viernes, mayo 05, 2006

La neblina de ayer, Leonardo Padura

Tusquets. Barcelona, 2005. 358 págs. 18 €

Elia Barceló

Con La neblina del ayer, nos ofrece Leonardo Padura, una nueva entrega de la tetralogía «Las cuatro estaciones», que sus lectores temíamos ya cerrada. Y no sólo no nos defrauda, sino que nos demuestra que sigue estando en plena forma como narrador y que esta novela era necesaria para el proyecto que comenzó hace ya quince años.
En las cuatro novelas predecentes, —Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño—, que han ido apareciendo fuera de orden en Tusquets, Padura nos presenta cuatro casos policíacos en la Cuba del año 1989 a través de los cuales queda casi totalmente cubierto el espectro de la sociedad cubana con sus muchas miserias, que no siempre y no sólo son económicas, y sus pocos puntos de luz, que caen mayoritariamente en el entorno inmediato del protagonista que ha dado a Padura fama y lectores en varios países: Mario Conde, un solitario y solidario teniente detective de policía malgré lui, a quien vemos desarrollarse a lo largo de un año, con el peso de su pasado —que es también emblemático del pasado de su isla—, su sentido de la amistad y la justicia, sus reflexiones sobre la vida y la muerte, sus dudas cada vez más fuertes sobre la profesión que ejerce, sus vicios, y sus sueños: el más grande, llegar a ser escritor y lograr escribir relatos «escuálidos y conmovedores».
Cuando en La neblina del ayer reencontramos al Conde después de catorce años —más viejo, más calvo, más triste— sigue sin ser escritor y sin haber publicado una sola línea. Ahora, después de dejar la policía, se dedica a la compra–venta de libros de todo tipo.
El descubrimiento de una biblioteca llena de joyas de bibliófilo, que sus custodios se ven obligados a malvender para sobrevivir, lo pondrá en contacto con una vieja historia criminal —que nos mostrará el ambiente cosmopolita y mafioso de los años cincuenta, durante la dictadura de Batista— y con otra actual, en la que el mismo Conde es uno de los principales sospechosos. La investigación de ambas historias, enlazadas a través de cuarenta años de sociedad « revolucionaria» nos permitirá entrar en contacto con historias presentes y pasadas tan escuálidas y conmovedoras como las que sueña el Conde.
En este descenso a los infiernos u odisea a ritmo de bolero, Padura nos muestra una Habana envilecida, desesperada, que vive en una especie de posguerra eterna y se alimenta de los recuerdos nostálgicos, embellecidos, de una época irreversiblemente perdida en la que, sin embargo, también había crimen y dolor, aunque las necesidades económicas estuvieran cubiertas.
La historia está narrada en tercera persona, desde la perspectiva del Conde, como de costumbre, pero sabiamente complementada con testimonios de ancianos que vivieron aquella época y con cartas misteriosas escritas con técnica de bolero.
Una novela redonda, profunda y hermosa, que llevará a los lectores que aún no conozcan la tetralogía a salir a comprar las anteriores y a sus lectores habituales los dejará con ganas de más.

jueves, mayo 04, 2006

Doble mirada: Raymond Carver

Inauguramos hoy una sección dentro de la Tormenta: Doble mirada. Dos creadores analizando a la vez libros de especial interés. Dos puntos de vista, dos formas de contarlo. Dos lecturas. Un mismo libro.

1.

Sin heroísmos, por favor, Raymond Carver
Traducción de Jaime Priede. Bartleby Editores. Velilla de San Antonio (Madrid), 2005. 240 págs. 15 €

Cristina Cerrada

Hay una serie de artistas, entre los que me incluyo, que considera la vida como una larga enfermedad. Bueno, no hay que echarse a llorar, al fin y al cabo todos vamos a morir. Algún día, ¿no?
Pero en ese ínterin que es la vida, en la putada que es la vida, si uno lo piensa bien, podemos hacer un buen montón de cosas. Hay quienes acumulan dinero trabajando. Para comprarse un coche caro, vivir en un bonito chalé, coleccionar experiencias agradables es necesario emplear un considerable número de horas y un buen esfuerzo. La vida pasa casi sin darnos cuenta. Y eso está bien.
Otros se lanzan a la aventura de huir hacia adelante, desafiando a la muerte. Envueltos en los vivos colores de su indumentaria, se arrojan al vacío desde puentes y aviones, atraviesan ríos de aguas bravas, descienden gargantas de las que, hasta ahora, la gente sólo había querido salir. ¿Por qué lo hacen?, nos preguntamos. Mi amigo Hugo, que lleva más de diez años introduciéndose en grietas, flotando en corrientes de aire cálido, dejándose tragar por la aparente y turbia calma del mar, dice que se siente vivo. Vivo. ¿Y por qué no?
Las formas y procedimientos de los que se sirven los hombres para sentirse vivos son numerosos y variados.
Uno de ellos es, sin duda, la escritura.
Dice Carver, en uno de los ensayos recogidos en Sin heroísmos, por favor, acerca de Sherwood Anderson —el escritor norteamericano que escribió ese otro magnífico libro que es Winesburg, Ohio—, que “Anderson siempre consideró la escritura como una forma de terapia y por eso siguió escribiendo.” Que escribir le ayudaba a vivir.
Estoy segura de que Anderson pensaba así. Sólo hay que leer sus relatos. En uno de ellos, una mujer que malvive en un pueblo acosada por la soledad y la pérdida de la juventud, se salva de la muerte por una cosa tan insólita como pasearse desnuda bajo la lluvia. La misma vida de Anderson puede dar fe de que pensaba así. Conoció el éxito y la fama con su primer libro, Winesburg, Ohio, para después de eso pasar a ser pasto de la crítica más sañuda que prácticamente lo arrinconó. No tuvo una buena vida, diría cualquiera. ¿O sí? Escribió, ¿no? Y mucho. Y bien.
Eso parece querer decir Carver en su libro, Sin heroísmos, por favor, donde se recogen buena parte de sus primeros relatos, poemas y críticas. Sólo hay que leer este pequeño texto -en realidad, una reseña a la edición de la Correspondencia Selecta de Anderson- para darse cuenta de que él también pensaba igual. Que la escritura es una forma de terapia contra la larga enfermedad de la vida. Que ayuda a vivir.
Repasemos, si no, su biografía. Carver se casó muy joven, tenía diecinueve años, con Maryann Burk de sólo dieciséis; y no fue precisamente un matrimonio feliz. Continuamente se trasladaban de ciudad, ciudades pequeñas y anónimas, en las que no se podía echar raíces. Escribía por las noches. Tuvo una serie de trabajos para los que nadie se especializa. Nadie realiza un master en vigilar parkings nocturnos, ni en barrer. Sus relatos dan buena cuenta de noticias al respecto: Duane trabaja en un motel. Bill en una fábrica. Earl es vendedor. Su mujer y él discutían a menudo, lo cual no es razón para que empezara necesariamente a beber; pero lo hizo. Carver fue alcohólico. Bebió durante años, de Paradise a Eureka, de Cupertino a Dallas, donde acabó por conocer a Tess Gallager, a la que amó. En muchos casos, parece que Carver hacía más por morir que por vivir.
Menos cuando escribía.
Sin duda, Carver no pensaba en morir cuando escribió:
Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.
Un escritor no es ni más ni menos que el hombre que trabaja para ganar dinero o que el que se lanza desde un avión. Es diferente, eso sí. El hombre que escribe agarra la vida por donde es menos aprehensible, por su inasibilidad más íntima, y la retiene. Y cuando la tiene así, bien cogida –como le pasa a Carver en sus tremendos relatos–, durante ese segundo de inefable placer en el que cree haber encontrado la respuesta al dolor, durante ese segundo nada más, se siente vivo. La vida fluye por sus venas como un torrente impetuoso. Como algo que pasa, lleno de pulsión.
Y pasa, sí. Y entonces el dolor regresa y el escritor vuelve de nuevo a ser consiente de la enfermedad.
Y vuelta a empezar.
¿De qué procedimientos y actividades nos servimos para sentirnos vivos? ¿Cómo hacemos para escapar a la enfermedad, la larga y trágica enfermedad de la vida?
Vivir es el antídoto, y escribir es una forma como otra cualquiera de vivir.
Como otra cualquiera, sí.
Pero diferente.

2.

Salvador Gutiérrez Solís

«Tuve dos vidas. La primera finalizó en junio de 1977, cuando dejé de beber». Si recordáramos a Raymond Carver (Catskanie 1938-Nueva York 1988) el día de su nacimiento, o el de su muerte, o si creáramos un Día Carver, el propio autor se levantaría de su tumba y nos preguntaría «¿qué estáis haciendo todos vosotros con esas caras de entierro cuando en realidad deberíais tener caras de carteros que no encuentran los buzones de sus cartas?», o algo parecido. Sin heroísmos, por favor es un magnífico pretexto para recordar/reencontrarnos con el Carver que cultivó buena parte de los géneros literarios. Una buena oportunidad para adentrarnos en el Carver más esencial, más instintivo, menos corregido, previo al Carver meticuloso, al Carver milimétrico que todos conocemos. No existen antecedentes literarios familiares, no es educado Carver en un ambiente cercano a la Literatura, y a los 16 años ya estaba casado. Un matrimonio desastroso. Trabaja de todo un poco, como repartidor, vigilante, etc. En definitiva, no existía nada en la vida de Carver que pronosticase que acabaría siendo escritor. Su vocación la descubre, o se encuentra con ella, en el taller literario de John Gadner. Adquirida la técnica, y armado de una gran paciencia –basta recordar que dedicó casi quince años a su primer libro de relatos-, Carver comienza a retratar, a fotografiar, la sociedad que contempla al otro lado del cristal. Una sociedad azotada por una gran crisis de identidad colectiva. En Sin heroísmos, por favor encontramos retazos de estas fotografías, fotografías que aún no han sido manipuladas en el laboratorio carvesiano. Me acordé de Carver al ver en televisión las terribles fotografías que firmó el huracán Katrina a su paso por Nueva Orleáns. El autor hubiera descrito a la perfección la desolación de los que vagaban alrededor del estadio, el hundimiento de quien lo ha perdido todo, el llanto por los fallecidos. Carver es el escritor tras las luces de neón, el fotógrafo de las sombras, el notario de las tragedias cotidianas. Raymond Carver es el primero en escribir la palabra fin en la gran pantalla donde estaban proyectando esa película que llevaba por título El Gran Sueño Americano. Carver nos muestra y nos habla de personajes en permanente precariedad emocional, divorciados sacudidos por relaciones turbulentas con sus anteriores parejas, o con las presentes; los personajes de Carver viven en una permanente precariedad laboral: o su trabajo es pésimo, o no lo tienen, o tienen varios, y todos son igualmente pésimos; por tanto, irremediablemente, los personajes de Carver cuentan con economías igualmente precarias. Hijos que prestan dinero a sus padres –por esa ausencia de una asistencia social mínima-, préstamos entre hermanos, padres que mantienen las familias de sus hijos, y, sobre todo, préstamos que nunca se devuelven, que se estiran, que van creando un clima molesto y apabullante que ninguna de las partes se atreve a denunciar. Esta preocupación por lo social, o por la precariedad de la sociedad es lo que diferencia y distancia a Carver de la Generación Beat, así como de otros autores: Bukowski o Miller. Clasificar o tildar a Carver como maestro o padre del realismo sucio lo entiendo como exagerado o inexacto, y en Sin heroísmos, por favor lo podemos constatar nuevamente. Carver no adopta jamás una postura irreverente, despiadada, ofensiva o desafiante con respecto a sus personajes y las circunstancias que los rodean. Del mismo modo, tal y como se muestra en este libro, no es hiriente en la crítica de sus contemporáneos. Carver, en muchos casos, no emite ningún juicio: se limita a fotografiar lo que le rodea. En este sentido podríamos estar hablando de un realista sin más, o, incluso, de un realista radical, o realista social. En cualquier caso, y más allá de la definición o de la clasificación, este libro, o cualquiera otro, un poema, Ondas de Radio incluso, puede ser la excusa perfecta para encontrarse, descubrir o disfrutar con este autor que soporta sin blanquear su cabello –o su obra- el paso del tiempo, y hasta de los huracanes.

miércoles, mayo 03, 2006

Vida de una niña, Phoebe Gloeckner

Traducción de Lola Pérez Pablos. Ediciones La Cúpula. Barcelona, 2005, 146 págs, 8,95 €

Carol París

Textualizar la existencia es otra manera de rematerializarla; la vida también puede convertirse en un artefacto narrativo, susceptible a las leyes, si es que las hay, de la ficción. Éste es el caso de Vida de una niña (A child’s life) publicada por La Cúpula dentro de su colección Novela Gráfica. Prologado por Robert Crumb y bajo un título supuestamente inocente e ingenuo, este cómic de Phoebe Gloeckner constituye toda una crónica autobiográfica en blanco y negro; un diario de su recorrido vital estructurado en tres etapas —niñez, adolescencia y edad adulta— que presentan una visión fragmentada, a la vez que perturbadora, de la realidad. El acercamiento para enfocar la propia vida viene dado por el alejamiento al «desdoblarse» en su alter ego Minnie Goetze, quien vertebra la historia, si bien irán intercalándose a lo largo de la obra varias secuencias protagonizadas por otras figuras ya que, como todo individuo, ella no es sólo la suma de sus propias vivencias, sino que es producto de la unión de sujetos diferentes en diferentes tiempos y espacios. La infancia que emigra a sus viñetas no es un territorio mítico y ni mucho menos está desligado de los problemas de la edad adulta.
Como denominaría Teresa de Lauretis en su libro homónimo, Alicia ya no; las muñecas con las que juega Minnie, como objetos a la medida de la niñez, capaces de sintetizar cuerpo y cultura, se abandonan rápidamente para dejar paso a las experiencias en un colegio cuáquero alternadas con escenas en compañía de adultos; seres carentes de afectividad, pervertidos y pervertidores, como muestra la historieta Cosas que hacer con niñas pequeñas que retrata su tormentosa iniciación en la sexualidad con el novio escocés de su madre. En un intento de encontrar un lugar en el mundo, de ordenar el sentido del yo dentro de un universo determinado, Minnie, como nueva muñeca, no crecerá precisamente para convertirse en reina; en El tercer amor de Minnie o Pesadilla en la calle Polk, enmarcada en el San francisco de 1976, describe una adolescencia donde continúa la confusión respecto al sexo, sumada ahora al contacto con las drogas y al absentismo escolar, con unas amigas que tampoco serían las novias de América. Y todo ello contado, por suerte, sin ningún tipo de moraleja ni didacticismo.
Performando experiencias personales, Gloeckner reformula una existencia periférica femenina, un interworld, un estar siempre fuera de lugar —como niña, como mujer— a partir de una dimensión ficcional, discursiva, y quizá por ello más exacta que la vida; situarse en este otro lado permite a la autora cambiar la mirada normativa y entrar en un juego de resistencias y descreencias sobre las nociones de identidad y alteridad mediatizadas por unos dibujos que van más allá, mucho más allá, del espejo; alejándose de la mimesis, Gloeckner aprovecha la deformación como forma, como filtro creador y configurador de sus propias obsesiones, inseguridades y angustias, mostrando una fisicidad inquietante que nos deshabitúa como lectores a una mirada cómoda e inmediata. Fuera del erotismo convencional, en una reducción icónica de la corporeidad, el cuerpo se erige como mercancía, como aquel lugar donde se inscriben los discursos de poder y las relaciones de dominio se intensifican. A todo ello cabe añadir que el libro se cierra con un sorprendente apartado titulado Pinturas, dibujos y grabados; una recopilación de diseños anatómico-artísticos de sus años como ilustradora médica. En definitiva, a partir de una visión contracultural que entronca con toda la generación del cómic underground norteamericano, Phoebe Gloeckner, con Vida de una niña, reconstruye todo un tejido, esto es, un texto, psíquico y corporal, que pone en evidencia, de forma crítica y emotiva, los roles sociales y sus jerarquías internas a la vez que nos permite repensar el género autobiográfico al situarnos en ese espacio fronterizo en el que se entrecruzan corpus y cuerpo, obra y vida.

martes, mayo 02, 2006

Fragmentos de correspondencia romana, George Santayana / Robert Lowell

Edición, introducción, traducciones y notas: Graziella Fantini. Presentación: Hermann J. Saatkamp Jr. Instituto Cervantes, Roma, 2006. 106 págs. Edición no venal.

Óscar Esquivias

El epistolario que nos ocupa hoy es una obra tan breve como apasionante, cuyo único defecto es que nos hace echar en falta una edición completa del epistolario de George Santayana. Graziella Fantini, experta en el filósofo, ha seleccionado diez de las veintiuna cartas que éste dirigió al joven poeta norteamericano Robert Lowell. Se ofrecen en su redacción original en inglés y también traducidas al español y al italiano (la edición corre a cargo del Instituto Cervantes de Roma, ciudad en la que el filósofo pasó los últimos años de su vida). La correspondencia comienza el 25 de julio de 1947, cuando Santayana agradece a Lowell el envío de un libro de poemas (El castillo de Lord Weary, con el que había ganado el premio Pulitzer de poesía), y termina el 23 de octubre de 1950, semanas antes de conocerse personalmente. Esta última carta incluye un dibujo —reproducido en la edición— del propio Santayana en el que indica las calles de Roma que conducen hasta el asilo de monjas en que vivía (y que él designa, con elegante caligrafía y quizá con humor, como «Sisters’ Home»). La selección de la correspondencia termina aquí por decisión de la editora, porque siguieron escribiéndose hasta las vísperas de la muerte de Santayana, en marzo de 1952. Graziella Fantini, quizá por las limitaciones de espacio a las que obliga una edición trilingüe —pero también con verdadera astucia literaria—, prefiere centrarse en el periodo en que ambos personajes inician y consolidan una amistad cada vez más honda, llena de complicidades. El octogenario Santayana no trata a su interlocutor (54 más joven) con la condescendencia que, quizá, cabría esperar en una relación aparentemente tan desigual, sino todo lo contrario: demuestra entusiasmo por la obra de Lowell, a quien elogia sin tasa (llega a considerarle el mayor poeta vivo, por encima de T. S. Eliot, que fue su alumno en la Universidad de Harvard). La admiración de Santayana no es acrítica: se reconoce muy alejado de la sensibilidad de la poesía contemporánea y a veces confiesa no entender los versos de su joven amigo, pero esto no hace sino despertar su curiosidad y le solicita repetidamente al poeta consejo y explicaciones; más aún, le pide que «le instruya», que le ayude a tener criterio sobre la obra de los contemporáneos de Lowell que, a los ojos del filósofo, es críptica, ininteligible. Santayana quiere comprender los valores del arte reciente, aunque se sienta incapaz de compartirlos.
No podemos dejar de leer las palabras de Santayana sin emoción. ¿Qué efecto harían en Lowell? ¿Qué respondería? ¿Con qué palabras trataría de guiar al viejo filósofo? No lo sabemos, ya que en este libro sólo escuchamos la voz de Santayana y no se publican las réplicas del poeta norteamericano. La ausencia de las cartas de Lowell parece un recurso literario más de la editora, como el ya citado de interrumpir la antología las vísperas del primer encuentro entre los dos hombres. Graziella Fantini actúa así como una novelista que coloca el punto final en el momento más intenso de esta relación, justo antes de que ambos amigos, por fin, oigan sus voces, se estrechen la mano, paseen por primera vez juntos. De alguna manera, podemos leer el epistolario como una verdadera novela donde se ilustra el nacimiento de una amistad y también el de una sorprendente seducción intelectual: la que siente el viejo filósofo —un hombre solitario que pasa sus días en un asilo romano, siempre en pijama, con una salud deteriorada— por un joven que, inesperadamente, le escribe y le regala unos versos que le cautivan.
Lo dicho: apasionante.

lunes, mayo 01, 2006

El salmo de Kaplan, Marco Schwartz

Premio de novela La otra orilla 2005. Belacqua, Barcelona, 2006. 237 pgs. 18 €

Anna Grau

Marco Schwartz es periodista y es escritor, lo cual lleva implícita cierta autoironía. En la página 38 de El salmo de Kaplan escribe: «Las noticias constituían para el viejo Kaplan el escudo contra las voces internas, el amuleto contra las turbulencias del alma. Probablemente no había persona mejor informada en la comunidad judía que Kaplan». Llegado este punto, el lector ya sabe que Jacobo Kaplan es un descarado trasunto de Alonso Quijano: patriarca judío en decadencia dentro de una ya de por sí decadente comunidad judía en pleno Caribe, una mezcla explosiva de achaques y disgustos le ha llevado a embeberse de los modernos libros de caballerías que pueden ser los noticieros. Las noticias sobre un alto jerarca nazi dispuesto a erizar de antisemitismo toda la América Latina prenden en el volátil cerebro de Kaplan la obvia quimera de que un nuevo Eichmann se agazapa en el restaurante tropical de la esquina. Va a por él secundado por el Sancho Panza de manual que es el cabo Contreras, un policía muerto de hambre, ávido de sobresueldo como Kaplan de épica. Sobre esta trama de cristal urde Marco Schwartz un intríngulis cautivador y entrañable, con inteligentes detonaciones de costumbrismo (es gracioso ver a personajes de Chéjov hablando como la familia Buendía), diálogos de apetitosa fluidez cinematográfica y una intriga discreta, suficiente para mantener firme la gravitación entre personajes. Hay quien, sin duda agradeciendo que un escritor nacido en Barranquilla, Colombia (aunque lleve veinte años en Madrid, España), no imite desaforadamente a García Márquez, ha elogiado el «realismo modesto» de Marco Schwartz. Yo lo llamaría más bien «realismo irónico». Periodista, Marco Schwartz ironiza sobre el potencial absurdo de la visión periodística de la realidad; su Kaplan no se limita a sucumbir al hechizo apocalíptico de las noticias, sino que cuando no son lo bastante apocalípticas para él, las reinventa sin ningún pudor. Si los noticieros dan por muerto al jerarca nazi a cuya captura él ha fiado tantas cosas, simplemente les quita de golpe toda credibilidad, para ponérsela de nuevo tan pronto vuelvan a encajar con sus a priori. Este Quijote es un espejo nada deformante de la mayoría de los modernos consumidores de prensa. Descreído, —«el ser humano está hecho de razón, moral e instinto, y la habilidad con que se aprenda a combinar esos tres elementos serán su bendición o su maldición a lo largo de la vida»—, resulta que esta declaración de principios la pone Marco Schwartz nada menos que en boca del último aliento de su protagonista, con el que sostiene un diálogo metafísico a las puertas de la muerte. El libro deviene menos previsible a medida que avanza. Cuando la pesquisa policial salta en pedazos, el cabo Contreras-Panza, aterrado al ver cómo se le desbarata toda la Barataria, implora al Kaplan-Quijote que «vuelva a la realidad» que él mismo lleva toda la novela negando. Es Kaplan quien pone los tristes puntos sobre las íes: «Vuelve a tu casa, a tu familia, a tu trabajo en la policía. Esa es la realidad. Cuídate para que nadie pueda sacarte otra vez de ella». Para endulzar el retorno oficial al realismo, Kaplan no duda en sacar un cheque que zanje las cuitas de Contreras. ¿Por qué entonces éste «rompió a llorar como un niño abandonado, subió llorando a la camioneta, llegó llorando a su casa y no dejó de llorar hasta la madrugada, cuando quedó rendido de tanto llorar»? ¿No será que no sólo de realidad vive el hombre?