lunes, diciembre 10, 2007

Nunca pasa nada, José Ovejero

Alfaguara, Madrid, 2007. 289 pp. 17,50 €

Pedro M. Domene

Algo turba, siempre, nuestra existencia, aun en los momentos y situaciones más comunes, incluso en aquellos aspectos en que la cotidianeidad se convierte en rutina y nuestra vida se levanta sobre un monótono muro de silencios. Quizá por este motivo José Ovejero (Madrid, 1958) ensaya en sus novelas el arte de las relaciones humanas con una rabiosa actualidad como trasfondo, en una amplísima diversidad temática, como ya ocurriera en Las vidas ajenas (2005), con el fenómeno de la inmigración y sus problemas de integración. También en esta ocasión se sirve de una inmigrante para contar en Nunca pasa nada (2007) parte de la vida de sus personajes, protagonizada por la joven ecuatoriana Olivia. Una nueva historia donde la perspectiva narrativa recae en sus protagonistas, cinco en total que encabezan otros tantos capítulos de la novela. Carmela y Nico forman parte de una pequeña burguesía que contrata como niñera y empleada de hogar a Olivia, quien arrastra, a su vez, una truculenta historia que sustentará parte del conflicto a narrar.
A medida que avanzamos en Nunca pasa nada se suceden los secretos, las culpas y los miedos, de la mayoría de sus personajes, tanto en la suerte que corren el joven matrimonio y Olivia, como las intervenciones de un extraño adolescente que aparece en sus vidas, Claudio, y que se configura como un perfecto inadaptado, un rebelde en su actitud y en sus actuaciones, pero que se muestra como el auténtico ser que denuncia, con su plante y su presencia, la hipócrita visión de una sociedad y de un orden establecidos sin que, por ello, su propia vida tampoco resulte un modelo de conducta; resulta extraño que desaparezca de la escena sin apenas consecuencia alguna. Y Julián, el quinto personaje, el jardinero, que ha traído a la casa a la joven compatriota, se aprovecha de la situación y de, alguna manera, intenta sacar partido presionando a Olivia con la deuda contraída. La narración que arranca con un aire costumbrista en las primeras páginas, se va complicando una vez que el lector se sitúa en el origen de la historia y de la vida sus personajes, quizá lo mejor está en el esbozado inicial, en la voluntad de la ecuatoriana por sobrevivir y sacar adelante a una madre enferma en su país; pero pronto verá cómo esta necesidad se convierte en una espiral de conflictos que incluso se proyectan sobre sus compatriotas o la pequeña Bertita. La relación que estable con los dueños de la casa donde trabaja es tal que, de alguna manera, descubre las fisuras de una pareja y las traiciones del matrimonio; la joven no ajena al conflicto se dejará arrastrar sin que la libertad que Nico se toma con ella llegue a mayores. Quizá por eso, en ocasiones, el relato decae porque se aleja del propósito inicial, es decir, las relaciones entre los buenos burgueses y sus empleadas domésticas inmigrantes o todo lo que pueda acarrear de su situación ilegal en el país. Al final, con algunas de las situaciones y personajes esbozados, se acelera el desenlace con víctimas incluidas. Todo se precipita porque, de alguna manera, hay que acabar una novela repleta de elipsis, de espléndidas situaciones y de un manejo del arte de narrar en que sobresale Ovejero.