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viernes, abril 28, 2017

El ojo castaño de nuestro amor, Mircea Cărtărescu


Trad. Marian Ochoa de Eribe.
Impedimenta, Madrid, 2016. 208 pp. 17,95 €

José Miguel López-Astilleros

Desde hace unos años los lectores de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) estamos de enhorabuena, porque desde 1993, año de la primera publicación de una obra suya en Seix Barral, hasta 2006, fecha en que Funambulista rompió el silencio editorial con Por qué nos gustan las mujeres, no habíamos tenido la ocasión de leerlo en español. Aunque hasta 2010 no comenzaría de un modo casi ininterrumpido la traducción y edición de parte de su obra (Cegador, Funambulista y El ruletista, Impedimenta). Pero la excelente noticia es que esta última editorial nos ofrece desde entonces unas magníficas traducciones del rumano a cargo de la gran traductora Marian Ochoa de Eribe (El Levante, Las bellas extranjeras, Lulú, y Nostalgia, aparte de la ya mencionada e incluida en esta última), y no traducciones de las ediciones alemanas.
El ojo castaño de nuestro amor es un libro que tiene la particularidad de estar «…especialmente preparado para el lector español, he intentado customizar el libro para la mentalidad literaria española, tal y como yo la imagino», declara el autor en una entrevista de Daniel Arjona, y más adelante «…se trata de una recopilación de textos que sirven de sumario de toda mi obra. […] es donde el lector encontrará el itinerario al resto de mis libros». De modo que quienes ya conozcan su obra advertirán las continuas referencias a sus temas, personajes, procedimientos literarios, libros, y en definitiva al muy particular mundo cartaresquiano. En cambio los que se acerquen por primera vez a él, tendrán en sus manos una suerte de introducción y guía de lo que encontrarán mucho más desarrollado en los anteriores, sin que ello quiera decir que ninguna de estas piezas esté inserta en aquellos.
La obra está compuesta por veinte textos no muy extensos y heterogéneos. Si establecemos una clasificación grosso modo, nos encontraremos con relatos genuinamente autobiográficos. Este elemento autorreferencial es recurrente en toda su obra, porque siempre escribe sobre sí mismo. Esto no significa que todo lo que cuenta se corresponda con hechos verificables y comprobables por un supuesto biógrafo, dado que para él la realidad es una creación personal de cada ser humano según sus percepciones, pensamientos y vivencias, de ahí que argumente que los escritores fantásticos son más proclives a desenmascarar el mundo en el que viven que a crear otros nuevos. El resultado es que la realidad y la ficción en Cărtărescu tienen la misma consideración y están en el mismo plano, es decir ambas pertenecen a la misma realidad, y por supuesto los sueños y las alucinaciones, elementos también muy presentes en su narrativa. En Mi Bucarest busca el Buenos Aires de Cortázar, la Alejandría de Durrel, el San Petersburgo de Dostoievski, el Dublín de Joyce, su ciudad mítica, puesto que la real era una ciudad “cenicienta”. Con su mirada nos asomamos al Bucarest de su infancia y adolescencia, que era el de su madre, el centro del mundo; al soñado, que corresponde al literario, al de la poesía; pero también al real, al degradado por el comunismo; y al de la primera mujer; así como al de los descubrimientos de las librerías, editoriales o cenáculos literarios, tan importantes estos en su vida. En Para D., vingt ans après rinde homenaje a una chica con quien tuvo una relación en sus años universitarios que aparece en REM —uno de sus mejores relatos, incluido en Nostalgia—, a la cual plagió los sueños que le contaba, a ella debe por ejemplo el del palacio de mármol de Cegador con sus mariposas. Los sueños están muy presente en toda la obra de este autor, lo onírico recibe un tratamiento poético que hace de este rasgo algo que caracteriza su estilo y la manera de percibir literariamente aquello que nos transmite. La infancia y la adolescencia son los dos períodos de la vida más importantes para él. De la primera opina que es el tiempo de la felicidad suprema, donde germina el mundo que ha de determinar nuestra personalidad futura, y a la segunda se suma todo el itinerario emocional, placeres, miedos, interrogantes, y gran parte de las profundidades que exploraremos en la madurez. En Pontus Axeinos relata su descubrimiento del mar a los doce años y la muerte de Ovidio en el mismo lugar. Es prodigiosa la sensibilidad con que en la página 46 se refiere al privilegio que supone para él tal acontecimiento, por ser el primero de la familia en contemplarlo. Otro motivo constante es el de las referencias literarias, utilizadas como temas en sí mismas o como indicaciones cómplices de universos literarios a cuya paternidad debe el suyo (Proust, Cortázar, Kafka, Borges, García Márquez, Sábato, Dante, Woolf…). En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh... rescata la fascinante historia de dicha isla desparecida en 1970 a través del recuerdo de un cuadro colgado en su casa, que representa el inconsciente mágico y colectivo de la ciudad. Cuando ingresa en la universidad toma conciencia de que el dictador Nicolae Ceausescu estaba dejando al país en ruinas, sobre ello escribe estas hermosas y desoladoras palabras «¡Qué extraño destino me tocó en suerte! He madurado entre ruinas, he estudiado entre ruinas, he amado entre ruinas. A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas.» (pág. 24) Y un poco más adelante, en las páginas 27 y 28 «…De ahí mi oficio: constructor de ruinas. Mi vocación: arquitecto de ruinas. Mi vicio: voyeur de ruinas. No me preguntéis por lugares olvidados y abandonados en Europa. Incluso mi madre es un lugar así. Yo mismo soy un lugar así. Juntaos en torno a mí, abrid mi cráneo y contemplad mi cerebro: se deshará ante vuestros ojos como un molde de yeso. Y su polvo se mezclará inseparablemente con el polvo de las ruinas entre las que he vivido toda la vida, amante de una harén de ruinas.» El relato que da título al libro trata sobre el trauma que supuso para él perder a su hermano gemelo a los cinco años. Este motivo de los gemelos y del hermano desaparecido en concreto es algo recurrente a lo largo de toda su creación, como un dolor crónico que no deja de estar presente jamás condicionando su vida y su literatura. Aparte de esto, esta pieza también es un canto a la maternidad feliz, a pesar de las privaciones soportadas. En El cuarto corazón nos cuenta la historia de un libro que leyó a los ocho años y que nunca volvió a encontrar, porque «…todos tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia.» (pág. 148) En otros relatos autobiográficos como Los años robados, Mi primer vaquero o La época del nes nos refiere distintos episodios de su vida en unas ocasiones de un modo objetivo y en otras con una ironía crítica con toques surrealistas.
El tono ensayístico predomina en Europa tiene la forma de mi cerebro, donde reflexiona sobre lo que significa ser europeo y su pertenencia a Europa, puesto que se siente partícipe y heredero de dicha tradición, además la literatura está por encima de los mapas. Del mismo modo en El gato muerto de la poesía de hoy, donde trata sobre el futuro y la supervivencia de la poesía, pero también hace un recorrido por la poesía rumana desde los años sesenta del siglo pasado. La literatura es un motivo de reflexión continuo en toda su obra. En …Escu nos ofrece una reflexión sobre la dificultad de ser un escritor rumano y sobre la educación en su país después de 1970. Y con un cierto tono melancólico sobre el fin de la literatura tal como la concebimos hasta hoy, en La ruina de una utopía concluye «Me temo que de ahora en adelante nadie va a vivir en los libros, tal y como han hecho mi generación y las precedentes…» (pág. 156). Sobre el oficio de escribir y el paso del tiempo reflexiona en Forever Young.
También encontramos relatos de ficción pura: Zaraza y La chica del borde de la vida. En la primera cuenta la historia romántica de una cantante gitana asesinada en los años cuarenta. Sobre esto hay que decir que Cărtărescu se considera a sí mismo un escritor neorromántico en muchos aspectos. El segundo es un cuento fantástico muy imaginativo, en el que se narra cómo el protagonista llegó al oficio de escritor.
Una de las características más sobresalientes de la manera de escribir de Cărtărescu consiste en el tratamiento poético que imprime a la materia narrativa, dotándola de una buena dosis de sensualidad y a menudo de sugerente melancolía. Por eso llega a decir que su prosa es una metamorfosis de su poesía —recordemos que está considerado como uno los mejores poetas rumanos del siglo XX, aunque a los treinta y tantos años abandonara su cultivo—. Otros aspectos a destacar son la enorme originalidad, tanto de este libro como cada uno de los anteriores, y la muy particular mirada con que interpreta el mundo a través de su desbordante imaginación. Todas estas breves consideraciones no serían posibles sin el gran trabajo de su traductora, Marian Ochoa de Eribe, una maga de la traducción, cuya sabiduría y sensibilidad nos crea la ilusión de leer a Cărtărescu en nuestro idioma como si fuese el suyo.
Hay muchos libros en los expositores de novedades que cualquier escritor con un poco de oficio y paciencia podría haber redactado, en cambio los de Cărtărescu sólo los podía haber escrito él. Estos son los que no podemos dejar de leer.

viernes, marzo 13, 2015

Doble mirada: El Levante, Mircea Cărtărescu

Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, Madrid, 2015. 272 pp. 20,95 €

1. José Morella

Para curarme en salud -diría tantas cosas de El Levante que temo perderme y perderos-, digamos de un tirón y sin respirar que el artefacto en cuestión es una epopeya paródica cuya trama principal es la expedición de un grupo de revolucionarios liderados por Manoil, un poeta entregado a la causa de acabar con la pobreza y la injusticia. Valientes piratas y soldados (“palicari”, en el texto) unidos para liberar la Valaquia del siglo XIX de la tiranía turca.
La verdad, sin embargo, es que los detalles de la trama y la caracterización de los personajes no son especialmente determinantes. Uno tiene la sensación de estar delante de un guiñol: Yogurta el terrible, el heroico Manoil, Zenaida la hermosa revolucionaria patriótica. Leer El Levante sólo tiene sentido si el lector se rinde bien pronto a un elemento sensual: la fibra misma del texto, sus imágenes, su estructura, el tapiz rebosante que las frases van armando. Es un mural gigantesco repleto de capas: una novela de piratas, otra de amor, otra de intriga política, otra de despertar espiritual. Todo en uno, y todo intensamente barroco, colorido y paródico. Uno goza mucho del fraseo delicado, preciso, lleno de filigranas y algo caprichoso y alargado, pero a la vez ese fraseo parece burlarse cariñosamente de ti, como si el estilo fuera una serie infinita de pequeños artículos de broma que tú creías objetos serios. El texto coloca al lector en un lugar especial. Le invita a ser desconfiado y a confiar a la vez. Lo abre.
El Levante también es una compleja construcción fractal. En esta novela -que originalmente fue un poema de doscientas páginas-, Cărtărescu usa una técnica de espejos en la que los detalles aluden al todo y el todo a los detalles. Párrafos que resumen capítulos, paráfrasis, frases sueltas que parecen descolocadas, interacciones entre escritor y personajes, la confesión del escritor de estar improvisando, el escritor en su mesa de cocina, la voz tenue de su mujer, él entrando en la historia y matizando o comentando cosas a los personajes, los personajes derramándose afuera del libro y acompañándole al trabajo... Todo eso, conformado como un hilarante mandala de una minuciosidad extrema. Tuve que entrar en Internet, ya avanzada la novela, para descubrir lo que quería decir Cărtărescu con eso de que la escritura es "holón". El holón es un concepto ideado por el filósofo Arthur Koestler y desarrollado más tarde por gente tan heterodoxa como Ken Wilber. Voy a ahorrarme una explicación, básicamente porque no tengo la cara tan dura como para explicar un concepto filosófico cuando yo mismo acabo de descubrirlo en la wikipedia. Bastante tarea tengo ya con reseñar El Levante. Pero sí diré que el tema de los holones se traduce en esta obra en una narración que lo acoge todo. Cărtărescu dice: «mi intención era explorar el repertorio de la antigua literatura rumana. La idea vino de un capítulo del Ulises de Joyce, en el que una conversación entre doctores y estudiantes es presentada en forma de pastiches de la literatura británica de distintas épocas». Cărtărescu echa mano del pasado literario rumano y crea un estilo nuevo y viejo a la vez, poroso, imperecedero y perecido al mismo tiempo. Posmodernidad incrustada en la tradición. Aparecen poetas, referencias y citas que a mí se me escapan pero que a un avezado lector rumano, en teoría, deben de abrirle el texto en muchas direcciones distintas. A todo esto hay que sumarle el otro multiplicador de sentidos: la realidad. El Levante es un libro sobre una revolución contra los tiranos escrito en la Rumanía comunista de Ceauşescu. En resumen: Marian Ochoa de Eribe, la traductora, se merece algo mejor que un monumento. Comparte con nosotros un texto que nos permite experimentar la elasticidad y plasticidad de lo literario, su ausencia de límites. El Levante es un ejercicio de libertad impresionante, y su traductora ha completado una tarea tan heroica como la de Manoil y sus compañeros.
Me irritan las críticas fáciles a la postmodernidad. "No hay verdad", "todo vale", "totum revolutum", ese tipo de frases dichas sin mediar demasiados argumentos. Como si Michel Foucault, por citar a alguien, fuera un elemento inocuo en la historia del pensamiento, como si sus análisis de -por ejemplo- los sistemas de control de los locos, los delincuentes y los niños no nos hubieran dado un impresionante y necesario baño contra la ingenuidad del positivismo científico. Como si Jean Baudrillard o Judith Butler fueran innecesarios y torpes. Hay una arrogancia grande en esto. He visto críticas a El Levante que se pueden resumir en «una obra maestra, a pesar de ser postmoderna». Como si ambas cosas se pudieran separar igual que se separan la piel y la pulpa de una naranja. Cărtărescu les explica a los personajes que no sabe cómo continúa la historia porque se la va inventando sobre la marcha. La máquina de escribir Erika que utiliza se le cuela dentro. Aparecen George Steiner, Mijail Bakhtin, Julio Cortázar y Lumumba. Aparece el Che Guevara. Asociaciones del tipo Manoil-Guevara-Cărtărescu versus turcos-capitalismo-comunismo multiplican exponencialmente los sentidos del texto y liberan multitud de lecturas. ¿Cómo separar la supuesta maestría del autor de sus procedimientos? El Levante no es una parodia de la postmodernidad. Al contrario: lo paródico está incrustado en ella haciéndola radicalmente postmoderna.
La narración cuenta lo que ya hemos visto otras veces en el mundo real: los revolucionarios bienintencionados derrocan a los poderosos, pero mira tú por dónde su honesto líder no acaba siendo el gobernante. El poder lo ocupa alguien que acabará tan corrupto como su predecesor. La clave para entender esto se encuentra a mitad de libro, cuando los rebeldes le piden a la diosa oracular Hyacint que les lea el futuro. Ella le alcanza una esfera a Manoil, cuyo contacto con la mano del héroe provoca tres páginas delirantes. Un cebollón extático que ni Santa Teresa de Jesús. Es un trecho muy “lucy in the sky”. Lo que "pasa" es del tenor de esto: "los peces se convierten en sol, el sol se convierte en fresa, la sombra se despega del suelo y cobra vida, en tanto que lo que arrojaba sombra estalla en miles de añicos brillantes a los que les crecen alas de libélula. Manoil avanza entre los glomérulos blandos de los árboles, que, de pronto, se transforman en mujeres". Manoil, al verse a sí mismo desde fuera en este viaje enteógeno, no abandona la lucha ni deja de ver la injusticia del mundo, pero sí pierde el deseo personal de brillar y de ser admirado. Pierde el deseo de poder.
La lectura de El Levante es un baño en un océano de pequeños detalles, artificios, adornos, capas, luces, trucos. Manoil parece no tener pasado ni futuro. La rebelión es la de cualquier época. No hay prisa en llegar. El tiempo trae y lleva tiranos. Liberadores se convierten en sátrapas, y vuelta a empezar. ¿Qué es en realidad el poder? ¿Cuál es la verdadera distancia que va de un poema a lo real? ¿Cuándo ha habido una genuina democracia en Rumanía y en cualquier otro sitio? No enciendan la tele ni la radio, no entren en facebook: ahí no lo dicen.


2. Fernando Sánchez Calvo

Las novelas sobre dictadores y tiranos existen y gustan al público lector casi desde que existen dictadores y tiranos. Tirano Banderas, La fiesta del Chivo, Rebelión en la granja y otras que no conozco o recuerdo ya pusieron en el punto de mira y crítica a Trujillo, Franco, Stalin, Hitler, Castro y otros muchos que sembraron de silencio, miedo, miseria y asfixia sus respectivos países durante décadas. Quien sufre dicha siembra obviamente es el ciudadano de a pie, pero sobre todo el artista, que, a diferencia del primero, es consciente de dicha opresión, pues no se somete al “pan y circo”.
No iba a ser menos Mircea Cărtărescu, a quien le cayó sobre la espalda el comunismo más lacerante que asoló Rumanía y otros países del Este incluso después de la caída del Muro. Por entonces profesor, por entonces recién casado, por entonces padre primerizo de un bebé, por entonces sin ánimos de creer en nada ni nadie, huye o se evade en el tiempo para poder hablar de su tiempo sin que los censores sepan que son los años 80 los que son criticados con odio y dulzura por el entonces joven escritor. ¿Y cómo escapa Mircea Cărtărescu?: a través del viento de El Levante, cuyas ráfagas lo y nos transportan a nosotros, lectores, hasta el siglo XIX en una suerte de novela bizantina donde el joven y rebelde Manoil, nuestro protagonista, quiere liberar a Valaquia del yugo del turco con la ayuda de los mejores secundarios posibles para una novela de aventuras: piratas, sabios, disidentes, marineros, bellas y bravas mujeres.
Ésta es la línea argumental, aparentemente simple, que el lector tendrá que interpretar como sombra y metáfora del verdadero yugo al que se sometieron los rumanos cien años después del tiempo de esta fábula: el que Ceauşescu impuso durante veinticuatro años seguidos desde Bucarest hasta la playa más recóndita del Mar Negro. En el camino, ecos a Borges, ecos a Pirandelo y a Unamuno, ecos al pop, ecos a Las mil y una noches (no sé si el lector quedará más prendado del hilo principal que nos narra Cărtărescu o de las múltiples fábulas que cada personaje que aparece ante Manoil y los suyos nos cuenta como si cien Sherezades distintas fuesen posibles).
Tal es el juego y espiral de narradores, que el propio Cărtărescu, en un momento de auténtico y delicioso delirio, se zambulle en sus propias páginas para acompañar como uno más a dicha rebelión contra el tirano, rebelión cuyo éxito o fracaso no acabará siendo lo más importante, sino el camino que en forma y contenido todos los oprimidos inician para cortar de manera radical (es decir, de raíz) la injusticia que un solo opresor ejerce sobre Valaquia, Rumanía o el mundo. El pueblo pues pondrá en esta lucha el contenido, pero el escritor pondrá la forma, la palabra, que es a su modo otra manera de rebelión: la de contar como se quiera lo que se quiera en un papel: mundo autónomo que, aunque prohibido o censurado, no por ello deja de existir.
Quien lea y acabe El Levante (si es que puede, y ya me entenderá el lector cuando navegue por las últimas páginas de la epopeya), podrá seguir con Nostalgia, Las bellas extranjeras o Lulú, del mismo autor y también publicadas en Impedimenta, pero que no lo haga motivado por la obra que aquí se reseña, pues como todo genio, Cărtărescu es capaz de escribir desde El Mendévil o El ruletista (aunque siempre metaliterarios y vanguardistas, más próximos al realismo sucio de barrio e infancia) hasta el edificio literario más imposible que un lector pueda imaginarse: es el caso de El Levante.

martes, diciembre 16, 2014

Eliza a los once años, Doina Rusti

Trad. Enrique Nogueras y Oana Ursache. Traspiés, Granada, 2014. 208 pp. 18,50 €

Miguel Baquero

Eliza a los once años supone el desembarco en nuestro país y en nuestro idioma de la escritora Doina Rusti, un nombre prestigioso en Rumanía como cronista literaria de la época poscomunista, ganadora de numerosos galardones y acreedora de múltiples reconocimientos. La editorial Traspiés nos acerca esta novela por la que la autora obtuvo el premio Ion Creanga de su país y que este reseñista espera sea la primera de muchas otras obras traducidas que vengan a continuación.
Porque Eliza a los once años es una historia estremecedora, aunque a su alrededor sobrevuele una cierta comicidad; es una historia que, en sus primeros capítulos, recuerda la ferocidad de una escritora como Agota Kristoff, si bien en el caso de Rusti se inserte contra un fondo, después de todo, grotesco y hasta irrisorio. Quizás no sea —seguro que no es— casualidad que ambas autoras, Kristoff y Rusti, provengan de la desmembrada Europa del Este: tanto en el caso de la húngara como ahora en el de la rumana hay una atmósfera cruel, despiadada, en la que nadie se interesa por el otro, aun tratándose del pariente más cercano, supeditado todo a conseguir comida, zapatos, ropa, beneficios materiales… Un mundo del que se ha suprimido todo refinamiento, y junto con el refinamiento otras pequeñas cosas como la compasión o la humanidad.
Hace poco, una escritora pedía en su Facebook que se le recomendara una novela «realmente» fuerte, que echaba a faltar en la literatura actual. Pues bien, las primeras cien páginas de esta Eliza… son fuertes y aun crueles: una niña de once años es maltratada por su padre, que le da continuas palizas, por lo que se ve forzada a irse de casa; «aprovechando» esta situación, los hombres del pueblo, desde el policía al comerciante, abusan de ella sexualmente a cambio de darle algo de dinero, unas zapatillas o unos croissants, que es lo que más le gusta. A tal extremo llegan los abusos que la niña acaba por contraer la sífilis…
He dicho al principio que esta novela tenía un trasfondo humorístico, y es posible que algún lector de la novela me pregunte dónde veo yo la gracia a esta situación. En mi opinión, se advierte cuando, hacia mitad de la novela, una reportera tiene noticia de esto de la sífilis y convierte a la niña en pasto de reportajes y telediarios. Y allí donde en El gran cuaderno de Kristof todo continúa, en la ocultación y el silencio, hacia el abismo y la locura, en Eliza a los once años, la llegada de la televisión y el afloramiento a la luz, pues, de la historia en mitad del trasiego cotidiano hace que poco más o menos devenga en una historia de enredo. Cruel todavía, incomprensiblemente salvaje en muchos tramos, pero una historia curiosa como tantas otras que componen el noticiario de este mundo indiferente que se mueve por arreones de la moda.
Rusti, en un determinado momento, deja de inmiscuirse en las profundidades humanas y, al sacar a la luz y a los chismorreos periodísticos su historia, renuncia a llegar al fondo de la noche, pero a cambio de esto le da un aspecto muy marcado de crítica social contra todos esos televidentes o consumidores de información (todos nosotros) que contemplamos la miseria como un espectáculo sin mover un dedo para resolverla. Como ocurre en esa absurda pero posible, ya lo creo que posible, escena en que el padre de Eliza, maltratador, se introduce en el hospital donde está siendo tratada la muchacha para llevársela arrastrándola del brazo, entre un tumulto de gente admirada que se debe de estar preguntando cómo es que nadie hace nada para evitar eso.
Rusti, en fin, parece apartarse de la tragedia humana en el punto justo donde ésta se precipita irremisiblemente hacia el fondo, y deja a su historia en la cornisa de la crítica social. Una historia muy admirable, por cierto, muy bien narrada, con introspecciones momentáneas en los personajes para llevarlos a la época en que ellos también tenían once años, y mostrando entonces un mundo en que nada tampoco era mejor, más sano ni más limpio que ahora. Como si todo fuera, en fin, una noria de ferocidad eterna que no deja de girar. A lo sumo, y esto resultará curioso para el lector, los personajes tienen la última esperanza de, algún día, poder dejar todo aquello atrás y marchar a España, donde, seguro, la vida les habrá de sonreír.
Una muy buena novela, en resumen. Muy recomendable.

martes, diciembre 31, 2013

Nostalgia, Mircea Cartarescu

Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta, Madrid, 2012. 375 pp. 23,95 €

Ariadna G. García

En 1993, un poeta rumano consagrado Mircea Cartarescu, de treinta y siete años publicó en un solo volumen tres relatos (“El ruletista”, “El Mendébil” y “El arquitecto”) y un par de novelas cortas (Los gemelos y REM) que habrían de colocarlo en la cumbre literaria de su país. Aquel libro, Nostalgia, es un crisol que recupera el paraíso perdido de la infancia y la época de crisis de la adolescencia. Pero que nadie busque aquí un relato edulcorado de la edad temprana. Cartarescu se encuentra más cerca de Tim Burton que de Disney. En sus páginas arden pesadillas y sueños, vaticinios y leyendas de la mejor estirpe romántica. Cada cuerda contribuye a la interpretación de una melodía enigmática, de una partitura que nos abre las puertas al fondo de nosotros mismos: a los primeros besos, a la indefinición erótica o a la búsqueda de la identidad.
Ya en el prólogo al libro desempeñado por “El ruletista” , el escritor rechaza la impostura de otros autores y defiende la honestidad como materia prima de trabajo. Además, recuerda que la literatura no consiste en la ejecución de una técnica, sino en la expresión de un conflicto que te sacude por dentro: «La escritura exige drama y el drama nace de la lucha entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial» (p. 16). En una entrevista reciente, Cartarescu insistía en ese buceo íntimo que define su obra: «Yo no soy un narrador de la vida social… Solo me interesa mi mundo interior» (Qué leer). Quizás por eso sus libros comparten “cierto aire de familia”, razón por la que como veremos las cinco historias de Nostalgia están muy bien hiladas.
En la primera de ellas, “El ruletista”, un narrador-testigo relata “la vida larvaria de un psicópata” que se convertirá en un hombre rico, si bien su ascenso social se debe a un irredento espíritu suicida. El protagonista de este magnífico cuento se gana la vida en la ruleta rusa, ofreciendo su sien a las balas. Su suerte en los tugurios le granjea el título de “campeón mundial de la supervivencia” y pone a su disposición dinero y mujeres. Pero él busca la gloria, e igual que un deportista, necesita más retos. Así, va añadiendo cañones al revólver. Políticos, empresarios y militares acuden por las noches en pareja para ver su espectáculo. Toda la clase dirigente rumana se concentra allí, como una parábola de su degradación moral y de su sed de sangre. Entre tanto, el ruletista asume desafíos mayores porque “cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre”. Cartarescu nos habla de un hombre que pretende quedarse en la memoria de los demás gracias a sus proezas. Sirva de metáfora de su actividad literaria, donde cada uno de los libros también es un disparo: un riesgo y una apuesta por inmortalizarse.
Un segundo narrador-testigo retoma la narración en “El Mendébil”. De ahora en adelante, las historias se van a localizar antes o después en la calle Stefan de Mare. Los protagonistas son los niños de un barrio obrero, reprimido, de la capital rumana, que se entretienen con juegos crueles y sádicos. La llegada de un nuevo vecino (“menudo, delicado y de ojos tristes”), pintará ante sus ojos un nuevo horizonte. Con él la violencia sucumbirá al poder de las palabras, de la imaginación y de la fantasía, así como se derribarán las fronteras invisibles que separan a los niños por sexos. Será esta traición, precisamente, la que desencadene el final del relato. Cartarescu escarba no ya sólo en el amanecer de la sexualidad, sino en la incomprensión y en la soledad de aquellos que maduran antes que el resto.
Con Los gemelos entramos en un ventrículo de Nostalgia. El mundo real se mezcla y se confunde con la pesadilla y con la crónica infanto-juvenil. La madeja de voces teje una historia desgarrada sobre el mito del andrógino, sobre aquellos amores no correspondidos o al menos, no del todo; y en cualquier caso, jamás como quisiéramos, y sobre la turbia construcción de la personalidad. Esta nouvelle comienza con un varón travestido que pretende emular “a la chica de los sueños de todos”: dulce, sensual e inocente. Su relato confiesa a los lectores (los médicos de un pabellón psiquiátrico) las causas de su transformación, de su metamorfosis, que no es otra que la obsesión por su amada imposible. La historia nos enfrenta a un montón de preguntas: ¿En qué consiste la normalidad? ¿Quién la impone? ¿Bajo qué preceptos? ¿Es, acaso, inmutable? ¿A quiénes beneficia? Como en “El Mendébil”, Cartarescu retoma el asunto de la hostilidad infantil de la mayoría de los niños hacia las niñas, hacia el erotismo y hacia las ocupaciones femeninas (como la recolecta de fresas o el tejido de flores con que los más valientes se aventuran en el cortejo amoroso). La mirada del autor nos pinta un mundo despiadado y represor del instinto. La propia sociedad rumana reprueba el deseo, y los adolescentes se aproximan a él desde el sentimiento de culpa: «me atormentaba yo solo, no podía evitarlo» (p. 118). El impulso erótico, no obstante, se impone al protagonista en la adolescencia, cuando muy a su pesar, y avergonzado de sí mismo se enamora de una compañera del instituto que lo maneja y trata como quiere. El amor, sin embargo, pese a lo doloroso y decepcionante, le abre los ojos a la vida y al mundo. La consumación del deseo obrará el milagro de la trasmigración de almas.
El corazón del libro es la nouvelle REM. Si la obra, en general, posee un estilo muy lírico debido a la presencia constante de los sueños, ahora va a dilatarse hasta inundar cada uno de los párrafos. El mundo inconsciente va a mezclarse con la imaginación desbordante de una niña de apenas 12 abriles. La prosa de Cartarescu adquiere estatus de prosa poética. En esta ocasión, el narrador de la historia es un insecto-testigo de la superficial y anodina relación de amantes que mantienen Svetlana (treinta y cinco años, de aspecto varonil) y Vali (veintiuno, dueño de un amor impostado: «espero que lo único que hagamos sea aprovecharnos el uno del otro durante una temporada»). La acción se sitúa en una tarde de invierno, pasada la Noche Vieja. Tras el encuentro erótico durante el cual el sardónico insecto ha invitado a los lectores a leer “El ruletista”, para que se entretengan esos veinte minutos de sexo que dura la escena, la pareja mantiene una conversación de cama en la que ella confiesa no acordarse del primer hombre con el que se acostó, pero sí de la primera vez que se enamoró y del beso que inauguró su boca. En adelante, REM se convierte en un extenso flash back donde Svetlana cuenta cómo fue aquel el verano de infancia en que comprendió que nunca cumpliría los sueños de casarse y de poseer a su mejor amiga. Pero el fin de la infancia consiste en superar un rito. Así, a lo largo de una semana de juegos estivales, las siete amigas irán perdiendo con ayuda de sus objetos mágicos: un anillo, un reloj, una muñeca, una perla, un hueso, un bolígrafo y un termómetro pasado e inocencia. Cartarescu desarrolla una inventiva apasionante en esta nouvelle. Su estilo único, hermoso y terrible —muy buena traducción de Eribe—, es sin duda el adecuado para describir la angustia que supone la negación de la sexualidad, la muerte del alma que implica la aceptación de los roles sociales.
El epílogo a Nostalgia lo pone el último relato: “El arquitecto”, emparentado con la ambición y el deseo de trascendencia del personaje principal de “El ruletista”.
Encontrarán pocas aventuras estéticas y psíquicas más bellas y desoladoras que las propuestas por Mircea Cartarescu en Nostalgia. Entrar en el libro es descender por zanjas, pasadizos y túneles hacia esa parte de nosotros en que conviven los miedos junto a las ambiciones, la tristeza al lado de la alegría, la duda muy pegada a la certeza, la pesadilla cerca de la paz. El libro es un aleph. Entre sus páginas reconocerán las huellas de Eminescu, de Borges, de Gabriel García Márquez, de Cortázar, de Ray Bradbury, de Kafka, de Michael Ende, de Lesage, de Vélez de Guevara, de Unamuno, de Pirandello, de Cervantes… Lo que no es extraño. El propio autor avisa de que en su obra trata de medirse con los mejores escritores del mundo.
Una joya de obra iniciática. Para quienes gustan de gozar con las complejidades de la conciencia. Para quienes no temen los espejos y son capaces de mirar de frente la triste radiación de un sol oscuro.