miércoles, abril 22, 2009

Premios Tormenta 2008: ganadores

Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2008

Todos los cuentos, Cristina Fernández Cubas.
Tusquets, Barcelona, 2008.
507 pp. 24,00 €


«Yo tenía quince años cuando me enteré de que el demonio se llamaba nylon y a él, y sólo a él, deberíamos achacar los malos tiempos que se avecinaban. Me dijeron también que el mundo era cruel y pernicioso. Pero eso lo sabía ya, mucho antes de atravesar la herrumbrosa verja del jardín, escuchar sorprendida el lamento de los goznes oxidados y preguntarme, bajo un sol de plomo y con el cuerpo magullado por el viaje, cuántas chicas de mi edad habrían franqueado aquella misma verja y escuchado el chirriante y sostenido auuuu..., un saludo que tenía algo de consejo o advertencia.»

(Primeras líneas del relato "Mundo")


Cristina Fernández Cubas nació en Arenys de Mar (Barcelona) en 1945. Es autora de cinco libros de relatos (Mi hermana Elba, Los altillos de Brumal, El ángulo del horror, Con Agatha en Estambul y Parientes pobres del diablo), dos novelas (El año de Gracia y El columpio), una obra de teatro (Hermanas de sangre) y las memorias narradas Cosas que ya no existen, títulos que han recibido un caluroso tratamiento por parte de la crítica y del público, y que configuran uno de los universos literarios más singulares de la literatura contemporánea. Su obra está traducida a diez idiomas. En 2008 ha publicado con Tusquets, su editorial de toda la vida, Todos los cuentos: todos sus libros de narrativa breve, más algún relato disperso y un jugoso prólogo de Fernando Valls.
Hablar de Cristina Fernández Cubas es hablar del cuento en España en los últimos veinticinco años; de hecho, la publicación de sus relatos reunidos se ha convertido en el acontecimiento literario español de 2008, refrendado por los premios Ciudad de Barcelona, Salambó, Cálamo, y ahora este Tormenta.



Premio Tormenta al mejor nuevo autor en castellano

Rosas, restos de alas, Pablo Gutiérrez.
La Fábrica, Madrid, 2008.
103 pp. 14 €


«Página impar, autodefinido: vivo de mi trabajo, gano lo justo para poder tener deudas, me educaron con tibios valores, ayudaría a una anciana pero no si la anciana, además de cruzar la calle, quisiera tomarse un café con leche y hablar conmigo de todo lo que echa de menos. Desconfío de la administración, creo que la política es un cuento, miro las etiquetas de caducidad, no bebo agua del grifo, en una discusión defendería con vehemencia mis puntos de vista pero al llegar a casa sentiría vergüenza de mi soberbia, pues de nada estoy tan seguro. Educación pública y por tanto clase media sin aspiración de tirar de las riendas de nada, podría permitirme tener hijos, el gobierno desearía que los tuviera pronto, nuevos afiliados a la seguridad social y sobre todo cons tante consumo de diversos productos de alimentacióne higiene, además de seguros de vida, créditos personales, electrodomésticos, un coche nuevo, compromisos que harán que en el trabajo mire para otro lado cuando sienta que muero por escurrirme de la ajustada camisa de mis rutinas. Como los demás, antes de hacer nada todo lo pienso, heredé miedos católicos y ralo cartesianismo, desprecio a quien de otro modo actúa, al que defrauda y decide levantar en una cañada una casa con piscina y pozo ciego, no es el modo correcto de hacer las cosas, los chicos que beben en la calle comienzan a parecerme unos vándalos.»

(Primeras líneas de Rosas, restos de alas)


Pablo Gutiérrez nació en Huelva en 1978. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Durante un tiempo trabajó como redactor para algunos periódicos locales, pero pronto decidió dedicarse a la enseñanza: actualmente es profesor de lengua y literatura en un instituto de enseñanza secundaria, y vive en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). En 2001 publicó Carne de cerdo, una obra de teatro que quedó finalista del Premio Miguel Romero Esteo de dramaturgia. Rosas, restos de alas, que en 2008 publicó La Fábrica en su muy notable colección de novela corta, es su primera novela.
Desde La tormenta en un vaso hemos creado esta nueva categoría con el objetivo de resaltar la obra de un autor o autora, con un máximo de dos libros publicados, y que suponga ya una apuesta no de futuro, sino de presente. Rosas, restos de alas ha sido el título que, cumpliendo estos requisitos (se trata del segundo título que se edita de Pablo Gutiérrez), ha obtenido más votos en la categoría absoluta de mejor libro en castellano.



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2008

Lo infraordinario, Georges Perec.
Traducción de Mercedes Cebrián.
Impedimenta, Madrid, 2008.
128 pp. 15,50 €


«Jueves 27 de febrero de 1969, sobre las 16 h

La rue Vilin empieza a la altura del nº 29 de la rue des Couronnes, frente a unos edificios nuevos, viviendas de protección oficial recientes que ya tienen algo de viejas.
Sobre la derecha (acera de los pares), un edificio de tres cuerpos: una fachada que da a la rue Vilin, otra a la rue des Couronnes, la tercera, estrecha, describe el débil ángulo que forman las dos calles entre ellas; en la planta baja, un café restaurante con escaparate azul cielo adornado en amarillo.»

(Primeras líneas de "La rue Vilin", que abre Lo infraordinario)


Georges Perec es un viejo y querido conocido de La Tormenta en un Vaso. Nació en París en 1936, y fue uno de los escritores más sorprendentes, geniales e imaginativos del siglo XX. Miembro de Oulipo, su obra literaria abarca todos los géneros: narrativa, poesía, ensayo, teatro y guión cinematográfico. También elaboró los crucigramas semanales de la revista Le Point de París.
Su primera novela, Les choses (Las cosas; trad. Josep Escué, Anagrama, 1992), obtuvo el premio Renaudot y se publicó en 1965. En 1969 vio la luz La Disparation (El secuestro; trad. Marisol Arbués et al., Anagrama, 1997), una curiosa novela en la que nunca aparece la letra e (a, en la traducción al castellano). Con La Vie mode d'emploi (La vida: instrucciones de uso; trad. Josep Escué, Anagrama, 1988), una original mirada parcial pero totalizadora de un edificio, sus lugares y sus habitantes, obtuvo el Premio Médicis en 1978.
Un año antes había publicado Je me souviens, inexplicablemente inédito en castellano hasta que, en 2006, Yolanda Morató lo tradujo como Me acuerdo para la editorial Berenice, en una edición que ya obtuvo el Premio Tormenta en esta misma categoría. Perec murió en Ivry-sur-Seine, víctima de un cáncer, en 1982.
Según la nota de contraportada, «la materia de Lo infraordinario [que publicó Seuil en 1989] son los cimientos que sustentan la literatura, la observación apasionada y asombrada de lo usual, el cuestionamiento de lo que parece incuestionable; son los paseos de un escritor que trata de ver la realidad con ojos de recién llegado y que pinta una y mil veces el mismo cuadro, como un impresionista». Impedimenta publicará este mismo 2009 otro nuevo Perec, Un hombre que duerme, también traducido por Mercedes Cebrián.

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) es autora del libro de relatos y poemas El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya, 2004) y del poemario Mercado Común (Caballo de Troya, 2006). Sus textos han aparecido en los diarios El País y La Vanguardia y en las revistas Turia, Revista de Occidente, Diario de Poesía (Argentina), Eñe o Clarín. Por esta traducción de Lo infraordinario ha recibido el Premio Mots Passants, que el Departamento de Filología Francesa y Románica de la UAB concede a la mejor traducción literaria del francés al castellano publicada en 2008.

martes, abril 21, 2009

Premios Tormenta 2008: finalistas (mejor libro traducido al castellano)



El ladrón de chicles, Douglas Coupland.
Traducción de Bruno Menéndez.
El Aleph, Barcelona, 2008.
288 pp. 18 €






La maravillosa vida breve de Óscar Wao, Junot Díaz.
Traducción de Achy Obejas.
Mondadori, Barcelona, 2008.
309 pp. 22,90 €






Ágape se paga, William Gaddis.
Traducción de Miguel Martínez-Lage.
Sexto Piso, Madrid, 2008.
116 pp. 17 €






Los hombres que no amaban a las mujeres, Stieg Larsson.
Traducción de Martin Lexell y Juan José Ortega Román.
Destino, Barcelona, 2008.
666 pp. 22,50 €






Lo infraordinario, Georges Perec.
Traducción de Mercedes Cebrián.
Impedimenta, Madrid, 2008.
128 pp. 15,50 €






Botchan, Natsume Soseki.
Traducción de José Pazó Espinosa.
Impedimenta, Madrid, 2008.
238 pp. 19 €

lunes, abril 20, 2009

Premios Tormenta 2008: finalistas (mejor libro en castellano)



Todos los cuentos, Cristina Fernández Cubas.
Tusquets, Barcelona, 2008.
507 pp. 24,00 €


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Derrumbe, Ricardo Menéndez Salmón.
Seix Barral, Barcelona, 2008.
192 pp. 16,63 €


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Amarillo, Félix Romeo.
Plot, Madrid, 2008.
160 pp. 15 €


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El país del miedo, Isaac Rosa.
Seix Barral, Barcelona, 2008.
320 pp. 19,50 €


La lección de anatomía, Marta Sanz.
RBA, Barcelona, 2008.
300 pp. 18 €


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viernes, abril 17, 2009

El amor y la risa, Darío Fo

Trad. Carla Matteini. Paidós, Barcelona, 2009. 140 pp. 19 €

Ignacio Sanz

He aquí un bufón ilustrado de antigua estirpe, un hombre de teatro que ha bebido en las fuentes primigenias y conoce los misterios del alma popular. No voy a descubrir a estas alturas a Darío Fo, posiblemente el autor contemporáneo más representado del viejo continente, es decir el que mejor conecta con los gustos y los afanes de la gente. Recuerdo a vuelapluma Aquí no paga nadie, Muerte accidental de un anarquista o Pareja abierta, representadas una y otra vez no sólo por compañías profesionales sino por esos grupos de aficionados que, además de hacer pasar un buen rato, pretenden un teatro socialmente reivindicativo. Todo un fenómeno.
En El amor y la risa Darío Fo nos muestra en cinco textos su cara más erudita, así como su fascinación por aquellos personajes históricos que siembran la inquietud y desafían el poder establecido. Se sirve para ello de dos episodios históricos medievales que relata en forma de cuentos: “Eloisa” e “Historia de Mainfreda, hereje de Milán”, de un monólogo genuino de la casa: “La amansafieras”; de la recreación de un cuento tradicional chino: “Ku, el comunista utópico” y finalmente nos revela en “Los griegos no eran antiguos” algunos aspectos eruditos poco conocidos de la tramoya teatral griega muy interesantes sobre todo para aquellas personas que viven el teatro como una pasión. Además los directores de teatro que pretendan abordar el montaje de una obra de Aristófanes, Eurípides o Sófocles deberían leer previamente este texto que les va a aportar claves para hacer su trabajo no tanto con fidelidad a los textos como al espíritu que emana de ellos. Sin embargo estas reflexiones eruditas sobre el teatro griego acaso resulten prescindibles para el lector ávido de literatura.
Tanto “Eloisa” como “Historia de Mainfreda” nos presenta unos personajes históricos que desafían las leyes del poder religioso, es decir, del poder, puesto que, en aquella época se confundía. Hay un cierto paralelismo en ambas pese a que la primera se desarrolla en Francia y la segunda en Milán. Me ha resultado más cautivadora “Eloisa” por estar narrada en primera persona por su protagonista.
“La amansafieras” es un monólogo descacharrante, con todos los ingredientes propios de la casa Fo que nos presenta una domadora que, como en las viejas fábulas, se sirve de los leones, los tigres, las cebras o los cocodrilos para hablar de las pugnas y contradicciones del hombre, es decir de la lucha entre hombres y mujeres. Un feliz divertimento digno de ser puesto en escena por una actriz animosa y combativa.
“Ku, el comunista utópico” es un relato basado en un cuento popular chino que nos presenta a un bribón, un pícaro ganapán envuelto en mil trapacerías e irreverencias al que, finalmente, vaya por Dios, le acaban cortando la cabeza que sale volando en una cometa.
—¿Pero vuelan las cabezas? –se pregunta el narrador.
Y acaba el relato:
—Pues claro, era un comunista utópico.
En fin, he aquí al viejo maestro Fo, al trasgresor secular que bebe del espíritu del alma popular, también al erudito fisgón y meditativo en su salsa.

jueves, abril 16, 2009

Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics

Acantilado, Barcelona, 2008. 162 pp. 14.42 €.

José Luis Gómez Toré

Si todavía alguien cree que el lenguaje no es un arma de destrucción masiva, debería leer este libro. Con Guerra y lenguaje, Adan Kovacsics (Santiago de Chile, 1953) se sitúa en la estela de obras como LTI. Apuntes de un filólogo de Victor Klemperer (que significativamente Kovacsics tradujo al castellano) o Lenguaje y silencio de George Steiner, si bien, en Kovacsics, a diferencia de estos autores, el acontecimiento histórico que da pie a una reflexión sobre la relación entre el lenguaje y el poder no es el nazismo sino la Primera Guerra Mundial. No obstante (como también sucede en la primera parte del libro de Steiner ya citado y en buena medida también en el de Klemperer sobre la lengua del Tercer Reich), el autor nos lleva más allá de los hechos históricos concretos, entre los que cabe destacar la existencia, durante la Gran Guerra, de un Cuartel de Prensa en el que varios escritores trabajaron para crear textos propagandísticos en apoyo al ejército austro-húngaro. La Viena de principios del XX y la Gran Guerra son dos elementos constantes en el libro, pero el autor no se impone ningún límite espacio-temporal y así acaba conduciéndonos hasta la guerra de Irak, pasando por supuesto por el Holocausto y el nazismo. Hay en estas páginas una lucidez que no se conforma con interrogarnos sobre el papel que desempeña el lenguaje en cualquier guerra, sino que acaba preguntándose asimismo por esa tendencia, que parece imparable en nuestros días, consistente en reducir el lenguaje a instrumento, a periodismo y propaganda.
Precisamente esa renuencia a convertir la lengua en instrumento y la tentación del silencio la hallamos en buena parte de los nombres que se dan cita en estas páginas: Hofmannsthal, Benjamin, Celan, Rilke, Kraus, Wittgenstein, Kafka... Como ya en su día hiciera Adorno, Kovacsics encuentra constantes nexos de unión entre la instrumentalización constante del lenguaje (aun cuando dicha instrumentalización se haga en aras de objetivos loables o, en apariencia, inocuos) y la violencia latente que despierta ese intento de sumisión de la palabra: «En la primera guerra gran industrializada, la relación del lenguaje propagandístico con la contienda es la propia del lenguaje con la mercancía. También se puede formular a la inversa: la relación del lenguaje con la mercancía es la propia del lenguaje propagandístico con la guerra».
La posición de Kovacsics ante esta relación con la palabra, que «desprecia su plenitud y le asigna un papel secundario», se refleja en la compleja estructura de su libro, que se desarrolla en varios planos (lo general y lo particular, lo literario y lo filosófico, lo narrativo y lo ensayístico...) que se cruzan y se suporponen. Pareciera como si la inclusión de paisajes narrativos, que rompen en apariencia con la unidad del ensayo, respondiera a ese deseo de dejar a la palabra en libertad, de no enconsertarla en una tesis, en una intencionalidad que desprecia las posibilidades siempre inesperadas del lenguaje. Quizá uno de los elementos más interesantes de Guerra y lenguaje sea esta atención a la realidad ambivalente de la palabra. El lenguaje no sólo esconde un germen siempre latente de violencia, sino también un espacio posible de libertad y de conocimiento.

miércoles, abril 15, 2009

Sal, Manuel García Rubio

Lengua de Trapo, Madrid, 2008. 516 pp. 24,95 €

Sofía Castañón

Esta es la historia de un fracaso. Lo dice Urbano, (o sea, yo), convertido en narrador y personaje de la novela que escribe, que es más bien un guión de cine, o un desastre, que es lo que le augura la Simondebovuá, su profesora en taller literario al que acude con regularidad incierta.
Cuando un actor debe interpretar a un personaje que a su vez quiere ser actor, pero que es malísimo, de repente, actuar mal se convierte en un grado de dificultad mucho mayor. Ser buen actor actuando mal. Esta voltereta, con triple looping y mortal hacia atrás, es la que se marca Manuel García Rubio con Sal: escribe una maravillosa y extensa novela como si fuera un pésimo escritor. Y le sale, claro.
Y entonces una, toda imaginativa, piensa en cómo se podría leer esta novela siendo un pésimo lector. Supongo que entonces, lo primero que tendría que resaltar es que no tiene estilo, porque el narrador combina los registros altos, bajos y desfasados como quien masca chicle, y que además es tramposa, porque con esto de que el narrador no sabe contar —¿o era cosa de ese escritor? ya me pierdo…— nos oculta información por un tubo, y luego a ver quién es el guapo que adivina que el asesino era el mayordomo. De ser una pésima lectora subrayaría la cantidad de información inútil, que no va a ninguna parte —casi igual que en las novelas de Stephen King, en las que te relata la infancia tortuosa de un carnicero que sólo vende carne de auténtica procedencia animal y que, por cierto, no aparece en la historia más que para vender esa carne legítima—, que nos cuela un fragmento de una escena porno a lo Decamerón, con monjas y felación incluida. No diría nada, seguro, de la arquitectura del relato, del talento para crear personajes, de la relación entre el cómo se cuenta una historia y el cómo se suceden las historias. No me pararía ni un segundo a buscar la conexión entre el retrato de una generación que superada la transición transitan sin superarse y la crónica de la vida reciente de una región desahuciada como es Asturias. Y ni mú, oiga, sobre el uso magistral de la ironía, que deja una sonrisa permanente en el lector, que mantiene el pulso y nunca explota en carcajada, porque con el ruido parte del chiste siempre se pierde.
De ser una lectora mala, y para este Stanislavsky he encontrado referentes, me llevaría las manos más canónicas a la cabeza pensando que si una novela ha de ser un espejo en mitad del camino, García Rubio lo fragmenta y así nadie –vamos, ningún lector, que era de lo que hablábamos- se aclara. Ni por la cabeza se me pasaría la idea de que un espejo puede ser también una masa densa, maleable, algo así como un lago que se deje abrazar y nos devuelva, al mismo tiempo, el reflejo a su antojo.
La mala lectora, muy mala ella, no se asomará después por el blog del autor para asistir a un «entre bambalinas» de la novela. La mala lectora andará por ahí muy resentida, y la pobre no habrá disfrutado ni la décima parte que servidora con esta novela. Y, si usted tampoco es malo, entenderá lo que quiero decir.

martes, abril 14, 2009

Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia, José Antonio Sáez

EH Editores, Jerez, 2008. 107 pp. 12 €

Pedro M. Domene

Limaria es un espacio físico que impresiona por la inusitada belleza de su desnudez paisajística y por la plasticidad sus colores, un lugar enclavado entre las pequeñas poblaciones rurales de Los Higuerales y La Alijambra, localizado, geográficamente, en la provincia de Almería, pero que de la mano del poeta se convierte en una especie de nueva Arcadia donde aún son perceptibles, por esa magia del recuerdo, ciertos aromas de la infancia, donde aún se oyen murmullos del pasado, y sobresalen las costumbres ancestrales, caprichos que nos devuelven a ese territorio remoto de la inocencia perdida, esa que una vez fue y nunca hemos olvidado; también, es la voz y la plegaria de un poeta de la tierra, José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957), que publica Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008), y alcanza así una dimensión de realidad vivida donde, voces y expresiones, se conjugan en una reminiscente recreación sobre los alientos de ese tiempo pasado.
El poeta José Antonio Sáez ha intensificado su presencia en el panorama poético durante estos últimos años desde que hace casi tres décadas publicara Vulnerado arcángel (1983), obra a la que, de una forma regular, han seguido, La visión de arena (1987), Árbol de iluminados (1991), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), para concluir en proyecto poético de mayor calaje, Las Capitulaciones (2007), y, en cierto sentido ofrecer, en una red de círculos cada vez más amplios, su visión del mundo y del conocimiento humanístico y clásico, como conceptos que gravitan en una profunda hondura del ser, del hombre que sufre, ama, recuerda y sobrevive a su propio desastre. Como todo buen poemario, Limaria... se estructura, arquitectónicamente, en dos libros, el primero con el título general del mismo: el poeta se identifica con la belleza del lugar, («Antorcha de cal viva, la más humilde y pura, »), entrevé el alma del mundo, muestra y se instala en la realidad («aquí vengo a morir, bajo un manto estrellado, /en la noche del mundo y entre luces de frío»); y el segundo, titulado en una suerte de fortuna, «Los brazos en el aire», muestra la ingravidez, el deseo de reintegrarse a la tierra, los brazos anhelan esa mutación humana de convertirse en alas y asumir esa conmemoración del cuerpo, radiante región encendida, para celebrar la unión de la carne. Fuego y lluvia se convierten en esa semilla celeste que fecunda esa región cálida, desértica en el Sur del país. El poeta despliega símbolos e imágenes que recuerdan existencias anteriores; todo en su justa armonía, utilizando un verso de musicalidad e imágenes desveladoras que se traducen en heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos («La eternidad es el instante/ en el que, henchido, el ser/ se abandona y diluye/ su entidad en el cosmos/». El tiempo se convierte en esa percepción inmóvil de las cosas, en el disfrute del instante vivido, para concluir, en una tercera parte final, del segundo libro, «Luz en los atrios» y así conjugar la palabra poética, como esa única redención a que como lectores podamos interpretar la voz del poeta, que nos muestra sus secretos, el microcosmos contemplado en la misma palma de la mano o, como sugiere, el propio José Antonio Sáez: «Abres los brazos a la brisa leve/ y te abandonas al luciente espacio».
Las palabras del almeriense buscan acrecentar una visión del mundo, su voz emerge de la experiencia tanto vivida como literaria, del deslumbramiento de su existir y de su propio desvalimiento, de la admiración secreta de cuanto envuelve al poeta, su sentir de la poesía auténtica y verdadera, de su poder de la memoria, como auténtico perfume del alma, aflicción en suma, o incluso deseo ahora satisfecho, y en cierto sentido, espejo donde, inexcusablemente, vemos todas las ausencias, «la soledad tendrán por compañera/ y la locura rondará sus predios.»

lunes, abril 13, 2009

La casa de los encuentros, Martin Amis

Trad. Jesús Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 264 pp. 17 €

Pablo Gutiérrez

Acabo de terminar de leer La casa de los encuentros, y no quiero que se me escape la emoción y el bocado de la última página; por eso acudo rápido al cuaderno y sobre la contraportada escribo esta nota muy apresurada.
Primer apunte: Amis escribe como yo deseo escribir (y lo leo traducido, mi inglés apenas me alcanza para alguna simplicidad). Quiero decir, con esas paletadas de ideas y de imágenes que yo no tengo; dije imágenes, sí (no me atrevo a hablar de su prosa sin haberlo leído en inglés, aunque pueda entreverse detrás de la traducción), pero sobre todo me refiero a sus ideas, los carros de ideas que te vuelca a los pies para que hurgues en ellas y te manches los zapatos y elijas algunas para llenarte los bolsillos. ¡Hay tantos escritores (y muchos de mis favoritos) que ni siquiera manejan una sola idea!, una idea cabal e integrada en el discurso, en este caso en la novela, una idea que pueda distinguirse detrás de todo, entorno a todo, una idea que, como se decía antes, forme algo parecido a una tesis.
¿Recuerdan las novelas de tesis, ese concepto que aprendimos en los manuales de literatura? Los profesores hablaban de novela de tesis cuando nos hacían leer a Baroja o a Galdós, y después de las truculencias minuciosas del primero o de las lentitudes del segundo se nos decía: pues todo eso lo escribió este señor para demostrar tal cosa (y en tal cosa poníamos: la imposibilidad de un orden justo, la decadencia de la sociedad del XIX, el opresivo sistema de clases, el caciquismo, etcétera).
Pues bien, La casa de los encuentros es una novela de tesis, muy distinta de El libro de Rachel, Dinero, Campos de Londres o Perro callejero. En éstas, las ideas circulaban en zig-zag, atravesaban a los personajes, cogían al lector de los carrillos y trepidaban en un alegre desconcierto muy cómico, muy brillante, muy ingenioso. En cambio, las piezas dispuestas por Martin Amis en La casa de los encuentros tienen un objetivo, son un vector dirigido a la demostración de una idea, de una tesis, como hacían los viejos abueletes de la literatura pasada. La tesis es: qué enorme traición cometió la izquierda de acá (acá quiere decir la Europa formal), qué ceguera quiso inflingirse al mirar hacia otro lado para no ver la carnicería que se cometía en la Unión Soviética. Y aquí se adjunta con un clip el monstruoso Archipiélago GulagSolzhenitsyn ya describió con minucia esas fauces que se tragaron millones de cuerpos, y la novela de Amis no tendría sentido sin Solzhenitsyn—; pero también se adjunta, porque es indivisible, aquel Koba el Temible con el que el mismo Amis nos noqueó hace algunos años. Koba el Temible... recuerdo que no dejé de anotarlo y subrayarlo y de sentir rubor por todas esas cosas que no sabía, todo ese universo que no conocía, que no imaginaba, ni siquiera después de leer, por ejemplo, La broma de Kundera, porque la magnitud de la crueldad, el dolor y la desesperación se me escapaban, las proporciones eran irreales.
Segundo apunte: no hay duda, La casa de los encuentros parece una novela construida a partir de la digestión de Koba el Temible. Si en Koba... el autor describía la crueldad y la carnicería genocida de Stalin con la forma de una biografía, en La casa... acerca su lupa a la historia de dos hermanos sepultados en uno de los campos de concentración con los que el padre de todos los rusos quiso limpiar las llanuras, ya saben, con ese modo suyo tan delicado de hacer las cosas. Recurriendo otra vez a un concepto de antiguo manual de crítica literaria, aquí se enfrentarían las nociones de Historia y de intrahistoria: Historia en Koba..., intrahistoria en La casa de los encuentros.
Tercer apunte: como espera el lector de Guerra y paz, la narración de Martin Amis trasciende al escenario histórico en el que transcurre y cobra valor por el propio relato y por la construcción de los complejos personajes, con independencia de que eso ocurra durante las guerras napoleónicas o durante el terror soviético. Las descripciones de los grados del dolor y la tortura en el gulag son sobrecogedores, te revuelven y te revientan, pero el verdadero dolor se produce dentro de ti cuando Amis consigue que entiendas que todo ese tormento no se produce en el interior de un gulag, sino en el interior de dos seres concretos, vivos, carnales, próximos, ciertos.
Martin Amis: no puedo decir nada más de él. Comencé a leerlo tarde, hace un par de años, tarde y al revés, desde Perro callejero hasta El libro de Rachel, y aún no sé decir qué contiene su literatura, cuál es su fórmula, el ingrediente. Aunque haya un estilo recurrente en sus novelas, tengo la sensación de que Amis sería capaz de escribir fácilmente con cualquier otro tono, impostando una voz diferente. Cualquier libro podría ser el próximo de Martin Amis; cualquier libro que te sacuda, que te inquiete, que no olvides, como La casa de los encuentros.

viernes, abril 10, 2009

Heridas causadas por tres rinocerontes, Fernando Sanmartín

Xordica, Zaragoza, 2008. 60 pp. 750 €

Juan Marqués

Repasando mis notas de lectura, compruebo que durante el año pasado leí algo más de cien nuevas obras de autores españoles publicadas durante el propio 2008. La más hermosa, limpia y emocionante de todas ellas se titula Heridas causadas por tres rinocerontes y la escribió Fernando Sanmartín. La descubrí en primavera con incredulidad, la releí inmediatamente después con emoción, y he vuelto a recorrerla otras dos veces desde entonces sin que la admiración y la gratitud hayan hecho otra cosa que aumentar.
Hay libros que uno no querría reseñar sino regalar masivamente, copiarlos con buena letra en cuadernos pequeños y dejarlos en los bancos de los parques o de las paradas de autobús, reproducirlos todo lo posible para que más gente pueda llegar hasta ellos y saborearlos. Son libros cuyos derechos debería comprar el Estado para imprimir millones de ejemplares y repartirlos por las casas como si fuese el listín telefónico, ya que su lectura aumentaría no ya el nivel cultural sino la calidad civil de las personas, la bondad y la comprensión de los ciudadanos, la atención popular por las cosas importantes. Sería bueno fundar un país donde sucedieran esas cosas, un lugar donde el poder supiese que hay textos que mejoran a quienes los leen, que producen personas más completas y libres. Yo, por mi parte, he regalado estas Heridas causadas por tres rinocerontes a todos los médicos que conozco, y estoy seguro de que nada de lo que pueda escribir aquí, por muy sincero y entusiasta que sea, sería tan eficaz para recomendarlo como copiar sin más dos o tres de sus mejores páginas.
Confieso que es un libro que ya me gustaba antes de leerlo, no tanto por intuición como por ilusión, por esperanza e incluso por sentido común. Cuando un poeta tan pudoroso y discreto como Fernando Sanmartín (y éste, sea lo que sea, es fundamentalmente el libro de un poeta) publica un breve cuaderno de los días en que su hijo luchaba contra la leucemia, es inmediatamente evidente que estamos ante un título que no se puede dejar escapar porque ha de tratarse de un libro importante, crudo, verdadero. Después las expectativas quedan completamente satisfechas al comprobar que todo está bien en él, desde la preciosa edición de Xordica (ilustrada por el niño que coprotagoniza el diario) hasta casi cada una de sus secciones, de sus páginas, de sus palabras.
En la página 20 de Hacia la tormenta (el anterior diario publicado por Sanmartín —Zaragoza, Xordica, 2005—) nacía Yorgos, el niño que ahora es casi siempre nombrado, sin más, «el niño enfermo», excepto en la dedicatoria, en el prólogo y en algunas pocas ocasiones más. Si ese prólogo no es un epílogo, como tal vez agradecerían ciertos lectores, es seguramente porque en él se nos explica que el niño superó felizmente la enfermedad y que está lleno de vida y futuro, aviso que en buena medida hace menos angustiosa la lectura de todo lo que sigue, sabedores desde el principio de que no va a terminar trágicamente.
Pero el libro es, con todo, estremecedor, y sabe expresar y compartir algo tan inefable y privado como el pánico a una pérdida que resultaría inconcebiblemente dolorosa. «Necesito que cese, en algunos momentos, la desesperación», declara en p. 23, y poco después se nos regala uno de los párrafos más exactos del libro, que he de citar completo: «El destino, la vida, nos corrige. Y lo hace sin delicadeza. Porque vivir es un capricho del destino, una cortesía. Yo quiero escribir contra el destino, quiero negarlo, impedir que siga devorándome. Pero lo único que hago es colorear una máquina de tren con Yorgos, compartir con él ese dibujo, hacer algo en común. Nos intercambiamos pinturas, nos fijamos en los contornos. Yo lo miro a él. Miro su rostro. Su cabeza sin pelo. Su ternura. Mis llagas» (p. 26). Inmediatamente antes de estas palabras se dice algo que, en mi opinión, sería más cierto si se le diera la vuelta: «Yorgos, dentro de dos meses, cumplirá cuatro años. Celebrará ese día, y todos sus cumpleaños futuros, como un amanecer», cuando sucede que en medio del miedo, la enfermedad y el dolor uno celebra cada amanecer como si fuese un cumpleaños.
Se dice también que «el silencio es la herramienta, lo único que hace no quedar mal» (p. 29) y se comprende que «no existen los disfraces si uno se ha desmoronado de verdad» (p. 36), aunque la primera parte ha terminado con una sublime declaración de esperanza: «Hay días en los que subo a un taxi para huir. Los semáforos lo impiden. Y lo impide el equipaje invisible que llevo siempre. Aunque, sobre todo, lo impide mi certeza de que la vida volverá a llenarse de almohadones» (p. 29)...
Estoy completamente convencido de que no puede haber literatura verdaderamente alta que no sea a la vez profundamente humilde. Heridas causadas por tres rinocerontes es, en ese sentido, una lección inolvidable sobre cómo poner la literatura al servicio de la vida, aun teniendo entre mano un tema tan delicado y tan susceptible de desembocar en lo lacrimógeno. Lo que consigue Sanmartín, sin embargo, es de una pulcritud perfecta:
«Le pongo al niño, en sus heridas, unas gotas de Betadine. Me mancho las manos, y el niño se ríe de mis dedos manchados. Y esa risa es un balneario» (p. 34).

jueves, abril 09, 2009

Cartas de París, Alexander Ródchenko

Idea, edición y prólogo de Ginés Garrido. Coordinación de Emilio Ruiz Mateo. Traducción de Sergio Mendezona y Ginés Garrido, revisada por Sara Gutiérrez. La Fábrica, Madrid, 2009. 171 páginas. 22 €

Elena Medel

Supón que eres pintor, fotógrafo, escultor, diseñador gráfico, escenógrafo, activista artístico y gestor cultural en una URSS en pañales; que en 1925, entre marzo y junio, te ofrecen vivir en París, ocupándote —construcción, montaje, etcétera— de algunas de las exhibiciones de tu país para la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas. Y que la ciudad del Sena acoge por entonces, también, a los mayores artistas de vanguardia en cualquier disciplina que puedas imaginar: Braque, Le Corbusier... Te llamas Alexander Ródchenko, has cumplido poco más de treinta años; décadas más tarde se te considerará uno de los autores clave de la historia de la fotografía, en parte por las escenas que has captado —quizá con alma más documental que artística— durante tu periplo francés.
Regresemos: te llamas Alexander Ródchenko, vives para el arte y, sin embargo, París te aburre soberanamente. «Qué sano y sencillo es Oriente, esto se ve con tal claridad solamente desde aquí. Aquí, a pesar de que roban los bailes, los trajes, los colores, la forma de andar, los tipos y las costumbres de Oriente, todo, hacen de todo ello tal abominación y porquería que al fin no queda nada de Oriente», escribe Ródchenko el 25 de marzo de 1925, sólo cuarenta y ocho horas después de llegar a París, en una de sus primeras cartas a las mujeres de su vida: su madre, su pareja —la también artista plástica Várvara Stepánova— y su hija pequeña. Les llama, en tono cariñoso, «Mulka, Mamulka y Mulichka»: mamá, mamaíta, mamita.
Y es que en estas Cartas de París constituyen el diario, en forma de intercambio epistolar —desigual: una cincuentena de misivas de Ródchenko, por sólo seis conservadas de Stepánova—, acerca de la monótona existencia de un genio en una capital de genios; alguien que despierta, trabaja y trabaja, apenas disfruta de jornadas de descanso, y entre ideas, quejas y compras de material para los amigos rechaza conocer a sus homólogos en Francia: cuando un colega y compatriota, el pintor Antoine Pévsner, comunica a Ródchenko el interés de Piccaso y Eremburg por conocerle, éste responde que «mejor dentro de unos días» (2 de abril); casi dos meses más tarde, el 1 de junio, escribe sobre su encuentro con Fernand Léger: «hablé con Léger y me mostré presuntuoso. Soy artista… Lo que hace Léger yo lo he dejado de hacer hace mucho. Y si yo viviera en París, tendría un nombre más grande que Léger. Y aun así no me gustaría vivir aquí… En qué somos peores los de Moscú…»
Alexander Ródchenko compara una y otra vez ambas ciudades, sus costumbres, sus hábitos, sus mundillos artísticos, para despreciar el capitalismo que representa la capital francesa, y subrayar la pureza y calidad de vida de Moscú. «Así es este París, que antes no me apasionaba, pero al que tenía respeto», transmite a su familia el mismo 2 de abril. «Lo raro», continúa, «es que todo el mundo trabaja y todo va bien, tal y como quisiéramos que fuera en nuestro país. Pero, ¿cuál es el fin de todo esto? ¿A dónde quieren llegar? ¿Y para qué? Entonces es cierto que es mejor marcharte a China y, allí, tumbarte, soñar no se sabe con qué». «La exposición, seguramente, no vale la pena ni visitarla; han construido unos pabellones que hasta vistos desde lejos provocan rechazo, y de cerca son un horror. La nuestra [la exposición del sector soviético] es sencillamente genial. En general, desde el punto de vista del gusto artístico, París no es más que una provincia en arquitectura. Los puentes, los ascensores, las escaleras mecánicas, eso sí, eso es bueno», rematará el 5 de abril.
Cartas de París cataloga el trabajo artístico de Ródchenko en los pabellones de la URSS en un doble sentido —el de la minuciosidad con la que Ródchenko registra los avances de su equipo, y el de las imágenes que se incluyen—, pero también narra la historia de un creador con enorme conciencia política: «la luz de Oriente no es solamente la liberación de los trabajadores. La luz de Oriente consiste en una nueva actitud hacia el individuo, la mujer y las cosas» (4 de mayo); «no podremos organizar unas nuevas normas de vida si nuestras relaciones se parecen a las relaciones bohemias de Occidente. Ahí radica el mal» (21 de mayo); «las cosas son el opio de la vida. Sólo se puede ser comunista o capitalista. Aquí no puede haber nada intermedio» (sin fecha). Se nos muestra, pues, a un artista más politizado que político, que compensa el desinterés hacia sus compañeros de profesión con la pasión por el proyecto ideológico de la URSS; y es el peculiar diario de trabajo de un hombre dos únicos anhelos: perder de vista los bidés, y regresar a casa. «Pienso siempre en ti, me apena que no estés conmigo, estoy tan acostumbrado a hacer todo con tus ojos, a hablar con tus oídos y pensar contigo», confiesa a Stepánova el 28 de marzo. «Mañana es ¡día 2! ¡Pronto seré libre! ¡Oriente!», celebra en la recta final de su estancia parisina, harto de los retrasos en la inauguración de los pabellones de la URSS y, por tanto, de los retrasos en su vuelta a Moscú, al hogar y a la familia. Más que el diario de un artista, el diario de un hombre: cansado de su situación, ilusionado con su misión, solo en el fondo. Aunque parezca un tópico, no se lo pierdan.

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Puedes disfrutar de una selección del trabajo de Alexander Ródchenko si haces click aquí.

miércoles, abril 08, 2009

La tormenta, Romain Gary

Trad. Gema Moral Bartolomé. El Cobre Ediciones, Barcelona, 2009. 152 pp. 18 €

Juan Gómez Espinosa

No hay nada mejor para un libro que dejar al lector con ganas de más. El presente, editado por El Cobre, lo consigue de varias maneras. Así, un forofo de Romain Gary se encontrará con pequeñas joyas inéditas en español; por otro lado, a quien desconozca la obra del polaco-francés le abrirá las puertas a un mundo en el que merece la pena adentrarse. En estos breves relatos no sólo se apunta lo mejor del escritor, sino que también se exponen claramente las materias que debe elegir manejar cualquier creador. Entramos así en el eterno debate sobre entretener o expresar, sobre lecturas para el autobús o lecturas para la alcoba. El primero dirigirá su atención a un público para el cual trenzará situaciones, tramas y personajes que lo conduzcan a un bucle dramático; el peligro, obviamente, serán la posible vacuidad emocional de sus personajes, condicionados por la acción, y la ausencia de riesgos en el propio lenguaje, que se mantiene “conservador” a fin de conectar con un público amplio. En la otra orilla, sin embargo, un autor cuya perspectiva sea la de su propio ombligo mostrará sin pudor sus inquietudes, su pulso de entrañas, pero con el riesgo de crear un auténtico tostón a fuerza de onanismo; su lenguaje, sus personajes (si los hubiera), sus acciones (si las hubiera)… estarán marcados siempre por su enfrentamiento individual con el exterior. En Romain Gary la fusión entre ambos tipos de escritor es perfecta, y eso es algo que nunca le podremos agradecer lo suficiente. Sabe crear una trama de pura intriga, ir avisando elegantemente sobre la posibilidad de acción, atraer con la expectación… pero también ir más allá, dar una oportunidad a héroes (por llamarlos de alguna manera) que están gritando en silencio para expresarse de manera autónoma; Gary no se conformaba con los clichés, ni con las argumentaciones de andar por casa. Las menciones a las contiendas del siglo XX no se enmarcan ni en defensas viriles ni en denuncias edulcoradas; la guerra y la violencia aparecen, simplemente, como una siega fría de vidas, tanto las de las víctimas inocentes como las de los ejecutores; estos últimos están condenados a sobrevivir y a ser sepultados en cualquier rincón mínimo y sórdido de la Historia. Gary escribía con brillantez, con maestría, tampoco se conformaba con los recursos lingüísticos y estructurales consensuados. Repasando un relato como La tormenta (el que da título al libro) uno se percata de que su “padre” era una brillante rara avis: sólo él podría hacer que la combinación de un paraje aislado, una mujer hastiada, un marido plomo, un enigmático desconocido y un clima salvaje no se convirtiera en un relatito tópico de amoríos bajo el monzón. Eso por no hablar del frío aislamiento (físico y emocional) en que se mueven los personajes de “Geografía humana”, “Sargento Gnama” o “Diez años después o la historia más vieja del mundo”, en los que la falta de acción evidente deja un vacío desasosegador. “Sin aliento”, “El griego” y “Una mujercita”, tal vez las mejores piezas, estremecen hasta la médula: las dos primeras, por su condición de brillantísimos comienzos (o esbozos) de novelas que nunca llegaron a realizarse (nos queda soñar con sus posibilidades); la tercera… simplemente hay que leerla; luego ya me dirán.

martes, abril 07, 2009

La ruta de Waterloo, Adolfo García Ortega

Menoscuarto, Palencia, 2008. 180 pp. 14.50 €

José Manuel de la Huerga

Son nueve cuentos, probablemente de toda una vida creativa robada al sueño y demás afanes, algunos dormidos en el cajón de la espera. Lo digo por menudencias. Por ejemplo, un hombre paga los servicios de una prostituta con 15.000 pesetas. Y por los estilos: de la alegría narrativa de Hoteles Metropol, a la cadencia reflexiva de Y en otro lugar, John Garfield, pasando por el que, a mi juicio, es el mejor relato de todo el fajo: Vidas, mitad de trayecto, un brillante ejercicio de contención estilística y de azar encadenado, que retrata la comedia humana con su doble rostro de hermosa amargura.
¿Qué da unidad a una colección de cuentos, de variada temática (el lector obsesivo que necesita viajar al lugar de su novela preferida, el exquisito cocinero que recorre Europa trabajando sólo en Hoteles Metropol, el director de cine encarcelado por la caza de brujas de la era McCarthy…) y técnicas muy bien aprendidas en al lectura de los clásicos europeos y americanos de los siglos XIX y XX? Quizá la intención: la voluntad inquebrantable del escritor que persigue la corza herida en cualquiera de las metamorfosis que se le presenten. Quizá el gusto de empaquetar juntos los pequeños presentes de unos cuantos años de vida vinculada a la literatura en todo su proceso creativo, decisivo de edición y amable de lector.
Stendhal y los otros realistas, la ópera, la alta cocina, el cine negro, la historia de Europa en los últimos años del XIX hasta la Revolución rusa, años efervescentes de creación y pasiones, dibujan un territorio donde Adolfo García Ortega se mueve con el placer del cicerone que trabaja gratis, por el placer de enseñar.
Pero hay un cuento, antes mencionado, que verdaderamente me ha imantado y conmocionado, por su radicalidad narrativa, escueto y seco como los relatos de un gran narrador americano como Cormac McCarthy. Es Vidas, mitad de trayecto. (Otra vez el divino Dante en el título.) ¿Qué puede ocurrir en un día laborable, en una gran ciudad, desde las 5.30 horas a las 20.30? Los personajes, apenas entrevistos en una página, van encadenándose con los siguientes, en una gran maraña humana, una colmena, un hormiguero. Son (somos) electrones girando alrededor del núcleo de la vida, asimilándolos o rechazándolos a una vía muerta, por azar. Cruces, coincidencias, cadena de trivialidades. Y un narrador magistral: con su mirada neutra del tú que señala y que a la vez conforta al lector, porque une ante la adversidad de lo desconocido: la vida. Un precioso canto a la soledad solidaria: todo el espectro social, desde un director de museo estatal destituido, una emigrante que limpia su casa, una mujer que se prostituye para completar el mes, parados, un vendedor de cedés abandonado por su mujer, un conductor de autobús, un hombre que va a recoger los resultados de una prueba de cáncer de pulmón…
Era Monterroso el que dejó escrito que un buen cuento tiene que ser triste. Los nueve cumplen con la premisa del maestro del relato. Queda un peso amargo de despedida en ellos, especialmente en Habib, donde un hombre mantiene durante unos días encendida la llama apasionada de su doble vida de homosexual oculto, con un sirio que se prostituye y que en silencio le ama.
De lectura individual, La ruta de Waterloo termina convirtiéndose en un conjunto modulado que deja en el paladar literario el “retrogusto” agridulce de los cuentos amados y amasados por el autor durante largo tiempo, luego dormidos, para ser desempolvados, reunidos en gavilla y, por fin, puestos al sol de los lectores. Un gusto. Menoscuarto se ha convertido en una editorial imprescindible.

lunes, abril 06, 2009

La alambrada, José Marzo

ACVF Editorial, Madrid, 2009. 111 pp. 8 €.

Miguel Baquero

Editada por primera vez hace siete años, sale ahora la segunda edición de La alambrada, la tercera novela del madrileño José Marzo. Subtitulada La deconstrucción de un individualista, La alambrada es una novela corta con vocación de desprenderse de todo lo superfluo e ir desde el primer momento, desde la primera frase: «Me telefonearon pasada la medianoche para decirme que mi tío había muerto», en busca de los temas universales: en este caso, las maneras de vivir, las diferentes posturas que los hombres adoptamos ante el discurrir del tiempo, y tratar de establecer, al menos de vislumbrar, cuál de ellas puede ser la más correcta. La más humana. La más moral.
Novela de reflexión pero al mismo tiempo contada con ligereza, muy cercana al estilo del mejor Baroja de El árbol de la ciencia, el autor no busca en ningún momento establecer afirmaciones categóricas, quizás ni llegar a una conclusión. Planteada como un largo diálogo entre un joven que empieza a vivir y su tío, un hombre hasta hace poco vital, individualista, nihilista y un punto cínico, que de pronto se encuentra enfrentado a una muerte inminente, a lo largo de las páginas de La alambrada se van poniendo (lanzando) sobre el tapete cuestiones sobre la vida que a todos nos afectan. Escenas que nos invitan a pensar.
De un lado, el tío enfermo, un hombre que hasta hace poco se encontraba seguro en la vida y contemplaba a los demás con cierta cínica suficiencia, encuentra de repente que sus ideas (o la carencia de ellas), que él creía un terreno firme, y la cultura que consideraba un refugio seguro, comienzan a desmoronarse, a «deconstruirse», sin que al fondo de todo ello, en un primer momento, parezca que vaya a haber nada. Hombre vital, ya se ha dicho, atado al presente, un hombre que ni siquiera se había molestado hasta entonces en ordenar sus recuerdos de forma cronológica, se encuentra de pronto con que pierde pie y en su confusión no encuentra ningún asidero que le frene en la caída. Del otro lado, un joven que hace poco ha salido de la adolescencia, esa etapa que tan feliz se nos aparece en la distancia pero que en realidad te expulsa cargado de traumas, de complejos, de frases que te han quedado por decir, de decisiones que no tuviste el valor de tomar. José Marzo acierta a pintar estos dos caracteres sin otro fondo que una habitación de hospital, apenas unos paisajes diluidos en el recuerdo, y en el diálogo entre ambos, fluido, diverso y, lo que es más importante, desnudo y sin tapujos, asistimos a la comedia humana. Esa comedia cruda, absurda y, a ratos, literaria que los hombres se ven abocados a cumplir desde el inicio de los tiempos.
No diré aquí lo que, finalmente, el tío moribundo acaba por encontrar, como una moneda de oro, al fondo del fango, ni en qué se impulsa el joven para obviar, o aplazar al menos, el absurdo y seguir hacia delante. Novela humana y profunda, emparentada con lo mejor del existencialismo, La alambrada se aparta de cuanto sea conformismo y distracción (en el peor sentido, en el sentido de no querer advertir lo que ocurre alrededor) y apuesta por una constante incitación al lector para que se detenga a pensar, para que considere lo que es y abra los ojos, sin el recurso fácil a esas ideas que flotan espesas por el aire.
«Cuando mi tío nos visitaba, yo sentía que un soplo de aire fresco entraba por la puerta. Cuando partía y la puerta se cerraba, la pipa de mi padre (un hombre idealista, el paréntesis es mío, y adepto a los grandes conceptos) recuperaba el espacio perdido. Ahumaba el salón; el humo se deshilachaba por el pasillo, bajo las puertas, flotaba en los dormitorios, ocupaba la casa entera. Todo parecía cubierto de un humo de responsabilidad y compromiso sin fisuras que se adhería a las paredes y las penetraba».

viernes, abril 03, 2009

Tierra y cenizas, Atiq Rahimi

Trad. Masoud Sabouri. Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 96 pp. 8.98 €

José Morella

Tierra y cenizas cuenta el viaje de un hombre, Dastguir, y su nieto, Yasin, hacia la mina de carbón donde trabaja el hijo del primero y padre del segundo. Van a contarle que su aldea ha sido arrasada por los rusos, y toda la familia excepto ellos ha perecido. Yasin se ha quedado sordo por culpa de las bombas, pero él piensa que, por el contrario, las bombas le han quitado la voz a todos los demás. El estilo lacónico y pulcro de Rahimi es un esfuerzo por representar la máxima violencia con la mayor delicadeza posible. Consigue evitar lo obsceno de la guerra y explicar la guerra al mismo tiempo, sin quitarle un ápice de dolor. Salpica el desierto narrativo de su historia con gotas de poesía destilada, mineral. Eso es lo que la literatura todavía puede ganarle a la imagen televisiva. Se pierde lo obsceno y se gana profundidad y verdad. Porque la verdad necesita una reflexión, un proceso de digestión mental, y la imagen de la pantalla no es más que brutalidad en el salón de tu casa. Acto sin reflexión.
Atiq Rahimi habla de su país desde una posición que podríamos llamar la del extranjero autóctono. Tal vez ningún otro afgano, demasiado implicado en su propio tejido de país, podría haber escrito una novela como esta. Rahimi lleva años de exilio en París. Cada día, a las diez de la mañana, se va a un bar, siempre el mismo. Pide un desayuno, y en cuanto el bar comienza a estar lo suficientemente lleno para que él se sienta solo, se pone a escribir. Se va de allí unas doce horas después. En una entrevista, Rahimi explica que eso sería imposible en su país: «en ciertos países, como Afganistán, no se tiene derecho a la soledad. La vida en familia, la vida social, política e intelectual te obliga a estar todo el tiempo en contacto con otras personas (... ) Hay miradas, sabes que estás siendo vigilado». En el año 2000 volvió a su país para hacer un reportaje fotográfico de encargo para una revista francesa, y notó el choque del retorno: «todo el mundo dice que partir es morir un poco. Yo digo que volver también es morir», dice Rahimi. Su país parece obsesionarle, pero para poder hablar de él necesita colocarse en el mundo como un extranjero. Acercarse a sus compatriotas como si estos fueran extraños. Y lo son. Ahí descansa la calidad de su mirada. En el extrañamiento. Ver en las cosas que creemos normales lo extrañas que en realidad son. En el rodaje de la película basada en Tierra y cenizas, rodada en Afganistán, Rahimi se sintió totalmente fuera de lugar, extranjero: habían programado incendiar un pequeño pueblo para algunas escenas. Era un pueblo totalmente destruido y abandonado. Reconstruyeron parcialmente el lugar de forma muy frágil, apenas unos decorados, todo en papel y madera. También reconstruyeron una mezquita. De repente, apareció gente que empezó a ir a rezar a la improvisada mezquita de cartón piedra. Les daban las gracias, imaginando que eran una ONG que iba a reconstruir todo el pueblo. Rahimi dice: «cuando digo que el arte es inmoral quiero decir esto: teníamos los medios para construir un pueblo sólo para destruirlo después. ¿Imagina el efecto de eso en aquel lugar? Yo les explicaba lo que era y les mostraba que, si se apoyaran en la pared de la mezquita, todo se iría abajo. Pero el día en que íbamos a filmar una escena muy importante, una parte de la mezquita se incendió y hubo una revuelta. Llegó gente de otros pueblos con armas. Fue peligroso. Durante todo el tiempo estuvimos amenazados y quisieron colocar explosivos donde filmábamos». Rahimi es, al mismo tiempo, el extranjero más alejado posible y el afgano que más de cerca, con más amor y sutilidad, nos ofrece una crítica honesta. Él mismo se coloca en el centro de la crítica cuando dice que el arte es inmoral, y no le importa. Esa autocrítica es la esencia de ser un extranjero «de la casa». Por ella lo es. Su mirada está corrompida de exterioridad y, precisamente por eso, es la más limpia posible.

jueves, abril 02, 2009

El amante imperfecto, Carlos Chernov

La otra orilla, Barcelona, 2008. 256 pp. 17 €.

Miguel Sanfeliu

Carlos Chernov es poco conocido en España. De hecho, sólo había publicado el libro de cuentos Amores brutales (Mondadori, 1998 – Reservoir books), cuyo contenido es todo un catálogo de deformidades que fue suficiente para que me interesara seguirle la pista. Esperaba que se publicara alguno de sus libros. Pero la espera fue infructuosa. Le busqué por internet y averigüé cosas sobre él, como que había nacido en Buenos Aires, en 1953; o que en 1993 ganó el premio Planeta en Argentina, con su novela Anatomía humana; que es médico psiquiatra; que es autor, además, de las novelas La conspiración china y La pasión de María, y de otro libro de cuentos titulado Amor propio. En una entrevista dijo: Hay un nivel que tiene que ver con la extrañeza y la inverosimilitud, pero por debajo de eso hay personas: escribo desde el sentimiento, lo cual es una buena descripción de su manera de enfocar la literatura y del modo en que trata a sus personajes, manteniéndoles en el límite entre la normalidad y el delirio.
El IV Premio de novela La otra orilla lo ganó Carlos Chernov con su obra El amante imperfecto, lo cual nos ofrece la oportunidad de descubrir a este autor singular cuyas historias se deslizan con el paso lento e inexorable del reo que se encamina al cadalso. Sabemos que la tragedia puede aparecer en cualquier momento. Somos testigos de delirantes conclusiones, de planes inverosímiles por parte del personaje, locamente enamorado de una muchacha evidentemente idealizada por su mirada.
Guillermo, tímido, apocado, que vive con su madre, cuyos largos y embarazosos abrazos soporta con estoicismo ejemplar, está perdida e irremediablemente enamorado de Helenita, una joven vulgar que se siente encantada de ser la destinataria de una pasión tan intensa, por lo cual, aunque se casa con otro hombre, procura no perder el contacto con él, alimentando un deseo que, cuando parece alcanzable, le estimula a emprender las más absurdas empresas, encaminadas todas ellas a deslumbrar a la amada. Su vida se convierte en un trayecto hacia Helenita. Todos sus actos van encaminados a conseguirla, lo cual dificultará su relación con otras mujeres. El amor convertido en obsesión, en motor de la propia vida en el sentido más literal del término.
Chernov maneja con maestría la tercera persona subjetiva y nos involucra en las elucubraciones de su personaje, en los razonamientos que guían sus actos, en sus conclusiones. De este modo, nos hablará del amor como finalidad y elemento determinante del ser humano, las conexiones entre el deseo y su consecución, el papel del sexo y de la capacidad de interpretar los acontecimientos de acuerdo a un patrón establecido, pero, por encima de todo, de cómo el ser humano interpreta la realidad según sus propios intereses.
El amante imperfecto es una obra muy amena, narrada con un estilo muy cuidado y medidas dosis de humor. Pese a que nos mantiene pegados al personaje de Guillermo, a su forma de pensar, mantiene una distancia que transmite cierta ironía y que bordea la caricatura sin llegar a caer en ella. Un libro que se lee con interés y que permite conocer a un autor muy recomendable.

miércoles, abril 01, 2009

El sueño de la fiebre, Miguel-Anxo Murado

Traducción del autor. Lengua de trapo, Madrid, 2009. 172 pp. 18,50 €.

Ignacio Sanz

Dos amigos, desconocidos entre sí, me habían hablado con mucho entusiasmo de Murado, escritor gallego que se ganaba la vida como reportero de guerra en algunos de las refriegas abiertas en el mundo. Uno de ellos, además, me contaba que cada día se trasladaba al frente en un taxi junto con otros compañeros. Salían del hotel los periodistas y fotógrafos y le decían al taxista: llévenos al frente a ver cómo anda aquello. Como si fueran descendientes directos de Gila. A partir de esas experiencias Murado escribía, convenientemente distorsionados, relatos tremebundos sobre las contradicciones y disparates que se producen en todas las guerras.
Parte de esas experiencias las volcó en Ruido. Relatos de guerra, centradas en el conflicto yugoslavo, un libro que corrió de mano en mano entre los lectores fervorosos. Posteriormente publicó Fin de siglo en Palestina, considerado como el «Libro del año» por la Asociación Gallega de Editores donde ahonda en las brechas que abre la guerra en la sociedad circundante.
Con El sueño de la fiebre, objeto de este comentario, Murado no se aparta del todo de la guerra, porque alguno de los relatos tiene como protagonista de fondo el conflicto palestino, pero el hilo conductor de estas historias es la fiebre, los estados febriles que sacan al mundo de la realidad y lo colocan en ese grado de calentura en la que se pierde la nitidez para contemplar pero, al mismo tiempo, nos descubre realidades fantasmales latentes en nuestra cabeza. Entre relato y relato y entre lo real y lo ficticio, Murado hilvana unos excursus sobre la fiebre entre reales y ficticios que recorren todo el libro y que resultan muy reveladores: «La fiebre no es una tiniebla, es una luz cegadora. Recuperarse de ella es como flotar en la oscuridad, como cuando se sale a flote de un baño de agua caliente. La temperatura del cuerpo va descendiendo lentamente y la carne se estremece con un placer que tiene que ser similar al placer de revivir.»
La fiebre, los estados febriles, a veces de apariencia irreal o fantástica, dan vida a la mayoría de los relatos ambientados en escenarios que van de la Galicia rural de Los otros, El sueño de la nieve o El remordimiento hasta los situados en una Roma lejana o en un Santiago de Compostela inquisitorial. Pero todos están tocados por un hilo sutil de fiebre, de irrealidad, de fantasía contenida, muy lejos de la fantasía desbordante de su paisano Cunqueiro en el que Murado bebe, sí, pero a tragos cortos, con templanza.
Jan Van Iriis, joyero, el cuento con el que se abre el libro, que discurre en un Santiago de Compostela de principios del siglo XX, podría servir como ejemplo de esa atmósfera inquietante y perturbadora que salpica al resto de los relatos. Por lo demás, Murado escribe con la agilidad propia de un periodista, es decir, con eficacia.
Acaso por ello el lector se transforma con la lectura de estas historias y acaba, también él, poseído por la fiebre, empujado a leer, a seguir leyendo, como si estuviera contagiado por la reverberación febril en la que nos mete Murado con estas historias fantásticas, escritas o al menos imaginadas, si no en un estado febril, sí en estado de gracia.

martes, marzo 31, 2009

Con la soga al cuello, Flavia Company

Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 139 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

Una de las dificultades, y de las magias, que tiene un volumen de relatos, es que la persona que lo compone debe cambiar de tono, de registro, de personajes y de tema varias veces, sin que el conjunto se resienta, se desnivele o resquebraje. Es un esfuerzo titánico, que pocas firmas consiguen. La escritora Flavia Company (de la cosecha bonaerense del 63) ha compuesto, en este libro que le acaba de publicar el perspicaz Juan Casamayor en Páginas de Espuma, una de esas raras piezas. Diecinueve composiciones, diecinueve malabarismos, diecinueve universos, condensados en un tomo de bellísima presentación y de enjundioso contenido, que captura a los lectores desde las primeras líneas. Tenemos allí, esperándonos, a las ancianas que conviven con la dignidad y con la pobreza en Una vida en común; la intrigante situación de Paqui, una sirvienta de la que su señora no puede tener más queja que el hermetismo que la envuelve (La criada); la historia de infidelidad de una abogada escrupulosa y ordenancista, que traiciona a su pareja con su nueva ginecóloga (Rodajas de limón); la anómala convivencia de un hijo que frisa los sesenta años y un padre que supera los ochenta, tan maniático como manipulador (Padre e hijo); el desasosiego que genera un hombre de mentalidad inestable en los miembros de su familia (La réplica); etc. Las ofertas y seducciones literarias que nos lanza Flavia Company son muy diversas, y todas construidas con finura, elegancia y sensibilidad. Además, hay algunos cuentos que habrían hecho las delicias de otros tantos maestros del género, y que parecen rendirles tributo. Así, el relato Con luz verde explora las posibilidades infernales de un taxi, de la misma forma que Cortázar había indagado las de un autobús; y Julio Equis, aparte de su intrínseco homenaje nominal, sin duda hubiera sido del agrado de quien escribió sobre las peripecias de Lucas o sobre las cosas que suceden cuando se da la vuelta al día en ochenta mundos... Pero es que la versátil Flavia Company (de la que se nos dice en la solapa del volumen que es licenciada en Filología Hispánica, traductora, periodista, profesora, patrona de yate y que toca el piano) no se conforma con regalarnos diecinueve argumentos sorprendentes, sino que postula otros tantos lenguajes, otras tantas piruetas estilísticas, para que el lector no se acomode nunca en una aproximación fácil y repetida: los cambios de voz narrativa, la sintaxis mutante y la movilidad de escenarios salpican el texto de mercurio, de fiebre, de alegría. Se nota que la escritora disfruta contando, y que lo desea hacer (y lo hace) de mil maneras distintas. Dice José Carlos Llop en uno de sus libros (El informe Stein) que el padre Cristino “sabía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. Es una frase dura y quizá cierta. Pero no es arriesgado asegurar que el talento desplegado por Flavia Company en este volumen editado por Páginas de Espuma sí que se merece, cuando menos, un notable bien alto.

lunes, marzo 30, 2009

Corazones sagrados, Juan Pimentel

Ediciones de La Discreta, Madrid, 2007. 144 pp. 13 €

Juan Marqués

Del investigador Juan Pimentel (Madrid, 1962) ya son bien conocidos y admirados los ensayos que ha ido produciendo su carácter de apasionado historiador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En ellos, y entre otras muchas virtudes, se podían apreciar sus excelentes dotes para la lectura, y no era difícil sospechar que alguien tan hábil para descifrar textos ajenos debía tener un cajón lleno de intentos propios.
Esta actividad literaria, más o menos secreta, ha quedado ahora felizmente demostrada con la silenciosa aparición (en una editorial cuyo nombre parece una simpática declaración de intenciones) de Corazones sagrados, una colección de doce cuentos perfectamente independientes que, sin embargo (y como es habitual en los libros de relatos breves), tienen también voluntad y vocación unitarias y comparten intenciones, en este caso de forma muy clara. Son todos textos que tienen mucho de iniciático, como fragmentos o episodios de una pequeña bildungsroman particular, y en ellos late la retrospección autobiográfica. La contracubierta nos avisa de sus evidentes ecos memorialísticos, pero a la vez nos previene contra las apariencias, recomendándonos sabiamente no ser demasiado crédulos ante lo que se nos relata. Hay al menos tres cuentos protagonizados por un tal Juan, pero ni sabemos si en todos los casos es el mismo, ni —si así fuese— convendría identificarlo automáticamente con el autor, el cual sabe difuminar su yo, consiguiendo, más que un ajuste de cuentas con su infancia, unas narraciones donde subyace una gran complicidad consigo mismo. Tener razón antes de tiempo es una forma de equivocarse, decía no sé qué emperador romano, y no conozco mejor consejo a la hora de leer cualquier género de narrativa, sobre todo si viene teñida por la «realidad» o por el recuerdo íntimo.
Resulta especialmente sugerente ese pequeño cuento que va explorando a lo largo de los años la Plaza de Castilla (que es ya uno de los epicentros de cierta nueva mitología madrileña), cuyo último párrafo puede hacer pensar que no se nos habla tanto de la plaza como del propio relato que estamos terminando de leer, de todo lo que queda por encima y por debajo de nosotros y del texto, intuido y presente pero no visto, no dicho, en una suerte de versión de la teoría del iceberg de Hemingway. Pero también se disfruta del que abre el libro (donde al final hay una justa desmitificación de las drogas expuesta con cierto moralismo contenido y no molesto), o aquel en el que el bañador verde de una adolescente da forma y color al recuerdo (casi como una erótica magdalena proustiana) de un verano muy especial. Algo muy parecido sucede en “Mentiras sobre Ondarreta”, y también el “Primer paseo en bicicleta” supone un hito en la educación sentimental del narrador, invitado por su padre a la valentía vital (y ése es un regalo que, pasados los años, sabe agradecer más que el de la propia BH azul).
Un tono más melancólico y privado tienen las “Cuatro posdatas” que constituyen la segunda y última sección del libro, y que seguramente son también las piezas mejor escritas y las más emocionantes. Son cuentos especialmente breves y también valientes, porque Pimentel no tiene complejos ni prejuicios a la hora de terminar unas páginas preciosas con el deseo de “Que Dios bendiga tu vuelo” (p. 127). Los escritores «posmodernos» padecen un miedo atroz a resultar o parecer cursis o blandos, o a que les crean creyentes, y así renuncian a palabras y símbolos muy valiosos. Su aversión a lo espiritual (y no es lo mismo espiritual que religioso) les hace rechazar también muchas posibilidades de alcanzar cierta belleza o conmoción, que Pimentel aprovecha aquí incluso en el título general del libro. Se puede ser sentimental sin resultar ridículo, o delicado sin caer en lo lacrimógeno, y esto queda completamente demostrado en esas «posdatas»: las cartas que el narrador (o los narradores) envía a su hija Carmen, a su hijo Javier y a su pareja, y la evocación agridulce de su hermana Luisa. En ellas les dice cosas sabias y hermosas, les anima a vivir con intensidad y atención, y les desea felicidad y suerte en un mundo (tanto el «real» —este de aquí, tan nuestro— como el narrativo —ese de «allá», de papel y de tinta—) en el que, si se lee bien, «aún se escucha un silencio antiguo, el eco de una pena honda» (p. 123). Es ese eco del pasado, por encima de cualquier otra cosa, el protagonista verdadero de este inesperado y excelente libro. Un eco que rastrea palabras que nos salven. Un impulso que querría fundar un mundo que no duela.

viernes, marzo 27, 2009

Mendel el de los libros, Stefan Zweig

Trad. Berta Vias Mahou. Acantilado, Barcelona, 2009. 64 pp. 9 €

María Ruisánchez Ortega

Mendel el de los libros es un relato que ha permanecido inédito en castellano hasta este momento. Acantilado nos trae de nuevo a Stefan Zweig con una novela escrita en 1929, que versa sobre la exclusión, y retrata la Viena nazi, a través de un personaje, Jakob Mendel, extraño ser, librero de profesión, que vive ensimismado en una realidad diferente y opuesta a la de sus contemporáneos.
Cualquier librero querría tener esa memoria prodigiosa de la que hace gala Mendel para almacenar tantos datos, precios y detalles acerca de los libros que atesora. Cada tomo le cae en las manos como un regalo que escrupulosamente disecciona. Único en apreciar lo que hay detrás y entre las cosas. Capaz de encontrar cualquier ejemplar. El personaje de Mendel, no se narra a sí mismo, no piensa en párrafos, a penas habla, son los que le rodean los que lo describen. Pero a pesar de que tenemos un punto de vista externo, nos damos cuenta de cómo esto le confiere al personaje más profundidad, que si estuviésemos alojados en su cabeza, viendo por sus ojos a través de sus lentes gruesas, ya que sólo descifraríamos unas letras que se arremolinarían en valiosas hojas. Sería cómo estar dentro de una computadora, una base de datos llena de libros, precios, editoriales y tamaños. Por eso, paradójicamente, la visión externa del personaje, nos retrata a Mendel mejor, de lo que él mismo podría retratarse.
Tan importante como el personaje, es también en esta novela el lugar, un café Gluck en el que se ve la transición de una época, donde los viejos valores humanos van perdiendo potestad a favor del progreso, y un mundo más práctico, más productivo, con más beneficios, que deja de lado a las personas. En este sentido encontramos la metáfora en la propia remodelación del café, su cambio de dueño, y con ello, el cambio brutal de época histórica. No olvidemos, que ese lugar conforma todo el mundo de Mendel.
Stefan Zweig utiliza un lenguaje sencillo, conciso, elegante, salpicado de frases para la eternidad, demoledoras: «Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo». Este lenguaje sin artificios es perfecto para la fábula, para la alegoría. Al leer este relato he sentido la necesidad de extrapolarlo, arrebatarle las épocas y los tiempos, para confirmarme que también hoy, en el mundo que nos rodea existe una exclusión total hacia el diferente, hacia el que hace su vida en otro mundo, hacia el inteligente. A menudo pensamos que se premia una conducta intelectual, pero los medios de comunicación, la gente de a píe da constantemente bofetadas al saber, lo excluye de sus vidas, porque pensar, quizás, es demasiado doloroso. Y esto es lo que he visto en Mendel, como un hecho absurdo, como la ignorancia extrema, lleva a un hombre a la muerte.
No en vano, la novela concluye con estas líneas: «Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda la existencia: la fugacidad y el olvido».