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viernes, junio 30, 2017

En tu vientre, José Luís Peixoto


Trad. Antonio Sáez Delgado
Literatura Random House, Barcelona, 2017. 160 pp. 17,90 €

José Miguel López-Astilleros

Si dijéramos que la trama de la presente novela tiene como núcleo las apariciones marianas de 1917 en Portugal y sus protagonistas, especialmente la niña Lucía, no incurriríamos en ninguna inexactitud; sin embargo, para quienes conozcan la obra de Peixoto (Galveias, 1974), no hará falta añadir que en este libro hay mucho más que la narración de estos hechos. Es posible que para algunos los prejuicios de este planteamiento inicial los disuada de acercarse al libro, lo cual les privará de bucear en aspectos tan humanos como ancestrales de nuestra especie. Hay que especificar que esta obra no va dirigida en exclusiva a los creyentes católicos, sino a cualquier lector sensible y amante de la buena literatura. En ella el autor no toma partido sobre la veracidad o no de tales apariciones. Por el contrario, deja tal decisión al lector, puesto que en ella intervienen cuestiones muy personales e íntimas, cuando no juicios preestablecidos sobre tal o cual posición, a menudo absurdamente irreconciliables. De modo que si tomara partido podría alterar tal dimensión. Tanto es así que no hay en toda la obra descripción alguna de las apariciones acaecidas supuestamente desde mayo a octubre. En defensa de tal postura hay que señalar que la propia madre de Lucía no la creyó hasta su muerte, lo cual provocó una honda frustración en la niña. No obstante, aunque ante todo es una obra de ficción, la documentación ha sido exhaustiva. Lo que sí habría que advertir, según el autor, es que esta historia se conoce de una manera muy simplificada y superficial, lo cual implica un conocimiento distorsionado de la misma.
Para Peixoto la aparición mariana de Fátima ha constituido un insoslayable evento identitario del Portugal de hoy, en sus tres vertientes, histórica, cultural y espiritual, ante cuya aceptación o no se alinean los portugueses. Por otra parte, su enorme popularidad es un hecho innegable —recordemos la enorme cantidad de personas que se acercan hasta aquellas tierra para rendir culto a la Virgen—. Aun así, bajo este ropaje trata temas como la cohesión de la familia, recurrente en toda su obra. O la reflexión sobre las distintas formas de maternidad y relaciones con la madre. Si en el delicioso y emotivo librito Te me moriste —reeditado recientemente por Minúscula y publicado cuando contaba veintisiete años— el centro es la relación con el padre, en este va a ser con la madre. Dicha figura aparecerá caracterizada de tres modos: la madre idealizada, casi perfecta, no humana, que surge del mundo bíblico, por eso esta imagen nos la suministran los textos en forma de versículos sapienciales en la voz de Dios. En segundo lugar, la madre de Lucía, más humana, presenta una relación difícil con el personaje de su hija. Y por último, la madre del narrador-escritor, que interrumpe el texto traspasando dimensiones, representa el verbo de la conciencia, esa que, como apunta Peixoto «…queda en la cabeza de los hijos, que no es real, pero que es importante para ellos.»
De lo anterior es fácil inferir que hay tres voces en la novela. Aquella que narra los hechos desde el punto de vista de Lucía, combina la tercera persona con la primera de la niña, cuando en ocasiones esta se dirige a la naturaleza en una especie de panteísmo infantil. Y a veces con diálogos en estilo directo incorporados a la narración sin guion, pero bien identificados, o la presencia de retazos de oraciones diseminadas a lo largo de la obra. Otra voz es la del Dios bíblico, que viene dada en forma de versículos sapienciales, como decíamos, con tipografía bíblica perfectamente diferenciada. La otra voz corresponde a la de la madre del escritor, que irrumpe en párrafos entre paréntesis, reconviniendo al hijo, recriminándole su comportamiento —«Cuando eras pequeño yo te guardaba la mejor parte de todo. Si alguien se atrevía a codiciar las cosas del niño, me volvía una fiera. Me gustaría saber por qué ahora no me llamas nunca para compartir las partes buenas. Pero, si pasa algo malo, es verdad que vienes corriendo a quejarte.» (pág, 51). La presencia de lo autobiográfico, principalmente la infancia, es considerable en la obra de este autor, sobre todo en los últimos libros y cómo no en este. Argumenta que esta perspectiva o elemento le suministra la ilusión de estar escribiendo sobre algo nuevo que solo él conoce, y que dota a la narración de una energía muy particular, creando un vínculo muy singular con el lector —un ejemplo especial de esto es el libro que lleva por título Galveias, su pueblo natal, editada aquí en 2016—.
Suele ser una característica esencial en casi en toda la producción de Peixoto la presencia de lo misterioso, fantástico, sobrenatural, y en esta que nos ocupa lo sagrado y milagroso. No evita tratar la trascendencia, así en Jornal de Letras declara que debemos aceptar lo trascendente como una dimensión de lo real —y así mismo, añadimos nosotros, la ficción también es otra dimensión de lo real—. Pero más adelante insiste en que el reciente ateísmo urbano no se cuestiona, ni se discute, hecho que es un error, puesto que, continua arguyendo, el autocuestionamiento es una de las grandes cualidades de la cultura europea, de ninguna manera es un enemigo de la fe, y que por el contrario revela una búsqueda y una voluntad de saber, un inconformismo frente a la realidad, —y añadimos en auxilio de esta argumentación que desde el punto de vista teológico, la fe también se fundamente en la duda—, siendo así que la teología es algo que subyace en la confección de la obra. De ahí que el lector pueda sacar sus conclusiones sobre el origen del la fe, la fe que nace de las almas sencillas, que no simples, precedentes de entornos humildes, rurales y pobres, una creencia que se remonta al origen de los tiempos fundacionales en la formación cultural, intelectual y religiosa del ser humano, donde lo sagrado y el misterio tenían un lugar privilegiado, que ahora en el mundo contemporáneo se le niega y se sustituye por la ciencia, adquiriendo esta última tintes muy parecidos a los de aquella.
En este libro hay una especial dedicación al tratamiento de la condición femenina, con especial atención a la maternidad, desde diferentes ángulos, psicológico e íntimo, social y familiar. Esta condición está expresada con absoluta delicadeza, sin escamotear la dureza de algunos planteamientos, como ocurre en la página 26, cuando la madre del narrador adopta cierto tono reivindicativo y amargo «Todo el mundo tiene derecho a descansar, menos las madres. Para cada tarea, profesión o encargo hay derecho a un receso, menos para las madres. Si una madre demuestra la más mínima fatiga de ser madre, llegará enseguida algún animal, sin tener ni idea de limpiar babas y parir, dispuesto a ponerla en tela de juicio. No es madre, no sabe ser madre, no está hecha para ser madre, dirá. Pero, si todo el mundo tienen derecho a descansar, ¿las madres no? La culpa es nuestra. Sí, la culpa es de las madres. Hemos dejado que sean los hijos quienes nos definan.» Con estas palabras se somete a crítica el papel ancestral de la mujer dedicada a criar a los hijos y organizar el hogar. Además de estar más abierta a la captación de los fenómenos religiosos, en contraposición al hombre, cuya presencia no abunda en la trama. Otros asuntos importantes sobre los que trata esta magnífica novela es la reflexión sobre la lengua y el proceso creativo, sobre la omnisciencia, en la que se parecen Dios y el escritor.
El estilo de José Luís Peixoto corresponde al de un extraordinario poeta que escribe como un gran narrador. Su faceta como poeta queda patente en el lirismo y la plasticidad de la expresión. Por esto ha llegado a decir que la poesía es la infancia de su escritura, de donde nace ese intenso tono poético, que bebe de poetas como Pessoa y Camoens. Pero no solo, puesto que la literatura oral tiene en su narrativa una influencia decisiva que nace de sus orígenes rurales, infancia y adolescencia. Entre las influencias más importantes que recibe está la de Saramago, con quien tuvo una excelente relación personal a raíz de recibir el premio que llevaba su nombre con Nadie nos mira, circunstancia que le permitió felizmente abandonar la docencia y dedicarse por entero a la escritura. Otras escritores decisivos en su formación son Lobo Antunes y Miguel Torga, con quien le une, a este último, el amor por lo rural, aunque desde ópticas diferentes. Toda su obra se enmarca en la superación del neorrealismo precedente de los años 50 y 60, debido a que el clima histórico de su generación, la generación del 25 de abril, nacidos en torno a 1974, ya en democracia, es muy diferente al de aquellos escritores, sin que por ello quiera decir que no mantenga un diálogo constante y fructífero con los mismos, al igual que con otros. Como contrapunto a Peixoto podríamos citar dentro de su misma generación a otro de los grandes escritores europeos del momento, J. M. Tavares, cuya obra encarna una visión más internacionalista totalmente distinta a la suya, aunque haya muchos puntos en los que coinciden.
Podríamos concluir diciendo que José Luís Peixoto es un escritor que merece la pena leer y seguir, sin que nos quepa la menor duda de estar leyendo a alguien que va a quedar en la historia de la literatura en primera línea, por su estilo poético y tratamiento gozosamente profundo y original de los temas que aborda. Una absoluta felicidad su lectura, aunque suene manido, pero así es. Aparte de esta obra y de las ya mencionadas, no hay que perderse también Una casa en la oscuridad, Cementerio de pianos o Libro, entre las traducidas al español, o Cal, aún en portugués, que contiene cuentos, una pieza de teatro y poemas sobre la vejez.

viernes, junio 23, 2017

Transcrepuscular, Emilio Bueso


Gigamesh, Barcelona, 2017. 278 pp. Edición Oro: 42 €; Plata: 32 €

Ariadna G. García

«Soy un explorador, un descubridor. Sólo me interesa cómo se puede llegar más lejos». Este que habla es uno de los personajes de la última novela de Emilio Bueso. A renglón seguido, rechaza el camino de retorno al hogar, mero trámite fácil y aburrido. A él le gusta el riesgo. «Es territorio desconocido prosigue más adelante, pero se puede recorrer». Esta actitud ante el trabajo la comparten criatura y creador. Un explorador acreditado y célebre. Un ingeniero de sistemas que de un tiempo a esta parte se ha convertido en el escritor más original que tenemos aquí. Hace ya seis años que preparé la reseña del magnífico Diástole (Salto de Página, 2011), a la que siguió la de una novela de culto: Cenital (Salto de Página, 2012), y después las de Esta noche arderá el cielo (Salto de Página, 2013) y Extraños eones (Valdemar, 2014). Ya desde el principio barruntaba que el novelista castellonés seduciría a los lectores gracias a su imaginación y a la fuerza de su estilo, hiptónico, a base de tropos. Y Alejo Cuervo, como antes Pablo Mazo, ha sucumbido a su talento. A lo grande. Edición especial, gamas Oro y Plata, para coleccionistas. Hasta El País de las Tentaciones le ha dedicado un monográfico. El chico lo merece. Emilio Bueso lleva una década (desde que en 2007 publicase Noche cerrada, en Verbigracia) aportando novedades a nuestra narrativa, huyendo de la zona de confort donde se repiten otros, indagando y buscando nuevos caminos por los que transitar. Su última novela forma parte de una trilogía: Los ojos bizcos del sol. Se trata de su proyecto más ambicioso. En él, Bueso ha creado un mundo. Casi nada. Si en sus obras anteriores nos mandaba de visita a bosques boreales en la taiga canadiense, a puertos pirenaicos, a ecoaldeas aisladas de la civilización o al desierto cairota, ahora nos conduce a un planetoide cuyo eje no rota. El escenario que nos pinta vuelve a ser inhabitable, inabarcable –marcas de la casa–, pero en esta ocasión se lo ha sacado de la manga. El planetoide, que no rota, está acoplado a su estrella en órbita de marea. Como resultado, presenta tres ubicaciones: la cara abrasada por el astro (El Desierto del Mediodía), la cara oculta (el Abismo del Mundo) y el único espacio que alberga vida: la frontera, el Círculo Transcrepuscular, donde comienza la historia. La aventura. Todo empieza con un robo en una ciudad estado. A la zaga de los ladrones, emprenden un viaje al Polo Negro y los confines del mundo conocido el Alguacil, la Regidora y el Astrólogo. Van buscando un cristal a lomos de sus monturas: una libélula, una avispa y un tábano. Pero el libro es mucho más. Narrada en primera persona por el primer personaje –un monje guerrero criado en un templo milenario, hierático y prudente–, la narración –necesariamente contenida, alejada del lirismo característico del autor– nos descubre formas de vida insólitas y parajes sobrecogedores. Y eso que estamos en el Ecuador, camino del “infierno helado”. Bueso nos habla de criaturas ensambladas por simbiosis, de hombres y mujeres –anfitriones– que albergan toda clase de huéspedes (babosas de combate que marcan en el hombro de los soldados amenazas, peligros y estrategias a seguir, cuando no suministran drogas para mejorar el rendimiento en la lucha; caracoles telépatas que manipulan a su transporte humano; apéndices no encefálicos diestros en el manejo de las armas y en el pilotaje de insectos…). También de accidentes geográficos imposibles: criovolcanes que expulsan hielo, torrenteras de deshielo gigantescas, montañas de hierro. Animales antiguos controlados simbióticamente: orugas de arrastre, serpientes de monta, ácaros taladradores, biostelescopios. Y toda suerte de asentamientos humanos: ciudades estado con ordenación municipal, levantadas en círculos concéntricos, con vida subterránea y espacio aéreo protegido por arqueros; refugios de tormenta donde se protegen del hielo los bandidos y parias; campamentos de pueblos mineros o templos de adiestramiento en el arte marcial. En este mundo convergen las vidas de varios personajes (a los mencionados se suman el Explorador, el “trapo”, un salteador y una minera nativa), que acaban conformando una variopinta colección de “descastados”, gentes sin ciudadanía o a punto de perderla, de proscritos de nacimiento o por coyunturas, de humanos y de seres bien distintos que habrán de colaborar para sobrevivir. Cada uno representa una manera diferente de ser y de estar en el mundo: animistas, bandidos, brujos, samuráis, cartógrafos, obreras de la mina. No faltan en la novela la acción, la aventura y el humor. Futurista y épica, de estilo magro (escasa retórica) Transcrepuscular ha puesto en marcha todo un planetoide para nosotros. Y nos ha dejado con ganas de más. Quienes aún no hayan llamado a montura para cabalgar a lomos de este libro ya están tardando. Acaba de salir en e-book, pero la edición en papel se agota.

miércoles, junio 14, 2017

Arañas de Marte, Guillem López


Valdemar, Madrid, 2017. 256 pp. 13,20 €

Ariadna G. García

A un libro le pedimos muchas cosas: que nos entretenga, que nos haga pensar, que nos enfrente a nuestros miedos, que nos sacuda, que nos deleite por su estética, que nos acompañe, que nos alerte, que nos consuele, que nos rete. La última novela de narrador valenciano Guillem López (1975), Arañas de Marte (Valdemar), cumple dichos requisitos. Casi nada. El argumento es este: coincidiendo con el primer aniversario de la muerte de Joan, su hijo, Hanne sufre una crisis nerviosa a la que nosotros, los lectores, asistimos en tiempo real. La novela transcurre dentro de su mente. Un cerebro alterado por la tragedia. A partir de ese instante, del modo que la protagonista pierde pie sobre el concepto certeza, nosotros también. Su depresión la lleva a confundir recuerdos e invenciones, a dar por real la fantasía, a presagiar el pasado, a construir diferentes versiones de los hechos vividos por ella, el niño y Arnau, su esposo. López, en el fondo, dialoga con su libro con la amplia tradición literaria/cinematográfica que aborda el asunto del contraste entre la apariencia y la realidad (desde Calderón de la Barca, pasando por Unamuno, Philip K. Dick o las hermanas Wachowski). Por otro lado, el narrador se dirige al lector explícito, a lo largo de la obra, para compartir con él sus comentarios sobre varias parejas de binomios: cordura-enfermedad, realidad-ficción, seguridad-incertidumbre. Algunos son muy buenos: «Quizás un lunes por la mañana la realidad se trace con tiralíneas: despertador, café, ascensor, atasco, trabajo… y así siempre, cada día. Aunque en otra parte –porque siempre ocurre en otra parte–, la vida da un traspiés y todo se va a la mierda. Entonces, descubrimos que no somos más que un equilibrista chino que gira platos sobre varas y corre de una parte a otra del escenario. Si cae uno, caen todos» (p. 46). Arañas de Marte, es una gran novela para recordarnos que hay un peligro –invisible, aleatorio– que siempre nos acecha: la enfermedad mental. ¿Qué puede horrorizarnos más que asistir a la pérdida de identidad de un ser querido, que saber que toda nuestra vida compartida ha dejado de tener un espejo donde mirarse? No reconocerte en lo que quedas, o peor, ser consciente de que has dejado de ser quien fuiste, es la mayor historia de terror que uno pueda imaginarse. Guillem López ha escrito un libro muy bueno, laberíntico, contradictorio, lleno de vueltas de tuerca. Altamente recomendable.

lunes, junio 12, 2017

Cayo es mortal, Juan Andrés Saiz Garrido


Isla del Náufrago. Segovia, 2017. 326 pp. 19 €

Ignacio Sanz

Este libro que ahora reseño se ha escrito muchas veces, pero como toda historia de amor llega a nosotros renovado y único porque habla de un ser irrepetible. Hace tres años, en primavera, leí en Jaén una variante de este. Aquel se titulaba La que no tiene nombre, su autora era la escritora colombiana Pilar Bonet y el homenajeado era un hijo desaparecido en Nueva York. Pero diría más, de la misma estirpe que este libro podría catalogarse El río, de Ana María Matute, que describe un pueblo con sus idas y venidas, con sus montes y sus ríos, con sus juegos, sus paisajes y sus personajes. Y todo lo escribe Ana María Matute para que el pueblo riojano de sus ancestros, en el que ha pasado los felices veranos de su niñez, no quede hundido para siempre bajo las aguas del pantano que le van a caer encima.
Juan Andrés Saiz Garrido (El Espinar, Segovia, 1952) se ha bregado en muchas tribunas periodísticas y ha escrito un puñado de libros, pero es, sobre todo, el autor de Los gabarreros de El Espinar, un magnífico libro de etnografía, un clásico que ha tenido la virtud de cambiar la percepción del pasado de un pueblo serrano a través de la descripción del oficio. Los gabarreros salían de casa cada mañana con un caballo matalón y un hacha; se dedicaban a recoger las leñas muertas en los extensos pinares de las laderas del Guadarrama, una actividad durísima en la que trabajó su padre en los años cincuenta. Tatán, el nieto de aquel gabarrero, deslumbrado por la naturaleza en sus años adolescentes, quiso ser agente forestal. Y lo consiguió. Tuvo varios destinos en los que ejerció su trabajo. Pero, como todo espíritu inquieto, no paró de viajar: Europa, Mozambique, Bolivia. Además de aquellos viajes, casi siempre con fines solidarios, cultivaba la música y la poesía en medio del silencio de las aldeas castellanas semivacías en la que vivía en comuna con otros compañeros de oficio. Y el amor, también cultivó el amor en grandes dosis.
A la vuelta de uno de aquellos viajes, ante las molestias crecientes que le invadían, se hizo unos análisis en el Hospital de Cruces. Le detectaron un tumor de los malos. Apenas tenía treinta años. En ese momento arranca el libro, atravesado por una melancolía que se nos clava en el corazón. No estamos ante una biografía al uso. Aquí el padre se sirve de recuerdos que llegan a los días infantiles para describirnos en sus detalles mínimos, las querencias, las manías y el carácter de un hijo rebelde, a veces esquinado, pero siempre especial, sensible, capaz de deslumbrarles a todos en momentos de desconcierto. Es muy emocionante, por ejemplo, la relación que Tatán establecía con sus novias una vez que se había terminado el hechizo. Siempre quedaba un hilo de cariño que seguía alimentando el vínculo sentimental. Sin que aflorara una pizca de resentimiento.
En fin, estamos ante un libro elegiaco en el que se describe la enfermedad, pero sobre todo los recuerdos, los amigos, las amantes que llenan de luz las páginas. Ningún padre se resigna ante la muerte de un hijo. Cuando esto sucede, el escritor puede contarlo. Es una manera de aliviar el dolor, de perpetuar su memoria. Siempre se dice que se marchan los mejores. Esa sensación tenemos leyendo estas páginas, atravesadas por el dolor y el cariño a partes iguales. Hay momentos poéticos y emocionantes que confirman el valor terapéutico de la literatura.
Los que no conocimos a Tatán tendremos gracias a su padre un retrato de ese hijo que se ha hecho un hueco imborrable en nuestro recuerdo.

viernes, junio 09, 2017

Tiene que ser aquí, Maggie O’Farrell


Trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Libros del Asteroide, Barcelona, 2017. 470 pp. 23,95 €

Care Santos

Lo primero que hay que advertir a quienes crean haber hecho el descubrimiento literario de la década es que Maggie O’Farrell ya tenía dos novelas traducidas al castellano, ambas publicados por Salamandra, ambas tanto o más recomendables que ésta: La extraña desaparición de Esme Lennox e Instrucciones para una ola de calor. Las inercias, a menudo incomprensibles, del mercado editorial, resultan en rápidos olvidos y también en súbitos encuentros. Sea como sea, es ahora Libros del asteroide quien nos devuelve a esta novelista irlandesa de 45 años, y lo hace con una novela poderosa y de calado, acaso algo más ambiciosa que las anteriores —a las que ya no les faltaba ambición— que en los pocos meses que lleva en el mercado se ha convertido en una de esas recomendaciones que hacen en voz baja los libreros de verdad a sus clientes menos conformistas. Yo aprendí hace ya tiempo a obedecer este tipo de mandados de los libreros. Siempre me han proporcionado deslumbrantes descubrimientos, Maggie O’Farrell ha sido el más reciente de ellos, pero también uno de los mejores.
¿Por qué nos deslumbra una novela? No es sencillo, pero voy a aventurar una respuesta. Por su capacidad de contar verdades al mismo tiempo que construye un envolvente mundo de ficción. Entre las verdades que a mí me interesan como lectora y como ser vivo están las que hacen referencia a la condición humana, al profundo desvalimiento que sentimos las personas, a nuestra necesidad de encontrar alguien, algo, alguna parte donde ponernos a salvo; nuestra, a menudo, incapacidad profunda para lograr todo eso. De todos los modos posibles de crear mundos de ficción me interesan los formalmente complejos, elaborados. Los que se basan, no en la concatenación cronológica de acontecimientos sino en otro tipo de disposición más aleatoria, más real, tal vez más personal: la que tiene que ver con el desorden del universo y no con el orden de la irrealidad. Me interesan, creo, las ficciones que de tan desordenadas terminan por parecerse a la verdad. Y esos son los dos motivos más importantes por los que me interesan las novelas de Maggie O’Farrell.
Tiene que ser aquí narra, sobre todo, la historia de una desaparición y de un encuentro. La desaparición es la de Claudette Wells, una actriz en lo más álgido de su carrera que decide apartarse del mundo. Tiene un hijo, una madre y un amante —el padre de la criatura— que serán también personajes importantes. El encuentro es el de Claudette con Daniel Sullivan en un camino enfangado y remoto de la igualmente remota Irlanda. Comienza como un tropezón cómico, o cómico-dramático, y termina siendo el único argumento de la obra. Daniel, a su vez, tiene una madre, un padre, un hijo y una hija. Las relaciones que establece con todos ellos ofrecen varios capítulos jugosos. Las vicisitudes de la extraña pareja Daniel-Claudette, la personalidad arrebatadora de ella, el amor que se profesan y los escollos del camino hacen el resto, hasta armar un argumento envolvente que emociona como sólo lo hacen ciertos pasajes de la vida real.
Hay muchas cosas en el estilo de O’Farrell que podrían justificar la lectura de sus libros, pero añadiré solo dos: su capacidad, resaltada docenas de veces, para crear personajes verosímiles, atacados de las mismas debilidades, miedos y problemas que todos nosotros y embarcados en esa lucha de por vida. Qué brillantes y mesurados los diálogos, en ese sentido, qué imprescindibles. En segundo lugar, su habilidad para transportarnos a través de una trama que parece irrelevante pero que está surcada de cuestiones de gran calado, de principio a fin, sin resolver todos los interrogantes —¿acaso lo hace la vida?— pero ofreciéndonos las respuestas que esperamos. Maggie O’Farrel es una narradora imponente que nada tiene que envidiarle a Jonathan Franzen o a James Salter, de quienes podría ser una lejana pariente irlandesa. Una de mis novelistas favoritas desde antes de acabar esta novela y comenzar a rastrear las anteriores.
Sólo queda rogar a los editores para que nos ofrezcan más de su obra. Y conminar a los lectores a leerla sin demora.

miércoles, junio 07, 2017

Invasiones, Ismael M. Biurrun


Valdemar, Madrid, 2017. 384 pp. 14,50 €

Ariadna G. García

Ismael M. Biurrun (1972) es, sin duda alguna, uno de los autores imprescindibles de la narrativa española actual. Y no me refiero a la novela de género, tan denostada y marginada en nuestro país. Quienes leen mis reseñas ya saben que llevo una década reivindicando que ciertos autores de la novela fantástica, gótica, prospectiva… están haciendo literatura de verdad, que publican libros de calidad exquisita, que poseen voces muy personales con las que muestran la vida desde ángulos insospechados, y cuyas historias –poderosamente atractivas– nos obligan a dar sorprendentes giros dramáticos. Me refiero a narradores que mezclan géneros, que no siguen los raíles de las convenciones ajenas, que gustan de exprimentar rutas originales, como Emilio Bueso, Jon Bilbao, Luis Manuel Ruiz, Roberto de Paz, Guillem López o el propio Ismael M. Biurrun. Este último ha publicado seis obras: Infierno nevado; Rojo alma, negro sombra (451); Mujer abrazada a un cuervo, El escondite de Grisha (ambas en Salto de Página), Un minuto antes de la oscuridad (Fantascy) e Invasiones (Valdemar). Su segunda novela le granjeó los premios Celsius y Nocte en 2009; la tercera, el Celsius en 2011. Mujer abrazada a un cuervo y El escondite de Grisha son dos novelas excepcionales, de las que se disfrutan y se releen porque gusta estar en ellas. Biurrun no ya sólo domina el ritmo del relato, sino que tiene un estilo primoroso, lírico, le encanta trabajar con las palabras y eso se nota, es un mago de la retórica y de la sugestión. Por otro lado, sabe crear personajes complejos y situaciones conflictivas que resuelve con soltura. Su última obra, Invasiones, supone un giro con respecto a estas premisas. En esta ocasión, Biurrun nos entrega tres novelas cortas en un solo volumen. Cada una nos ofrece una pesadilla distinta. La primera, Coronación, relata el asedio a Madrid de una plaga de langostas. La segunda, El color de la Tierra, describe cómo la superficie de Valencia se agriteta y se hunde. La tercera, Nebulosa, narra una lucha milenaria entre microorganismos que atraviesan la atmósfera a lomos de un asteroide. En estas nouvelles, Biurrun prescinde de las marcas de la casa (lirismo, profundidad psicológica, fina caracterización de los personajes) en pos de la contundencia de un género más breve y condensado. En su lugar, se desliza hacia la narrativa de terror, con episodios realmente macabros, de los que te dejan con mal cuerpo y prefieres borrar de la imaginación acabada la lectura. La primera historia es muy buena (también la más cercana al estilo de Biurrun). A la plaga se suman varias crisis (afectivas, familiares, económicas) que arrinconan a los protagonistas en lo alto de una edificio de lujo de la capital. La amenaza que sufre el mundo externo sirve como caja de resonancia que amplifica los dramas íntimos de los personajes. La tercera, pese a lo gore o repulsivo de alguna escena, tiene un final sorprendente, perfecto. Biurrun es un novelista al que le gustan los retos. Invasiones es un libro arriesgado, demasiado escorado –en mi opinión– hacia un público muy específico, que, necesariamente, se deleitará con sus páginas. Más aún con esta bella edición en tapa dura de Valdemar. Por mi parte, yo ya estoy deseando que Ismael recupere sus señas de identidad. Mujer abrazada a un cuervo no es una buena novela de fantasía, sino una de las mejores obras publicadas en este país en lo que llevamos de siglo.

lunes, junio 05, 2017

Rendición, Ray Loriga


Premio Alfaguara de Novela 2017
Alfaguara, Madrid, 2017. 216 pp. 17,95 €

Santiago Pajares

Rendición de Ray Loriga ha sido descrito como una obra Kafkiana. Otros lo han descrito como una obra Orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva. Para mí, en cambio, es una novela con el claro sello Loriga. Porque en todos los autores, pero en especial con Ray Loriga, importa más el cómo que el qué cuentes. Pero con un cambio de dirección, ya que en esta obra, atípica dentro de la carrera de Loriga, no hay drogas, sexo ni rock and roll. Ni siquiera menciona a Bowie, que casi parecía su sello personal como el imperio austro-húngaro lo era del cineasta Berlanga. Pero sí hay esa musicalidad en la prosa, en el punto de vista inocente y neutro del protagonista que ya nos había atrapado en libros anteriores. Quizá sea este cambio, manteniendo la esencia Loriga, lo que le ha hecho ganador del premio Alfaguara 2017.
Rendición me ha recordado mucho en su primera parte a La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco. Ambientadas ambas en un futuro cercano asolado por una guerra de la que no se ofrece mucha información. Como si fuesen los años treinta y la información que se diese a los ciudadanos se administrara con cuentagotas, nuestros protagonistas tienen que enfrentarse a la ignorancia y, con el tiempo a la indiferencia. No conocen el destino de los hijos que fueron a la guerra. Las cartas hace tiempo que dejaron de llegar y no hay información oficial. Los viejos valores y clases que regían la sociedad se han ido desdibujando poco a poco hasta que sólo queda el viejo hábito de mandar y obedecer. Por si esto fuera poco, encuentran y deciden acoger a un niño perdido y mudo, que harán pasar por su propio hijo. Asolados por las tropas enemigas, deberán emprender un camino incierto hacia un lugar utópico y misterioso, la ciudad transparente. Allí, tendrán un futuro asegurado con todas sus necesidades cubiertas. Algo quizá demasiado hermoso para ser cierto, y con la apuesta añadida de quemar sus casas para que no pueda usarlas el enemigo y dejar toda su existencia previa atrás. ¿Qué hacer en una situación así? ¿Cómo rendirte si ya no sabes bien quién es el enemigo?
Con estas dudas comienzan su andadura hacia la ciudad transparente. Loriga utiliza este planteamiento como reflexión personal sobre quienes somos cuando todo cambia. Con esa voz tan personal que todos recordamos de sus primeras novelas y que se había perdido en sus últimas publicaciones, vuelve, si no el mejor, un nuevo Loriga. Coincidiendo la 20ª edición de este premio con sus cincuenta años recién cumplidos, y siendo esta su 10ª novela, confiamos en que por fin haya aprendido el truco. Sé tú mismo, Ray, y si tienes que nombrar a Bowie en cada libro, que así sea.

miércoles, mayo 31, 2017

El invisible, Ge Fei


Trad. Miguel Ángel Petrecca
Adriana Hidalgo Editora, Alcalá de Henares, 2017. 168 pp. 16,50 €

José Morella

El protagonista de esta novela, un hombre de 48 años llamado Cui, está a punto de caer en desgracia. No es un paria o un sin techo, pero todo eso empieza a parecerle posible. Su hermana le da un ultimátum para que deje el piso en el que hace unos años le deja vivir. Su mujer lo abandonó cuando encontró a alguien económicamente más estable. Cui no ha superado ese abandono ni de broma. Por otro lado, no se trata de un desgraciado cualquiera. Tiene acceso a otro mundo distinto del suyo: es uno de los pocos artesanos del sonido que quedan en Pekín. Tiene un talento especial para la electrónica. Se gana la vida -mal- reparando y montando aparatos de alta fidelidad a audiófilos o a esnobs millonarios que aspiran a ser audiófilos. Gente acostumbrada al lujo y a quienes les gusta presumir de sus fruslerías con otros aficionados al lujo. Cui conoce a gente de ese tipo. Chinos ricos de la nueva China. Altos funcionarios, empresarios, mafiosos.
Ge Fei ha explicado en una entrevista que le interesa mucho el contraste entre la China de los años ochenta y la actual. Según él, en aquella época primaba cierto sentido de la espiritualidad, que en la entrevista no necesariamente se traduce en religiosidad. Antes se despreciaba lo material. No era importante tener cosas caras, ni conocer gente rica, ni ser visto en tal o cual lugar. Ahora, según Ge Fei, el consumismo ha arrasado con todo. Se adora lo material. En cierto modo me recuerda a Junichiro Tanizaki, que veía la llegada de la luz eléctrica a Japón como la mayor de las desgracias porque estaba acabando de golpe con la totalidad de la estética tradicional japonesa, de la relación sagrada entre la luz y la sombra. Los dos suenan un pelín a reaccionarios, a cascarrabias antiprogreso, pero los dos lo tienen todo bastante clarito, me parece a mí. O andan bien encaminados o yo soy otro cascarrabias.
Cui está atrapado entre esas dos Chinas. No se ve capaz de vivir como se vive ahora. Es un cabezota. La novela, entre otras muchas cosas, va sobre lo excéntrico. Habla de los que siguen en sus trece, los que no se bajan del burro a pesar de que el camino de piedras ahora sea una autopista de peaje. Cui ni siquiera se lo plantea. Es un enamorado absoluto de la música clásica. De los amplificadores con válvulas, los vinilos, los altavoces Autograph -que ahora sé que son lo máximo- y de, entre otros muchos músicos, Erik Satie y Claude Debussy. Va a casas de millonarios que le pagan por que les repare equipos de audio valiosísimos, que para él son objetos de culto a los que trata casi con reverencia, y tiene que soportar -¡ultraje!- que sus dueños los usen para poner música pop. La obra es un homenaje por momentos delicioso a la música. Pero también es un réquiem por ella. China, y Asia en general, están invadidas por el pop. La gente -o eso parece deducirse de las palabras de Cui- ya sólo consume pop.
A cuentagotas y en medio de todo esto, Cui nos habla de su madre, de su mejor amigo, de su ex, de su hermana, y va dejando desperdigadas por el texto evidencias de una vulnerabilidad y una humanidad desgarradoras. A pesar de sus corazas emocionales, Cui es un diapasón del mundo. Un perdedor de manual.
Se considera un artesano: «...los artesanos de hoy en día están, más o menos, en el mismo peldaño de la escala social que los mendigos», dice. Es consciente de su estatus y de su pobreza. El tema de la pobreza, y en general todo aquello que tenga que ver con el dinero, suele amenazar nuestra identidad personal y política. Gran cantidad de lectores lo rehúyen cual enfermedad venérea, y otra gran cantidad -perdonadme la imprecisión- se ponen a vociferar opiniones políticas sobre Venezuela o sobre el el estado norteamericano de Arkansas, según el plumero político de cada cual. El país de Cui, curiosamente, es un engendro mixto al que algunos llaman (ehem) «economía socialista de mercado con rasgos chinos». Para un solitario resistente como él, la salida del laberinto es indisoluble de la vocación: si no haces lo que amas, no hagas nada, parece pensar. Quédate en la calle, muérete. Pero el mundo globalizado no admite excepciones. Cui no consigue, a pesar de su terquedad, dejar de formar parte de eso que el filósofo Byung-Chul Han llama sociedad del cansancio. Estamos todos quemados, y los que adoran lo que hacen también lo están. A Cui no le queda otra que compartir mundo con todos esos materialistas enloquecidos y de sensibilidad artística entumecida. Entra en un arriesgado y oscuro negocio con un terrorífico mafioso al que planea venderle su posesión más preciada -los altavoces Autograph que consiguió en una subasta- para poder seguir viviendo a su modo, fuera del sistema que tanto odia. Es difícil evitar el infierno sin negociar con el demonio.
Está todo el texto saturado de oposiciones: lo analógico contra lo digital, amor genuino contra amor interesado, consumismo contra espiritualidad. Esos contrarios no son cajones estancos: se pasa de uno a otro sin solución de continuidad. Llama la atención que, desde el punto de vista de muchos expertos en sonido, sea un mito que la música en analógico suene mejor que en digital. Cui vive en el territorio del mito, que es el único lugar underground que la China comunista-capitalista permite: tu propio onanismo mental, tu propia película. Eso se relaciona también con el aroma constante a nostalgia. No es una nostalgia reñida con la verdad: es convincente. Sobre la sociedad china actual corren historias para no dormir sobre contaminación, comida adulterada, racismo, censura, abusos policiales, condiciones laborales deplorables, alojamientos insalubres y ritmo de vida insoportable. Incluso la visión de Cui es más suave que todo eso.
Aparte de todo lo ya dicho, la novela es una gozada. Está llena de ideas sutiles e irreverentes y de personajes inolvidables. El talento de Ge Fei para la descripción de personajes es abrumador: el párrafo breve con el que despacha al padre del protagonista es magistral. Pero lo más valioso, en mi opinión, es la capacidad de hilar elementos. Va contando la historia -la bajada a los infiernos de Cui y su posterior y realista salida a la superficie para coger oxígeno- con una soltura que hace que las transiciones parezcan invisibles, como si los distintos pedazos del cuento se llamaran forzosamente los unos a los otros y la cosa no se pudiera explicar de otro modo. Qué más se le puede pedir a alguien que cuenta historias.

lunes, mayo 15, 2017

La espina del gato, Yolanda Regidor


Berenice, Córdoba, 2017. 304 pp. 18,95 €

Pedro M. Domene

Una narradora anónima, ya en su ancianidad, hace recuento de su vida mientras, en una cafetería, espera reencontrarse con el hombre a quien ha amado en silencio y durante décadas, tras una obligada separación en los días posteriores al final de la guerra civil, cuando un inesperado suceso les llevó a tomar el rumbo equivocado y a una existencia sinsentido.
Yolanda Regidor (Cáceres, 1970) publica La espina del gato (2017), su tercera novela porque hasta el momento había entregado, La piel del camaleón (2012), una narración ambientada en la Salamanca de los 90, y cuyos protagonistas, alumnos de la universidad, viven entre esos espacios preferentes de ocio: discotecas y bares de tapas; en realidad, son jóvenes impulsados por un hedonismo visceral, desinteresados por su formación académica, aunque proclives a vivir en libertad todas las infracciones que les permite su edad: sexo, alcohol y drogas; en su mayoría jóvenes de provincias que al llegar a la ciudad deciden liberarse de un anticuado sistema de inhibiciones y prohibiciones; y una segunda entrega, Ego y yo (Premio Jaén de Novela, 2014), que cuenta una intensa historia de amistad entre dos personas de las que no llegamos a conocer sus nombres y, precisamente, por no estar identificadas, se convierten en el propio lector y su amigo, ese amigo especial que parece todos tenemos sin paliativo alguno; en ambas propuestas, textos tan prometedores como de una excelente factura narrativa.
Una foto, una imagen en blanco y negro, tres niños que posan y le sirven a la anciana-narradora para hilvanar los recuerdos que, de una forma natural y en una espléndida construcción narrativa, va recorriendo los sucesos de su infancia en los primeros días de julio en un Madrid del 36, espacio que muy pronto se convierte en un escenario tan extraño como convulso, cuando los pilares del gobierno de la República empiezan a temblar por el levantamiento militar que Franco y sus generales inician en el norte de África, o por las consecuencias posteriores con el asalto al Cuartel de la Montaña que, como a muchos otros madrileños, impulsará al padre de la niña a alistarse en las milicias, un hecho que se convierte para ella en la primera pérdida y las posteriores que irá sufriendo: la madre, los abuelos, los vecinos, o sus amigos, y termine el relato con el Desfile del Día de la Victoria, que marcará el final de la infancia de la niña.
Con su tercera entrega, La espina del gato, Yolanda Regidor ensaya un regreso al pasado, la narración cuenta desde un registro infantil aquellos años convulsos, sin duda uno de los aciertos de la narración, pues la perspectiva de la niña, llena de candor, ingenio y humor, nos obliga a los lectores a participar constantemente en la construcción para otorgarle el sentido completo de una adulta, o tal vez a reinterpretar los episodios o sucesos que la niña desde su perspectiva inocente no siempre interpreta acertadamente, pero que forman parte de la indiscutible historia negra reciente de nuestro pasado. Solo así La espina del gato se convierte en un capítulo de esa “historia privada” de una España donde el odio y la represión fueron constantes durante más de dos tercios de siglo pasado, y una vez más se confirma que las guerras las pierden siempre los mismos, los más desfavorecidos o aquellos que aspiran a sobrevivir en una paz asegurada.
Por encima del valor testimonial de la narración, localizada en un Madrid que resiste y con un relato muy documentado, sobresale la capacidad de Regidor para ofrecernos un texto de prosa madura, capaz de calcular la brutalidad y la truculencia de algunos pasajes con los matices más sutiles que una buena prosista pueda imaginar, calibrando la resistencia o las debilidades del relato, y solo utilizando el valor de una derrota en las escenas necesarias. Como nos suele tener acostumbrados, la extremeña le otorga a su historia un valor existencial que indaga en la condición humana pese a los avatares a que se verá sometida la niña, huérfana en mitad de las calles de un Madrid de horror y de destrucción, zarandeada por los acontecimientos que durante tres años supusieron la crónica bélica de la historia de nuestro pasado, muestra inequívoca de una insatisfacción que nunca cesa, esa otra visión de la “espina del gato”.

viernes, mayo 12, 2017

Tierra de campos, David Trueba


Anagrama, Barcelona, 2017. 408 pp. 20,90 €

Ignacio Sanz

Y ahora, ¿qué? Todo un fin de semana encerrado con una novela de 400 páginas. Encerrado y feliz, levitando a veces, como si viajara plácidamente en un globo. Un paseo hasta el río el sábado, apenas una hora; y una partida de frontenis el domingo. El resto del tiempo atrapado en la peripecia vital de Dani Mosca, un tipo de hace canciones, el narrador de esta novela que te arrastra página tras página hasta dejarte sin aliento. Ya me había ocurrido con Cuatro amigos y luego con Blitz. Tierra de Campos tenía para mí, de entrada, un sugerente título. Y más desde que leí Viajes de la cigüeña, un precioso libro de Gustavo Martín Garzo lleno de emociones ligado a esta comarca vastísima, prácticamente sin relieve, que se extiende por cuatro provincias, claro exponente de la España vacía y olvidada. Luego, metido en la lectura, descubrimos que la Tierra de Campos está presente en toda la novela dado que hacia allí se dirige el coche de la funeraria que conduce Jairo, un ecuatoriano, con Dani a su lado. Pero no deja de ser un recurso cinematográfico, una especie de flash back que con el que se va hilvanando la novela que nos llevará finalmente al desenlace en Garrafal de Campos, un desenlace que recuerda los guiones que Rafael Azcona escribió para Berlanga, muy cercanos al disparate coral.
Pero no, la novela, en realidad nos cuenta en primera persona la vida de un chico de barrio, en concreto del barrio madrileño de Estrecho, un chico que hasta los 15 años no conoce La Plaza de España, que lo más lejos que ha llegado es a la calle de los Artistas cerca de la glorieta de Cuatro Caminos, donde está la pensión de la tía de Gus, su compañero de colegio religioso y con el que, junto a Animal, otro compañero, formarán un grupo musical llamado Los Moscas. Si Gus es sofisticado y atrevido, Animal responde a las expectativas primarias de su nombre. Y, sin embargo, en medio de tales contrastes, el lector descubre el refinamiento intuitivo de Dani que, en los vaivenes de la adolescencia, va conformando su sensibilidad hasta que termina por ser un amante refinado y después un padre responsable y virtuoso con algún parecido incluso a su propio padre, del que tanto ha abominado, con el que ha tenido desencuentros continuos y cuyos restos, un año después de su muerte, siguiendo su mandato, está llevando a enterrar a su pueblo.
Hay pasajes de un humor descacharrante, así como escenas grotescas que recuerdan al eterno esperpento español, pero en general el libro está recorrido por una vena vitalista y hasta lírica en ciertos momentos, en medio del torrente imparable de un estilo arrollador que arrastra al lector hasta ese final berlanguiano en Garrafal de Campos. Además de Gus y Animal, los componente esenciales del grupo, hay dos personajes femeninos muy poderosos y atractivos. Oliva por un lado y Kei, la chelista japonesa que conoce en Tokio, donde acaba una gira por varios países en la que Dani, al lado de Animal, actúa como telonero de Joan Manuel Serrat. Kei, tras una peripecia teñida de cierta melancolía, acabará siendo la madre de sus dos hijos. Pero las cuatrocientas páginas dan mucho de sí, en realidad son una fiesta, un viaje lleno de contrastes en el que el ánimo del lector nunca desfallece.
En fin, preciosa novela, un magma, una fiesta narrativa, un torrente de escenas que van del esperpento costumbrista hasta ciertos momentos de lirismo y sutileza. Todo se entreteje, como trasunto de la propia vida dejando en el lector cierto poso de melancolía no solo por lo que ha vivido al lado de estos personajes con los que ha pasado dos días de plenitud. Lo malo es esa sensación de desahucio cuando acaba la fiesta; entonces el lector ya desalojado, se pregunta: y ahora, ¿qué?

viernes, mayo 05, 2017

La casa del álamo, Kazumi Yumoto


Trad. Rumi Sato
Nocturna, Madrid, 2017. 181 pp. 14,50 €

Santiago Pajares

Descubrí a Kazumi Yumoto con su preciosa primera novela Los amigos, publicada por Nocturna Ediciones hace dos años. Tras ella, al año siguiente, llegó la inquietante Viaje a la costa, también con Nocturna, una novela más oscura y con más carga psicológica. Cuando me llegó La casa del álamo, no podía dejar de preguntarme qué estilo habría seleccionado Kazumi Yumoto esta vez. La literatura japonesa es capaz, muchas veces, de tratar temas livianos y etéreos con una magistral sencillez. La muerte y el mundo de los espíritus, siempre entrelazada con la vida diaria de los personajes, nos da a entender que todos estamos aquí de paso, cambiando para ser otra cosa hasta al final convertirnos en nada. La casa del álamo nos habla de eso, de una niña que entabla una peculiar relación con la casera de su bloque de apartamentos, la anciana que entregaba cartas a los muertos. Una novela corta que puede ser leída tanto por adultos como por jóvenes, de ahí su gran poder, porque no hay mejor manera de tratar asuntos graves que con una voz clara y sencilla.
La historia está contada desde la voz de Chiaki, una enfermera en plena crisis existencial que es informada sobre la muerte de la casera del bloque de apartamentos donde vivió tres años de pequeña. Inesperadamente, y aunque hace décadas que no sabe nada de ella, decide ir a su funeral. En el viaje recordará todo lo que vivió allí, en la casa del álamo. Chiaki sólo tenía seis años cuando llegó allí por primera vez, sola con su madre y el recuerdo aún fresco de su padre fallecido. Pero la vida no se detiene, y la pequeña y su madre tienen que continuar con sus estudios y trabajos mientras tratan de asimilar la noticia. La ansiedad de lidiar con ello le trae a Chiaki unas fiebres tan grandes que tiene que ser hospitalizada y después guardar reposo en casa. Allí es donde conoce a la anciana, que la cuidará mientras su madre va a trabajar y le contará su gran secreto: Ella es una mensajera de los muertos. Los hombres y mujeres de la zona le escriben cartas a sus seres queridos fallecidos y ella las entregará en su ataúd al otro mundo cuando muera. Mientras, las va guardando en un cajón cada día más lleno. Cuando esté repleto, morirá. La pequeña Chiaki tiene entonces la oportunidad de escribir a su padre para contarle su día a día, y descubre lo que la anciana ya sabía, que escribir calma el espíritu y ayuda a comunicarse, más que con los muertos, con una misma a través de la letra impresa. Tras la novela Los amigos, Kazumi Yumoto vuelve a tratar los mismos temas con un nuevo enfoque. El paso de la infancia a la madurez, la relación de jóvenes y ancianos y la muerte siempre presente, como un calendario que nunca caduca.
La casa del álamo es una novela breve que se lee en dos tardes pero cuya esencia se va a quedar con nosotros mucho tiempo. Tanto como ese álamo, que con su pérdida y renacer de las hojas, nos marca las estaciones del año. También apuntar la preciosa edición de Nocturna Ediciones, que cuida tanto sus libros como a los autores que nos descubre. Quedamos a la espera de la siguiente novela de Kazumi Yumoto, una autora para apuntarse el nombre

miércoles, mayo 03, 2017

Los últimos días de Nueva París, China Miéville


Trad. Silvia Schettin Pérez
Ediciones B, Barcelona, 2017. 240 pp. 18 €

Pedro Pujante

China Miéville (Londres, 1972) es uno de los escritores de ciencia ficción y fantasía más originales y prometedores del panorama actual. Sus libros son pequeñas bombas, repletas de juegos y metáforas potentes. Cuando leí La ciudad y la ciudad me impresionó ese equilibrio perfecto entre argumento y tesis, en una ficción que rozaba lo fantástico, lo policial y lo alegórico, la construcción de una ciudad deslumbrante, el juego fronterizo de los géneros.
En Los últimos días de Nueva París vuelve a sumergirse en la construcción de arquitecturas espectrales para ambientar una ucronía bélica que va más allá de la propia realidad en un París onírico. De hecho, la historia es una explotación del universo surrealista, experimento que Miéville ha llevado hasta los límites.
Sitúa a sus personajes en dos historias paralelas, con dos cronologías que se intercalan: 1950 y 1941. Una supuesta ¿Segunda Guerra Mundial? en la que ha estallado la Bomba S. Este hecho ha desatado las fuerzas surrealistas, el imaginario de los artistas surrealistas ha traspasado las fronteras de la realidad y lo poético para materializarse en formas tangibles, terribles monstruos multiformes llamados “manifs”. Además, los nazis han abierto las puertas del infierno y han liberado fuerzas demoníacas. Los monstruos surrealistas e infernales pasean sus extrañas fisionomías por una París sombría.
La novela sería la narración de un combate bélico, entre militares y revolucionarios, si no fuese porque Miéville ha incorporado estas extrañas figuras que emergen de los versos de Éluard o Aragón, o las pinturas monstruosas de Dalí o Tanguy. La proliferación de imágenes es excesiva y recurrente. El autor ha incorporado al final de la novela, una lista con las referencias y sus debidas explicaciones.
Hay que reconocer la grandiosa imaginación de Miéville. El impacto visual, el correlato artístico de esta novela es abrumador. No obstante, el ritmo narrativo se ha descuidado, se ha abusado del fragmentarismo, haciendo que el excesivo conceptualismo lastre un argumento que a menudo se nos antoja hermético.
China Miéville ha trazado la hoja de ruta para un gran libro, pero le ha faltado desarrollo. Las ideas son geniales, la prosa del autor británico es más que solvente y su imaginación inigualable. No obstante, en esta novela echamos de menos que la masa narrativa no haya sido aglutinada, que las historias que la integran no se hayan soldado.

lunes, mayo 01, 2017

El libro de Jonás, Ramón Pernas


Espasa, Madrid, 2017. 288 pp. 19,90 €

Pedro M. Domene

Ramón Pernas (Vivero, Lugo, 1952) nos tiene acostumbrados a que uno o varios personajes de sus historias nos cuenten, desde la feliz época de la niñez o los complejos días de la adolescencia, buena parte de su existencia, esos años que incluyen determinados episodios, o algunas difíciles vicisitudes que en su devenir le han ocurrido hasta llegar a una madurez placentera pero que, de alguna manera, cierran ese ciclo final de todo un trayecto vital. Pernas parece que ensaya un ajuste de cuentas a la conciencia libre de quien vuelve la vista atrás tanto a los momentos felices, como a los amargos de su existencia pasada, y se enfrenta a sus recuerdos en una calculada y sostenida narración que alterna con las voces diversas de quienes compartieron episodios de su vida anterior. Es así como restituye vivencias propias con otros personajes de ficción entre los que destacan algunos de sus amigos de la infancia: Humberto Rey y, sobre todo, Justo Pastor Blanco, víctima de un accidente cuando siendo un vaquero el disparo de la varilla metálica de un paraguas se le clavó en el ojo; y todo queda envuelto la mágica visión de los juegos en las tardes de los jueves en la plaza que aún puede verse en la parte trasera de la iglesia de Santa María de Vilaponte; y nunca hay que olvidar que El libro de Jonás (2017) cuenta, también, la historia de las hermanas, Áurea, Argenta y Cobre.
El narrador gallego traza con El libro de Jonás un auténtico recorrido sentimental cargado de un finísimo lirismo que alude al paisaje de sus amores secretos, y así el lector asiste al relato de las innumerables vivencias que durante tantos años han dormido en la memoria de la infancia del protagonista; una historia que debemos ir descifrando porque goza en muchas de sus páginas de una auténtica atmósfera mística. A medida que avanzamos en su lectura tenemos la sensación de que el autor, guiado por los latidos de su escritura, nos invita a visitar esos rincones que frecuentó y a pasear entre esos paisajes que tanto amó. Capítulo a capítulo El libro de Jonás quiere presentarnos a todos esos amigos, a los libros leídos y a los lugares que dejaron una huella tan profunda en su vida, y quizá por eso la narración se ve impulsada por un acentuado afán de celebrar la vida, de recuperar ese territorio que es la infancia, a veces equivocadamente perdida, aunque sea una infancia que nos proporciona una visión del mundo privilegiada y, desde luego, bastante más agradable.
Ramón Pernas consigue con su libro trazar el sentido último de su propia historia, y pone en pie el valor de esos personajes secundarios envueltos en la magia gallega donde lo fantástico cobra un valor especial, caso de las mellizas guardianas del infierno o la joven Ada que reconocerá su futuro cuando rescate su soledad, y la fuerza vital de la pelirroja Argenta que duerme desnuda y sueña con conseguir ese anhelado deseo ya en su madurez; el secreto que esconde Humberto Rey, el propietario de Nemo —librería general del mar y los océanos— que durante mil y una noches lee a sus visitantes diez páginas de un libro; y, lo mejor, ese melancólico recuerdo del narrador al que un día el actor Orson Welles le regaló el talismán de medio dólar de plata y siempre que lo acaricia con sus dedos le devuelve el curioso episodio vivido en su niñez. Todas y cada una se convierten en esas voces que alternativamente aparecen en el relato, que evocan un pasado particular y no menos dramático, y que en el presente se muestran como esos espejos donde queda reflejado lo que oculta cada una de ellas. Al final de todo Pernas va encajando las piezas en el puzzle de una no menos compleja y bien estructurada historia que rezuma la magia de saber contar porque entre penumbras y silencios escuchamos en el fondo mismo del pasado de los días vividos en Vilaponte, y la fabulosa historia de ese mítico Jonás a quien un día una ballena albergó en su inmenso vientre, y lo hizo para salvarlo durante tres días y tres noches.

lunes, abril 24, 2017

Corazones en la oscuridad, Joaquín Pérez Azaustre


Anagrama, Barcelona, 2016. 276 pp. 17,01 €

Pedro Pujante

Corazones en la oscuridad es la última novela de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) después de Los nadadores (2012). Lo radicalmente original y sugerente de esta novela es la simbiosis entre la belleza de un lenguaje pulido y cuidado, de fraseado alargado y elegante, y la trama siniestra que se desarrolla en un ambiente aparentemente cotidiano, pero que tiende a sondear lúgubres episodios.
Los personajes de esta historia son seres desnortados que vagan por el túnel de la vida -quizá el título nos pueda ofrecer alguna pista- en busca de un sentido luminoso que difícilmente hallarán.
Hay tramos que se ofrecen a una lectura meramente realista. El conjunto de la novela, también. Sin embargo, el lector también será conducido por terrenos de escenografía onírica, en los que el lirismo del lenguaje permite acceder al otro lado de la realidad. La ciudad y los más consuetudinarios instantes que viven Nora, Águeda y los demás personajes parecen ser el reflejo, la metáfora de una historia interior que se insinúa, que ocurre en otro ámbito íntimo de la realidad.
Pérez Azaústre describe con minuciosidad la vida, lo cotidiano, los avatares de gente normal que vive abocada en los abismos inestables de la cotidianidad. Pero parece conminarnos a comprender que el viaje a lo bello, a lo universal arranca desde lo prosaico, lo terrestre.
Con una prosa exquisita, evocadora, precisa y atestada de belleza lírica, el autor consigue plasmar un mundo superpuesto, el reflejo de lo que sucede en el interior de unos corazones que caminan en la nocturna y temblorosa línea de la vida tratando de mantener el equilibrio.
La familia, las relaciones sociales, el dolor de reconocernos a nosotros mismos frente al espejo de lo propio, el olvido, secretos que el tiempo revela.... Temas antiguos pero que cada que vez que surgen renuevan la perspectiva sobre nosotros y nuestra existencia.

viernes, abril 21, 2017

El hombre pez, José Antonio Abella


Valnera Literaria. Cantabria, 2017. 268 pp. 18 €

Ignacio Sanz

La historia parece increíble. En Liérganes, un pueblo de Cantabria, se levanta una estatua dedicada Francisco de la Vega Casar, celebérrimo personaje local conocido como “El hombre pez”; había nacido en el siglo XVII y parece salido directamente de una leyenda. Pero no, la historia es contumaz y por muchas ramas que le hayan salido al árbol, ahí están los documentos que no hacen más que autentificarla. Parido con apuros en el río de su pueblo, se sabe que se cayó en la pila de agua bendita como si el niño tuviera una indeclinable atracción por el agua. Muy pronto desarrolló sus capacidades para extraer monedas del fondo de las balsas para asombro de los circundantes. Su familia era pobre y, por mediación de un cura el muchacho acaba emigrando a Vizcaya donde trabaja al servicio de un hombre que se gana la vida en el puerto. Allí desarrolla y perfecciona sus capacidades acuáticas para asombro de todos como si se tratara de un animal anfibio. Entre juegos y apuestas un día desaparece. Se le busca y la gente piensa que el mar se lo ha tragado, aunque no se encuentra el cadáver. Cinco años más tarde, cuando ya estaba olvidada la peripecia de aquel curioso chaval de Liérganes, unos pescadores de Cádiz atrapan en sus redes un extraño cuerpo que nada entre un grupo de delfines y que apenas balbucea unas pocas palabras elementales. Se trata del desaparecido Francisco.
¿Qué pasó en el interregno? Ahí está la magia del narrador para hacer creíble lo que parece inverosímil. Sospecho que si la historia se hubiera abordado desde una óptica localista y ramplona, apenas habría remontado vuelo y se habría quedado en una mera curiosidad pueblerina, una de esas leyendas pacatas con las que los historiadores locales suelen acaramelar la geografía. Pero la historia ha ido a caer en manos de un narrador envolvente que ya ha dejado señales de su amplio poderío narrativo. De ahí que, Abella, tomando al Hombre Pez como punto de partida, sin desdeñar los documentos y las tentativas literarias que han abordado la historia en el pasado, haya ido más lejos, hasta meterse en la médula del personaje. Y lo que nos ofrece es un hombre de carne y hueso, dotado de una insólita destreza acuática, un hombre que parece que no encaja en los parámetros convencionales y que podría tener como amante a cualquiera de las sirenas que surcan los mares convulsos de la imaginación. Pese a todo, el autor nunca pierde pie. De ahí que el relato esté salpicado de datos históricos contrastables, desde la partida de nacimiento hasta los documentos emitidos por el Santo Oficio, en cuyas manos se pone el descubrimiento de un tipo tan extraño y hasta sospechoso. Y así, partiendo de los hechos contrastables, la historia levanta vuelo al tiempo que se sumerge en un piélago fantástico al que también son arrastrados los lectores.
José Antonio Abella fue uno de los últimos agraciados con el Premio Hucha de Oro de cuentos; también ha sido premio de la Crítica de Castilla y León por La sonrisa robada, su anterior novela; El hombre pez confirma el alcance portentoso de la imaginación cuando una curiosa historia local, manoseada como una moneda, acaba en manos de un narrador de fuste.

miércoles, abril 12, 2017

El lagarto negro, Edogawa Rampo


Trad. María Lourdes Porta Fuentes
Salamandra, Barcelona, 2017. 192 pp. 16 €

Jaime Valero

Si introducimos en una coctelera (o en el tambor de un revólver) las novelas clásicas de detectives del viejo continente, las publicaciones pulp de la Norteamérica de los años 20 y 30, la atmósfera enrarecida propia del género de terror, y lo regamos todo con un poco de imaginería oriental, podremos hacernos una idea del estilo literario de Edogawa Rampo, seudónimo con el que firmó sus obras más emblemáticas el escritor nipón Hirai Taro (1894-1965). Rampo es toda una institución en Japón. Lectores, críticos y autores por igual reivindican su legado, que incluyó, además de la escritura, una importante labor divulgativa del género negro y de misterio. Muchos de sus libros se han llevado con éxito al cine, la televisión, el cómic y la animación; y cada año se falla un prestigioso premio que lleva su nombre. Sin embargo, aquí en España es todavía un autor por descubrir, que apenas se nombra en las listas de clásicos de la novela policíaca, y su bibliografía en castellano es muy escasa. Por suerte, el interés por el noir oriental ha crecido durante los últimos años, lo cual ha propiciado que nos lleguen obras de autores contemporáneos tan interesantes como Natsuo Kirino, Mitsuyo Kakuta o Keigo Higashino, y que ahora, al fin, podamos asomarnos a los orígenes del género en el país del sol naciente.
El lagarto negro está protagonizado por el vástago más afamado de Rampo, el detective Kogoro Akechi. Un personaje que, al igual que el estilo literario de su creador, es un híbrido de diversas influencias. Las más notables son las de los míticos sabuesos Auguste Dupin y Sherlock Holmes, en lo que se refiere a su faceta analítica y a su obsesión por los detalles y por resolver crímenes. Pero Akechi también es deudor de los personajes pulp que dejaron su huella en folletines, tebeos y, posteriormente, series de televisión. Sin resultar tan estrambótico como algunos de ellos, sobre todo en lo que se refiere a la indumentaria (estoy pensando en personajes como La Sombra o Green Hornet), Akechi comparte con ellos el hecho de protagonizar historias donde la acción es tan relevante como la deducción, con tramas intrigantes donde los personajes y las situaciones están estilizados al máximo, y donde la atmósfera recreada tiene un punto de irrealidad.
Todos estos elementos se pueden detectar durante la lectura de El lagarto negro, ya desde sus primeros compases. Sin embargo, y aunque se trate de una de las novelas más emblemáticas del autor, no es la carta de presentación ideal para el detective Akechi, ya que su protagonismo queda eclipsado por la mujer que da nombre al libro, el lagarto negro, un seudónimo que le viene dado por el tatuaje que lleva en el hombro. Midorikawa, que así se llama en realidad, responde al arquetipo de femme fatale tan habitual en el género. Rampo se recrea con gusto en el tópico, creando un personaje tan sensual como maquiavélico, que siempre se sale con la suya gracias a la combinación de sus encantos físicos y su afilado intelecto. Conforme avanza la novela, Midorikawa va adquiriendo una personalidad cada vez más única, y en la recta final de la obra —la mejor de todo el conjunto— se convierte en un villano temible e inquietante, cuando descubrimos el siniestro museo privado que está creando en sus dominios, en el que se incluyen seres humanos.
Leída a día de hoy, con la mentalidad de un lector contemporáneo, curtido en el policíaco y todas sus mutaciones, El lagarto negro peca de ingenua y un tanto previsible, algo que solo podría haberse suplido si la novela se hubiera traducido antes, cuando nosotros mismos éramos lectores más ingenuos, ávidos de misterios irresolubles, mujeres perniciosas y detectives parcos en palabras. Pero, tranquilos, que no está todo perdido. Al haberse publicado originalmente por entregas, cada capítulo de la novela concluye con un enigma o un toque de atención que nos mantiene aferrados a la lectura. Además, la atmósfera que envuelve la trama es muy distinta a la que solemos encontrar en las narraciones detectivescas convencionales, y la maléfica sensualidad de Midorikawa dota de un toque de distinción al resultado final.

viernes, marzo 31, 2017

La esposa joven, Alessandro Baricco


Trad. Xavier González Rovira
Anagrama, Barcelona, 2016. 208 pp. 16,90 €

Santiago Pajares

Lo dije en reseñas anteriores y lo repito: No se puede escribir más bonito que Alessandro Baricco. Y este libro no es una excepción. Desde que el autor asombrase al mundo con la publicación de su novela corta Seda (aunque ya había escrito otras dos novelas antes), no ha dejado de desplegar su prodigiosa escritura. Siempre piezas cortas, pequeños relatos donde los personajes desgranan página a página su propia historia y el autor aprovecha para hablar de los temas que le interesan, de una forma que podría ser un ensayo convertido en novela.
En La esposa joven Alessandro Baricco nos relata la vida de una familia singular, metódica hasta el absurdo y que vive con una única regla: Evitar la noche. Por alguna razón, todos sus anteriores miembros han muerto de noche, así que en cuanto la oscuridad aparece, se recogen en las habitaciones de su villa a la espera de la claridad de un nuevo día. Todo parece marchar bien hasta que un nuevo elemento aparece en su puerta: La esposa joven. La futura mujer del hijo ha vuelto en el tiempo convenido después de que fijara el compromiso tres años antes, esperando encontrarse con su prometido, pero descubre que este todavía está residiendo en Inglaterra, así que tendrá que esperar junto a su nueva y extraña familia. Así la novela se convierte en una suerte de espera sobre lo que ha de llegar y no llega, y el autor nos brinda la oportunidad de conocer la intrahistoria de los personajes que pueblan la villa. Modesto, el impecable mayordomo y único con nombre en todo el libro, que se ocupa de que cada detalle esté en su sitio y sólo se permite una semana de vacaciones etílicas cuando la familia marcha de vacaciones. La madre, prodigio de belleza por la que incontables hombres perdieron la razón. La hija, tullida que descubrirá a la esposa joven los secretos de su propio cuerpo. El tío, narcoléptico que sólo se despierta para hacer acertadas declaraciones. El padre, cabeza de familia de una familia sin cabeza. Y la esposa joven, tras cuya presencia se esconde una trágica historia que no se atreve a contar a nadie.
Baricco, siempre con ganas de juegos, nos confunde numerosas veces con el narrador de la historia, que va cambiando según los párrafos a su conveniencia, pasando de una primera persona a otra. Lo que al principio podría confundir es explicado por el propio autor en las páginas del libro como una necesidad imperiosa de contarlo desde determinado punto de vista. Una vez aceptado este juego, podemos continuar con normalidad por los sucesos de esa extraña familia.
Esta es una historia efímera, una novela que en manos de cualquier otro autor haría aguas por todas partes. Es la mano de Baricco la que maneja el timón firme y con destreza hasta hacer llegar a todos los personajes a buen puerto con un lirismo y una poesía inimaginables en otro autor. No es necesaria mucha trama para que el escritor de Seda despliegue su capacidad de asombrar a los lectores. Y así nos quedamos nosotros cuando acabamos, un poco huérfanos y en espera de su siguiente novela. No se haga de rogar demasiado, señor Baricco. La esposa joven no es la única que sufre en la espera.

miércoles, marzo 29, 2017

El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres, Juan Jacinto Muñoz Rengel


Plaza y Janés, Barcelona, 2016. 472 pp. 17,90 €

Amadeo Cobas

Partamos de una premisa inicial: el gran imaginador, propiamente dicho, acaso no sea Nikolaos Popoulos, el protagonista de este viaje fascinante, sino el autor del mismo, Juan Jacinto Muñoz Rengel. Y conste que no pretendo hacerle la pelota. Me explico.
Si afirmo lo anterior es porque este escritor sabe mezclar con sabiduría la dosis justa de aventura y acción con descripción y lenguaje para lograr una lectura amena, que aporta un andamiaje equilibrado por igual de entretenimiento y fascinación; eso sí, no por ello olvida mostrar oficio y ser un poco malévolo al cerrar varios capítulos dejándonos perplejos, nuestra mente imaginando qué podrá suceder a continuación, con el arte de una lograda orfebrería literaria, engalanando si se obstina (verbigracia, con un alto cultivo lingüístico) a la par que ligera y precisa si el apremio desencadena la acción por derroteros, digamos, precipitados. Entre clasicismo y un sálvese quien pueda en sutil alternancia se saborea una prosa atinada así en la calidez onírica que atesta la mente de Popoulos como en el frenesí real que enturbia su vida. Porque este imaginador es un adelantado a su tiempo; de niño un incomprendido al que zurraban los compañeros abusones, arreaba el maestro y sacudía su madre. Vamos, que le pegaban todos por considerarlo débil, diferente o inútil, cuando en realidad era brillante, genial… e inútil. Sí, me temo que su madre jamás varió la opinión que tenía del pequeño.
Pero es que Nikolaos, allá por donde iba, despertaba envidias a su paso dado que convertía en mediocres a aquellos con los que, sin pretenderlo, se comparaba. Así le ocurrió a aquel brillante judío, médico personal del sultán de Estambul, e incluso a éste: «Lo que el anciano judío no podía adivinar era que aquel rechoncho inventor de barba descuidada fuese también al mismo tiempo un eterno escritor en ciernes, el mayor fabulador de todos los tiempos, ni que su propio señor, Solimán el Amante de los Artistas y Poetas, también advertiría desde el primer instante que aquel muchacho era un hombre nuevo, de esos que no se usan por el mundo, y le disputaría los minutos de su compañía». Y es que, en sus correrías, este rechoncho Popoulos lo mismo se codea «entre desubicados y prófugos» piratas uscoques en el puerto de Senj o el sultán y su Sublime Puerta en la vaporosa Estambul, como conoce peligros muy de cerca: los «espíritus atormentados de los strigoi» o el gólem, por otra parte incontrolado vengador de las injusticias que padecían los judíos de Praga.
No solo. Porque esta novela histórica de lectura más que recomendable sabe enganchar al lector desde las líneas primigenias al hacer surgir la batalla de Lepanto y, en ella, al escritor patrio más afamado que han conocido los tiempos. No en vano Cervantes sufrirá a causa de este fabulador y escritor en ciernes, no menos imaginativo que el propio creador del Quijote, en un modo que enseguida se desentraña con el transcurso de las páginas (y ahora no digo para conservar la intriga). Las cuales cobran brío mientras retrocede la acción a la génesis que clarifica los motivos que confieren a Nikolaos Popoulos esa personalidad que le hace ser único y especial. El que éste se invente cien nombres para subsistir según las circunstancias o J.J. Muñoz Rengel una forma de escritura nueva no es sino la doble cara de una misma moneda. La «mente multidimensional» del protagonista, quien «se veía de improviso en la necesidad de reconstruir los conceptos de lo bello, del amor, de la atracción, la pasión, la consagración o el sacrificio», ahí es nada, se podría confrontar con la de su creador, alquimista que convierte la ficción en realidad, epilogando con la pregunta que el gran imaginador le formula a Miguel de Cervantes: «¿Qué si no se puede profesar por los autores de los libros que encierran vidas y mundos eternos, que nos transportan y nos embriagan y hacen vivir un tiempo regalado, más que amor y admiración?».
Pues eso.

viernes, marzo 24, 2017

Ella en la otra orilla, Mitsuyo Kakuta


Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés
Galaxia Gutenberg; Barcelona, 2016. 224 pp. 18 €

Ariadna G. García

La pubertad es una edad difícil, de cambio, de tránsito hacia el ser en que cada uno se convertirá. Para que esos niños sean los adultos maduros que podrían llegar a ser, resulta imprescindible que el entorno en que vivan sea favorable: caluroso, acogedor y protector. Por desgracia, muchos jóvenes carecen de una familia sólida, implicada, que les apoye en esa etapa fundamental de su viaje. Otros, que sí la tienen, estudian en colegios o institutos donde sufren diversas formas de acoso. Cuando las familias se desentienden de sus responsabilidades educativas, los niños son más susceptibles de ser manipulados por aquellos que les garanticen una forma de arraigo, de pertenencia a un grupo. Sin nadie que les controle y les inculque valores, muy fácilmente se dejarán llevar por la violencia que consumen gracias a las nuevas tecnologías: a los videos que ven en YouTube, a los juegos que cargan en la Play. Violencia a espuertas. Sin filtros. Para mayores de 18 años. Para universitarios. Y la violencia, como sabemos, engendra violencia. Algunos de estos púberes han salido recientemente en los medios de comunicación. Un niño del IES Joan Fuster de Barcelona mató a su profesor de sociales en 2015, armado con una ballesta y un machete. Ese mismo año, cinco alumnos del IES Ciudad de Jaén (Madrid capital) acosaban a otra niña, que se acabó tirando por unas escaleras. Hace unos días, doce alumnos de tres institutos diferentes de Colmenar Viejo (Madrid, sierra norte) daban una paliza e insultaban a una muchacha en un centro comercial, para después colgar el video en Facebook. Aunque las autoridades hablan de casos puntuales, y tratan estas agresiones como a fenómenos de la naturaleza, impredecibles, incontrolables, lo mismo que tormentas, lo cierto es que son casos que requieren una logística, tras los cuales se ocultan traumas y carencias previos que las familias tendrían que haber detectado –si dedicasen tiempo a sus hijos–, y que los centros tendrían que haber intuido –si los diferentes gobiernos autonómicos no hubiesen recortado en la Educación Pública de este país (¿cómo hacerlo con las aulas masificadas, con miles de maestros, profesores y orientadores despedidos en los últimos seis años?)–. En los medios de comunicación se da a conocer la punta de un iceberg, pero los que trabajamos en la enseñanza sabemos todo lo que oculta la línea del agua. Las agresiones diarias en los patios, los insultos en las aulas, las faltas de respeto constantes, la ausencia de un mínimo de vergüenza y de educación, el alto nivel de suspensos o la desgana absoluta por el aprendizaje son apabullantes entre los alumnos de primaria y secundaria de según qué centros. Alumnos que dedican una media de 4 horas diarias a la Play y al móvil, en lugar de a los libros, a las tareas de casa, o a las conversaciones con los padres.
Como la sociedad no parece dispuesta a reflexionar sobre sí misma, y mucho menos, a cambiar sus valores por otros más razonables (frente al consumo, el gusto por la cultura y las actividades en familia), hay personas que pretenden denunciar los actos de bullying, los suicidios juveniles y la desafección familiar por medio de sus obras: los escritores. Entre ellos se encuentra la japonesa Mitsuyo Kakuta, una autora sensible a las preocupaciones de los adolescentes, a sus miedos, angustias y frustraciones, que sabe reflejar de manera impecable.
Ella en la otra orilla está protagonizada por dos mujeres. Sayoko es una mujer casada y madre de una niña. De pequeña, sus compañeras de clase la marginaban sin razón aparente. Aquel episodio la convirtió en una adulta tímida, insegura, acomplejada y poco sociable. Por temor a colgar esos rasgos sobre los hombros de su hija –con la que deambula de parque en parque, sin congeniar con ninguna otra madre–, decide buscar un empleo, con la esperanza de que en la guardería Akari se relacione con niños de su edad. El marido, por su parte, es un hombre que desatiende la casa, que desprecia su nuevo trabajo, que no le presta ayuda. Aoi, su jefa en Platinum Planet, constituye su reverso: es una mujer con habilidades sociales, segura de sí misma, espontánea, que vive en la continua improvisación. No acata normas. No se fía de nadie. La voz que narra va alternando episodios centrados en Nayoko y Aoi, con otros que relatan la adolescencia de esta segunda. Con los flash back, la autora nos revela una juventud marcada por el bullying, el cambio de ciudad y de instituto, los reproches de su madre –que vuelca sus propias frustraciones en ella–, su amistad con Nanako –una niña por la que sus padres no muestran preocupación alguna–, su huida juntas, los atracos que cometen, su intento de suicidio –como en Thelma y Louise–. Mitsuyo Kakuta nos enfrenta a dos personajes opuestos, heridos, sin embargo, por una experiencia análoga: la exclusión social, la discriminación, la intolerancia. Sayoko y Aoi simbolizan dos realidades extremas que tienen por origen un mismo tronco. Frente al miedo, la servidumbre, la inseguridad de Sayoko, que teme el rechazo de quienes la rodean, se levantan el desapego, la vitalidad y el desenfado de Aoi, que duda de que las cosas duren y la gente permanezca. Con todo, Ella en la otra orilla es un canto al espíritu de superación a través de la amistad. Si Aoi se rehízo a sí misma gracias al amor incondicional de Nanako, ella, a su vez, será el acicate para la progresiva conversión de Sayoko. «Cuando estoy contigo tengo la sensación de que podría hacer cualquier cosa», confiesa ésta. Y es que, al final, todo en la vida se reduce a una cuestión de actitud. Novela de calado, muy bien traducida, sería interesante que se difundiera entre madres, padres y docentes.