viernes, noviembre 22, 2013

En el bosque, bajo los cerezos en flor, Ango Sakaguchi

Trad. Susana Hayashi. Satori, Gijón, 2013. 160 pp. 17 €

Juan Laborda Barceló

«Sin gente, un bosque de cerezos en flor es aterrador»

No es la primera ocasión en la que comentamos los aciertos de la Editorial Satori a la hora de descubrirnos autores japoneses. La afirmación no es menos cierta por repetida y los autores, sin duda alguna, no dejan de ser fundamentales. Efectivamente, Satori nos sorprende una y otra vez con joyas desconocidas de la literatura nipona, que a la sazón poseen una gran valía universal.
Jesús Palacios, en su epílogo de la obra, plantea una interesante reflexión al respecto. Estos fascinantes hallazgos, según nos dice él, no dejan de ser pálidas sombras en nuestra comprensión del universo e imaginario japonés. A pesar de ser tibios fogonazos, lejanos ecos en la caverna de nuestro conocimiento, debemos agradecer a Satori que nos haga partícipes de tales aproximaciones, respondemos nosotros.
El volumen que sale ahora a la luz, magníficamente editado como es sello de la casa, recoge tres cuentos largos o novelas breves, como lo queramos ver. Entre ellos destaca el que da título al libro. Cincuenta páginas escasas que condensan la poética del terror. Cualquier aficionado al género lo disfrutará sobradamente. El texto de Sakaguchi posee la subyugante fuerza de lo onírico. Es adictivo y fresco, a pesar de estar escrito a finales de los años 40. Podríamos sintetizar el texto en una idea sencilla: Un feroz bandido se verá sojuzgado por el embrujo de una misteriosamente bella mujer. Esto no es más que el punto de partida, pues entre ellos se establecerá un juego de sometimiento de gran complejidad.
El concepto de terror que nos ofrece parte de un plano general y se concreta de manera brutal en el texto. La belleza de los cerezos en flor es innegable, pero esta visión también esconde una desazón dentro de sí. Una ciudad bella es atractiva, pero este mismo espacio vacío de gente, cobra una dimensión aterradora. Es este el caso de la conocida novela apocalíptica de Richard Matheson, Soy leyenda, en la que Robert Neville es el único superviviente tras una catástrofe biológica. Él es diferente, puesto que el resto de criaturas que pueblan la desolada ciudad de Los Ángeles son zombies. La diferencia y la soledad cobran valores principales en esta obra, que fue llevada en dos ocasiones al cine. En el relato de Sakaguchi, sin embargo, la ciudad se convierte en la contraposición al bosque misterioso, pero nuestro bandido protagonista, acaba llevando sus actos terroríficos también a ese espacio.
El Concepto de terror cercano —lo muy bello, lo divergente o la alteridad pueden aterrorizar—, máxime en la soledad absoluta, es algo arraigado en la esencia del ser humano. La obra citada, Los ladrones de cuerpos, Freaks y otros tantos ejemplos de la literatura y el cine así lo demuestran. Hasta el mismo Frankenstein parte de la hermosa idea de dotar de vida a la materia inerte, aunque sus resultados sean, como sabemos, monstruosos.
No dejen escapar estos relatos. Están repletos de referencias crueles, pero que les cautivarán por su fuerza y sentido: Cabezas cortadas que cobran vida, referencia innegable a Salomé, violencia, sometimiento, tradiciones, diablos y un esteticismo apabullante se combinan magníficamente en esta extraña pero potente obra.