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lunes, abril 15, 2013

La Historia del Mundo en 100 objetos, Neil MacGregor

Trad. Francisco J. Ramos Mena. Debate, Barcelona, 2012. 796 pp. 43,90 €

Ángeles Prieto Barba

Un lastre formativo de nuestro país es la cantidad considerable de ciudadanos que siguen identificando cultura con pedantería y aburrimiento. Y quizás no se trate sólo de un problema educativo, es que tal vez deberíamos tener en cuenta que impregnamos de una constatable gravedad buena parte de los actos culturales que creamos, o a los que acudimos. Documentales históricos de lectura monocorde, múltiples paneles informativos en cada exposición (no hay que leerlos todos), silencio de capuchinos visitando los museos, que sólo se rompe cuando alguien engola la voz para otorgar su sentencia, que no añadir información útil o mostrar entusiasmo, ante la pieza que esté contemplando. Es por eso que este libro maravilloso se hace imprescindible para cualquier amante de la historia y de la cultura no grave ni pedante, sino apasionado, desprejuiciado y deseoso de aprender, en definitiva. Un libro que deberíamos tener en nuestra casa, a disposición de nuestra familia.
La historia del mundo en 100 objetos responde a una concepción muy sencilla: elegir cien piezas expuestas en el museo más famoso del Mundo, el British Museum de Londres, y explicarlas acto seguido con ese entusiasmo necesario que en modo alguno se contradice con el rigor. Primero en un libro y luego en una serie de la BBC que consiguió una audiencia significativa, y de la que deberían tomar nota nuestras edificantes cadenas televisivas. Por ello, también nos encontramos aquí con un libro familiar o colectivo, no para disfrutarlo en lectura privada, sino para enseñar las fotos del objeto elegido a nuestros seres cercanos y comentar lo que vemos todos juntos.
La elección de las piezas no ha podido ser más acertada. Pues pese a cumplir la condición sine qua non de encontrarse expuestas en el Museo Británico, son representativas no sólo de las distintas épocas históricas, sino también de las diferentes civilizaciones del mundo, repartidas por los cinco Continentes, haciendo que este libro nos reporte un paseo cultural formativo, muy ameno y completo.
Por una parte, el libro recoge las grandes piezas de arte que conforman nuestra herencia cultural como la Piedra Rosetta, el estandarte de Ur, una momia egipcia o una escultura del Partenón griego, pero por otra, nos muestra además objetos de uso común y cotidiano, a los que no prestaríamos atención en el caso de visitar como turistas el British: una pipa norteamericana, monedas y billetes, espejos, platos, jarrones, tejas y relicarios. Asimismo, algunos objetos son lujosos, propios de las clases dirigentes como la maqueta dorada de un galeón mecánico, pero otros pertenecieron sin dudarlo a gente común y corriente como un juego de té victoriano, un tambor sudanés o un pimentero. Ideológicamente además, la cultura material, al contrario que la escrita mucho más selectiva, recoge no sólo los testimonios de los vencedores, sino también de los vencidos como los taínos de Caribe, los incas o los aborígenes australianos e incluso de minorías relegadas a lo largo de la Historia como las mujeres (sencillo penique sufragista) o los homosexuales (impresionante copa Warren).
Un libro como éste, extenso, intenso y erudito, viene acompañado de fotos e ilustraciones verdaderamente excepcionales, acordes con un texto en el que no dejan de incluirse comentarios de personalidades y expertos en la época o materia a tratar que matizan, profundizan y nos ilustran mucho más la pieza elegida. Es el caso por ejemplo del gran hispanista John Elliott que aparece aquí explicándonos un astrolabio judío con caracteres hebraicos, árabes e hispánicos medievales todos juntos. O Felipe Fernández-Armesto comentando el famoso grabado del imposible rinoceronte de Durero.
La experiencia no sólo de haber leído, sino de tener para consulta y siempre a mano un libro como éste es provechosa para el lector y todos sus allegados que concluirán, tras un mínimo de interés que le presten, que la cultura bien explicada y entendida lo abarca todo, todo, salvo el aburrimiento.

miércoles, mayo 04, 2011

Memorias de un arqueólogo, Walter Andrae

Trad: Julia García Lenberg. Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 376 pp. 22 €

Ángeles Prieto

Quizá una de las consecuencias más dolorosas que el convulso y decadente siglo XIX produjo fue el atraso intelectual, constatable frente al resto de Europa, en el que incurrió la universidad española de entonces. Ni siquiera a inicios del siglo XX pudimos, por tanto, lanzar suficientes investigadores formados a la exploración y conocimiento científico del resto del mundo, como así hicieron británicos, franceses y alemanes, ayudados qué duda cabe, desde sus gobiernos por los mismos intereses coloniales e imperialistas que aquí también existieron, pero muy mal canalizados.
Sin embargo, en esta época actual que vivimos de globalización y actualización de conocimientos, ahora que podemos ponernos al día en disciplinas tradicionalmente relegadas en nuestras Facultades que, como la Arqueología Oriental, tanto apasiona a los alumnos, se hace notar mucho que las fuentes utilizadas para la formación de nuestros universitarios son mayoritariamente anglosajonas.
Sin ir más lejos un libro de cabecera para los estudiantes españoles de la disciplina arqueológica es el manual Arqueología: teorías, métodos y prácticas de Colin Renfrew y Paul Bahn, una visión interesante pero muy sesgada, porque si el estudiante español acude a buscar en él quiénes son los nombres fundamentales de la historia de la Arqueología Oriental, descubrirá que para el Próximo Oriente aparecen sólo Botta, Layard y Rawlinson. Ni un solo párrafo de reconocimiento para los arqueólogos alemanes, ni palabra sobre este Walter Andrae a quien debemos, ¡nada menos!, que el redescubrimiento de la importantísima Assur, la antigua capital de Asiria, además de la reconstitución de la famosa Puerta de Ishtar y la Vía de las Procesiones en Babilonia.
Un arqueólogo de primera línea que a la vez fue prolijo dibujante y anotador de sus andanzas y por ello, actual fuente de conocimiento insoslayable de la arqueología de su época, de la que sabiamente sus contemporáneos eran muy conscientes –al contrario que nosotros- que además de estar llevando a cabo el ejercicio de una simple actividad científica, estaban realizando una importante labor de difusión humanística de primer orden. Porque la Arqueología, quiéranlo o no en nuestras facultades, además de ciencia también es pensamiento y cultura, (y cultura europea, no sólo anglosajona) hacia la que debemos adquirir una cierta comprensión, afín y cercana para su mejor desempeño.
Es por ello que no podemos menos que aplaudir la exquisita publicación de estas cuidadas Memorias, mediante una traducción minuciosa y a conciencia, a la vez que ágil, en la reproducción de las apasionantes pequeñas historias culturales que, respecto a Asiria y Babilonia, Andrae nos transmitiera con sincero entusiasmo. Pues por estas páginas preciosas que nos legara no sólo desfilan los importantes hallazgos que le otorgaron un sitio de gloria en la posteridad, sino su vida ante todo: el paisaje beduino que tanto amó, sus increíbles animales y las relaciones amistosas, de respeto y cariño, con la sencilla población rural árabe. Mientras, y de fondo, escuchamos asimismo sus sentimientos de horror y perplejidad ante una Europa en llamas por las dos Guerras Mundiales que le tocó sufrir y sus gritos indignados contra el nazismo, altar idólatra de Hitler, que convirtió a sus compatriotas en “material humano”, destrozó sus queridos museos, en buena parte el trabajo de su vida y hasta le hizo perder a un hijo.
Por ello, podemos afirmar que no estamos ante un libro científico, necesario (y ya era hora) en nuestros campus universitarios, sino también ante un precioso y único ejemplar, precursor de esa gran literatura de viajes que Ediciones del Viento se esfuerza cada día en proporcionarnos. A ellos, y a Joaquín María Córdoba, responsable de la edición, muchísimas gracias.