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miércoles, julio 17, 2013

Heydrich, el verdugo de Hitler, Robert Gerwarth

Trad. Javier Alonso. La Esfera de los Libros, Madrid, 2013, 584 pp. 33,90 €

Ángeles Prieto Barba

Que la derrota del régimen nacionalsocialista valió hasta la última gota de sangre vertida para obtenerla, no es sólo la opinión del historiador Eric Hobsbawm al final de sus memorias, Una vida en el siglo XX, es la conclusión a la que llega cualquiera que se asome estremecido a los planes de futuro que los nazis trazaron para Europa. Pesadilla que hubiera transformado radicalmente nuestras vidas en un porvenir brutal y distópico, adjetivo de origen anglosajón que utiliza en el libro constantemente Gerwarth, y que viene a significar “lo que es contrario a las utopías”, esos proyectos ficticios de sociedades prósperas y felices que sabios como Platón, Tomás Moro, Campanella y tantos otros imaginaron para mejorar la existencia.
Por la misma razón, deducimos con esta certera biografía que la épica ejecución de Reinhard Heydrich, que a posteriori supondría la destrucción completa del pueblo de Lidice con sus ancianos y niños y que llegaría a costar la vida de 4.600 checos en total, ese atentado complicado al que hemos asistido repetidamente a través de películas y novelas como la genial HHhH de Laurent Binet (2010), premio Goncourt, fue totalmente necesario. Siquiera porque este esbirro terrible, como jefe de la Gestapo, de las terribles SS, y Protector del Reich para Bohemia y Moravia fue con Adolf Hitler, el responsable directo de “la solución final” a la cuestión judía. Asunto que ocupa buena parte del libro como factor indiscutible del cursus honorum de Heydrich, quien estuvo verdaderamente obsesionado por “limpiar” genéticamente a Alemania mediante una progresiva y escalofriante toma de decisiones cada vez más drásticas, desde exiliarlos en Madagascar hasta asesinarlos.
Por otra parte, en este libro se recoge también la vida privada de este personaje público caracterizado por su oportunismo, astucia y desconfianza, afición a los deportes, gran capacidad de trabajo y enorme ambición. Un Heydrich que nace en una familia feliz de clase media dedicada a la música, buen estudiante que logró ingresar en la Armada, y de la que se vió apartado bruscamente por un lío de faldas, cuestión que motivó su ingreso tardío en el partido nazi y que abrazara oportunamente sus ideales. Será más tarde cuando, jaleado por Lina von Osten, su esposa antisemita, se aúpe en el Partido mediante ascensos meteóricos y reniegue de su familia de origen, condenándola así al hambre y a la miseria. Y no, no actuó de este modo por esconder un posible antepasado judío como sostuvo Joachim Fest y que nunca tuvo, sino simplemente por librarse de estorbos en su carrera. Nunca fue una persona bondadosa, ni caritativa y eso es todo.
Sus relaciones con otros personajes claves del Reich ocupan el resto del volumen: con Wilhem Canaris, su mentor en la Armada con el que tendría profundas diferencias, con Himmler, del que se llegaría a ser brazo derecho pero al que también hizo sombra, con Eichman o con el propio Hitler. Aunque también hay hueco en este libro para sus víctimas, dado que participó igualmente en el asesinato de Röhm (jefe de las SA), en la famosa Noche de los Cuchillos Largos, hasta entonces amigo personal y padrino de sus hijos.
Tal vez el talón de Aquiles de este Odín implacable radicara en su ego autosuficiente, en creer que a sus treinta y ocho años estaba lejos de la muerte y desafiar a ésta en no pocas ocasiones: sacándose el título de piloto, participando en acciones bélicas y paseándose en un descapotable por toda Praga, sin blindaje y sin escolta. Insensatez absoluta que precipitó su final, al negarse a ser atendido por checos tras sus heridas, tan sólo por médicos alemanes que tardaron en llegar, y nada pudieron hacer por detener la septicemia.
Todo esto, y algunas sorpresas más, descubriremos en esta apasionante y desmitificadora biografía, elaborada por un historiador alemán formado en Oxford y en Harvard, una obra rigurosa, amena y excelente. Por lo demás, a Jan Kubis y Joseph Gabcik, como autores del atentado y honrosos héroes de la patria checa, muchas gracias.

viernes, septiembre 21, 2012

Todo está tranquilo arriba, Gerbrand Bakker

XIII Premio Llibreter 2012. Trad. Julio Grande. Rayo Verde Editorial, Barcelona, 2012. 288 pp. 20 €

José Morella

Una vez el maestro budista Tanzan viajaba a pie por un camino lleno de barro acompañado de un monje joven llamado Ekido. En un cruce se encontraron con una chica —muy guapa— que quería pasar al otro lado del camino pero temía enfangar sus zapatos y su kimono de seda. Tanzan se la subió a hombros, cruzó el charco y la dejó al otro lado. Ekido estuvo mordiéndose la lengua durante horas, pero al anochecer ya no aguantaba más: nosotros somos monjes, protestó, y tenemos prohibido el contacto con mujeres, sobre todo tan jovenes y guapas como esa. ¿Por qué lo ha hecho, maestro? Tanzan le contestó: yo la he dejado allí. Pero tú, después de tantas horas, todavía estás cargando con ella. Esta introducción un poco larga viene a cuento porque creo que Todo está tranquilo arriba habla de eso constantemente, incluso cuando parece no hacerlo. De las cosas que cargamos en la mente y en el corazón no sólo durante horas, sino durante meses, años o la vida entera. Helmer es un granjero que no eligió serlo. Si su hermano gemelo Henk, el preferido de su padre, no hubiera muerto 35 años antes, seguramente Helmer habría terminado su carrera universitaria y tal vez sus verdaderos deseos —así como su homosexualidad, latente durante toda la novela—, ya se habrían podido manifestar. Pero eso tampoco lo sabemos, y no es lo que interesa. Lo que interesa es qué se hace cuando ya no hay tiempo; o si es verdad que ya no hay tiempo. Lo que interesa en esta novela es cómo mirarnos con honestidad y decirnos lo que no nos hemos atrevido a decir antes, por muchos años de retraso que llevemos en lo que a honestidad se refiere. Es una novela sobre el despertar a la propia vida. Sobre el darse cuenta de que cargamos sobre los hombros a una señorita con kimono desde hace mucho. Los lectores del libro que no piensen sobre sus propias muchachas japonesas y lo mucho que pesan con el paso del tiempo, o bien no cargan con ninguna o es que no se atreven todavía, ni aun con la ayuda de la novela, a mirarlas y a reconocerlo. Al morir Henk, el granjero van Wonderen obliga al hijo que le queda vivo a heredar varias cosas que en principio no eran para él: la granja, la tarea de ordeñar a las vacas a diario sin un sólo día de vacaciones en su vida y la obligación de hacerse cargo de sus padres en su vejez. La novela empieza cuando Helmer, o habría que decir el resentimiento de Helmer, exilia a su padre al desván de la casa. Helmer van Wonderen, un hombre de 55 años, está tan sólo empezando a verbalizar el rencor que siente por quien le arruinó la vida y le trató siempre con desprecio. Perdonarle queda aún más lejos. Un pelín tarde, diría yo. Pero la tesis de la novela es optimista: nunca es tarde para eso. El libro está escrito con una precisión que se disfruta mucho: los diálogos son tan buenos y económicos que no parece que pudieran haber ocurrido de ningún otro modo. Los nombres de los animales, el conocimiento milimétrico del campo, de la vida en la granja, de la naturaleza: uno no cree que existan todavía cosas así, gente así. De hecho la novela cuenta, en parte, el proceso de extinción de esa gente. Gerbrand Bakker, el novelista, también parece un animal en vías de extinción. He leído alguna entrevista suya y le he visto en youtube: no se distingue en él ni un ápice de exageración o vulgaridad. Para nada la creencia molesta y falsa —ni explícita ni implícita— de que escribir o publicar o recibir premios (el último, el Premi Llibreter 2012) te hacen interesante, importante o mejor. Ninguna tensión, ningún alarde. Cuando habla de David Colmer, su traductor al inglés y clave en su proyección internacional, dice: él me hizo darme cuenta de que el libro era un libro y de que yo era un escritor. Bakker es jardinero profesional. También es, en invierno, monitor de patinaje. Si se presentara a algo, yo le votaba. Volviendo al texto, el personaje de Riet es clave para entender a Helmer. Riet era la novia de su hermano Henk. Ella conducía el coche en el accidente que le mató. Riet se casó con otro y vivió su vida. Ahora, cuando han pasado tantos años y su marido ha muerto, vuelve a comunicarse con Helmer y le pide que albergue y dé trabajo en la granja a su hijo. Riet también carga cosas a sus espaldas. Carga rabia desde hace años por no poder haber sido la granjera de esa granja. Es muy inconsciente: juzga a Helmer injustamente y no ve más que lo que ella quiere. No tiene ninguna empatía con nadie. Está enfadada con todos. Sus maniobras para conseguir algo más de esa familia, de la que sólo quedan ya Helmer y el moribundo señor van Wonderen, son una nueva explicación, una nueva oportunidad para que Helmer comprenda. El puede hacer lo de siempre —vivir en función de los otros y olvidarse del deseo propio por miedo o comodidad— o soltar de una vez a la niña del kimono y no volver a pensar en ella. Lleva treinta y cinco años ordeñando vacas y dándoles de comer a los burros. Ahora podría tomarse unas vacaciones. Nunca es tarde.

miércoles, octubre 14, 2009

Los anillos de Saturno, W. G. Sebald

Trad. Carmen Gómez García y Georg Pichler. Anagrama, Barcelona, 2008. 330 pp. 19,50 €

Eduardo Fariña Poveda

Sucesos que conforman una mixtura. El proceso específico en donde el deseo abandona su condición para transformarse en un sueño. En Los Anillos de Saturno, narración en primera persona, Sebald nos guía en un viaje donde ese sueño de mezclas y situaciones nos ofrece una rica posibilidad de abordar diversos temas humanísticos que parecieran hallar sus orígenes en los diversos lugares y construcciones que observa el narrador. Publicada originalmente en 1995, Los Anillos de Saturno ha sido observada como un ejemplo paradigmático de narración capaz de extraer su energía de una condición fragmentaria y que logra huir del lugar destinado a la ficción. El escritor alemán, que residió en Inglaterra desde los 21 años, ha sido comparado reiteradamente con otros escritores europeos como Claudio Magris, Peter Handke y Enrique Vila-Matas.
El protagonista, que, como en la mayoría de sus historias, es el mismo Sebald, decide realizar un viaje al condado de Suffolk. En esta localidad de la costa este de Inglaterra Sebald inicia extensas caminatas en las que, de alguna forma, busca reposo ya que ha concluido hace poco un trabajo importante. Dando lugar a varias historias y personajes que emergen de la Literatura, la Historia, la Ciencia, etc. el autor fusiona con audacia y vertiginosidad la autobiografía, el ensayo, el reportaje periodístico, el artículo científico, la poesía y el relato breve. La historia nos hace cómplices de auténticas multiplicidades documentales donde los recuerdos y los datos son siempre acompañados de una cuota astuta de misterio.
De manera discreta pero decisiva, encontramos algunos escritores que figuran como personajes. El arranque se lo adjudica Thomas Browne, el célebre médico al cual Borges consideró el mejor prosista en lengua inglesa. Browne estuvo influido por las ideas de Francis Bacon y vio probablemente en los muertos el estético fracaso humano por superar al tiempo: «El médico, que ve cómo las enfermedades crecen y devastan los cuerpos, comprende mejor la mortalidad que el florecimiento de la vida (…) contra el opio del tiempo que transcurre, escribe (Browne) no ha crecido hierba alguna» (p. 33). Aparece un pequeño Joseph Conrad que en su infancia observa como su familia utiliza los salones de su casa para las reuniones del comité nacional ilegal polaco que, años más tarde, tendría momentos decisivos en la selva congoleña con un cónsul británico que revelará los crímenes que sufre la población autóctona: «Ante los ojos de quien navegue por la parte superior del Congo río arriba (…) se revela la agonía de un pueblo entero en todos sus pormenores que desgarran el corazón y dejan sumidas en las sombras las historias bíblicas del sufrimiento» (p. 144). También figuran Flaubert, Chautebriand, Swiburne y Borges, del cual Sebald realiza una cuidada observación del relato Tlön, Uqbar, Orbis tertius.
Para Sebald, el mundo parece ser una suma de elementos que conforman sugestivas alianzas. La narración nunca parece detenerse, por eso, de pronto le vemos caminando por la playa de Lowestof hablando de los arenques, que pueden mantener la luminosidad de su cuerpo después de muertos, o rememorando las leyendas funerarias que oyó a los trabajadores de una agencia, para finalmente recordar la salvación de todo un anfiteatro, sucedida en Tlön Uqbar Orbis tertius, gracias a dos pájaros. Los anillos saturninos que rodean al individuo son inversamente proporcionales a los anillos que se encuentran en la corteza de un árbol. Por eso Sebald no intenta abrumarnos con toneladas de situaciones y descripciones supuestamente hechas al azar. El narrador alemán consigue transmitir datos y hechos concretos de interés gracias al fraseo de su sintaxis y la delicada melancolía impregnada en ellos. Se nos adhiere todo lo que sucede en el espacio y en el tiempo y es ahí donde Sebald entiende la grandeza de las cosas simples y duraderas: recuerdos que giran a través de los anillos que nos rodean y nos hacen encarnar el milagro que veía Browne en los seres vivos, lo increíble que le parecía que los organismos pudieran mantenerse en pie un día.
Rodrigo Fresán ofreció 7 razones en un ensayo que explicaban el éxito de “El caso Sebald”, cuando el autor alemán moría en 2001 en pleno auge de su trayectoria. La quinta de éstas explicaba que Sebald había inventado un novedoso método donde combinaba lo plástico de las fotos (unas 70 fotos en Los Anillos de Saturno) con otra sensación heredada del documental: —"ficción-no-ficción”— Un método donde se funde lo autobiográfico con lo biográfico —con fotos, mapas, dibujos, etc.— en el que se podía competir y ganar con una libre asociación de ideas, que genera un aparente compendio documental rígido pero que, atención, estaba lleno de erratas adrede para el placer narcisista de connaisseurs y happy few con la educación necesaria para detectarlas”.
Al igual que Roberto Bolaño, comenzó a publicar tardíamente y el éxito le llegó poco antes de la muerte. Circunstancia que propicia que una serie de incondicionales construyan en el escritor muerto un absolutismo que sólo busca ver el punto final de la literatura, algo que Fresán crítica en el mismo ensayo respecto a cierto culto surgido en la figura de Sebald. Los anillos de Saturno es, ante todo, una invitación a librar una aventura en el interior de la memoria gracias a una oficiosa mezcla de géneros, algo que el autor, evidentemente, no inventó pero realizó de una manera interesantísima. Esta novela es una gran parada en el trayecto de una obra de uno de los escritores contemporáneos más influyentes.

jueves, octubre 08, 2009

Parerga y Paralipómena, Arthur Schopenhauer

Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo. Madrid, Valdemar, 2009. 1.120 pp. 40 €

Luis Manuel Ruiz

A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.
Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.
Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.
Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.
En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».

viernes, septiembre 04, 2009

Payaso de agosto, Günter Grass

Trad. Miguel Sáenz / Grita Loebsack. Bartleby Editores, Madrid, 2009. 130 pp. 14 €

Pedro M. Domene

El Nobel alemán Günter Grass (Danzig, 1927) pinta, esculpe y escribe en su casa de Behlendorf, muy cerca de Lübeck y, en ocasiones, se encierra en un ostracismo voluntario que más tarde convierte en literatura. Algo de esto le ocurría tras la publicación de las polémicas memorias o libro autobiográfico, Pelando la cebolla (2006), en las que contaba cómo casi al final de la Segunda Guerra Mundial, perteneció durante un breve tiempo, apenas unos meses, a la Waffen SS, hecho que, en palabras del más discutido de los novelistas germanos, provocaría un escándalo a nivel mundial, sobre todo durante aquel verano, cuando la prensa alemana publicó ríos de tinta, hubo opiniones para todos los gustos, y algunos de sus más fieles amigos y conocidos le volvieron la espalda. Un año después publicaría en su país, Dummer August (2007), que en esta primavera aparecía como Payaso de agosto (2009), una elegante edición bilingüe de Bartleby Editores, traducido por Miguel Sáenz, con la colaboración de Grita Loebsack. Y lo último, Die Box (2008), una continuación de su autobiografía, que Alfaguara edita y Miguel Sáenz traduce como La caja de los deseos (2009), un nuevo texto donde combina fábula, memoria, humor y algunas otras sorprendentes revelaciones sobre su pasado familiar.
Para Grass el nefasto mes de verano se asemeja a ese payaso circense cuya melancolía se extiende mucho más allá de la pista donde a diario la gente se ríe de él. Una vez más, el Nobel se refugia en la poesía para redimirse de una depresión: dibujos y poemas se convierten en una experiencia donde plasmar sus vivencias más tristes y afligidas. La prensa arremetió, también en esta ocasión, contra Grass y su ejercicio lírico fue calificado de apologético, autocomplaciente, o excesivamente volcado en una autojustificación. Periódicos de izquierda y de derecha postularon acerca del valor lírico de estos poemas, aunque su traductor español, que conoce bien la obra del alemán, habla de una poesía prosaica, sin un excesivo artificio métrico que pretende mostrar, por encima todo, una experiencia vital tan triste como melancólica, pero sobre todo expone el rechazo a una manifiesta prohibición de la libertad de expresión. Y a propósito escribe Grass los siguientes versos: «(...) la vergüenza sale a la luz y en adelante/ la rodea la jauría libre de vergüenza. (...) De un lado a otro la vergüenza, que busca /una palabra igualmente apropiada». En realidad, su poesía siempre se torna en prosa, es decir, ofrece una paralela visión narrativa de sus vivencias más íntimas y, para entender y complementar su mundo, dibuja cabezas de pescado, patatas, verduras, setas, cebollas, animales heridos, botas viejas agrietadas por el paso del tiempo, y además pone de manifiesto su inquebrantable obsesión hacia la naturaleza, especialmente, sensible por los bosques con árboles temblorosos, de distintos tamaños y envergadura. Objetos todos que, de alguna manera, se repiten y prodigan en su anterior tanto narrativa como lírica porque, en definitiva, sus dibujos (a lápiz) complementan a su obra y en Payaso de agosto, escribe sus versos a mano al tiempo que dibuja, o incluso al revés en ese doble proceso donde las palabras se acomodan a las figuras vislumbrando mundos paralelos, con esa dificultad implícita de no poder deslindar en el Nobel su tarea plástica y poética. El sentido pleno del libro está en uno de sus primeros poemas titulado En la picota: «Sucedió después de que/ una piel tras otra/ la cebolla me resultara útil./ Mirad, ahí está despellejado,/ gritan muchos ahora/ que no quisieron tocar la cebolla/porque temían encontrar, no,/peor, no encontrar nada/que pudiera identificarlos/». Quien busque originalidad lírica en estos textos, tendrá que mirar hacia otro lado.

viernes, agosto 21, 2009

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche, Franz Overbeck

Trad. Iván de los Ríos. Errata Naturae, Madrid, 2009. 128 pp. 10.90 €

Rubén Castillo Gallego

Franz Overbeck (1837-1905), que fue amigo íntimo de Friedrich Nietzsche y docente en una universidad suiza, tuvo la inestimable idea de anotar algunas de sus reflexiones, remembranzas y anécdotas sobre el filósofo alemán. Y ahora el sello Errata Naturae, con la valiosa colaboración traductora del profesor Iván de los Ríos, nos ofrece a los lectores españoles un buen número de esas páginas (incluidas algunas que el pudoroso Carl Albrecht Bernoulli, discípulo de Overbeck, consideró prescindibles cuando editó el volumen en 1906). Con buen juicio dice el profesor De los Ríos que «Franz Overbeck escribe al margen de todo interés encomiástico, sin ínfulas filosóficas, y escribe para demostrarse a sí mismo que nunca comprendió plenamente a un hombre al que amó y veneró por encima de todas las cosas; escribe para comprender y para expiar la culpa de no haber comprendido; escribe para quedarse a solas con su amigo Friedrich Nietzsche, cuyas carencias nadie supo advertir con igual cautela» (p.14). De ahí que la obra alcance cotas de gran intensidad intelectual y emocional. Tras declarar su sumisión ante lo ciclópeo de la figura de Friedrich («Nietzsche fue un portento ante el que me incliné una y otra vez, y aun hoy no me arrepiento de haberlo hecho», p.25), el analista Overbeck se aproxima con lucidez y elegancia crítica a «un Nietzsche cuyo pensamiento no se ramifica, creciente, superando obstáculos, sino que avanza como una [...] corriente de lava» (p.39). Lentamente, respetuosamente, Franz Overbeck comenta diferentes aspectos sobre el antisemitismo de Nietzsche, sobre sus posturas ante la religión cristiana, sobre su aparente soledad («Nunca fue un auténtico solitario», p.43), sobre el controvertido tema de la muerte de Dios («Partiendo de mi relación habitual con Nietzsche sólo puedo decir lo siguiente: nunca tuve la impresión de que contara con una respuesta sobre la existencia o la inexistencia de Dios, pero ignoro si alguna vez pretendió decir algo al respecto», p.54) y sobre varios temas de indudable interés erudito, como las relaciones que la obra de Friedrich Nietzsche guarda con Proudhon, Rousseau, Pascal, Herder, Stirner o Erwin Rohde. Y llega a proporcionar datos muy minuciosos, como la anécdota de que fue el historiador y pensador Jakob Burkhardt (autor de la monumental Historia de la cultura griega) el primero en tener noticia clara de la locura de Nietzsche, a través de una carta de enero de 1889, donde el filósofo evidenciaba su desvarío... Este hombre, que fue un fiel amigo del filósofo de Basilea «hasta que todos perdimos a Nietzsche por culpa de la locura» (p.90), explica con viril emoción que no ha querido mercadear con su amistad, ni someterla a manipulaciones de ningún tipo, cuando tan fácil le hubiera resultado hacerlo («Su amistad ha sido demasiado importante para mí como para sentir el deseo de contaminarla con exaltaciones póstumas», p.102). En suma, Errata Naturae nos acaba de regalar un delicioso tomo con el que, sin la menor duda, mejoramos nuestro conocimiento del padre de Zaratustra. Y eso siempre hay que agradecerlo.

viernes, junio 26, 2009

Correspondencia, Herman Hesse y Stefan Zweig

Trad. José Aníbal Campos González. Acantilado, Barcelona, 2009. 232 pp. 20 €

José Morella

Estas cartas que hoy recomendamos nos dan muchas pautas para reflexionar sobre cómo las dos grandes guerras de las que sus autores fueron testigos cambiaron el mundo. Lo primero que llama la atención es el trato exquisito entre dos personas con un talante personal y una procedencia social tan diferentes. Resulta inaudita la forma en que Hesse y Zweig ofrecen en cada carta su amistad y recogen con delizadeza la del otro. Ambos se entregan. Se esfuerzan en no fingir nada, en no mentir ni mentirse, en ser veraces sin ser duros, en no intentar gustar de cualquier manera a su corresponsal. Lo valioso no es que lo consigan o no, sino la visibilidad alentadora de su intento, el esfuerzo evidente y hermoso del acercamiento. La amistad labrándose palabra a palabra, con sus esfuerzos, sus alegrías y sus pequeñas decepciones. Lo que tenían en común, al fin y al cabo, era mucho más potente y serio que todo lo demás, y es el tema principal que se trata en las cartas de este libro: la búsqueda y la necesidad de la paz. Uso la palabra paz y no pacifismo, porque me parece que el -ismo hace pensar en vagas abstracciones propias de las escuelas de pensamiento, de las tendencias, de los grupos, y nos aleja de lo real. Nos aleja de la manera en que Hesse y Zweig vivían el problema. De la tensión que en sus propios cuerpos produjo la necesidad de paz. No es tan solo un ir hacia la paz, no es tan solo un discurso sobre algo. Ellos, además de crear discurso, vivieron la paz como anhelo cotidiano, sufrieron su carencia: les dolía en sus propios cuerpos que el mundo estuviera matándose. Sus biografías, que no vamos a recordar aquí, son testmonio de ello. En el caso de Hesse, sus informes médicos bastarían para demostrarlo. En el de Zweig, su último gesto. Creo que hoy ya no existen hombres de paz como ellos. No porque ahora la gente sea esencialmente peor, o ellos mejores, sino porque el pacifismo (ahora sí puedo llamarlo de esa forma) se ha profesionalizado, y el dinero público y privado que reciben muchas organizaciones les quita fuerza para criticar a las propias instituciones que las financian. Es difícil que denuncies, por ejemplo, la fabricación y exportación masiva de armas en un país cuyo gobierno te subvenciona justamente a ti y, mira tú por dónde, no es nada escrupuloso con el hecho de que los empresarios locales sean líderes en la industria de la muerte. Por no hablar de la Iglesia, caritativa señora cuya sonrojante relación con la paz contrasta vivamente con el valor de muchos cristianos, desde Francisco de Asís hasta Monseñor Romero o el padre Casaldàliga. ¿Cómo denunciar injusticias sin morder la mano del que te paga? Hesse no tenía ese problema, porque no le pagaba nadie. Zweig tampoco. Hesse solo conseguía perder dinero y fuerzas al defender sus posiciones. Vivía como un asceta, separado de un mundo que le hostigaba. Hubo una gran hostilidad pública hacia él en Alemania. Sus libros fueron prohibidos. Se dijeron de él barbaridades.
Aunque solo hay cartas de dos escritores, los verdaderos personajes de este libro son tres. El tercer lado del triángulo es Romain Rolland. Hesse le dedicó su libro Siddharta, y para Zweig representaba la "garantía de la persistencia del pensamiento europeo”, la conciencia moral del nuestro continente. Rolland había conocido a Gandhi (a quien ayudó a popularizar en Europa), a Tagore y a Vivekananda, y su teatro abogaba por el final de las estructuras dramáticas tradicionales y la creación de un espectáculo democrático que acercara al espectador a la vivencia de la festividad, de la celebración de la propia existencia. Algo distinto al teatro burgués que nos lleva a mirar la vida de otros, a ser espectador de otros sueños. Hay que poner a estos tres hombres en la senda de Tolstói y el ya citado Gandhi, que toman como referente, entre otros, el sermón de la montaña: las palabras de Jesús, o de ese personaje de creador anónimo llamado Jesús. Sería buena idea que algún erudito escribiera un libro, si no está ya escrito, siguiendo la estela de Tolstói e investigando, de archivo en archivo, todos los esfuerzos llevados a cabo por la Iglesia para reinterpretar, achicar y censurar ese discurso. El sermón de la montaña habla de dar limosna en secreto (es decir, sin establecer relaciones jerárquicas entre quien da y quien recibe), de no responder al mal con más mal, de no servir al dinero y de no juzgar sin estar seguro de haberte jugado antes a ti mismo. Según Tolstói, el sermón y la Iglesia son literalmente opuestos. Buscan lo opuesto. El verdadero cristianismo es la búsqueda de la paz, y Dios, citando de nuevo a Tolstói, está dentro de nosotros. No es casualidad que al googlear las palabras "pacifismo" y "sermón de la montaña" la primera página indexada sea un foro neonazi que pone al sermón de vuelta y media. Qué casualidad: a Hesse y a Zweig estos tipos también los odiaban, los perseguían y quemaban sus libros.
Otro elemento que en estas cartas se aleja de las actitudes típicas del presente es la no alineación de sus autores, la tozudez con la que se resistían a ser instrumentos de organizaciones políticas. "Casi envidio a los que pueden creer en el ideal comunista", escribe Hesse, y suena como un agnóstico envidiando la placidez y la seguridad del creyente o del ateo. Sabe que no puede creer de manera ciega y se coloca siempre en la posición más incómoda.
Siempre me ha sorprendido y disgustado oír a muchos lectores hablar de Hesse, de modo despectivo, como un escritor para adolescentes. Creo que lo hacen desde un sentimiento de superioridad (respecto de Hesse y de los adolescentes al mismo tiempo) muy inquietante, que se apoya en saber que su opinión es compartida por muchos; es una especie de lapidación valorativa. Tengo una sensación parecida cuando veo Moby Dick en colecciones para niños (Moby Dick, que habla del suicidio ya en el primer párrafo, no es solo para niños) o Cumbres Borrascosas en los quioscos, en colecciones de novela romántica (algún lector se llevará un susto). Se trata de una sutil forma de silenciar algo: enterrarlo en un cajón con etiqueta. Infantil, adolescente, cursi, “de género”, etc. Tal vez el hecho de que Hesse sea visto como un autor para mentes inmaduras es simplemente el reflejo de que el ser humano está ya más que viejo, un viejo que sufre en su resabiada e impotente vejez llena de amargura por haber perdido tantas oportunidades.

viernes, marzo 20, 2009

Un poco de nostalgia, Wilhelm Genazino

Trad. Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008. 194 pp. 18 €

Mercedes Cebrián

Lo primero que a muchos sorprenderá de esta novela es que, en la página 10, Dieter, el protagonista pierda una oreja así, como quien no quiere la cosa, en medio de un bar donde proyectan el partido de fútbol Alemania-República Checa. Esta pérdida tan sorprendente (no se trata de una oreja cortada por nadie, sino de una que se cae al suelo sin más) funciona como metáfora del proceso vital que experimenta el cuarentón Dieter y, si bien podría tener más peso en el desarrollo de la trama y causarle más cuitas al hombre en cuestión, el autor ha decidido dejar el extravagante asunto en un segundo plano para alivio de ciertos lectores, que así podemos nuestra atención en otros aspectos del relato y, sobre todo, en las agudas observaciones en primera persona del protagonista.
Las observaciones de Dieter son como los golpes de un martillo de plástico colorido: al alcanzar su blanco emiten un sonido peculiar que, lejos de causar daño, resultan hasta divertidos para quien los recibe. Dieter se limita a hablarnos de sì mismo; de lo complicadas que son las relaciones con su exmujer Edith, la madre de su hija («Noté entonces una vez más que para Edith la necesidad de reducir gastos es algo tan ajeno como una enfermedad»); de Sonja, la mujer con la que sale temporalmente; de una compañera de trabajo que parece gustarle; de su ascenso laboral y de otros aspectos de una vida de clase media, convencional y carente de estímulos trepidantes, en la Centroeuropa de nuestros días. Hasta aquí, todo puede parecer algo anodino, pero a medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta de que el texto es un ejemplo excelente de una voz masculina exenta de los tics de lo muy afrancesado, de la guasa y, en ocasiones, solemnidad ibéricas que tan de memoria conocemos, y del humor irónico ampliamente exportado por los escritores anglosajones. ¿Podríamos atrevernos a afirmar entonces que estamos ante una voz «alemana»? Quizá sea exagerado, sobre todo porque nos obligaría a definir el adjetivo «alemana» en este contexto, pero lo que sí puedo asegurar es que se trata de una voz lúcida, con gran capacidad de autoanálisis y de espíritu crítico («Como tantas otras veces, mi vida afectiva está en el límite entre el acercamiento y la huida. A veces me intereso por otras personas, y luego ya nada, ni siquiera, lamentablemente, por quienes ya me interesaron alguna vez. Me gustaría ahogar (aquí, en la piscina) esos sentimientos poco serios, pero se aferran a mí con fuerza y no entran en negociaciones.»). Y lo más importante: le saca todo el jugo posible a una vida que muchos considerarían soporífera.
El mundo es una pequeña fiesta en la voz del protagonista de Un toque de nostalgia; pero una fiesta modesta, con sandwiches de jamón de York, refrescos, algún gorrito, serpentinas y dos o tres matasuegras. A lo largo de sus observaciones, Genazino, a través de su personaje, parece animarnos a seguir celebrándola, manteniendo despierta la curiosidad ante cualquier situación («Por la curiosa posición de su órgano sexual, el hombre está obligado a mirarlo desde arriba durante casi toda su vida. Envidio a las mujeres, que están liberadas de esa eterna monotonía.»), que es lo mismo que animarnos a seguir viviendo.

miércoles, marzo 04, 2009

La familia Wagner, Brigitte Hamann

Prefacio, traducción y notas Roberto Mansberger Amorós. Juventud, Barcelona, 2008. 286 pp. 19 €

Juan Gómez Espinosa

Aquel que quiera comenzar a transitar, suavemente, por los caminos del “wagnerianismo” encontrará en este libro una introducción ágil y agradable sobre los vericuetos de tan polémico universo. Evidentemente, su autora, Brigitte Hamann, no se ha propuesto elaborar una summa enciclopédica sobre el gran Richard, sus obras y sus sucesores; esto sólo habría sido posible redactando tomos y tomos que abarcaran cuestiones tan diversas como elementos de composición musical, historia germánica, sociología, dramaturgia y praxis teatral... incluso de economía (por no contar los cientos de anécdotas, públicas y privadas, que se podrían llegar a recoger). Para todos estos ámbitos ya existen ejércitos de monografías, más o menos apasionadas. La obra de Hamann, por tanto, es un repaso a casi dos siglos de vida de una saga, la de los Wagner, absolutamente condicionada por la sombra de su miembro más famoso. Hamann, y éste es su máximo logro, expone la ¿evolución? de la familia con una objetividad absoluta , deja que los datos y los hechos (y a veces los propios protagonistas) hablen por si mismos. Realmente, el asunto no necesita ninguna ayuda externa. Todo observador puede constatar, desde su atalaya, los esfuerzos de este linaje por mantener una aristocracia artificial, un orgullo casi mesiánico y que, desde un principio, consigue mantener muy alto el listón de ridiculez. Es lo que pasa cuando uno se desvive por aquilatar su burbuja. Posiblemente, la prueba material más clara de esta estulticia sea la perpetuación del Festival de Bayreuth; casi, casi tan decadente como el pardo concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Tal vez el gran problema de los Wagner no sea otro que el de alienarse por la memoria del único genio que se crió entre ellos. Ya es hiriente ver cómo los acólitos del compositor (su esposa Cósima a la cabeza) no sólo alimentaron su egolatría en vida sino, sobre todo, cómo a su muerte erigieron un túmulo sectario y enfermizo con el cual canalizar una serie de corrientes políticas y filosóficas bastantes discutibles. Para la génesis de éstas se parapetaron en actitudes más o menos circunstanciales, más o menos sinceras, de un creador que, unas veces pegado suciamente al mundo y otras elevado por encima de tanto lodo, siempre se condujo por un individualismo narcisista. Hamann se sitúa, muy sagazmente, lejos de la enumeración de los logros artísticos del genio (ya han hablado de ellos unos cuantos musicólogos) y lejos de los juicios de valor sobre sus herederos: sabe perfectamente que no hay más que verlos para que queden en evidencia sus taras emocionales y su ambición sin escrúpulos. Sería deseable, cuando no obligatorio, haber escuchado algo de música de Richard Wagner antes de leer este libro ya que, como he apuntado al comienzo, no es un estudio para partir “de cero”. De hecho, sería obligatorio haber escuchado algo del genio (algo más que la Cabalgada de las Valkirias) antes de hablar de tal coloso y de su camada. Parece obvio, pero uno no deja de escuchar bocas y bocas llenas de estulticia mezclando las churras con las merinas, Lohengrin con Hitler, Brunilda con los empresarios. No estaría de más recordar, como le decía el maestro Cristóbal Halffter a un intelectualucho que abominaba de Richard enlazándolo a la Gestapo, que, gracias a las vías musicales abiertas por Tristán, otro genio llamado Arnold Schoenberg –judío, calvo y apátrida- consiguió componer uno de los mayores alegatos en contra del Holocausto: Un superviviente de Varsovia. Tal vez no sea un tópico eso de que el arte prevalece sobre todo lo demás. Justicia poética, en definitiva.