espaldas dentro de un coche azul que parece clásico ilustra una portada demasiado atractiva como para no fijarse en la novela. Se llama La isla de los perros y en la contraportada se compara al autor con Easton Ellis y con Houellebecq, me gustan los dos, me apetecía leerla.
Jeremy Shepherd, Shep en su ambiente nocturno, era un joven ejecutivo, director de una revista para hombres, bien pagado, con un BMW, un apartamento de lujo en uno de los mejores barrios de Londres y amante de bellas modelos, un triunfador en toda regla. Pero un día entra en crisis —dice Daniel Davies en la novela que crisis es cuando en lugar de preguntarte dónde cenas, te preguntas qué estás haciendo con tu vida— y decide dejarlo todo, contarles a sus amigos que se marcha a ayudar a los nativos en una aldea africana y trasladarse, en realidad, a la pequeña ciudad industrial del interior de Inglaterra en que nació —tan fea que la Luftwaffe no la bombardeó durante la Segunda Guerra Mundial, bah, para qué, pensaron y siguieron de largo— conseguir un empleo de funcionario en una oscura e inútil oficina gubernamental y vivir, otra vez, en casa de sus padres.
Abandona todo menos lo que realmente le importa, el sexo. A Jeremy Shepherd lo que más le gusta en el mundo es follar. Pero no con una amante en la cama después de una cena romántica con velas. A Shep le gusta follar al aire libre, en reuniones multitudinarias donde unos se exhiben y otros miran, donde algunos hombres comparten a sus mujeres con otros hombres y viceversa, donde a algunos les gusta follar mientras les miran y a otros mirar mientras aquellos follan…
En el mundo gay siempre se conoció el cancaneo, para los heterosexuales, aunque no sea algo nuevo —Catherine Millet en La vida sexual de Catherine M. sitúa su versión francesa clásica en el parisino Bois de Boulogne— tiene más que ver con Internet y se usa preferentemente su nombre inglés, dogging: quedadas multitudinarias convocadas en la red para sesiones de sexo con desconocidos en lugares públicos. En España aún se dan poco, pero en Gran Bretaña son una institución: aparcamientos, áreas de descanso de carreteras, polígonos abandonados, parques… Un lugar, una fecha y una hora lanzada al ciberespacio en una de las páginas en las que todos coinciden y los habituales del circuito, la comunidad que le llama Shep, se presentan para cumplir con una ceremonia que tiene todas sus pautas marcadas.
La duda de con quién se encontrará, qué tal se dará —aquella noche conseguí más de lo que esperaba: un polvo, dos pajas y una mamada en el espacio de tres o cuatro horas, dice de una de las citas— la posibilidad de que aparezca la policía y detenga a los participantes acusándoles de ultraje contra la moral pública, la proliferación de cámaras de vigilancia, la existencia de grupos de skins que ocasionalmente aparecen para dar una paliza a los degenerados que se reúnen allí, los intentos de chantaje y los polvos memorables… En todo eso encuentra Shep su placer. Tiene hasta tarjetas de contacto que reparte entre las parejas para ser avisado en futuras quedadas, en ellas está su lema: Seguridad, placer, distinción…
La isla de los perros está estructurada en un prólogo, un epílogo y cinco partes. En el prólogo, el autor, Daniel Davies, narra su encuentro con Jeremy Shepherd, convaleciente en un hospital; Shepherd le cuenta su estilo de vida alternativo y los dos acuerdan que le enviará material para escribir un libro. El material le llega a Davies, que se limita a ordenarlo en lo que constituyen los cinco capítulos de la novela. En el epílogo, Davies vuelve a ser el narrador para contarnos su contacto con Shep tras la publicación. Parece que el autor tiene el empeño de remarcar que no es una novela autobiográfica aunque esté escrita en primera persona.
Los cinco capítulos son episodios sueltos que forman una historia central, aunque la trama no es muy elaborada y no aparece narrada en progresión, da la impresión de ser sólo una excusa para indagar en las costumbres sexuales de la sociedad rural inglesa. En el epílogo, una sorpresa, lo menos afortunado de la novela: no la cuento para no fastidiarle la lectura a nadie, pero de tan anunciada, yo la había descartado.
La isla de los perros es una novela de sexo, pornográfica en algunos fragmentos, pero también es un análisis de la ambición, de las vías de escape de una sociedad y de la vuelta a la vida sencilla. Divertida y fácil de leer. Me alegro de que su portada fuera tan atractiva…

martes, mayo 05, 2009

Tantas maneras de empezar, Jon McGregor

Trad. Eduardo Iriarte Goñi. Salamandra, Barcelona, 2009. 384 pp. 17,50 €

Carmen Fernández Etreros

La última novela de Jon McGregor, Tantas maneras de empezar es un constante viaje al territorio de los recuerdos y la memoria. Un relato centrado en la importancia que los vínculos familiares de sangre pueden tener en la vida de individuo. ¿Cuánto heredamos de la melancolía y de la forma de enfrentar los problemas que hemos vivido en nuestra familias, y cuánto debemos a nuestra propia identidad?
El escritor Jon McGregor (Bermuda, 1976), en esta segunda novela después de la aclamada Si nadie habla de las cosas que importan (Salamandra, 2004) vuelve a ese tono intimista y personal. Un estilo que le valió el reconocimiento con su nominación para el Premio Booker en 2002.
Dos jóvenes, David Carter y Eleanor, se conocen se casualidad y se enamoran. Tiempo después en la ciudad de Coventry, ya casados, se esfuerzan por mantener a flote su matrimonio que ha sido vapuleado por el tiempo, las decepciones, el trabajo y la enfermedad. A David le gustaría que su mujer fuera aún la ilusionada joven escocesa que en su día lo deslumbró y no una mujer deprimida y cansada; que su trabajo como conservador en el museo de su ciudad estuviera a la altura de lo que le auguraban sus primeros años ilusionados,... Sin embargo el recuerdo de unas palabras pronunciadas por Julia, una amiga de su madre, anciana y enferma, acaban por sumir a David en el más hondo desasosiego y angustia, convencido de que toda su vida ha sido construida en torno a una mentira.:

"Pero él mantuvo la cara vuelta hacia la ventanilla y no dijo ni palabra., sin ver nada, oyendo sólo la voz de Julia, fragmentos de la música repitiéndose una y otra vez.
No hemos vuelto a ver a esa pobre chica.
Tendrás que quedarte con la criatura.
Desapareció de la faz de la tierra.
¿He dicho alguna inconveniencia?" (pp. 40)

En los años cuarenta, Mary, una joven de diecisiete años de las deprimidas zonas rurales de Irlanda, partió hacia Londres para trabajar como criada. Por circunstancias no deseadas Mary quedó embarazada, tuvo un hijo y se lo dejó a unas enfermeras voluntarias en un hospital. Ese niño para su sorpresa era él David Carter o como ahora tuviese que llamarse.
La vida pasada de David se convierte en una gran incógnita y preocupación que le impide vivir su presente. El protagonista inicia una búsqueda constante de su familia verdadera y se embarca en la cuidadosa recolección de pequeños fragmentos de la historia familiar —cartas, fotografías y viejos artefactos—, convencido de que la reconstrucción de su pasado arrojará luz sobre el presente y sobre su identidad.
Es interesante observar como esa búsqueda afecta colateralmente al personaje de Eleanor, su esposa, que desde su boda ha roto bruscamente cualquier relación con su madre y con su familia y como también la negación de su pasado la conducirá a un desasosiego diferente al de David pero quizás a un vacío vital insondable.
Una búsqueda difícil y constante que apartará a David Carter de su gratificante trabajo, de su mujer y su hija, de Dorothy que ejerció tantos años como madre,... La mentira y la verdad en un juego constante de importancia y valor. En suma un relato intimista y en el que el lector se implica en esa búsqueda de la identidad del protagonista en cada de sus páginas. Un libro para sumirse y reflexionar sobre la importancia y los condicionamientos de esa identidad persona y valorar el presente.