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sábado, abril 27, 2013

La muerte de Iván Ilich, Lev Tolstói

Trad. Víctor Gallego. Ilust. Agustín Comotto. Nórdica, Madrid, 2013. 160 pp. 18 €

Fernando Sánchez Calvo

Iván Ilich, alto funcionario de la administración zarista, está a punto de morir. Como el resto de su vida, la causa de su inminente fallecimiento es triste, anodina y ridícula de pura cotidiana que es. No menos triste y anodina que su velatorio, con el cual da comienzo esta pieza breve de uno de los grandes que Nórdica, una vez más, acierta a rescatar e ilustrar con la mano de Agustín Comotto.
Iván Ilich, como ya hemos dicho, está a punto de morir, y no lo sabe. Estudia, asciende, prospera, se casa, tiene hijos, se convierte en un tipo respetable y disfruta en ocasiones sabiéndose una buena persona que, sin embargo, cuando quisiera, podría ser temido por cualquier ciudadano que tuviera un problema con la justicia. Eso le hace sentirse bien, sentirse pleno, aunque sus compañeros de trabajo (envidiosos por naturaleza) y su mujer (egoísta por burguesa) no aporten gran cosa a dicha plenitud.
Iván Ilich está a punto de morir y de repente sí lo sabe. Ese hecho, como era de esperar, provoca que el protagonista se replantee algunas cuestiones que hasta entonces no se había replanteado. A saber:
-que la muerte es individual e intransferible y el dolor que siente uno por sí mismo no lo puede sentir nadie más por mucho que te quieran;
-que la muerte de uno puede convertirse en una oportunidad para otros y si en algún momento de tu vida sientes que empiezas a sobrar, a lo mejor es porque sobras;
-que el cariño es la única manera de vencer al dolor de la muerte pero esto sólo lo aprendemos justo cuando nos estamos muriendo.
Lev Tolstói escribió esta novela con cincuenta años. Al igual que otros compañeros de generación o incluso al igual que toda persona que entre en la última etapa de su vida (compárese por ejemplo con el Galdós de Misericordia), el interés por retratar de manera realista las miserias e injusticias de la sociedad fue desplazado por una de esas crisis espirituales que te llevan a preguntarte cosas como “para qué tanto esfuerzo” o “después de esto, qué” en lugar de preguntarte “qué hay de comer para hoy” o “cuándo morirá mi superior para que yo pueda ocupar su puesto”. Ni exagero ni personalizo: lo he aprendido de manera natural, cruda y realista al leer los pensamientos, los temores y las certezas de Iván Ilich
Nabokov dijo en su día que esta novela era la mejor novela de la literatura rusa. Mahatma Gandhi lo repitió. Parece demasiado aventurado afirmar esto incluso si fuiste o eres una gran personalidad teniendo en cuenta otros títulos gigantes de gigantes rusos del siglo XIX que por gigantes no hace falta ni mencionar, pero sí se debe reconocer aquí que las escasas ciento cincuenta páginas que componen esta historia podrán ser leídas hoy, mañana y dentro de cien años en Rusia, en Asia o en futuras civilizaciones. Hablan de manera sincera de la obsesión más vieja del hombre: desaparecer. Supongo que eso, entre otros ingredientes, convirtieron a esta pequeña joya en un clásico.

viernes, septiembre 11, 2009

Soledad, Víctor Catalá

Trad. Basilio Losada. Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 336 pp. 19.80 €

José Morella

Caterina Albert, verdadero nombre de Víctor Català, rechazaba los “dogmas de las escuelas literarias”, que le parecían “fórmulas arbitrarias, donde los hombres querrían encerrar la proteica realidad de la vida”, que siempre “se desborda y escapa de los moldes”. Veía las etiquetas académicas como un intento de control y apropiación del sentido del texto. Del mismo modo Mila, la protagonista de Soledad, acaba siendo etiquetada y rechazada por sus vecinos: es dueña de una pasión que la desborda y que apenas puede reprimir. Mila y su marido Matías habían llegado a la montaña para hacerse cargo de la ermita. Matías es un holgazán que acaba mendigando y delinquiendo. La pareja no tiene vida sexual, de lo que se deduce que al marido le falta interés en el sexo o es impotente. Matías me recuerda a una cita de Renard: “Hay hombres que parecen haberse casado solo para impedir a sus esposas casarse con otros”. Una de las bombas que lanzó Caterina Albert fue la idea de matrimonio como cárcel legal, como prisión para el impulso de vida. El hombre se aseguraba con el matrimonio (y se asegura hoy, en muchos lugares del mundo) la separación de dos dominios, el del poder y el del deseo. El matrimonio, en primer lugar, como la célula mínima del Estado patriarcal burocrático y represor que despoja a la mujer del poder (Max Weber llamaba a ese Estado la “jaula de hierro”). Y luego, aparte, el deseo y la sensualidad, que son plantas marginadas en un rincón sombrío de la casa y que no se riegan nunca. A veces se marchitan y a veces se pudren. El olor a podrido, a menudo, hace irrespirable el aire. Mila lucha con todo eso desde la inconsciencia, la ignorancia y la ingenuidad, y la novela narra su aprendizaje, su curso práctico de dolor y de soledad. Mila aprende, y la soledad es el fruto de ese aprendizaje. La soledad será, para ella, el castigo y el premio a la vez. La libertad se sufre.
Este rescate de Lengua de Trapo, como tantos suyos, es fantástico. No comprendo por qué Víctor Català estaba enterrada en los temarios de la escuela secundaria y en las bibliografías de universidad. Es un libro valiente que uno querría ver en el metro frecuentemente, leído de camino al trabajo, o en la pausa para comer. Es tan actual como la crisis económica o la gripe del cerdo. La historia de Mila es la de una Anne Sexton catalana y rural... ¡de 1905! Nos da la otra versión del matrimonio, la versión de la flor marchita, y nos explica cómo ocurre ese marchitarse. A esa cosa, a ese secarse del deseo y a las consecuencias físicas y psicológicas que conlleva, en la novela se le llama “nervios” o “mal de montaña”. Durante la historia de la cultura se ha llamado de muchos modos. Freud lo llamaba histeria o neurosis, y los antiguos melancolía. Las mujeres han sufrido esa cosa sin nombre fijo durante demasiado tiempo. Hoy, que están teórica y legalmente liberadas, la cosa se sigue colando por las rendijas de las casas: vemos casi a diario, en las noticias sobre el maltrato llamado “doméstico”, las consecuencias del recuerdo genético, atávico y ciego, del hombre como poseedor de la mujer. Los “nervios” de Mila nunca acaban de irse del mundo. Que viva el diazepam.
Soledad tiene muchos de los elementos característicos de la novela gótica: un “lugar gótico” apartado, la ermita, que funciona como lugar de lo que tememos, de las pasiones irracionales. Es como el castillo de Drácula o aquella vieja casa llamada Cumbres Borrascosas. También hay elementos sobrenaturales como las brujas y el ambivalente Sant Ponç; un monstruo, el Ánima, un hombre-bestia que representa el mal sin límite. Y la melancolía, claro: los nervios. Mila es una especie de Jonathan Harker de L'Empordà, el Ánima es el vampiro, y la sociedad rural catalana (y española) de principios del siglo XX es la Transilvania de la soledad. No sé si le habría gustado más esta etiqueta a Caterina Albert que la que le ponían sus contemporáneos, pero supongo que no. De todos modos, lo gótico, en literatura, siempre le ha resultado resbaladizo a los críticos, y en ese sentido creo que le pega a esta novela. Pero en realidad no necesita etiqueta alguna.
Atahualpa Yupanqui creía que la música pertenece al monte, a la tierra, y no a los lugareños que la cantan o la bailan. Gran parte del folclore de todo el mundo parece no tener autor. Parece hecho desde tiempo inmemorial. Incluso Bob Dylan, en sus mejores temas, da esa sensación. Cuanto mejor es un compositor folk, más aguda es la extraña sensación de que él no ha hecho su música. De que algo inevitable ha sido hecho a través de él. Hay una anécdota preciosa: Atahualpa, siendo ya conocido como músico, escuchó a un hombre muy humilde murmurando una canción, y se acercó para oírla mejor. Como el hombre calló de golpe, Atahualpa le pidió que siguiera, ya que a él le había parecido que cantaba muy bien. “No se chancee, señor. Yo canto fiero, pero lo hermoso de mi canto lo pone el cerro”. Eso le contestó el hombre a Atahualpa. Dicho de otro modo: yo no tengo ningún valor. El cerro me usa para cantar su canto. Ese cerro funciona como la montaña de Soledad. La montaña, proteica, se transforma a sí misma a través de los personajes: se canta, se ve bonita o peligrosa, se cuenta sus cuentos usando a la gente como medio para ello. Y también, a través del sufrimiento de Mila, la montaña se abre a sí misma una salida, un sendero nuevo para que puedan escapar de ella, ahora ya con más facilidad, otras personas.