miércoles, diciembre 12, 2007

Autorretrato con isla, Inés Matute

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2007. 168 pp. 15 €

Elena Medel

Autorretrato con isla, la primera novela de Inés Matute, es un libro extraño. ¿Sus rarezas? Se trata de una ópera prima editada en la madurez, no por falta de calidad —que le sobra— ni de solidez —ídem—, sino por cometer el pecado de elegir una temática en apariencia marginal. Olvidando las circunstancias de su autora, Autorretrato con isla desconcierta por su disolución de las barreras entre géneros. La solapa indica que es una «novela» y, sin embargo, el Autorretrato del título señala al campo de la memoria, a la autobiografía. Y es cierto que el hilo conductor de esta novela es el relato en primera persona de una vida, que trenza su aparente estructura epistolar —o, al menos, así lo confiesa en el párrafo de inicio: «supongo que escogeré un nombre al azar, una dirección de correo electrónico, y ahí volcaré toda mi escoria (...) hasta quedar completamente limpia»— con fragmentos de un diario —llega a citar, literal, «de mi diario» o «este diario, espejo de mí misma»—, que leemos los correos que envía la protagonista o asistimos a su intención —contada— de pulsar una tecla, pero muchas otras veces se limita a ejercer de cronista de su propia rutina —el capítulo “Dieciocho de octubre. Hormigas” retrata con intensidad lo cotidiano, lo doméstico— e incluso recurre a «palabras de un internauta anónimo».
Desde su simbólico retiro en una isla, Claudia Mentxaka redacta e-mails para una performer a la que no conoce, pero que en cada mensaje recibe una nueva pieza de su vida: su aprendizaje terrorista, su calma aparente en los Balcanes, las muertes de los amigos, las conversaciones con su ex pareja. La vida que plasma Autorretrato con isla se muestra fragmentada, abundante en elipsis y flashbacks —también en ellos está presente la conciencia de la escritura: «Cierro los ojos para que Gloria no me lea», «Vuelvo a la página, releo. Admito que tenía bastante estilo», «No ignoro que antes escribía mejor que ahora»—, intercalando la educación social y sentimental en Euskadi, el retiro amoroso en una Yugoslavia que se desintegra y la larga espera, casi agónica, instalada en una nueva identidad y en una casa humilde, entre literatura.
Recibimos Autorretrato no sólo, pues, como una afrenta a los límites genéricos y geográficos, sino como una declaración de amor al lenguaje. Porque las palabras se utilizan con un mimo exquisito, porque el trabajo narrativo de Matute es comparable al de un orfebre, porque su belleza reside en ese punto medio entre la artesanía y lo cotidiano —el libro se confiesa en primera persona, luego tiende a la realidad, pero se zambulle en la ficción, o eso creemos: «(...) ¿qué es la metaliteratura? Seguramente más de uno correrá a buscarme en la contraportada de este libro (...)»—, porque muchos de sus dilemas giran en torno a la comunicación y la incomunicación. «Las palabras son el ADN del alma», confiesa la protagonista. Quizá por eso Claudia lucha en euskera, ama en inglés —a un hombre cuyo idioma materno es el croata—, escribe en castellano y se gana la vida como traductora: en lo práctico, la comparación entre lenguas de la página 15, el párrafo —clave, a mi juicio, para entrar en la historia— sobre la metaliteratura de la página 23, o la enumeración de las palabras favorita de Claudia y sus dos grandes amores, Ander y Ethem/Edo, en las páginas 49-50.
El tono, que contrapone la sobriedad en las descripciones y la carga literaria en los diálogos, ofrece la etiqueta de largo monólogo como la —quizá— más fiel al espíritu de Autorretrato con isla. Una novela áspera, inclasificable, que remite a un verso de Rafael Cadenas: «hay una isla que sólo ven los ojos nuevos». Y es que la escritura de Inés Matute me parece lo contrario a un oasis: es un soplo de aire fresco, sí, pero al mismo tiempo es pura realidad, no concede treguas.