lunes, noviembre 18, 2013

El tren cero, Yuri Buida

Trad. Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira. Automática Editorial, Madrid, 2013. 120 pp. 14 €

Daniel López García

En 1924 Victor Kempeler realizó una defensa de la poesía y la literatura como conceptos universales, expresiones del sentimiento de la vida: de la alegría y el dolor, de la esperanza y el temor, de la resignación y el sentimiento religioso, y del amor y el odio; en definitiva, una celebración de la literatura como la voz del conjunto de la humanidad. De este perspectiva, se desprendía una intención de entender la literatura como un bien común del conjunto de los seres humanos, con capacidad para manifestarse en cualquier lugar y época, trascendiendo localismos y peculiaridades, y planteando interconexiones entre los diferentes textos que apuntan hacia lo esencial de la existencia y el devenir de las personas. En el año 2011, Harold Bloom en Anatomía de la influencia, libro que constituye la culminación del pensamiento sobre la creación literaria del profesor de Yale, plantea que tan profundo es el malestar humano que ningún escritor puede abarcarlo en solitario. De ahí que la historia de la literatura y el estudio de sus textos no hagan más que poner de manifiesto las leyes que rigen los vínculos entre unas obras y otras, la imposibilidad de entenderlas como entidades aisladas, la superación de las particularidades asociadas a un contexto y, por último, la manifestación de una esencia más profunda que las contiene a todas.
En septiembre de este año, Automática Editorial ha publicado El tren cero, obra del escritor ruso Yuri Buida. La edición de esta novela corta viene acompañada de un ensayo ex profeso a modo de epílogo escrito por José María Muñoz Rovira. Este esbozo, si bien analiza en algún punto la relación de la novela con el contexto histórico que la enmarca, se caracteriza fundamentalmente por una visión que ensalza las diferentes conexiones de la obra de Buida con otras de la literatura universal, poniendo énfasis en sus temas y motivos principales: el errático devenir de la vida, las dificultades de las personas para desarrollar su autonomía, el sentimiento de soledad del individuo frente a la fugacidad de la vida y la dificultad para lidiar con los estrechos márgenes de una existencia que no da cabida a la expresión de los deseos. La historia del tren cero narra la vida de un grupo de personas que en algún momento durante el régimen estalinista es enviado a vivir a un lugar con la misión de cuidar del mantenimiento de una estación de tren, con el único fin de constatar el paso de ese convoy que transitará las mismas vías todos los días, a una hora exacta «cien vagones de puertas tapadas y precintadas, dos locomotoras delante y dos detrás, ¡chu, chu, u, u, u! Cien vagones. Destino desconocido. Procedencia oculta. Punto en boca. Vosotros a lo vuestro: que los carriles estén en perfecto estado». El paso del tren cero organizará la vida de estos personajes de forma severa, sin márgenes ni grietas por los que escapar hacia otros derroteros. Su existencia estará marcada por la ausencia del desarrollo de su individualidad y la insatisfacción de sus necesidades, su autonomía y sus deseos, convirtiéndose su historia en una parábola de la opresión del régimen en el que viven.
Pero un análisis más profundo es el que nos lleva a conectar este libro con otras obras literarias en la búsqueda de los síntomas de ese malestar humano como rasgo universal literario. Por un lado, una que contempla el propio Muñoz Rovira en el epílogo, Wakefield, cuento de Nathaniel Hawthorne publicado en 1942. En este relato, a modo de moraleja, Hawthorne plantea que, a pesar de la aparente confusión de nuestro mundo las personas están pulcramente adaptadas a un sistema, y a su vez los sistemas se hayan engarzados entre sí, de forma que sí una persona se expone al riesgo de ausentarse de él por un momento, corre el peligro de perder su puesto para siempre. El personaje central de El tren cero, Ivan Ardaiev, ejemplifica la imbricación al mundo a través del tren y su oficio. Este hecho refleja la creencia del personaje en su cometido hasta tal punto que se convierte en dilación del sistema en el que está inserto, a pesar de la adversidad del espacio y la burocracia asfixiante. De alguna forma, el relato del régimen da sentido a la existencia de este personaje, su posición en el mundo y su relación con la patria, convirtiéndose en una ficción necesaria para responder al calamitoso contexto que habita. «El hombre es como una planta, arraiga en cualquier sitio», explicitará Ivan, que tan solo necesita la mediación de ese discurso organizador de su existencia para sobrevivirla.
Desde la perspectiva del lector que escribe esta reseña, la obra de Yuri Buida muestra tanto en la estructura como en el contenido conexiones con la obra de Gabriel García Márquez Cien años de soledad. Al igual que en la obra del colombiano, la historia de El tren cero conecta con la fundación y desaparición de un espacio concreto, la novena estación, que marca el acto de creación literaria. Este espacio, un lugar en ninguna parte por donde solo pasa el mismo tren diario y puntual, se enfrenta con los deseos de los personajes cuyo resultado provoca su insatisfacción vital a través de la ausencia de la maternidad, la imposibilidad de amar o la carencia de conocimiento del mundo en el que viven. Del enfrentamiento entre el espacio y los deseos de estos personajes emerge el aislamiento y la soledad como forma de hacer frente a su desavenencia, sin más posesiones que la sangre que los mantiene vivos y la memoria que alimenta sus nostalgias.
Por tanto, del diálogo que establece El tren cero con otras obras se obtiene un esqueleto común, nervio y contenido de la narración, que nos muestra la capacidad de obstinación del ser humano, la soledad como expresión de la frustración de nuestros deseos o la necesidad de relatos que den sentido a nuestra existencia como muestras de ese profundo malestar que habita en el conjunto de la humanidad.