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viernes, junio 21, 2013

La cabeza del profesor Dowell, Aleksandr Beliáiev

Trad. Alberto Pérez Vivas. Ed. Alba, col. Rara Avis. 358 pp. 19,50 €

Julián Díez

Durante años la literatura fantástica anglosajona nos ha contagiado su propia visión endogámica del género, su sensación de hegemonía originada en los años treinta en la creación de un mercado de literatura pulp al que salía más barato pagar originales que traducciones. Es curioso, sin embargo, que el propio Isaac Asimov se refiera en sus memorias de muchacho neoyorquino a su visión de la producción cultural extranjera como referente futurista en su infancia: desde Metrópolis, que fue para él lo que Star Wars para mi generación, hasta Julio Verne.
El hecho ha sido especialmente injusto con la tradición rusa del género, castigada por problemas adicionales: la dificultad de las traducciones, acentuada por un estilo bastante más exigente que el de los contemporáneos anglosajones, y la carga ideológica de buena parte de sus trabajos.
En España, la obra del más prolífico de los autores rusos de ciencia ficción anteriores a la Segunda Guerra Mundial, Aleksandr Beliáiev, fue bastante traducida en los años sesenta, cuando esa hegemonía anglosajona no estaba aún tan consolidada. Sin embargo, llevaba sin publicarse uno de sus trabajos en España cuatro décadas hasta que ahora lo hace Alba, en una labor obviamente inspirada por las ediciones de Nevsky Prospects de otros clásicos del género ruso como Aleksandr Bogdánov o Alekséi Tolstói.
Beliáiev publicó cerca de cuarenta novelas de proto ciencia ficción, que le han proporcionado de manera recursiva el calificativo de “Julio Verne ruso”. Sin embargo, hay en su obra matices más próximos a H.G. Wells; sí que tiene en sus propósitos una fidelidad a los conocimientos científicos de la época una proximidad al francés, pero su vuelo imaginativo muestra un mayor atrevimiento propio del británico. En su trabajo, por cierto, no hay casi rastros de propósitos políticos, ni panegiristas de la grandeza soviética como los citados Bogdánov y Tolstói, ni críticos como en el caso de Zamiatin o luego, con matices —y seguramente el mejor resultado de todos desde el punto de vista literario—, los hermanos Strugatski. Beliáiev es, en realidad, una especie de Michael Crichton: escribe novelas amenas de aire internacional para todos los públicos usando como excusa un punto de partida científico. A la larga, esa línea divulgativa terminó siendo la principal en la ciencia ficción soviética de postguerra, con otros autores que merecerían ser más conocidos por el público español como Yefrémov o Dneprov.
Aunque es una obra bastante conocida y con adaptación cinematográfica en su país, La cabeza del profesor Dowell nunca había sido vertida al castellano, tal vez porque su punto de partida resultara pronto demasiado inverosímil para los lectores: la posibilidad de mantener una cabeza viva apartada del cuerpo, algo que los científicos soviéticos de la época se jactaban de haber conseguido con animales. Hoy, sin embargo, y Futurama mediante, es un concepto bien conocido y con un simpático regusto camp que posiblemente haya impulsado su edición.
La protagonista es Marie Laurane, una enfermera contratada para mantener con vida a la citada cabeza, correspondiente a un científico implicado en el tema que pronto descubriremos que fue traicionado por su asociado. Marie será nuestros ojos para descubrir toda la historia, conocerá al hijo de Dowell y se implicará en la lucha por remedar la injusticia cometida.
El volumen se completa con una novela corta de mayor originalidad, El día del Juicio Final, con un tono más liviano que contrasta con el melodramatismo en ocasiones excesivo de la novela previa. Aquí seguiremos a un periodista francés desplazado a Berlín que asiste a un suceso extraordinario: la ralentización de la velocidad de la luz, que hace que los personajes sean capaces de verse a sí mismos unos segundos antes, en la primera consecuencia de las imaginadas por el autor. Aunque no se sostenga mucho con las posteriores evoluciones de la teoría de la relatividad, es una historia de un notable vuelo imaginativo, que redondea la impresión que brinda el volumen en su conjunto de la capacidad de su autor.
Posiblemente este no sea un libro para todos los paladares; exige la misma simpatía, el mismo retorno a la ingenuidad del lector desprejuiciado, que se requiere hoy para poder disfrutar con Verne o Wells, o con el reciente homenaje que César Mallorquí hizo a ambos en la excelente La isla de Bowen. Sin embargo, no les faltan a estos clásicos lectores actuales que, como yo, encontrarán en el trabajo de Beliáiev una vuelta de tuerca adicional más que atractiva.

jueves, abril 11, 2013

Flores tardías y otros relatos, Antón P. Chéjov

Trad. Fernando Otero Macías. Alba clásica, Barcelona, 2012. 260 pp. 18 €

María Dolores García Pastor

Mi primera vez con Chéjov fue en el instituto. Cursaba yo primero de B.U.P. y nos llevaron al teatro, menuda aventura. Al principio todos manifestamos fastidio, cómo no, pero es que siendo adolescentes no se esperaba otra cosa de nosotros. Aún recuerdo que lo que vi aquel día me encantó: el escenario, el ambiente, la puesta en escena, los diálogos... Pero en mi caso no era extraño, porque yo siempre he sido la “rara” que ha leído el libro cuando los demás hablan de que acaba de estrenarse la película. Lo curioso es que le gustó a casi toda la clase. Las primeras risitas burlonas cuando se alzó el telón fueron dando paso a un silencio atento. Quedamos impresionados por esa atmósfera tan especial que se crea en los teatros, la escenografía sobria representando una estancia del siglo XIX, las luces y las sombras. Esta vez fue el teatro el que tuvo la capacidad de amansar a aquellas fieras que entonces éramos.
Pensando ahora en lo que hizo que aquella obra del escritor ruso atrapara a una clase entera de adolescentes ochenteros y que hasta los hiciera reír, esa es la esencia de los clásicos, que sigan provocando sensaciones muchos años después y él es, sin lugar a dudas, un clásico imperecedero. Se pueden decir cientos de cosas sobre este autor al hacer una reseña de cualquiera de sus obras pero una teme que ya esté todo dicho. Junto a grandes nombres como Tolstoy, Dostoyevsky, Gogol, Korolenko o Turgueniev, Chéjov escribió su nombre con tinta de oro en una de las etapas más esplendorosas de la narrativa rusa, la de la época anterior a la revolución de Octubre. En su época fue muy conocido como autor de teatro aunque, curiosamente, haya pasado a la posteridad como uno de los grandes maestros del cuento, uno de sus más prestigiosos representantes cuya influencia sigue vigente en nuestros días. Autor eterno que sigue dejando poso y al que no pocos autores le han rendido homenaje, como lo hizo Raymond Carver en el maravilloso Tres rosas amarillas.
Los cuatro títulos reunidos en este volumen Mercancía viva, Flores tardías, Mi mujer, el más “chejoviano” de ellos, y Un asesinato, aparecieron publicados por primera vez en revistas, algo bastante usual por aquel entonces. Algunos de ellos vieron la luz firmados por A. Chejonte, uno de los habituales pseudónimos del autor. En ellos, como en otros muchos, Chéjov hace crítica de la sociedad en la que le ha tocado vivir. Su profesión de médico le permitió estar cerca de las capas sociales más bajas y vivir muy de cerca la realidad de la Rusia zarista. En una de sus cartas, haciendo referencia a esto, decía: «La medicina es mi esposa legal; la literatura sólo mi amante». Pero su obra nos muestra que, realmente, vivió un verdadero “triángulo amoroso” en el que su obra literaria se nutrió de sus experiencias en este sentido. Tanto que, junto a su propia enfermedad le fueron llevando hacia el excepticismo y la tristeza. Pero también nos ha dejado su gran ironía, que hace más ligera y amena la narración, como puede verse en los dos primeros relatos que forman parte de este volúmen.
La lectura fluye cuando uno tiene entre manos una obra de Chéjov. Ello puede ser debido, entre muchas otras cosas, a la aparente sencillez de sus textos. Los elementos, en apariencia banales, suelen estar cargados de significados subliminales que dan profundidad y llenan de sentido los relatos de este autor. El marco en el que sitúa a sus personajes es el de la vida cotidiana y sus historias también son pasajes del día a día, junto con sus personajes. Estos últimos están caracterizados con especial meticulosidad, algo no demasiado usual en la narración breve sino más propio de la novela. Las piezas que se reúnen en el libro apenas han sido antologadas con anterioridad. Flores tardías y otros relatos es una excelente oportunidad para iniciarse en el conocimiento del clásico, para quien aún no haya osado, y un genial motivo para reencontrarse con él.