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martes, junio 14, 2011

Destierro en Manhattan: Refugiados españoles en Norteamérica, Antonio Ruiz Vilaplana

Zimerman Ediciones, Granada, 2010. 221 pp. 14,96 €

José Gutiérrez Román

Hace poco tiempo nos hacíamos eco (y nos alegrábamos) de la reedición del mítico libro Doy fe de Antonio Ruiz Vilaplana. Esa alegría se ha multiplicado al conocer que por las mismas fechas había aparecido otro título suyo, hasta ahora inédito en España: Destierro en Manhattan, publicado en 1945 en México, y que hasta hoy no había vuelto a imprimirse. Hay que agradecer y felicitar a Zimerman Ediciones por recuperar obras tan valiosas como ésta dentro de su colección “Exiliados”.
Vilaplana, como muchos otros, se vio abocado al exilio tras finalizar la Guerra Civil. La escritura de Destierro en Manhattan comienza en 1945, justo cuando Vilaplana se dispone a dejar Estados Unidos y sus recuerdos aún están recientes. Es ese el momento elegido para hacer balance de lo que ha ganado y perdido durante ese lustro que ha pasado en Nueva York y para dar fe una vez más de los acontecimientos y personas que le han rodeado. Y siempre a través de una prosa eficaz y elegante, en la que confluyen la autobiografía novelada y el relato periodístico, ese género que de algún modo le empareja con Manuel Chaves Nogales, como se apunta en el prólogo.
En la primera parte del libro Vilaplana da cuenta de su trabajo como reportero para una importante agencia de noticias estadounidense. He aquí una radiografía de aquella sociedad y de su periodismo, por los que manifiesta admiración en ciertos aspectos e incomprensión en otros. Resulta especialmente interesante su análisis de la mujer norteamericana, el aislamiento social dentro de la gran urbe o ese modus vivendi mediatizado por la impronta del cine. En este sentido afirma: «Mi experiencia reporteril me ha convencido de que en Norteamérica no existen bien definidas y delimitadas las fronteras entre lo real y lo ficticio o perteneciente al séptimo arte». La magnificencia de la avanzada sociedad estadounidense no logra, sin embargo, borrar la añoranza que el autor siente por esos modos de vida patrios más imperfectos y con menos comodidades, pero mucho más humanos.
El resto del libro se detiene en las dramáticas historias personales de los expatriados (españoles principalmente) que va conociendo en Nueva York. Vilaplana pone la lupa de su escritura al servicio de aquellos menos afortunados, cuyas vidas transcurren entre la penuria y el abandono. Son los «sin papeles» de su tiempo. Esa lupa se centra de un modo particular en tres personajes: Alberto, un joven sensible y desorientado que no consigue abrirse paso en la gran urbe; Anselmo, humilde trabajador, con una hija a su cargo, que ejemplifica la bondad y el sacrificio; y por último, la figura más interesante, y a la que Vilaplana dedica más atención: Manuel Orozco, un hombre mayor, culto e inteligente, defensor de las ideas liberales, que no quiere renunciar a las prebendas de su pasada vida burguesa. Es él un personaje literario redondo: educado, cínico, atractivo y digno de compasión a un tiempo, y de cuya voz provienen algunas de las reflexiones más interesantes del libro. En una de ellas define así su condición de expatriados: «Eso es lo que nosotros todos somos: fuegos fatuos. Nadie sabe por qué existen, pero existen, aparecen y desaparecen. La gente los ve, pero huyen de ellos, no quieren su proximidad. Saben que hay tales fuegos fatuos, pero es algo dramático y misterioso que existe solamente en las noches, en las lejanías de los pueblos; no tienen existencia real, sino una vida de reflejo y alucinante. Esos somos los expatriados, fuegos fatuos». Sin duda, este fragmento es el que mejor resume la esencia del libro.
La figura de Antonio Ruiz Vilaplana sigue ejerciendo un poderoso y doble atractivo: por un lado está su gran talento como escritor, esa pericia para indagar en el momento histórico, los ambientes, las ciudades y en las personas que se mueven por ellas. Y por otra parte tenemos la fascinación que produce su propia vida, como si fuera el protagonista de una novela que permanece con nosotros una vez se ha cerrado el libro. Vilaplana se ha convertido en uno de esos fascinantes autores-personaje cuyo atractivo reside precisamente en esa unión indisociable de vida y obra. A fecha de edición del libro seguía sin saberse a ciencia cierta en qué otros países vivió después de su periplo norteamericano o dónde había muerto. Toda esta información se nos desveló por fortuna hace pocos días en la prensa, donde se recogía la visita a Burgos de sus dos hijos nacidos en Suiza. Ahora conocemos por fin algunos de estos datos biográficos antes velados, e incluso que hay un tercer libro de Vilaplana inédito. Estamos, pues, de enhorabuena. Todo ello debería servir para rehabilitar y reconocer la figura y la obra de Antonio Ruiz Vilaplana. Su vida y su brillante escritura, sin duda, lo merecen.

jueves, febrero 24, 2011

Juego de cartas, Max Aub

Cuadernos del Vigía, Granada, 2010. 190 pp. 50 €

Luis García

Max Aub está vivo. Incluso diría, que está mas vivo que cuando Antonio Muñoz Molina leyó su ya conocido discurso Destierro y destiempo, con el que habría de ingresar años atrás en la Real Academia Española de la Lengua. Ahora, casi quince años después, y cuando muchos, entre los que me incluyo, creíamos conocer, que no leer, casi toda su obra, la Editorial Cuadernos del Vigía “se descuelga” con una curiosa iniciativa: la edición de Juego de cartas. Una curiosa novela epistolar que fue tan solo editada en una ocasión en México en 1964. Bien. Juego de cartas es una broma literaria, compuesta de 108 cartas en las que Aub va desgranando una novela por una de sus caras, la vida y pesares de Máximo Ballesteros contada por sus amantes, su mujer, sus amigos y amigas (¿tenía amigas y amigos?, me pregunto?)… Se me olvidaba decir que Máximo, Max, en diminutivo, lo que no hace sino alargar el ingenio, ya esta fallecido, muerto y enterrado, y uno de los objetivos del juego, es descubrir si dicha muerte ha sido un suicidio como mantienen Miguel Ángel y Gloria en sendas dividas. Da igual. Asesinado por Carmen, o mero accidente, natural u objeto del desaire de algún malentendido, a algunos y algunas les tiene sin cuidado, caso de María José, posiblemente antaño una amante despechada que dice: «Amiga Jacinta: Me tiene sin cuidado la muerte de Máximo. Ahora se dará cuenta Carmen de lo que ha perdido, de cómo echó a perder dos vidas…» Lo que no se puede negar, es que comencemos a leer por la carta que se comience, estamos ante uno de los más ingeniosos experimentos narrativos del siglo XX. Lo que no es poco decir. Pero no podemos dejar de hablar del reverso de la baraja, en este caso tan importante como la propia novela en si. Max Aub le encarga al pintor vanguardista catalán Josep Torres Campalans, como él exiliado en México, una serie de dibujos de ascendencia naif. Su alter ego. Porque Josep Torres Campalans es una impostura de Max Aub, una broma más en este laberinto conformado por Juego de Cartas. Insisto, una gran novela experimental por la que no pasa el tiempo, pero por la que es fácil a medida que se van leyendo las misivas observar todos los puntos de vista que la conforman: dolor, amor, pasión, miedo, desprecio, ira, insulto… formando lo que se ha denominado una novela cubista.

viernes, junio 19, 2009

La gallina ciega, Max Aub

Prol. Manuel Aznar Soler. Visor, Madrid, 2009. 413 pp. 22 €

Juan Pablo Heras

Visor reedita el “diario español” en el que Max Aub dejó testimonio de su estancia en España entre el 23 de agosto y el 3 de noviembre de 1969, es decir, el único periodo en el que Aub volvió a pisar el país del que tuvo que exiliarse treinta años antes. Se trata de un diario en diferido, es decir, reconstruido dos años después de los acontecimientos, a partir de notas y conversaciones grabadas. En realidad, Aub había venido a España para preparar un libro sobre Buñuel que nunca pudo terminar. Con la excusa de entrevistar, grabadora en mano, a todos aquellos que pudieron conocer al cineasta, Aub recorre los lugares en los que había vivido su juventud: Barcelona, Madrid, y su tierra, Valencia (fue él, nacido en París, el que dijo que uno es de donde hizo el bachillerato). Aunque no se trata de un diario íntimo, sino de un artificio, La gallina ciega conserva tanto la pulsión vibrante y vital de la escritura urgente como la herida abierta de los libros secretos. Y todo en una prosa exquisita, memorable.
Casi desde el principio, Aub superpone lo que vio a lo que ve. En sus propias palabras: «soy un turista al revés: vengo a ver lo que ya no existe» (p. 133). Y por eso el diario se abarrota de páginas amargas, o, por mejor decir, amargadas por el olvido descarado y arrogante que encuentra allá a donde va, el desinterés generalizado por todo aquello por lo que en su día combatió. Ni siquiera oposición o rechazo a sus ideas, lo que al fin y al cabo le haría sentirse vivo. Más bien, indiferencia. Como si la mayor victoria de Franco consistiera en haber convencido a un país entero de que la libertad y la justicia son bagatelas al lado de la felicidad muelle que traen consigo las divisas del turismo:
«Desde que llegué me di cuenta de que aquí, en general, a nadie nada le importa un comino como no sea vivir en paz y de la mejor manera posible. Si me pongo a pensar treinta segundos: ¿cuándo no?, ¿dónde no? ¿Es o no el ideal del hombre? Sí. Nadie se queja ni se puede quejar. Para mayor diversión pueden hablar mal del régimen cuando les dé la gana y donde quieran. Escribir sería otra cosa. Pero, aquí, ¿quién escribe? ¿Que no se enteran de lo que sucede en el mundo? ¿Qué les importa? Todos envidian su santa tranquilidad, su sol, su aire, su arroz, sus gambas…» (p. 113).
Pese a todo, Max es acogido calurosamente por buena parte de la comunidad literaria española, y es traído y llevado a mil comidas y cenas por jóvenes intelectuales del momento, como Félix de Azúa, José Monleón, Carlos Barral, Javier Pradera… La situación, en lo que a la literatura se refiere, parece inmejorable: el Boom acaba de estallar, Carmen Balcells se ha traído a García Márquez a Barcelona y en Madrid Alianza está refrescando el panorama editorial. Al calor del prestigio internacional que la obra de Aub ha alcanzado, muchos periodistas se acercan a entrevistarle, y hasta recibe una invitación de Fraga que rehúsa por su tono condescendiente. Da la impresión de que al maquillaje aperturista del régimen le venían bien unas palabras de conformidad que el cascarrabias Aub se niega a dar gratis: a pesar del prestigio, sigue siendo casi imposible encontrar sus libros posteriores a la guerra; a pesar de la apertura, la censura prohíbe una lectura de Deseada, una de sus obras más inocuas, en el teatro Fígaro, lo que Aub recrea con ácida ironía en un pequeño sainete protagonizado por Larra y Beaumarchais.
El diario recrea las conversaciones que Aub tiene con sus compañeros de mesa: se habla de política, pero también de cocina, de toros y, sobre todo, de literatura. Con frecuencia, omite deliberadamente el nombre del hablante para confundir sus palabras con las de los otros; otras veces, nos encontramos ante puros diálogos que el autor mantiene en su soledad consigo mismo, diálogos en los que se sumerge, con hondura y brillantez, en el conflicto, o quizá paradoja, que supone aceptar el innegable progreso material que ha alcanzado la España de finales de los 60 y a la vez seguir viendo Madrid como la “ciudad de un millón de cadáveres” que lloraba Dámaso Alonso. En cuanto a aquellos de su generación que se quedaron –Dámaso aparte-, los encuentra en su mayoría apagados, apartados, reducidos a una sombra. Quizá, dice el maestro de la deslexicalización, porque, a su pesar, «hicieron régimen» (p. 41).
En sus juicios hacia los españoles del momento, ante su amnesia o ante su conformismo, Aub es contradictorio, arbitrario y probablemente injusto. Le desconcierta contemplar que la izquierda más activa parece estar entre los curas, como si de tantos años de nacionalcatolicismo sólo hubiera quedado la irritante costumbre de hablar de política con susurro de confesionario. Ante eso, Aub resulta un gritón deslenguado cuya estentórea elocuencia se ha vuelto tan incomprendida entre sus compatriotas como lo fue para los de allá a su llegada a México. La visión del exiliado se hace incompatible con la del que se quedó, y más aún con la del que ha nacido en dictadura, que trae consigo otro pasado y otros caminos. Finalmente, Aub debe reconocer que la juventud española de 1969 no se parece en casi nada a la de 1939, y que ese cambio no es ajeno al mundo ni achacable sólo a la dictadura; que la distancia respecto a los mayores es la ley natural que hace peldaños a las generaciones: si la escalera sube o baja es otro cantar.
Una nota final: se trata de la tercera vez que se edita La gallina ciega. Tras la primera edición, en 1971, de manos del mítico editor mexicano Joaquín Mortiz, hubo otra de la editorial Alba en 1995, reimpresa en varias ocasiones. Cuenta también con un estupendo prólogo de Manuel Aznar Soler, y con numerosas notas útiles, si no imprescindibles, en las que se revelan muchos datos y nombres ocultos u oscuros en el original. Estas notas han desaparecido por completo en la de Visor, «por imposición editorial» (p. 16), lo que reduce levemente el precio y mucho el número de páginas. Ambas ediciones siguen a la venta: decida el lector.