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lunes, mayo 22, 2017

Nuestra historia, Pedro Ugarte


Páginas de Espuma, Madrid, 2016. 168 pp. 15 €

Miguel Sanfeliu

En general nuestra historia, la de todos, está formada por pequeños acontecimientos, pequeñas variaciones que irrumpen en lo que llamamos normalidad para crear un punto de intriga, para ponernos cara a cara frente a lo incierto o, simplemente, para recordarnos, como ya hizo Sartre, que el infierno son los otros. Los cuentos reunidos en Nuestra historia, el último libro de Pedro Ugarte, están narrados con un ritmo implacable, con una garra que te atrapa desde la primera línea y ya no te suelta hasta llegar al final, a veces exhausto y otras pensativo, porque todos estos relatos consiguen involucrar al lector, sumergirlo en ese instante decisivo al que se enfrentan los personajes.
La fuerza de un relato reside, casi siempre, en la historia que nos narra, que sea capaz de traspasar esa coraza con la que todos nos defendemos de las agresiones emocionales que vemos a nuestro alrededor; y también en la potencia de sus personajes, seres en los que podemos reconocer nuestras debilidades, nuestros miedos o nuestro frágil concepto del mundo.
Estamos de suerte, porque nos encontramos sin duda ante un buen libro de cuentos, uno de los mejores de todo lo publicado en los últimos años, no en vano Pedro Ugarte es un consumado autor de relato corto, uno de los imprescindibles. Encontramos parejas que afrontan situaciones de crisis. "Días de mala suerte" nos habla de una familia que se enfrenta a una situación económica muy difícil y, pese a todo, el estricto plan de ahorro que se imponen les unirá y les enseñará a disfrutar de las pequeñas cosas, de los juegos, de la compañía mutua. Del mismo modo, la pareja de "Para no ser cobarde" también se enfrenta a un momento decisivo de sus vidas, a un cambio radical de residencia, abandonando la ciudad para instalarse en un pueblo con la única expectativa de que el hombre escriba una novela, y percibimos perfectamente el halo de desesperación de esa decisión, intuimos incluso que una sombra de desastre oscurece la relación de esa pareja.
Hay también personajes realmente curiosos, como la mujer experta en hacer regalos que protagoniza "Verónica y los dones" o esa especie de «conseguidor» con aspecto de triunfador del que nos habla el cuento "Voy a hacer una llamada".
Otros, por su parte, tienen un halo de misterio, un aire amenazador, como el excéntrico millonario de "Mi amigo Bohm-Bawerk" o el libertino artista de "Enanos en el jardín". En "La muerte del servicio" asistimos a un reencuentro en el que flota la figura de Feliciana, la mujer que trabajaba para la familia del anfitrión y cuya vida se vislumbra que ha debido ser muy diferente a la de ese grupo de viejos amigos.
También hay historias con una fuerte dosis de humor, como "Vida de mi padre", en la que un acontecimiento trivial se convierte en algo determinante en la vida del protagonista. O "El hombre del cartapacio", con ese empleado patético que se esfuerza tanto por hacer las cosas bien que lo único que consigue es ir, poco a poco, labrándose un particular descenso a los infiernos.
Y, por último, "Opiniones sobre la felicidad", el cuento que cierra el volumen y que consigue dejarnos con el corazón helado, con ese hombre que se somete a la presión familiar de su madre y sus hermanos, unos seres marginales, esperpénticos, que representan un pasado del que uno no puede huir del todo.
Las historias de Pedro Ugarte son de corte realista. Le basta con narrar unos hechos, describirnos a unos personajes que consiguen emocionarnos, y lo hace con un tono muy alejado de la solemnidad, ayudándose del desenfado, del humor, para ir avanzando con un estilo elegante y muy cuidado, de fraseo largo pero pausado, con esa sabiduría y dosificación de la información que nos mantiene pegados a las tramas.
En estas historias encontramos ideas sobre nuestras relaciones con los demás, bien con la pareja, con los padres, con los amigos o con desconocidos. Literatura grande sobre asuntos aparentemente nimios. Y esta tradición se emparenta directamente con una narrativa que merece la pena reivindicar, la de los escritores de la conocida como generación de los cincuenta, no en vano los tres primeros cuentos están dedicados a Medardo Fraile, a Esteban Padrós de Palacios y a Antonio Pereira, dedicatorias que parecen, en sí mismas, una declaración de intenciones.
También me atrevería a decir que en los personajes de Nuestra historia hay miedo, un miedo a perder la seguridad de lo conocido, a que las cosas cambien, a que sobrevenga la desgracia, la amenaza que puede suponer la irrupción de elementos desestabilizadores en nuestra vida.
En cualquier caso, este libro supone una lectura adictiva y sus historias se quedan en la mente del lector, haciéndole pensar. En algunos momentos nos pone una sonrisa en la cara pero en otros nos hiela el corazón, como la escena final de ese último relato, terrorífico, con el que se cierra este conjunto de cuentos que nos hablan, a fin de cuentas, de nosotros mismos, de nuestros miedos, de nuestra historia.

lunes, marzo 06, 2017

Manual de jardinería (para gente sin jardín), Daniel Monedero


Relee, Madrid, 2016. 167 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Qué tienen en común un adolescente que cree ser la reencarnación de Wislawa Szymborska, una mujer que sólo le es infiel a su marido con hombres mutilados, un oficinista que sueña con ir a Honolulú y un hombre se desvanece progresivamente en las fotos que le van tomando? Que todos ellos son “plantas” del jardín para el que Daniel Monedero ha escrito su Manual de jardinería (para gente sin jardín). Estos personajes y muchos más deambulan por los diez relatos que conforman el libro.
En el prólogo Matías Candeira explica muy bien el tipo de relato que vamos a encontrar en este libro, “excesivo, vivo y hasta furioso” frente a lo que él llama “relato cerrado, aseado”. Diez historias frescas y originales, escritas con diferentes tonos y registros, un conjunto heterogéneo cuyos elementos, aparentemente, no tienen nada en común pero a los que la voz del autor da unidad y coherencia. Monedero no es nuevo en esto de escribir, trabaja como guionista y es autor de libros infantiles ilustrados (como la colección de El fabuloso Mateo junto a Anna Laura Cantone para la editorial Edelvives), aunque sí es su primer libro de relatos. El oficio está presente, la experiencia se nota, cada frase está cuidada, pulida. Hay una clara intención estética, los textos están trabajados en lo estilístico y en lo formal. Se intuye en algún momento la influencia de Eloy Tizón del que el autor fue alumno en Hotel Kafka.
El libro está plagado de referentes literarios, el más evidente es su homenaje a Huckleberry Finn, el mítico personaje de Mark Twain en el relato “Llamadme Mississippi”. Contaba el autor en una reciente entrevista que este relato fue, hace tres años, la semilla del libro, de este jardín que crece en libertad y en el que se dan la mano historias realistas con toques surrealistas que a veces llegan al absurdo salpicadas, en ocasiones, de sutiles pinceladas poéticas. Es también un libro de ausencias como ya se puede intuir en el título, sobre personajes incompletos que habitan otras pieles o buscan encontrarse más allá de ellos mismos. Este es un jardín cuidado pero no domesticado, crece en libertad y en él la maleza se integra dentro del paisaje para conformar un todo que sorprende y atrapa, que muestra tanto como oculta y que gustará al lector que busca nuevas voces en el panorama del cuento español.

lunes, febrero 27, 2017

La condición animal, Valeria Correa Fiz


Páginas de Espuma, Madrid, 2016, 161 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Por qué nos asusta reconocer que somos un animal más de la creación? ¿Por qué nos empeñamos en renegar de nuestra parte animal, de lo más salvaje e instintivo que aún perdura en nosotros? Valeria Correa Fiz no teme ni reniega de esa parte de sí misma y se atreve a explorar el lado más animal de la condición humana o el lado más humano de la condición animal. Y lo hace a través de doce relatos de diferente extensión que se dividen en cuatro partes clasificadas según los elementos que se usaban en la antigüedad para explicar los patrones en la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua. De todos ellos se nutre La condición animal, en ellos habitan sus criaturas. Los relatos de Tierra nos cuentan sobre éxodos y predadores, los de Aire sobre infancia y pérdidas, los de Fuego sobre enajenación y amores imposibles y los de Agua sobre el origen de la vida y su extinción.
Este es un libro inquietante, visceral y orgánico, con historias que exudan sangre, sudor y semen. Hay algo turbador en los relatos de esta autora, algo imprevisible que amenaza en la sombra, en las atmósferas inquietantes que sabe crear moviéndose entre lo real y lo fantástico. Su prosa descarnada, casi brutal, plagada de imágenes de gran fuerza expresiva que a veces pecan por exceso, el lector se pierde entre tanta metáfora. Cabe destacar, además de su pericia en la creación de ambientes, su capacidad a la hora de revelarnos el retrato psicológico de los personajes, ahondando en lo más profundo de su naturaleza.
Valeria Correa Fiz nos sumerge en las cloacas de la condición humana, bucea en nuestros más bajos instintos, lo imprevisible, lo irracional, al tiempo que desnuda la condición humana dejando patente nuestra fragilidad. Y lo hace entre ecos literarios que nos remiten a grandes de la literatura como Poe, Quiroga, Kafka o Rulfo. También resulta evidente la influencia cinematográfica de Hitchcock en relatos como “Una casa en las afueras” que da comienzo al libro. Historias sorprendentes, crudas, turbadoras en el primer libro de relatos de esta autora argentina, un libro que no deja indiferente.

miércoles, enero 25, 2017

Qué vergüenza, Paulina Torres


Seix-Barral, Barcelona, 2016. 294 pp. 18,50 €

Pedro M. Domene

El primer libro de Paulina Flores (Chile, 1988) se titula, Qué vergüenza (2016), y reúne una colección de nueve cuentos que protagonizan niños y niñas condicionados por el vértigo de unos aprendizajes traumáticos en su infancia, y unos adultos que sobreviven a la soledad y a las relaciones alteradas de familias de clase media. En estas historias no hay personajes atrapados por el resentimiento ni una desaforada búsqueda de autocompasión, por el contrario se percibe una voluntad de explorar en las conciencias e intimidad de personajes comunes y corrientes para que el lector vaya descubriendo inquietudes y paradojas, a menudo desde una candidez absoluta como corresponde a los protagonistas de sus cuentos. Llama la atención, en una primera apreciación, la sobriedad de unos textos tan depurados como de un ejercicio sintáctico preciso, la nitidez expresiva con que compone Paulina Flores la verosimilitud de sus historias, pero sobre todo la curiosidad con que logramos llegar al final de las mismas, con sorpresa incluida. Podríamos sospechar que algunos de los cuentos de la joven chilena se inspiran más en aspectos biográficos que de su imaginación como ese mecanismo que proporciona el tema de las historias como ocurre a menudo con las opera prima.
El relato que da título al volumen, "Qué vergüenza", es la historia de un hombre cesante que se hace acompañar por sus hijas cada vez que asiste a una entrevista de trabajo; un relato excelente donde queda latente la vergüenza del padre ante sus hijas, fundamentada en su torpeza y su incapacidad para asumir un supuesto y evidente rol adulto, o para protegerlas y convertirse en el sustento que socialmente se espera de él. Lo mejor, un narrador en primera persona, pero contaminado del punto de vista de una de sus pequeñas hijas, con lo que añade además una mayor vergüenza a la historia, una vez que observamos el contraste de la ternura con que su hija verá la situación vivida. "Teresa", es una historia sobre un encuentro sexual, y sin duda vez sobre un desencuentro. El hombre del relato tiene una hija que anda dando vueltas por el departamento mientras él y la supuesta Teresa se encierran en el dormitorio. El juego del narrador se niega a darle un final convencional a la historia, insiste en no presentar cabalmente al personaje principal, no quiere cerrar el relato frente al lector, y provoca así una ambigüedad y un desconcierto que se traslada al personaje femenino. "Talcahuano", "Olvidar a Freddy", "Tía Nana" y "Últimas vacaciones", cuenta la historia de un niño cuyo padre está en prisión y su hermano en camino de lo mismo, y junto a su tía y primas, en La Serena, lo miman con curiosidad y lástima; son en gran medida, relatos sobre familias rotas, sobre padres que no son capaces de asumir su papel, sobre hijos que quedan a la deriva o sobre la desazón que les produce su propio espacio en el mundo, desde la imposibilidad de un hogar convincente. "Espíritu americano" se sirve de ese mismo desasosiego para contar el momento en que un par de muchachas se juntan a recordar el pasado que vivieron como camareras de un restaurante. En "Laika" presenciamos el lento proceso que hace un hombre para ganarse la confianza de una niña, hasta aprovecharse sexualmente de ella. La idea de la perdida de la inocencia, tanto sexual como fin anticipado de la inocencia de la niñez, será uno de los temas que se repiten en varios de los cuentos. Y para terminar el volumen, "Afortunada de mí", es en realidad, una novela corta por su extensión; la autora experimenta con la estructura, fracciona la cronología, y nos cuenta en dos planos sucesivos la historia de un mismo personaje femenino hasta situarlo en el momento actual, un momento de desasosiego y ruptura con el mundo que la rodea, con una cierta incapacidad para adaptarse a él.
Paulina Flores calcula el tiempo que cada la historia exige para relatar, para describir, para construir el contexto de su cuento, no tiene prisa alguna, cada relato se juega su valor en lo que se expresa, no en lo que escamotea desde el punto de vista de construcción narrativa porque la joven chilena frente a una adversidad manifiesta ha sabido crear un mundo propio donde mover sus personajes, y este es un de sus mayores logros.

miércoles, octubre 19, 2016

La magia de los días, Antonio Báez


Talentura, Málaga, 2016. 180 pp. 14,50 €

Angeles Prieto Barba


Es preciso iniciar esta reseña avisando que, bajo este título, nos vamos a encontrar con cinco cuentos, un prefacio y un relato largo o novela corta. De no tener esta circunstancia presente, empezaríamos una narración con demasiados inicios, distintos personajes y muy desconcertante. Ignoro por qué los cuentos no van al final, pero es indudable que participan todos de un mismo ambiente contemporáneo y desesperanzado, que desde luego da pie y cobijo a la narración posterior, más larga. Pues en efecto, este conjunto literario busca retratar la época en que vivimos, tiempo que aparece reflejado mediante un recurso ya clásico, como es la figura del antihéroe enfrentado a una sociedad con la que no se entiende en absoluto y que le castiga continuamente. El mal de este siglo nuestro, la crisis general de creencias y valores, que tiene poco que ver con el Werther del Romanticismo de acuerdo a lo aquí reflejado. El vacío existencial de Werther estaba provocado por el exceso de racionalismo hijo de la Ilustración; las desventuras de Adán tienen causa y motivo en las desigualdades sociales y económicas. Desde el inicio hasta el sorprendente final, ese que no vamos a desvelar.
Pues en efecto Adán, el protagonista de la nouvelle, parte de orígenes muy humildes y familia desestructurada tras el temprano abandono paterno. Esta dura circunstancia conducirá más tarde al fracaso en los estudios y a la renuncia de esa vida convencional a la que todos hemos estado abocados. Trauma al que se unirá otro, no menos importante, fruto de la casualidad. Sin embargo y pese a todo, Adán no llora, ni clama por todos sus infortunios en la novela. Es un tipo alegre que vive como puede, al albur de las circunstancias. Este es quizá, junto con un estilo narrativo muy vivaz, de frases cortas y contundentes, el logro más destacado de esta novela que nos conduce a preguntarnos por el sentido de la existencia en nuestros días, tal y como nos la han inculcado. Precisamente será el final, casual y sorprendente, el que nos refrendará la necesidad que tenemos todos de cambios importantes como remedio necesario. No solo en la política o en la sociedad, también en esa actitud individualista, consumista y poco generosa, que sin embargo aplaudimos y refrendamos como socialmente óptima y deseable y que viene a estar representada por el personaje de Paco Vacas o Paco Tierra que no es en modo alguno quien parece. Por otra parte, queda claro también que las mujeres han dejado de ser protectoras, tabla de salvación o solución mágica para los problemas.
Con esta crítica social, no exenta de humor en todo momento, el mundo se nos antoja ancho y ajeno, un antro lleno de fieras, donde solo podemos encontrar “La magia de los días” dentro de nosotros mismos, en esa actitud de Adán afrontando toda clase de traumas, dificultades y obstáculos sin renuncia ni rendición a dejar de ser lo que es. Como lección, no es poca.

lunes, mayo 30, 2016

Tiempo prestado, Antonio de Castro Cortizas


El Garaje, Madrid, 2015. 114 pp. 10 €

Miguel Baquero

El factor predominante en Tiempo prestado, primer libro de cuentos del compostelano, afincado en París, Antonio de Castro (1973), y el que da coherencia a todo el conjunto de relatos es, sin duda alguna, la violencia. Pero no una violencia explícita, exhibicionista, “palpable”, de la que se pueden poner innumerables ejemplos en otras obras de literatura o del cine, sino una violencia soterrada, difusa pero siempre presente. Una violencia que lo impregna todo, que acompaña a los personajes a lo largo de las páginas en que aparecen en el cuento, y que ni siquiera concluye al tiempo que el relato, sino que se advierte que viene persiguiéndolos desde antes y que los seguirá hostigando aunque el autor haya puesto ya al relato el punto final.
Los protagonistas de los catorce relatos que componen este libro se mueven todos ellos en un ambiente hostil, son víctimas de una enemistad que en ocasiones no parece haber surgido de ningún acto malvado o equivocado por su parte, sino que es una consecuencia natural de la vida. Incluso la característica vital por excelencia. Así, en el relato que da título al volumen, el niño que es perseguido por sus compañeros de colegio, dispuestos a darle una paliza azuzados por ya nadie recuerda qué ni qué fue lo que detonó el enfrentamiento, tampoco importa. Simplemente, hay en el aire deseos de pelea.
A veces, el cuento arranca con una violencia tal y tan sin explicación previa que sobrecoge al lector. Así, en el titulado “The Butcher Boy”; este es el arranque:

«Una mañana de noviembre, Michel Verneau hablaba con un compañero en el patio del instituto cuando otro alumno lo sujetó por un hombro, lo lanzó contra la pared y le pegó varios puñetazos que le hicieron caer…»

Violencia gratuita, descarnada, sin sentido, todos los adjetivos que se le quiera poner, incluso tierna, como la de ese adolescente (otro factor clave de este volumen de relatos es la presencia de numerosos adolescentes en él) del cuento titulado “En la papelería”, que despierta de forma brusca, impulsiva, imparable (violenta en fin) al deseo sexual.

«Me sentía empujado a levantar la vista del libro para mirarla sin que se diera cuenta, aunque me sorprendió un par de veces y no volví a intentarlo».

En ocasiones, es tal (o se adivina que ha sido tal) la carga de violencia que los personajes vuelven al cabo de los años a tratar de resolver una situación, una vieja cuestión de juventud, que ha quedado sin zanjar, y en cada palabra, cada gesto, cada diálogo y cada réplica, De Castro nos hace ver, con una sutileza asombrosa para un primer volumen de relatos, que todo en el cuento está pidiendo gresca. Es como un barril de pólvora al que sólo le falta que una chispa se acerque demasiado para saltar por los aires.

«—¿Cómo te va? El otro se agachó y acercó su rostro al de Novoa. No se dieron la mano. Novoa se estremeció al reconocer aquellos rasgos duros que, a causa de la oscuridad, se le antojaron grotescos. Zahera no había cambiado mucho. […] —No me puedo quejar —respondió Zahera—. ¿Pero a ti qué se te ha perdido aquí?»

Este es el gran mérito, y donde radica la mayor virtud literaria de este conjunto de relatos: en saber tensar las situaciones hasta un punto en que el conflicto resulta irremediable y sólo falta saber si se producirá dentro de las páginas o ya “fuera de plano”. En todo caso, es de insistir en la precisión con que De Castro da cuerpo a unos personajes solitarios, rodeados de hostilidad, perdidos y desprevenidos ante la tormenta inminente, personajes que quisieran huir si tuvieran algún sitio al que hacerlo. Esa capacidad de dibujar la violencia “latente” en cada uno de los catorce relatos es lo que hace de Tiempo prestado un libro muy sólido y de gran valor.

lunes, mayo 16, 2016

Como meteoritos, Alejandro Amelivia


Talentura, Madrid, 2015. 152 pp.13 €

Miguel Baquero

Como lector, pero todavía más como autor ocasional de cuentos, una pregunta se me plantea al acabar la lectura de este excelente libro del logroñés Alejandro Amelivia (1976). Pero lo primero es lo primero, y dicho queda que el libro es excelente. Se trata del primer volumen en solitario del autor, después de haber participado en varias antologías de relatos, y desde los párrafos iniciales se nota que camina por el cuento con una gran seguridad: sabe lo que quiere decir y sabe cómo decirlo. No se pierde en vericuetos gratuitos de estilo ni añade al cuento escenas innecesarias; en este sentido, se trata de un conjunto de nueve relatos directos, que golpean sobre las páginas como quizás el autor ha querido indicar en el título, como bólidos que caen de golpe. Son relatos, todos ellos, en los que los protagonistas de mueven en torno a emociones primarias, como el deseo de venganza, como la sed de alcohol, como el miedo o como la desconfianza hacia lo desconocido. Intercambian entre sí diálogos tajantes, con los que se tensiona el cuento y, de alguna manera, hacen temer un desenlace terrible. Son relatos, en fin, en los que se aspira a conseguir un ambiente de crudeza y se aparta toda intrusión del exterior.
Cuentos cerrados en torno casi a una idea fija o un comportamiento morboso que el autor tensa hasta que se acaba por romper. Así en la excepcional “Vecinos de Hawthone” la llegada de un forastero perturba el ambiente, si no idílico, sí “normal” que se respira en un pequeño pueblo, y en el aire va tomando forma una temible amenaza. Algo parecido ocurre en “El borde del claro”; aquí es la llegada repentina de un cazador a una choza habitada por una tranquila pareja la que de pronto suscita esa perversidad que de algún modo estaba larvada. En la brutal “Kentucky Gentleman” las cosas, por su propia naturaleza, poco a poco se van saliendo de madre hasta que acaban por estallar. Hay en Amelivia mucho de ese realismo sucio de que son maestros autores como Carver o como Richard Ford, tanto en el minimalismo de la redacción, que se quiere reducir casi a elementos fundamentales, como en esa sensación dominante en todo el relato de que “algo” ominoso está aflorando bajo la capa de normalidad.
Y aquí es donde se le suscita al lector/autor la pregunta a la que me refería al inicio de esta reseña, una vez reconocida la calidad de los cuentos y una vez recomendada, por supuesto, la lectura del libro a quienes quieran enfrentarse a relatos modernos y de muy buen nivel. La pregunta es ésta: todos, o la gran mayoría, de los cuentos de este volumen suceden en los Estados Unidos, y los personajes tienen nombres e incluso utilizan expresiones —como cuando las mujeres dicen “voy a los oficios” o los conductores toman “la interestatal”— típicamente USA. Y uno entiende que el libro lo necesitaba, que si esas mismas historias, en muy gran parte truculentas, tuvieran lugar en Segovia, Huelva, siquiera en algún punto de Europa, por alguna razón carecerían de credibilidad. Y aparte de lo que el autor haya incluido en ello de homenaje a sus referentes norteamericanos, resulta curioso —al menos para este reseñista— y da que pensar cómo lo que en otro contexto nos parecería inverosímil, o tremendista incluso, ambientado en Illinois resulta perfectamente creíble. De hecho, uno de los cuentos más “flojos” —pero siempre sosteniendo un nivel más que aceptable— es “Estrella blanca”, y quizás porque los personajes se llaman Lorenzo Gutiérrez, Alberto o Valeria. Y es significativo cómo un cuento, “El borde del claro”, excelente, pero que en principio no necesitaba más “localización” que un espeso bosque, debe apoyarse pese a todo en un personaje llamado “Ben”. Pero al fin sólo son detalles que pueden intrigar a un aspirante a cuentista; para el lector no puntilloso con estas cosas, Como meteoritos le asegura un rato de muy buena lectura y nueve cuentos más que recomendables que le dejarán sorprendido.

viernes, mayo 13, 2016

Solo con invitación: Hombres felices, Felipe R. Navarro


Páginas de Espuma. Madrid, 2016. 120 pp. 14,00 €

Eduardo Cruz Acillona

Confesaba Borges en una ocasión haber cometido «el peor pecado que uno puede cometer: no he sido feliz». Sin embargo, Leon Tolstoi afirmaba que sólo hay una manera de ser feliz: «vivir para los demás». En ese sentido, deberíamos concluir que Borges sí debió ser una persona feliz pues vivió y, sobre todo, escribió para los demás. Y sin embargo…
Raro es el filósofo, el pensador, el escritor que no haya reflexionado alguna vez sobre la naturaleza de la felicidad, su alcance, su duración o la fórmula secreta para conseguirla. Hasta el más pesimista de los grandes pensadores de la Historia, el filósofo alemán Schopenhauer, escribió el famoso tratado El arte de ser feliz. También esa reflexión se cuela por entre los relatos que componen el nuevo libro de Felipe R. Navarro, Hombres felices.
Lejos de ser, ni parecer, un libro de autoayuda, no es este tampoco un catálogo completo de los diferentes modos en los que la felicidad se nos manifiesta, ni mucho menos. Es más, por sus páginas desfilan personajes a los que no se les atisba ni un simple bosquejo de felicidad. Al menos, en el instante en que son retratados por la mirada del autor.
Como cuadros de Edward Hopper (uno de ellos protagoniza, precisamente, uno de los relatos, “El modelo”), Felipe R. Navarro se detiene en un instante de la vida de sus protagonistas. Los observa, ve cómo actúan, como interactúan con su entorno y nos lo cuenta. Son pequeñas escenas dentro de una gran historia que es la vida de cada uno de ellos. Son intrahistorias que merecen la pena ser destacadas y contadas. En algunas hay felicidad. En otras, se intuye que en el algún momento la hubo. Hay un hombre que no es feliz porque le visitan fantasmas sin sábana blanca (“Soy el lugar”). Hay un hombre que es feliz empujando una gran piedra ladera abajo (“Orígenes del turismo”). Hay un hombre que no es feliz en medio de un montón de gente que festeja una celebración (“Apuntes para una celebración”). Hay un hombre que es feliz jugando al fútbol con su hijo (“Amarillo limón”). Hay, también, otros hombres cuya felicidad siempre tiene un pero, una esquina oscura que empaña la alegre vistosidad de la imagen. Así es la vida. Y de su relatividad se alimenta Felipe R. Navarro para desplegar ante nosotros una colección de sugerentes excusas para mirarnos a nosotros mismos y descubrir esas pequeñas intrahistorias que tenemos guardadas y que son las que realmente merecen la pena. Quizás no podamos ser los narradores de nuestro propio destino, pero sí tenemos el poder de contarnos una y otra vez esos momentos que conformaron una sensación muy cercana a la imbatibilidad, a la invulnerabilidad; a la efímera pero plena felicidad.
Quince años después de su primer libro de relatos (Las esperas, Ed. Renacimiento, 2000) Felipe R. Navarro regresa a la narrativa breve y lo hace, según sus propias palabras, feliz. Si en su día abandonó la literatura por una decisión personal y plenamente consciente, a ella ha vuelto despacio, “inconscientemente”, afirma. Pero lo hace por la puerta grande y, lo que es más importante, insisto, lo hace feliz.
No pretenda el lector encontrar aquí las claves para conseguir su propia felicidad. Pero atienda con especial detalle a la nota de agradecimientos con la que se cierra el libro. Encontrará allí un completo listado de hombres y mujeres felices, esos que entran por derecho propio en la categoría de “amigos” y sin cuya compañía se hace mucho más cuesta arriba terminar siendo uno más bajo el techo del título de este libro.


Felipe R. Navarro: «No entiendo lo del sufrimiento escribiendo»


Quince años después de su libro de relatos Las esperas (Ed. Renacimiento, 2000), el autor malagueño Felipe R. Navarro reúne una nueva colección de cuentos bajo el título Hombres felices.

—Hizo usted literalidad del título de su primer libro y las esperas han durado quince años. ¿Por qué tanto?
—Los nombres son importantes, se dice en El Quijote. La elección del nombre define… La verdad es que en un momento de mi vida tomé una decisión personal y aparté la literatura de mi lado. Pero como soy abogado y los abogados somos gente poco honrada, he vuelto a las andadas. Empecé de nuevo de manera un tanto casual, escribiendo notas en borrador, en Facebook… Mi hermano me animó a crear un blog y a los dos meses me di cuenta de que se me estaban montando una serie de textos que no tenían nada que ver con lo que yo pretendía (puro entretenimiento) pero que estaban explicando una cosa. A partir de ahí, lo tomé en serio y me propuse ver hasta dónde podían dar de sí. Fue una decisión consciente el dejar la literatura y una decisión casi inconsciente el retomarla.

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miércoles, abril 06, 2016

Biodiscografías, Iban Zaldua


Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 224 pp. 17 €

Jaime Valero

La música produce un efecto sobre el oyente que va más allá del goce estético, más allá de la respuesta emocional que despierta una melodía, una entonación o una sucesión de acordes. Tiene un carácter universal, puesto que nos habla en un lenguaje que no entiende de idiomas, y si hay algo que de verdad nos estremece por dentro al escucharla, es su prodigiosa capacidad para evocar recuerdos. Basta con escuchar el principio de una canción para que nuestra mente se inunde con imágenes del pasado: la primera vez que la escuchamos, aquel concierto al que fuimos en compañía de otra persona —quizá nuestra futura pareja—, y eso nos lleva a pensar en cómo éramos cuando aquella canción era nuestra favorita, cómo vestíamos, cómo pensábamos... y cómo hemos cambiado desde entonces. Pocos estímulos externos le tocan tanto la fibra a una persona como cuando enciende la radio y se topa con esa canción “de su época” que le remite a unos años que ya creía olvidados.
Esa capacidad de la música para avivar nuestros recuerdos es la base del nuevo libro de relatos de Iban Zaldua, titulado Biodiscografías. Estructurado en una serie de historias cortas, a modo de pequeños flashbacks vitales, cada uno de estos cuentos está encabezado —motivado, más bien— por un disco diferente. Estos discos se nos van presentando en orden cronológico, comenzando por el Revolver de los Beatles, que vio la luz en 1966 —coincidiendo con el nacimiento del autor—, y culminando con The Smile Sessions, de los Beach Boys, publicado en el año 2011. Entre estos dos extremos, Zaldua nos ofrece una serie de vivencias fugaces que siempre giran en torno a la música, pero que no se limitan a ella.
Buena parte del encanto de estos relatos recae sobre la selección musical, con bandas en su mayoría extranjeras tales como The Kinks, Pink Floyd, R.E.M., The Smiths, Radiohead y The Cure. Zaldua se nos revela como un melómano empedernido que salpica sus narraciones con apuntes agudos y perspicaces sobre la música y sus intérpretes. Pero en un nivel de lectura más hondo, este Biodiscografías también es un repaso de la actualidad política y social de las últimas décadas en España, y más concretamente en el País Vasco, con sus tensiones políticas y sus ideologías enfrentadas. Mi momento favorito del libro ejemplifica muy bien lo que Zaldua ofrece a lo largo de toda la obra. Se trata de un interludio en el que, en lugar de un disco, el relato gira en torno a tres conciertos. El primero de ellos se celebra en el velódromo de Anoeta en 1982, con Roxy Music y King Crimson. El segundo, diez años después y en el mismo lugar, con U2 como protagonistas. Y el tercero, otros diez años más tarde, en la plaza de toros de Ilumbe, con un cartel compuesto por Maná y Álex Ubago. ¿Qué pueden tener en común estos tres eventos, tan dispares tanto en el tiempo como en lo musical? La respuesta es una chica, a la que solo nuestro protagonista es capaz de ver. Una chica que nunca llegó a nacer por culpa de un atentado.
Como todo buen relato que se precie de serlo, los que aquí nos presenta Iban Zaldua son fotogramas de una historia mucho más grande que el lector debe completar con su propia imaginación. A su brillante capacidad de síntesis y a su claridad en el lenguaje, libre de florituras y pretensiones, hay que sumar el amor por la música que planea por toda la obra, y que convierte la labor de pasar las páginas de este libro en algo tan placentero como ojear vinilos en las cubetas de alguna de las pocas tiendas de discos que, por desgracia, quedan en nuestro país.

viernes, marzo 04, 2016

Andarás perdido por el mundo, Óscar Esquivias


Ediciones del Viento, A Coruña, 2016. 242 pp. 18,50 €

Ignacio Sanz

Qué hormigueo antes de comenzar a leer este libro de relatos de joven escritor burgalés. ¿Joven? Acaso no lo sea tanto. En todo caso prematuro porque comenzó a escribir con pulso firme hace más de veinte años; le respalda una obra con más de una docena de títulos, fundamentalmente novelas. Tras La marca de Creta y Pampanitos verdes este sería su tercer libro de cuentos. ¿Seguirá el viento favorable soplando a su espalda?, se pregunta el lector que ha seguido con atención sus entregas anteriores. De momento la foto de la portada, obra de Asís Ayerbe, muestra un ciclista pedaleando plácidamente por una pradera con pinos al fondo portando a la espalda un el estuche de un chelo, así parece augurarlo.
El título, nos aclara el autor en una nota final, procede de la maldición lanzada por Yavé contra Caín. Por mi parte, como lector pejiguero, habría preferido “Perdidos por el mundo”, más memorable, pero Yavé dijo lo que dijo. Los protagonistas de estos relatos son tipos desnortados, gente desubicada; a veces no tanto por sus viajes como por su identidad, por su inmadurez, por su menesterosidad. En cualquier caso estamos ante una variedad de personajes, algunos inolvidables, sobre todo cuando los protagonistas son niños como los dos hermanos de “Curso de natación”. Sí, nos arrebatan los niños de estos relatos, incluso los adolescentes como “El Chino de Cuatroca”, un personaje capaz de sobreponerse a situaciones extremas que, al mismo tiempo, parece sacado de una estampa barojiana de buscavidas populares madrileños del siglo XX, pero envuelto por los conflictos latentes en este principio del XXI con tantas oleadas migratorias. Pero vayamos por partes, porque no es fácil hablar de manera genérica de un libro de cuentos en el que hay un estilo poderoso, un dominio absoluto de la escritura, un fluir torrencial sin desbordamientos, pero en el que habría que distinguir los cuentos que beben en la experiencia y la memoria y aquellos que, con un salto de pértiga por medio, se sustentan en mundos exóticos o imaginarios como consecuencia de la lectura. Si tuviera que elegir me quedaría con los primeros. “Todo un mundo lejano” el cuento con el que arranca el libro sería un modelo magnífico. Si hasta parece escrito por un ex alumno de colegio muy religioso de los años sesenta, cuando el autor no había nacido. Qué bien describe el mundillo interior, las reuniones parroquiales, las catequesis, las excursiones, en fin, todo eso que fue, que acaso siga siendo un activo de la Iglesia Católica en las grandes barriadas. Maravilloso y, por supuesto, con un final sorprendente.
Con todo, si tuviera que elegir, me quedaría con “La Florida”. Ya sé que no hay que elegir, pero me ha gustado tanto, tanto, tanto. Qué maravilla de cuento. El protagonista es un niño que describe una visita a un hospital psiquiátrico en Oña, pueblo de la provincia de Burgos, para visitar a un familiar. Hasta es posible que el autor tire de su memoria, es decir, de su experiencia. Lo cierto es que el cuento resulta conmovedor por las descripciones, por el pulso narrativo, por el humor que salpica sus páginas, por el desconcierto final.
“El misterio de la Encarnación” es otro de los cuentos protagonizado por un niño. Y de nuevo asistimos a escenas tiernas mezcladas con la brutalidad descarnada que impregna la vida de los humildes. Y todo salpicado por malentendidos y por ráfagas de humor que hacen que el cuento, por desgarrador que resulte, nos lleve por momentos a la risa más desatada.
No puedo, no debo detenerme en cada cuento. Otros, escritos bajo la influencia de ambientes filarmónicos, cinematográficos, directores de orquesta, profesores maniáticos, Rusia, París, California. En fin, que en esta ocasión, Óscar Esquivias ha subido a sus lectores en aviones imaginarios para sacarlos de su territorio más ancestral, el Burgos de su niñez, el Villandiego de sus veranos o el Madrid en el que lleva viviendo casi la mitad de su vida. Se nota que la música es una de sus pasiones, es decir, que cuenta lo que cuenta con solvencia sobrada, pero a mi me sigue arrebatando el Esquivias que barrena en su memoria infantil. En cualquier caso lo que nos atrae, lo que nos subyuga es su estilo, su elegancia, su precisión. Recuerdo a este respecto lo que decía con pasión Almudena Grandes hace ya diez o doce años: que Óscar Esquivias era el joven escritor español que más la interesaba por la excelencia de su estilo. Han pasado algunos años y Óscar Esquivias sigue fiel al encanto que cautivara a la popular novelista madrileña. Es más, hay pasajes de estos cuentos en los que, tras ser leídos, uno los vuelve a leer por el goce estético que producen. Solo por eso habría que tirar cohetes cada vez que aparece en los escaparates un libro de Óscar Esquivias.

viernes, febrero 26, 2016

Cuentos completos, E. L. Doctorow


Trad. Carlos Milla, Isabel Ferrer, Jesús Pardo y Gabriela Bustelo.
Malpaso, Barcelona, 2015. 504 pp. 22 €

Salvador Gutiérrez Solís

La editorial española Malpaso tuvo la suerte de recibir del propio E. L. Doctorow la recopilación de sus Cuentos completos, ordenados por él mismo. Mucho más que una primicia, un auténtico tesoro literario que la desdicha ha convertido casi en un testamento, ya que el escritor norteamericano falleció poco tiempo después de enviar a los editores españoles su obra.
Buena parte de los lectores de Doctorow tuvimos conocimiento de su existencia gracias al cine, a la adaptación de algunas de sus novelas más célebres, entre las que destacan Ragtime y Billy Bathgate. Pero Doctorow es mucho más que es un escritor de películas, cabe considerarlo como uno de los grandes cronistas de la sociedad norteamericana de los últimos cincuenta años.
En estos Cuentos completos recorremos esas interminables carreteras que tan bien nos ha mostrado Wim Wenders, en su filmografía, que suene Ry Cooder, en compañía de mujeres y hombres abrumados por su presente, presos de su pasado y angustiados por su futuro. Parejas que fracasan, familias que se desmiembran como una muñeca rota, hijos que reniegan de sus padres y padres que no tienen respuestas que ofrecer. El relato de un país sumido por los efectos de una guerra en el corazón del odio y de las tinieblas, la corrupción estructural de su clase político y una economía que azota a la clase media.
Descarnado, vibrante, desnudo, certero, preciso, comedido en las descripciones, versátil con los silencios, despojado de cualquier calificación, Doctorow nos muestra una sociedad que se hunde en el pasado y que no atisba una luz en el final del túnel, bien porque nadie se la muestra o bien porque, sencillamente, no existe. O porque nadie la busca. Una sociedad en la indefinición.
Doctorow traslada a sus relatos el latido de su tiempo, lo que llega a provocar en el lector un estado que me atrevería a calificar como de desasosiego, ya que es tal la nitidez, la realidad, de las situaciones y de los personajes que nos muestra, que es prácticamente imposible mantenerse al margen. En la piel de estos Cuentos completos podemos encontrar nuestra propia piel, con sus cicatrices sin curar, con sus quemaduras provocadas por el paso del tiempo. Una descarnada y honesta, y por tanto real, lección de Literatura.

lunes, noviembre 16, 2015

No aceptes caramelos de extraños, Andrea Jeftanovic


Comba, Barcelona, 2015. 171 pp. 16 €

David Vicente

Hay algo en la prosa de la chilena Andrea Jeftanovic que recuerda al boxeador Mohamed Ali: «Se mueve como una mariposa, pica como una avispa», decía de él su asistente Bundini Brown.
Su prosa está plagada de un cuidado estilismo que da como resultado una belleza estética al alcance de pocos escritores. Una belleza que te atrapa, que parece conducirte al terreno de una literatura placida. Se trata de un callejón sin salida: una vez que te ha agarrado en su tela de araña, Andrea no duda en lanzarte un croché de derecha directo a la mandíbula, del mismo modo que el púgil de Kentucky. Sus personajes nos muestran lo que no queremos ver de nosotros mismos, lo que las convenciones sociales nos han castrado y nos avergüenza si quiera imaginar.
También tiene mucho su narrativa del cine de Haneke. Del mismo modo que el austriaco, ella nos traslada a un terreno conocido y a priori seguro: la familia; para acto seguido hacer que nos retorzamos en nuestro cómodo sillón de la moral establecida. Las relaciones familiares son una constante en la literatura de Andrea. Ya estaban muy presentes tanto en Escenario de Guerra, como en Geografía de la lengua (las dos novelas con las que cuenta hasta el momento). No aceptes caramelos de extraños, por supuesto, no es una excepción. Todo lo contrario, los once relatos de este libro abordan sin tapujos diversas aristas de la convivencia dentro de esa pequeña patria que es el hogar. Incluyendo la más sacra de ellas, la relación paterno-materno/filial.
Pero las aborda de un modo deforme, estirando la goma al extremo de lo aberrante, al extremo de lo que solo les sucede a otros y, sin embargo, tememos que pueda sucedernos a nosotros. Hasta hacernos dudar de qué es lo verdaderamente aberrante, o incluso si este término tiene algún significado.
La moral establecida, como concepto cultural occidental, se ve cuestionada a través del deseo, del miedo, la angustia o el instinto irrefrenable que enfrentan los personajes de estos once cuentos. Unos personajes que podríamos ser, quién sabe, nosotros mismos. De algún modo, la propia presencia física de la escritora, anuncia lo que nos espera detrás del telón. Hace poco me reencontré con ella en Madrid, tras cuatro años sin vernos. Sigue portando ese físico menudo e inocente, mirada dulce. De alguna manera remite a ese tipo de mujer de la que uno se enamora por su necesidad de ser cuidada. Nada más lejos de la realidad. Andrea es una mujer que no necesita que la cuiden, o no más que cualquiera de nosotros.
Su discurso, en esta ocasión en el contexto de un ciclo de narradores chilenos en Casa de América, está tejido sobre mimbres consistentes que lo soportan todo, desde los años de dictadura de su país, a un feminismo militante que no convierte en hembrismo, pasando por la inmigración o sus orígenes judíos.
Todo esto también está muy presente dentro de su obra.
No resulta sencillo hacer una crítica desde la amistad, mucho menos desde la admiración incondicional. Decir que Andrea Jeftanovic es una de las escritoras contemporáneas en habla hispana imprescindibles, resulta un tópico y, sin embargo, no deja de ser cierto.
A pesar de aparecer en todas las listas de las revistas especializadas que remiten a las voces ineludibles de la narrativa iberoamericana, sus obras han llegado a nuestro país con cuentagotas, casi desapercibidas, y siempre de la mano de editoriales independientes: Escenario de Guerra (Ediciones Baladí), o la que nos ocupa, No aceptes caramelos de extraños (Editorial Comba). Quizá sea mejor así, mal que le pese a la chilena. Lo selecto, desafortunadamente, no siempre estuvo al alcance de todos y ella es una escritora selecta. De esas que prolongan su lectura una vez cerrado el libro, ya en la soledad de tu mente.
No duden en saborear estos once caramelos, aunque en ocasiones no sean todo lo dulces que uno desearía.

lunes, noviembre 09, 2015

Las jugadas intermedias, David Vivancos allepuz


Letras de Autor, Madrid, 2015. 200 pp. 14,25 €

Miguel Baquero

Siempre he defendido que, a la hora de escribir, o de “montar”, un libro de cuentos para ser publicado, es fundamental su planificación. Y con esto no me refiero a esa regla “tallerística” de que el autor coloque el que considere mejor primero, oculte o disimule los que crea algo más flojos hacia el medio, y acabe con otro que también tenga en estima, para dejar un buen sabor de boca. No me refiero a esa planificación “táctica”, sino a otra, que podría llamar con bastante pedantería “estratégica”, que contemple el volumen de cuentos como, en efecto, un conjunto cerrado con sus propias reglas, un libro sólido, no un “totum revolutuum” o cajón de sastre donde soltar y apretujar los excedentes del cajón de distintas épocas.
Para ello —siempre a mi gusto, por supuesto—, los cuentos tienen que tener algo que los unifique, ya sea una atmósfera, un tono, una intención… o ya sea que todos tocan un mismo tema o suceden en un mismo lugar o una misma época. De preferir, prefiero lo primero, que los unifique el tono, el ritmo, el clima, y elementos más literarios, que lo segundo, que depende de factores digamos más “externos” o más obvios. Pero es una cuestión quizás subjetiva, porque todo, en último caso, depende de la calidad de la escritura.
A lo que quería ir con todo esto es que el nuevo libro de David Vivancos, en principio, me cogió frío: un libro de treinta relatos sobre un tema tan minúsculo —aunque los aficionados lo alcen a las nubes, pero al fin tan minúsculo— como el ajedrez. Donde, con cuentos de mediana extensión, iban mezclados hiperbreves, modalidad en la que, por cierto, el autor ha participado en varias antologías.
Pese a esa pequeña prevención inicial, marcada por lo restringido del tema, Las jugadas intermedias, pronto lo advierte el lector, es un gran libro. Un gran libro sobre un juego que éste particularmente que reseña, y que apenas si sabe mover las piezas, no sabía pudiera tener tantas aristas, tanto trasfondo, tantas posibilidades narrativas. Vivancos, con un pulso muy firme, va dejando caer sus historias sobre cada una de estas facetas, cada uno de estos escaques, y apretando luego el reloj, para que el lector comience a degustar el relato. Hay cuentos donde se nos habla de viejos jugadores fracasados, de jugadores triunfantes también; otros en que se nos habla de trampas, que también las hay y, por cierto, muy ingeniosas; o de la amistad que puede surgir entre jugadores, así como las inquinas ocultas… por contar, se nos cuenta incluso, siempre con muy gran firmeza y seguridad en la escritura, como deben jugar los grandes maestros, se nos cuenta, decía, los sueños de un jugador, o fantasías sobre plantas en que florecen alfiles, caballos, damas…
Todo un pequeño universo, en resumen, con sus grandes dramas, pero también sus pequeñas anécdotas. Con sitio para el humor, que en general tiñe todos los relatos, pero también para la seriedad. Un microcosmos creado en treinta cuentos, treinta casillas, que cumple con el principal requisito que, en mi opinión, debe tener un texto literario de calidad, y que no es otro que su capacidad para introducir al lector en un universo distinto, extraño, artístico… y fascinante, no sólo para quien sabe y disfruta del juego, sino para cualquier lector que guste de la buena literatura.

viernes, octubre 16, 2015

Siete casas vacías, Samantha Schweblin


IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.
Páginas de Espuma, Madrid, 2015. 128 pp.14 €

Cecilia Frías

Al adentrarnos en las casas vacías de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) hay que hacer un ejercicio de confianza y dejarse llevar por la inquietante mirada de la autora, capaz de escarbar en una serie de escenarios de apariencia inocente hasta que aquellos fragmentos de vida logran que nos revolvamos en nuestros cómodos asientos avivados por el desconcierto. Pues, ¿quién podría imaginar que por los elegantes barrios porteños se pasean una madre y una hija como dos furtivas empeñadas en enderezar los detalles de las casas que consideran fuera de lugar?, ¿que esas existencias de fachada irreprochable se pueden ir al garete si este neurótico tándem decide atascar su gastado coche sobre el césped o apropiarse de la azucarera heredada? O acaso… ¿no se nos cambiaría el semblante si tras la cristalera de otra residencia de verano descubriéramos a dos abuelos desmemoriados jugando en pelotas junto a sus nietos? La normalidad no es más que un mero consenso cultural −ha insistido Schweblin en repetidas ocasiones−, y no hay más que bucear por el interior de estos personajes para constatar que en ellos está la clave que convierte la casa en jaula −como sucede en el relato de esa conversación pendiente con la pareja, tan insoportable que hace que la mujer se eche a la calle en albornoz y encuentre la complicidad en un solitario taxista con el que pasea de noche, sensación claustrofóbica que igualmente se destapa en el extenso cuento protagonizado por Lola, la anciana que vive prisionera de un cuerpo vencido que se resiste a morir y de esas paredes conocidas, una suerte de celda protectora para que los recuerdos no se le sigan deshilvanando.
En la mayoría de los casos la autora saca a sus personajes de casa, los expulsa del refugio para que lejos sus muros protectores experimenten el vértigo. Lo sufre en carne propia la joven que vuelve a un Buenos Aires extraño y, buscando aspirinas para su suegra por una ciudad nocturna y casi onírica, ve cómo le va ganando la angustia cuando repara en que no tiene ni una caja en las que meter sus pertenencias y, por ende, no posee nada salvo el menguado espacio que ocupa su propio cuerpo. Cajas que Lola arma y desarma sin cesar en un intento de ordenar esa realidad que la desconcierta a cada rato y que funcionan como metáfora del ser cuando la anciana, en su afán por desaparecer, intenta adelgazar sus posesiones. Cajas, en definitiva, que conllevan una carga emotiva adicional porque preservan del olvido las ropas del hijo muerto –en “Pasa siempre en esta casa”− o porque, como apuntaba Schweblin, “En la clase media argentina, casi todos somos nietos de inmigrantes, y los inmigrantes tienen afán por guardar todo. Luego he visto familias desarmarse porque se van los hijos, se divorcian, no hay dinero, etcétera. Y eso significa clasificar, desechar".
Pero no solo el personaje sino también el lector, como decíamos al principio, es expulsado de su zona de confort y debe estar atento para escuchar lo silenciado, reconstruir historias edificadas sobre el terreno de la ambigüedad y replantearse posturas. La escritora lo bordó en Distancia de rescate, esa novela corta publicada este mismo año que tensaba la cuerda para que no se nos relajara ni un músculo y lo vuelve a conseguir con Siete casas vacías. Pues no solo empatizamos con la actitud sin contaminar de los nietos que disfrutan estampando el culo contra la vidriera junto a sus abuelos desnudos sino que, en un “Un hombre sin suerte”, compartimos la complicidad de una niña que confía en un desconocido para ir a comprarse unas bombachas mientras sus padres permanecen en urgencias al lado de su hermana, e incluso sentimos cierta lástima cuando la policía detiene al “presunto pederasta” ante los ojos decepcionados de la pequeña.
Siete relatos hermanados por espacios, personajes desubicados y, ante todo, la original mirada de Schweblin que afila su estilo austero para ahondar en los recovecos de la normalidad y demostrarnos que las apariencias engañan. Sin duda, uno de los Premios de Narrativa Breve Ribera del Duero más merecidos.

lunes, junio 01, 2015

Miradas, Guido Finzi

ACVF Editorial, Madrid, 2015. 164 pp. 11,86 €

Miguel Baquero

Siempre se ha dado por supuesto que entre los escritores hay mucha «pose», dicho siempre también con ánimo peyorativo. Lo cual no pienso, en realidad, que esté tan mal, si lo tomamos como esfuerzo para mantener una actitud, sostener una propuesta estética que en ocasiones debe trasladarse también a la indumentaria, al comportamiento, a la manera de hablar del autor. En realidad, y pensándolo mejor, la tan denostada «pose» (crearla y sostenerla) sería más bien un merito… a condición de que parta de la honradez y de la verdad. Porque cuando parte de una campaña de marketing en que se han establecido las últimas tendencias a seguir por quien quiera vender libros, o de unos asesores que obligan a un determinado autor a ser juvenil y desenfadado, o de una reflexión casera y anticuada que identifica el «escriturismo» con ser un estrafalario o un «snob», entonces es cuando el concepto «pose» referido a un escritor (más bien a uno que dice que escribe) resulta de lo más grotesco.
No es este el caso de Guido Finzi, me apresuro a afirmar, un escritor hispanoargentino a quien muchos conocimos por su primera colección de relatos: Rumbo sur, editada por primera vez en digital, y que, dada su buena acogida, pronto conocerá la edición impresa. Entretanto este acontecimiento (pequeño pero «acontecimiento» para quienes desde el primer momento conectamos con su estilo) se produce, se publica en estos días Miradas, su segunda colección de relatos.
Sería larga y un poco absurda tarea desmenuzar aquí críticamente los casi treinta cuentos que componen este volumen. Baste decir que se podrían agrupar en tres temáticas: las historias de amor, surgidas o recordadas a partir de encuentros casuales en cafés de Madrid o de Buenos Aires; las historias que tienen como protagonistas a antiguos nazis huidos o a viejas víctimas del Holocausto; y los que sirven como pretexto para verter una mirada crítica sobre el clima actual que nos rodea cuando se supone hablamos de cultura, un ambiente bastante estúpido en general.
Y es en este punto cuando vuelvo a lo de la «pose». Guido Finzi (se aprecia enseguida en cada uno de los renglones tanto de este libro de relatos como del anterior) ha querido en todo momento «actuar de escritor» y escribir buenos cuentos, hacer un libro serio (no confundir ni mucho menos son solemne), donde la literatura tal como la solemos entender tenga la importancia debida. Nadie entienda con esto que su estilo sea florido, rimbombante (como ay, muchos enseguida se figuran hoy en día cuando se dice de una obra que es «literaria»); muy al contrario es una prosa fluida, trabajada para que suene con naturalidad (que no, como también se confunde, dejada caer desde lo alto), que acompaña a unas historias que buscan incluir a personajes verdaderos.
En todos sus relatos, Finzi busca, en último caso, la elegancia, la clase. No busca reconstruir esa vida común y ordinaria de la que, al final, con la excusa de reivindicarla, están llenos libros, y películas, y series de televisión; ni emplea lo soez al expresarse, con la coartada de que «es lo que hay». Finzi quiere, desde el primer momento, asentarse lejos del mundo cotidiano (para acceder al cual, quizás, no necesitamos libros, sino simplemente bajar a la calle) e invitar a sus lectores a ingresar en un mundo diferente donde la gente habla con «propiedad» (esa extraña facultad que los personajes literarios han perdido), cuentan historias interesantes, aspiran a enriquecerse intelectualmente, huyen del lugar común, abominan la obviedad, son de trato educado y correcto. No se ríen a carcajadas, según las acotaciones de los malos libros, ni fuman un cigarrillo detrás de otro (de nuevo las acotaciones) sin pedir permiso a quienes tienen alrededor, ni salen a la calle «a la carrera» sin antes prestar siquiera un segundo de atención a su aspecto.
Son, en suma, personajes con clase e historias con elegancia, que son lo que Guido Finzi está convencido que un escritor debe proponer a sus lectores. El resultado es un libro exquisito, para leer con calma, con sosiego (qué pintan esas prisas y esos «tirones» con los que ahora, al parecer, tienen que leerse todos los libros), quizás junto a una taza de buen café y pasando las páginas sin atropellarse.

lunes, mayo 25, 2015

Terrestre océano, Tere Susmozas

Torremozas, Madrid, 2015. 124 pp. 12 €

Miguel Baquero

Existen, en mi opinión, dos conceptos antitéticos, como son la poesía y el cuento —o mejor, el relato, luego explico el porqué de esta puntualización—. Ambos conceptos pueden tocarse, por supuesto: existen relatos llenos de pinceladas poéticos y existen libros de poemas que siguen una ligera línea argumental. Pero distinta cosa, me parece, es integrar por completo ambas modalidades, que yo siempre había pensado refractarias, en un mismo texto.
Esto es lo que considero pretende la madrileña Tere Susmozas en este Terrestre océano, título tomado de un verso de Neruda. Hacer del cuento no una forma, más o menos poetizada, del relato sino una forma renovada e integradora de ambas voces. Con independencia de su extensión: todos ellos en general breves, hay cuentos de una sola página, otros que ocupan casi una decena divididos en semi-capítulos…. Con independencia también del tema que traten, sea el amor, la soledad, el dolor… El factor unificador de este volumen de cuentos —y aventuro ya que de toda la carrera de la escritora que aquí comienza— es esa voz, ese estilo o ese género en que se funden relato y poesía.
Por el nutritivo y esclarecedor prólogo de Ángel Zapata me informo de que esta manera de narrar/poetizar se quiere llamar “neosimbolismo” y ya la practican otros cuentistas de prestigio en nuestro país y asimismo es el factor diferenciador en muchos concursos de cierta categoría. En resumen, se trata de una forma nueva, o renovada, en que el cuento crece en torno a un motivo —un grito en la noche, un sonido lejano, una caja abierta, un trino de pájaros y por supuesto la salida o la puesta de sol— y no crece desde el primer al último renglón, como venía siendo la costumbre, de forma lineal, alrededor de un eje argumental, sino que se esponja, toma volumen, se envuelve en torno al motivo. “Crepúsculo casi helado sobre un puente”, “Sonido cíclico que arrasa”, “Percepciones de lo ausente”, “Pájaros a la deriva entre constelaciones”…son algunos de los títulos que componen este volumen. Nadie busque en ellos relatos claros, diáfanos, de los de planteamiento, nudo y desenlace —que no porque sean los que más tiempo llevan practicándose van a ser los mejores, por cierto, en eso estoy de acuerdo— pero a cambio es verdad que se encontrará “imágenes en movimiento” —valga llamarlo así, pues no acierto a decirlo de otra manera; en fin, a lo propio de la narrativa me refiero— teñidas de un gran tono poético, de ese sobrecogimiento repentino y esa claridad que de pronto nos asalta cuando leemos un gran poema.
Cierto es que el objetivo de un buen relato es provocar esa misma sensación como conclusión de un texto, y el de una novela como final de sus páginas: conseguir que el lector ande durante un tiempo como aturdido por lo que acaba de leer, pero Susmozas —y es respetabilísimo—, ha optado por hacer de sus cuentos no un bloque de texto que nos vaya a fascinar como remate, sino una sucesión de pequeños golpes poéticos, de pinceladas líricas, de frases, eso es indudable, de primera categoría que nos va sugestionando poco a poco a lo largo de las páginas. Dudo si emplear aquí la metáfora del cuadro que para apreciarlo debidamente hay que alejarse varios pasos en contraposición a la miniatura o a la orfebrería que hace necesario arrimarse todo lo posible y hasta ajustarse en el ojo un cuentahílos para apreciar la innegable calidad.
En todo caso, de arte estamos tratando en ambos casos, y yo invito muy sinceramente a quien pueda leer esta reseña a que se acerque al libro de Tere Susmozas y entre en contacto —si, como fue mi caso, no lo conocía, o no lo conocía así denominado— con el “neosimbolismo”, y con su apuesta por conjugar poesía y relato y formar un nuevo tipo de cuento. Tendrá mejores o peores resultados —este libro está entre los primeros, creo—, pero siempre conforta ver que bajo la rígida mole de los best-sellers y los escritores anquilosados hay unas corrientes subterráneas de agua en movimiento.

lunes, mayo 11, 2015

Mi marido es un mueble, Esteban Gutiérrez Gómez

Lupercalia, Alicante, 2015. 142 pp. 12,95 €

Miguel Baquero

Tengo al madrileño Esteban Gutiérrez Gómez por uno de los mejores practicantes y teóricos del cuento que existen en la actualidad en nuestro país. Novelista también, y poeta (bajo el seudónimo de Baco), sus relatos han sido publicados en numerosas revistas, antologías, especiales; el mismo ha sido el coordinador de varias antologías, impulsor del “Manifiesto por el cuento” y la jugado un papel primordial en la creación de la revista “Al otro lado del espejo”, dedicada en exclusiva al relato. Tan fructífera carrera, podríamos decir, “cuentista” aún no había sido culminada con la publicación de un libro en solitario; una circunstancia a la que ahora viene a poner remedio este Mi marido es un mueble que, tras varias vicisitudes y accidentes, ha acabado viendo la luz en la joven editorial Lupercalia, un sello donde ahora mismo se están acogiendo un buen número de escritores con una voz firma y ganas de decir.
Lo primero que sorprende, y muy gratamente, de este volumen es su coherencia, su rotundidad. No encuentro otra manera de expresar lo siguiente: hay escritores que toman un libro de relatos como una oportunidad (sobre todo si son primerizos, o es el primero que publican) donde “meter” todo lo que han escrito y les parece de merito, donde mostrar todo su trabajo aunque los cuentos sean dispares en el tema o en el tratamiento. No es este el caso, desde luego, aunque no me cabe duda de que Esteban Gutiérrez Gómez tendría decenas, o centenares de cuentos magníficos a rescatar y con los que formar un libro voluminoso. Sin embargo, ha tenido la intuición, o seguramente el oficio, de entregar a la imprenta un libro centrado en un tema…. visto desde múltiples aristas, desde luego, tantas (17) como cuentos hay, no es desde luego el mismo relato (que también ocurre así en algunos libros) escrito diecisiete veces. Cada uno tiene un tono, unos protagonistas bien diferenciados, forma un pequeño mundo, pero todos tienen como tema unificador; el del matrimonio.
El matrimonio no como la culminación clásica de ese “y comieron perdices” en que acababan antes los cuentos, sino el matrimonio en sus días finales, o mejor: críticos, cuando la pareja se tambalea, cuando el amor parece haberse extinguido… o no, no es una apariencia, se ha extinguido de verdad. Cuando la rutina, a veces, da paso a los reproches, los reproches al rencor… y del rencor incluso alguna vez se salta al odio. El matrimonio, en definitiva, como espacio de confrontación, para lo bueno y para lo malo: este es el lugar que radiografía Esteban Gutiérrez Gómez con una técnica literaria intachable… pero eso casi que se daba por descontado en alguien de su excelente trayectoria.
Aunque en numerosas ocasiones ese alarde técnico te sorprende. Lean, por favor, el relato titulado “Miedo”: tiene uno de los mejores finales de cuento que uno ha leído nunca.
Pero, como decía, técnica depurada, intachable aparte, Mi marido es un mueble es un excelente libro de relatos porque en él demuestra el autor tener lo que ya Larra señalaba como imprescindible para quien quisiera escribir, y es un conocimiento profundo del corazón humano. Los personajes que perfila Esteban Gutiérrez Gómez en este libro de cuentos son, del primero al último, personajes vivos, comprensibles (no confundir con disculpables) aun cuando estallan en ferocidad, sus mínimas tragedias parecen no haber sido inventadas, sino vividas por el mismo autor; no he hallado un solo carácter increíble, paródico, falto de definición; es toda gente viva a la que casi oímos respirar en las páginas. Unido todo ello (la verosimilitud de cada párrafo, la técnica de cada cuento, la unidad del conjunto), Mi marido es un mueble supone uno de los mejores libros de relatos publicados en los últimos tiempos.

viernes, mayo 01, 2015

Disculpe que no me levante, VVAA

Demipage, Madrid, 2014. 398 pp. 19 €

Victoria R. Gil

Lejos de morbos y truculencias, con una naturalidad que nos es ajena por estas tierras, veinte jóvenes autores latinoamericanos nos ofrecen otros tantos cuentos inéditos sobre la muerte y, sobre todo, sus ceremonias, el verdadero tema de este libro, ya que, como asegura su prólogo, «en la muerte sólo sucede la muerte, pero los funerales fingen atender a la muerte para que otras cosas sucedan». También encontramos en el prólogo otras claves de lectura, como el humor, que aunque pudiera parecer de mal gusto usarlo en una asunto tan serio como el de morirse, algunos de los relatos se sirven de él con un desparpajo refrescante y liberador. Como explica el prologuista desconocido (imagino que el editor) la selección de los autores ha seguido un criterio primordial: «Por encima de la nacionalidad y la fecha de nacimiento, nos planteamos uno más firme: que todos fueran autores vivos (…) Nos daba miedo lo que pudieran contarnos aquellos autores que han conocido la muerte».
Las nacionalidades también existen, y hasta el sexo, que además de chilenos, colombianos, peruanos, argentinos y mejicanos, entre otros, los veinte escritores seleccionados se reparten equitativamente, quién sabe si por casualidad o elección deliberada, entre diez hombres y diez mujeres. Pero sin importar el país de origen o el sexo de los autores, para el lector español este libro ofrece una magnífica oportunidad de acercarse a un puñado de nombres como Isabel Mellado, Sebastián Graciano, Maximiliano Barrientos, Selva Almada, Carlos Yushimito, o Richard Parra, por citar sólo a algunos, con quienes compartimos idioma y cultura, y en quienes descubriremos ecos de algunos de esos narradores de allí con los que hemos crecido aquí: Cortázar, Márquez, Onetti…
Aunque esta antología bien podría haberse denominado “19 cuentos de muerte y uno de resurrección”, el título elegido, Disculpe que no me levante, rinde homenaje a Groucho Marx y a ese epitafio que siempre quiso estampar —y nunca lo hizo— sobre su tumba. Poéticos unos, tristes otros, jocosos o cómicos, fantásticos o realistas, con amores y odios que trascienden la muerte, el muestrario es más que amplio y atrayente en esta magnífica recopilación de Demipage, cuya portada ya nos da pistas sobre su voluntad transgresora: un impasible esqueleto disfrutando de un (¿último?) cigarrillo.
Lina Meruane es la encargada de iniciar el cortejo fúnebre con su ‘Ay’, una historia agridulce, morosa y desgarrada, en la que no falta una cierta truculencia fetichista, muy comprensible cuando se trata de retrasar la marcha definitiva de un hijo: «Tu padre iba en busca de la mano extraviada. La mano que habías perdido, Aitana, en algún lugar de la avenida. Ojalá nunca la encontrara tu padre en los alrededores del paradero, que no hurgara en los basureros, que no preguntara a nadie por tu mano en el comercio. Tu mano continuaría perdida y tú no tendrías que irte, Aitana; podríamos seguir aplazando la despedida».
Cierra el libro “El cementerio perfecto”, de Federico Falco, el relato más extenso de la antología, casi al borde de la novela corta, donde comprobamos que las mezquindades humanas no se paran en nimiedades como la muerte o la última morada, y su protagonista, un diseñador de cementerios, tendrá que luchar más de lo que imaginaba para construir su obra maestra, el mejor camposanto, el definitivo. Entre ambos, delicias como “Alfredito”, de Liliana Colanzi, con su visión de la muerte a través de los ojos infantiles; “Hasta que se apaguen las estrellas”, de Andrea Jeftanovic, el emotivo adiós a un padre a punto de irse definitivamente, o “De tu misma especie”, de Giovanna Rivero, uno de esos ajustes de cuenta con una ex pareja, en este caso, un antiguo novio más particular de lo habitual: «¿Qué podría reprocharte, por Dios? ¿Que resucitaste? Tu resurrección fue una felicidad y un alivio para todos, sobre todo para mí que, después del tremendo susto al ver cómo te incorporabas desorientado del que ya no sería tu último lecho, mientras a mí se me escapaba el alma con una fuerza centrífuga brutal, fui recuperando de a poco una paz lánguida, extenuada de tantas emociones».
Acérquense a esta obra con humor y sin prejuicios. Incluso sin son ustedes de esos lectores aprensivos a los que la sóla mención de la muerte les provoca una taquicardia, sabrán disfrutar de ella.

martes, abril 28, 2015

El oscuro relieve del tiempo, Iván Teruel

Ilustr. de Mercè Riba. Calligraf, Figueras, 2015. 184 pp. 18 €

Pedro M. Domene

La literatura calificada de moderna se distingue por su concepto del tiempo, el cuento suele diferenciarse por la específica forma de utilizarlo, y cuando hablamos de cuento literario su intensidad depende, en gran medida, de esa hábil contracción necesaria para el desarrollo de la acción, sobre todo cuando la narración ocurre en un tiempo presente de sucesos pasados (o futuros), hasta el punto de que algunas veces el tema y la acción llegan a considerarse independientes de ese curioso transcurso narrativo.
Iván Teruel (Girona, 1980) ha publicado una primera colección de cuentos, donde el tiempo, testigo circular e incesante, se convierte en protagonista absoluto de sus historias. Titula el conjunto, El oscuro relieve del tiempo (2015), y con una especial sutileza transforma su escritura en el correlato recíproco de una sociedad donde la incomunicación, la violencia tanto física como lingüística, el miedo al fracaso, la felicidad como víctima de un amor estrictamente sexual o la sucesiva opresión a que se nos somete a diario, cuantifican y ponen de manifiesto como el valor de la buena literatura sigue vigente; y aunque el suyo, en ocasiones no sea un tiempo, inexcusablemente espacial, se sustenta por una firme determinación memorística.
La brevedad no es una característica arbitraria en el cuento, enlaza con esa consecuencia derivada de la estructura interna del mismo, y cuando tenemos un volumen de relatos por delante poco, o nada debe importarnos que su extensión fluctúe sino que habrá que orientar nuestro interés hacia otros aspectos técnicos como la intensidad, la condensación, la propia tensión o el efecto que puedan producir en el lector; y con estas premisas, la colección de relatos que Iván Teruel pone en nuestras manos, ordenados en cuatro grandes propósitos, se adaptan a las características de un tiempo que el autor presupone necesario y del que se sirve para expresar, de una forma, fragmentaria cuanto de zozobra o de desasosiego contiene un momento como el actual, y tanto es así que las características de una sociedad contemporánea y plural quedan expresamente de manifiesto, incluso las incertidumbres de un momento tan peculiar como histórico. Convocarnos a través de una literatura hilarante y sutil para ser testigos de los límites de una existencia a que hoy estamos sometidos, de eso hay mucho en los cuentos de Teruel, y en tan múltiples facetas como conlleva la condición humana. Secretos y mentiras se esconden tras las páginas de El oscuro relieve del tiempo en mitad de una sociedad caduca como la nuestra que, de la mano del joven narrador, apela a la conciencia humana. Los setenta y dos cuentos que componen el volumen, de variada factura y extensión, se agrupan en cuatro apartados, o aproximaciones a esas peculiares existencias de las que, necesariamente, debemos aprender a lo largo de nuestra vida y, sin duda, nos sentimos familiarizados: Anatomía del dolor, Arqueología del universo, Topografía del horror y Cartografía de la derrota, una auténtica paradoja de singulares propuestas: dolor/ horror y universo/ derrota en las que, de alguna manera, nos reconocemos porque en cuentos como, “Inseparables”, esa dualidad sexo/moralidad convierte el engaño en algo cotidiano, y pese a su brevedad, los relatos del siguiente apartado ofrecen dualidades tan reconocibles como universales, “1996 también fue un año bisiesto”, donde vida/ muerte precisan, o se establecen en nuestra habitual existencia; y el horror que desprende un breve, o minúsculo relato”, “La espera” posibilita ese débil vínculo familiar y la sociedad circundante; y finalmente, esa otra muestra que se corresponde con la cartografía de una derrota, y se traduce en “Destino derecho”, o en ese futuro imperfecto que nos invade cada día de nuestras “miserables” vidas.
El desafío temático que nos propone Iván Teruel en su primera colección de cuentos, El oscuro relieve del tiempo, es sorprendente, va mucho más allá de lógica común, tanto es así que nos sacude, y nos mantiene en una permanente vigilia para salir, al menos, airosos de algunas de las atmósferas tan opresivas como nuestra sociedad despótica. El uso de la ironía en estos cuentos, frente a esa abundancia de falsos sentimientos, cuantifica en mayor medida al conjunto, y aun se añaden las ilustraciones de Mercè Riba que corroboran esas imágenes desintegradas que ofrecen muchos de estos relatos, y sugieren visiones tan turbadoras como simbólicas.

martes, abril 21, 2015

Sobreexposición, Laura Bordonaba Plou

Pregunta Ediciones, Zaragoza, 2014. 154 pp. 12 €

Pedro M. Domene

Mi admirado y buen amigo, Medardo Fraile, que escribió durante más de medio siglo los mejores relatos del siglo XX, afirmaba que “un cuento era lo más fino y personal que pueda hacer un escritor”, y con la perspectiva del tiempo, sopesando calificativos y afirmaciones al respecto, aun debemos añadir que, indudablemente, un buen cuento obliga al lector a meditar con cierta propensión a la delicadeza porque, el escritor, muestra el mundo como si mirásemos a través de una vidriera policromada y multicolor e, incluso, toca nuestro corazón, y avanza por la difícil senda de la metafísica; es así como el autor nos brinda su verdad, aunque para ello deba mentir todo lo posible como verdaderamente ocurre también en el amor; y, además, técnicamente hablando, siempre y cuando el relato sea excepcionalmente bueno, provocará una explosión.
Los cuentos, sin duda, son la quintaesencia estremecida, épico-lírica, de un trozo de mundo y la visión particular que sobre él tiene el narrador. Constelan ese intramundo, y en sus certezas o inexactitudes llevan implícita la manera peculiar de enjuiciar la sociedad. Ignoro si Laura Bordonaba Plou (Zaragoza, 1976) ha configurado, con estos dieciocho relatos que componen Sobreexposición (2014), su manera peculiar de, precisamente, sobreexponerse en gran medida al mundo, pero sí aseguro que lo ha conseguido de una manera digna e inteligente, diversificando su mirada en una serie de cuadros biográficos que nos resultan tan cercanos que, a medida que pasamos las páginas, hieren nuestra sensibilidad. Sobresalen en estos cuentos las agudas dotes de observación de la narradora, su preocupación por la sobriedad y la objetividad porque, pese a ciertos toques en sus historias, nunca cae en el sentimentalismo o la cursilería; léase cuando escribe sobre el dolor o la pérdida que provoca esa ausencia, “Viviendo con Mr. Tomura”, “Travis”, “Dammuso di Mare”, serían ejemplos válidos; otras veces sus relatos son predominantemente líricos, “Sinfonía de las ruinas”, que narra sucesos o experiencias externas, evoca ambientes e introduce al lector para hacerlo receptivo a ese estricto valor sentimental de cuanto narra; un procedimiento paralelo a la lírica, y en esta ocasión cobran especial relevancia las imágenes.
La extensión que componen los cuentos de Sobreexposición varía en cuanto a sus características, y algunos advertimos propenden a convertirse casi en una novela corta, “La ley de Bode”, “Pabellón 103” o “La luz de Marvin”, que, de alguna manera, concentran un suceso principal que desencadena el resto de la acción, con muy pocos protagonistas y, en ocasiones, el acontecimiento central del cuento, la narradora enferma de alzheimer y Tristán en el primero; el psiquiátra y cuatro enfermos, en el segundo; y finalmente, los gemelos Marvin y Albert; la acción, en este tipo de cuentos, es lo más importante y podría transcurrir en otras circunstancias, con otros personajes y se desarrolla, además, como una lógica concatenación de los episodios narrados; el destino de sus protagonistas depende un tanto del azar; Laura Bordobana narra estas historias desde una distancia, esa medida justa que le permite una objetivación tanto cronológica como retrospectiva.
Ausencia y presencia, recuerdo y olvido, el dolor, en definitiva provocado por esa ausencia, caracterizan a estos cuentos de firmes contrastes que aisladamente se concatenan para mostrarnos ese proceso psicológico interno de la mayoría de sus personajes por breve que sea su implicación, y que como lectores nos llegan por ese proceso externo solo perceptible por los sentidos, y al final los cuentos de la joven Laura Bordonaba Plou ofrecen tantas posibilidades a nuestra imaginación como a esa capacidad asociativa que pretende su autora. Esta es una buena ocasión para degustar y, por qué no, para descubrir una buena colección de cuentos, y una narradora que nos deparará futuras sorpresas.