miércoles, julio 01, 2009

Mucho toro, Tim Parfitt

Trad. Antonio Rivero. Editorial Almuzara, Córdoba, 2008. 247 pp. 16 €

César Mallorquí

¿Existe eso que llaman la idiosincrasia de los pueblos? ¿Las naciones poseen una personalidad bien definida que, de algún modo, es común para la mayoría de sus habitantes? Por lo general, contestar sí a esas preguntas conduce al cenagal de los tópicos: ingleses flemáticos, norteamericanos infantiles, orientales inescrutables, franceses sibaritas, italianos latin lovers, alemanes cabezas cuadradas, portugueses melancólicos y así hasta agotar los estereotipos. Sin embargo, responder que no resulta en gran medida insuficiente. Está claro que no es lo mismo un tejano que un bostoniano, o un lord que un hooligan del Manchester, o un catalán que un andaluz; no obstante, existen una serie de costumbres, creencias, actitudes y peculiaridades culturales que conforman una especie de marchamo colectivo propio de cada nación. Aunque, y en contra del idealismo romántico, ese marchamo cambia con el tiempo, como ocurre con todo.
Precisamente a partir del romanticismo, España concitó, a causa de su exótico pasado árabe, el interés de numerosos intelectuales europeos, ilustres viajeros, sobre todo británicos y franceses, que nos visitaron con el propósito de desentrañar nuestra “esencia”. Entre ellos, cabe destacar nombres como Richard Ford, George Borrow, Gerald Brenan, Próspero Mérimée, Alejandro Dumas o Víctor Hugo; todos ellos, y otros muchos, viajaron por España y luego escribieron sus experiencias. Pues bien, a esa misma estirpe, si bien por distintos motivos y con menor ambición, pertenece Tim Parfitt, el autor de Mucho toro (desafortunada traducción del juego de palabras original A load of bull), un libro que pretende, no ya resolver el laberinto español, sino más modestamente mostrar las peculiaridades de Madrid y los madrileños.
En 1988, Parfitt, un joven editor inglés, llegó a Madrid con el objetivo de trabajar durante mes y medio en el lanzamiento de la versión española de la revista Vogue, aunque finalmente las seis semanas previstas acabaron transformándose en nueve años. La ciudad que se encontró Parfitt era el Madrid de la pos-movida, una urbe que, tras el fugaz esplendor de la etapa Tierno Galván (fallecido dos años atrás), se encandilaba con el yuppismo siguiendo la estela del entonces nuevo rico de moda, y más tarde proscrito, Mario Conde. Era un Madrid en proceso de transformación, un Madrid caótico que, conforme se enriquecía, iba perdiendo los últimos rastros de su identidad cultural, un Madrid a medio camino entre el poblachón manchego que fue y la ciudad cosmopolita que aspiraba a ser.
Años más tarde, tras su regreso a Inglaterra, Parfitt escribió A load of bull, el relato de su estancia en Madrid narrado con un muy británico sentido del humor. El texto, ligero y chispeante, sin la menor aspiración literaria, es una mezcla de crónica de viajes, apunte costumbrista y diario personal, pero sobre todo refleja el choque cultural que se produce cuando un inglés muy inglés se ve bruscamente inmerso en el caótico ecosistema madrileño.
Tom Parfitt quiere a España (de hecho, actualmente vive y trabaja en Barcelona), pero al mismo tiempo detesta algunas de nuestras peculiaridades menos afortunadas, desde la tendencia a la improvisación hasta la informalidad, pasando por el bullicio y los horarios absurdos. En realidad, los propios españoles deploramos esos mismos defectos, pero nos hemos acostumbrado tanto a ellos que tendemos a pasarlos por alto, como si fueran meros accidentes del paisaje. Y ahí reside la principal virtud (para nosotros) de Mucho toro: Parfitt nos muestra una amable caricatura de nuestra sociedad, un dibujo humorístico donde podemos reconocer fácilmente, al estar exagerados, los principales rasgos, tanto negativos como positivos, de nuestra española forma de ser. Como es lógico, la mirada de Parfitt está en gran parte condicionada por su formación cultural británica, pero el autor es consciente de ello y también sabe reírse de sí mismo.
En resumen, Mucho toro es un libro divertido y ameno, una lectura simpática, sobre todo por su voluntaria y humilde carencia de pretensiones. Aunque también es una especie de atracción de feria, un espejo deformante donde, al mirarnos, vemos amplificados los michelines, la calva y la celulitas, aunque también la sonrisa.